Mientras dormimos: Proyecto ONEIROS Capítulo 17 — La señora Collins
54%

Capítulo 17 — La señora Collins

S ophie y Han se dirigieron hacia la urbanización de las casas idénticas.

Conforme avanzaban, el silencio se hacía cada vez más incómodo.

Las calles estaban completamente vacías, pero ninguno de los dos tenía la sensación de encontrarse solo.

Hacía apenas unos minutos habían visto a varias personas observándolos desde el interior de las viviendas, escondidas tras las cortinas, como si temieran cualquier contacto con el exterior.

Sophie giró ligeramente la cabeza al percibir un movimiento. Detrás de una ventana, una cortina se separó apenas unos centímetros y dejó al descubierto el rostro de una persona que los observaba fijamente.

—Mira... ahí parece que hay alguien —susurró Sophie, señalando discretamente la casa.

Han levantó la vista y distinguió la silueta.

—Tiene razón... ¡Oiga! ¡Disculpe! —llamó mientras levantaba una mano en señal de saludo.

En cuanto la voz de Han rompió el silencio de la calle, la figura desapareció de golpe y la cortina volvió a cerrarse.

Sophie caminó hasta la puerta de la vivienda y llamó varias veces con los nudillos.

—¿Hola? ¿Hay alguien?

No obtuvo respuesta.

Lo intentó de nuevo, esta vez con más fuerza.

Nada.

Solo el silencio.

Después de esperar unos segundos más, ambos intercambiaron una mirada resignada y continuaron su camino.

Durante varios minutos recorrieron aquellas calles que parecían construidas copiando una única casa una y otra vez.

Todas las viviendas tenían exactamente la misma fachada, el mismo jardín perfectamente delimitado, los mismos árboles alineados junto a la acera, los mismos setos recortados con precisión milimétrica y los mismos buzones blancos colocados a la misma distancia de la entrada.

Era una perfección tan absoluta que resultaba artificial, casi inquietante.

Si alguien los hubiera girado sobre sí mismos con los ojos cerrados, ninguno de los dos habría sabido decir en qué calle se encontraba.

Fue entonces cuando Han se detuvo.

—Espera... mira allí.

Al final de la calle, una única vivienda rompía aquella uniformidad. Tras las cortinas se filtraba una cálida luz amarillenta y una fina columna de humo ascendía lentamente desde la chimenea, perdiéndose entre el cielo gris de aquel extraño mundo.

—Aquella casa parece habitada —dijo Han.

Los dos aceleraron el paso.

Al acercarse distinguieron una pequeña placa azul atornillada al buzón. Sobre ella, unas elegantes letras blancas formaban un nombre.

Margaret Collins.

Han empujó suavemente la puerta de la valla.

Las bisagras chirriaron con un sonido metálico que resonó por toda la calle.

Mientras avanzaban por el pequeño sendero de piedra, Sophie bajó la mirada hacia el jardín.

—Qué raro...

El césped estaba completamente seco, amarillento y lleno de pequeñas zonas de tierra agrietada, como si llevara meses sin recibir agua.

Algunas flores permanecían marchitas junto al porche y las malas hierbas comenzaban a abrirse paso entre las baldosas.

A diferencia del resto de la urbanización, aquella casa mostraba las huellas del paso del tiempo.

Entonces reparó en otro detalle.

Todas las viviendas que habían visto hasta ese momento tenían la puerta principal pintada de un blanco impecable.

Aquella no.

Era de un rojo intenso, profundo, casi brillante, que contrastaba con el resto de la fachada. En el centro colgaba una pesada aldaba dorada con forma de cabeza de león, cuyo metal reflejaba la luz con un brillo impecable, como si alguien la hubiera pulido esa misma mañana.

Sophie levantó la aldaba y llamó dos veces.

Clonc... Clonc...

El sonido retumbó en el interior de la casa.

Durante unos segundos no ocurrió nada.

Después escucharon unos pasos lentos acercándose al otro lado de la puerta.

La cerradura giró con suavidad.

La puerta se abrió despacio.

Frente a ellos apareció una mujer de unos setenta años.

Su cabello plateado estaba cuidadosamente recogido en un moño bajo y vestía una larga falda gris, una camisa blanca perfectamente planchada y una rebeca marrón de lana que le daba un aspecto acogedor.

Su rostro estaba surcado por las arrugas propias de la edad, pero sus ojos conservaban un brillo cálido y una sonrisa sincera que transmitía una inesperada sensación de tranquilidad.

—Buenos días —saludó con una voz suave—. Mi nombre es Margaret. ¿En qué puedo ayudaros?

Sophie sonrió con educación.

—Buenos días, Margaret. Estamos buscando a un amigo nuestro. Se llama Caleb.

La expresión de la anciana cambió ligeramente, como si aquel nombre le resultara completamente familiar.

—Ah... os referís al chico de los Brooks. Los que viven en la casa de la colina.

Sophie y Han intercambiaron una rápida mirada.

—Sí. ¿Sabe dónde podemos encontrarlo?

La mujer abrió un poco más la puerta y llevó una mano al pecho.

—Ay, perdonad mis modales. Os he dejado hablando aquí fuera como si fuéramos unos desconocidos. Entrad, por favor. No os quedéis en la puerta.

Su sonrisa seguía siendo amable.

Demasiado amable.

Durante un breve instante, Sophie sintió un ligero escalofrío recorriéndole la espalda sin saber muy bien por qué. Miró fugazmente a Han, que parecía no haber percibido nada extraño, y ambos cruzaron el umbral de la vivienda mientras la señora Collins cerraba lentamente la puerta tras ellos.

El interior de la vivienda era mucho más amplio de lo que aparentaba desde el exterior.

Un pequeño recibidor los daba la bienvenida.

Justo enfrente nacía una elegante escalera blanca de madera que ascendía hacia la planta superior, mientras un largo pasillo se perdía al fondo de la casa, donde se intuía la cocina.

A la derecha se abría un enorme salón decorado con muebles antiguos de madera oscura, una gran chimenea de piedra y varias estanterías repletas de libros de aspecto envejecido.

A la izquierda había una acogedora salita de estar con dos sofás tapizados en una tela beige bordada con pequeñas flores, una mesita de centro de madera y una lámpara de pie que proyectaba una tenue luz amarillenta sobre toda la estancia.

—Sentaos aquí, por favor —dijo Margaret señalando los sofás con una sonrisa.

Sophie y Han obedecieron mientras la anciana desaparecía por el pasillo en dirección a la cocina.

En cuanto dejaron de escuchar sus pasos, Han se inclinó ligeramente hacia Sophie y bajó la voz.

—Hay algo raro en esta casa... No sé explicarlo, pero no me gusta nada.

Sophie asintió casi de inmediato.

Ella también lo sentía.

No era el aspecto de la vivienda, ni el silencio, ni siquiera la amabilidad de Margaret.

Era una sensación difícil de describir, una presión invisible que parecía envolver toda la casa.

El ambiente resultaba demasiado tranquilo, demasiado perfecto, como si todo estuviera cuidadosamente preparado para transmitir normalidad.

Aun así, cada segundo que permanecía allí hacía que el vello de sus brazos se erizara un poco más.

Pocos minutos después, la señora Collins regresó sujetando una elegante bandeja plateada.

Sobre ella descansaban una tetera humeante, tres delicadas tazas de porcelana blanca decoradas con pequeños detalles dorados, un cuenco con terrones de azúcar y un plato de galletas recién horneadas cuyo aroma a mantequilla inundó la estancia.

Depositó la bandeja con sumo cuidado sobre la mesita de centro y tomó asiento frente a ellos.

—Tomad unas galletas. Las hago yo misma.

Han sonrió con educación, aunque no apartó la vista de la mujer.

—Es usted muy amable, pero necesitamos encontrar a nuestro amigo.

Margaret no respondió.

Su sonrisa desapareció lentamente.

Se quedó completamente inmóvil.

No parpadeaba.

No respiraba.

Simplemente permanecía allí, observándolos fijamente con los ojos abiertos de par en par.

El silencio comenzó a hacerse insoportable.

Pasaron varios segundos.

Después casi un minuto entero.

De pronto, como si alguien hubiera pulsado un interruptor invisible, la anciana volvió a sonreír exactamente igual que antes.

—Tomad unas galletas. Las hago yo misma.

Sophie giró lentamente la cabeza hacia Han.

Él respondió con una pequeña carcajada nerviosa.

—¿Has visto eso?

Antes de que ninguno pudiera añadir nada, Margaret volvió a levantarse.

—Disculpadme... He olvidado el azúcar.

Se alejó con la misma tranquilidad con la que había llegado y desapareció otra vez por el pasillo.

En cuanto dejó de verse, Han no pudo contener una sonrisa.

—Esta mujer está completamente chiflada. ¿No has visto cómo se ha quedado parada? Parecía que se le había apagado el cerebro.

Sophie, sin embargo, no compartía su humor.

Seguía mirando el pasillo por el que había desaparecido Margaret.

—Será mejor que nos marchemos. Este sitio no me gusta nada.

Han dejó de sonreír al ver la expresión de Sophie.

Ella hablaba completamente en serio.

Ambos comenzaron a incorporarse del sofá.

En ese mismo instante escucharon otra vez los pasos.

Margaret apareció sujetando un pequeño bote de cristal lleno de terrones de azúcar. Caminó despacio hasta la mesa, dejó el recipiente exactamente en el mismo lugar donde ya había uno idéntico y volvió a sentarse frente a ellos.

Sonrió.

Los miró con la misma expresión.

Y pronunció exactamente las mismas palabras, con el mismo tono, la misma pausa e incluso la misma inclinación de la cabeza.

—Tomad unas galletas. Las hago yo misma.

Sophie sintió un escalofrío recorrerle toda la espalda.

Aquello no era el comportamiento de una anciana despistada.

Era como si acabaran de presenciar una escena que se repetía una y otra vez sin que la mujer fuera consciente de ello.

Como si alguien hubiera dejado atrapada una parte de Margaret en un bucle del que era incapaz de salir.

—Gracias, pero tenemos que irnos —dijo Sophie mientras se levantaba del sofá.