Capítulo 16 — El reino de Caleb #2
Al abrir los ojos, Emma y Natalie se acercaron de nuevo a las enormes puertas blancas. Las dos apoyaron las manos sobre ellas y comenzaron a tirar lentamente.
Las puertas se abrieron con suavidad.
Una intensa luz blanca inundó la zona negra, obligándolos a entrecerrar los ojos durante unos segundos. Poco a poco sus pupilas fueron acostumbrándose al resplandor.
Allí estaba.
El mundo que todos recordaban.
La inmensa ciudad suspendida sobre las nubes.
Los senderos de piedra que serpenteaban entre jardines imposibles hasta llegar a la gigantesca muralla dorada.
Las interminables cascadas que caían hacia un vacío sin fondo, desapareciendo entre las nubes.
Sobre todo ello brillaba aquel enorme sol azulado que bañaba el paisaje con una luz tan extraña como hermosa.
Todo parecía exactamente igual que las veces anteriores.
Emma respiró aliviada.
—Ha funcionado...
Avanzaron por el sendero en silencio. Después de lo que acababan de vivir, nadie terminaba de confiar en aquel lugar. A cada paso observaban el entorno esperando que volviera a cambiar de un momento a otro.
Al cabo de unos minutos llegaron frente a la gigantesca muralla dorada.
Sus enormes puertas permanecían completamente cerradas.
Emma se acercó despacio.
Apoyó la palma de la mano sobre el metal.
Durante un segundo no ocurrió nada.
Entonces un profundo estruendo comenzó a recorrer toda la estructura.
Las gigantescas puertas empezaron a abrirse lentamente con un sonido grave y ensordecedor que parecía hacer vibrar el propio aire.
Cuando la abertura fue lo suficientemente grande, todos permanecieron inmóviles contemplando el paisaje que aparecía al otro lado.
Nada había cambiado.
La pequeña casa blanca seguía coronando la colina junto al acantilado.
Cientos de viviendas perfectamente alineadas descendían por el valle formando calles idénticas.
A lo lejos se alzaba el inmenso puente de líneas imposibles que conducía hasta la ciudad futurista, donde la gigantesca pirámide dorada dominaba el horizonte.
Era exactamente el mundo que Caleb les había mostrado.
Natalie bajó la vista hacia el reloj.
Las gráficas neuronales se desplazaban constantemente por la pantalla.
Fue comprobando una por una las constantes de todos.
—Vuestra actividad cerebral es completamente estable. Ninguna anomalía... por ahora.
Emma sonrió levemente.
—Eso es buena señal.
Hizo una pequeña prueba.
Se concentró.
Sus pies comenzaron a despegarse lentamente del suelo.
Una sonrisa apareció en su rostro.
—Ya vuelve a funcionar.
Los demás hicieron lo mismo y, uno tras otro, comenzaron a elevarse sobre el valle. Cruzaron el cielo en dirección a la pequeña casa de la colina mientras el viento agitaba su ropa.
Aterrizaron frente a la puerta verde.
Emma se acercó a una de las ventanas y miró al interior.
Todo era silencio, no había nadie.
Natalie llamó varias veces con los nudillos.
—¿Caleb?... ¿Hay alguien?
Nadie respondió.
Probó entonces a girar el pomo.
La puerta estaba abierta.
Entraron con cautela.
La casa seguía exactamente igual que la recordaban. Los muebles permanecían en su sitio, los cuadros seguían colgados de las paredes y el ambiente transmitía aquella extraña sensación de paz que siempre había caracterizado el mundo de Caleb.
Pero estaba completamente vacía.
Ni Caleb.
Ni sus padres.
Ni Jennifer.
Theo se acercó a la mesa del comedor, donde había varias tazas repartidas. Frunció el ceño, tomó una entre las manos y observó cómo el vapor seguía elevándose lentamente. Sorprendido, levantó la vista hacia el resto del grupo.
—Está caliente...
Todos se acercaron.
Theo volvió a dejar la taza sobre la mesa.
—Como si alguien hubiera estado aquí hace apenas unos minutos.
Emma intercambió una mirada con Natalie.
Eso solo significaba una cosa.
Habían llegado demasiado tarde... o alguien acababa de marcharse.
Salieron de la casa y descendieron volando hacia el valle.
Conforme se acercaban a las primeras viviendas, Natalie comenzó a notar una extraña sensación.
No era el reloj. Era el ambiente. Las calles estaban demasiado silenciosas, las puertas permanecían cerradas y las ventanas apenas entreabiertas.
De repente una cortina se movió. Emma giró la cabeza y vio a una mujer observándolos desde el interior de una de las casas.
En cuanto sus miradas se cruzaron, la mujer cerró las cortinas de golpe.
Unos metros más adelante volvió a ocurrir lo mismo.
Después otra vez. Había gente observándolos desde el interior de las viviendas, pero nadie salía, nadie sonreía y nadie los saludaba.
Ava rompió finalmente el incómodo silencio.
—Qué raro... Las otras veces que entré con Caleb recuerdo que todos eran muy amables.
Natalie volvió a consultar el reloj.
Su expresión cambió inmediatamente.
—Me temo que hay cosas que ya no son iguales.
Emma se acercó.
—¿Qué ocurre?
Natalie mostró la pantalla.
—Han vuelto a aparecer pequeños picos en la actividad neuronal de Caleb. No son tan peligrosos como los que vimos antes, pero la señal ya no es estable.
Theo observó las gráficas.
—¿Qué significa eso?
—Que algo está ocurriendo en su mente. No sé exactamente qué, pero cuanto más tiempo permanezca así, mayor será la posibilidad de que el entorno siga cambiando.
Emma respiró hondo.
No podían seguir perdiendo tiempo.
—Tenemos que encontrarlo cuanto antes.
Miró al resto del grupo.
—Nos separaremos.
Natalie negó ligeramente con la cabeza.
—Es peligroso.
—Lo sé. Pero recorrer este lugar juntos nos llevaría demasiado tiempo.
Emma señaló el mapa mental que todos recordaban.
—Han y Sophie registraréis la zona residencial. Theo y Ava iréis hacia el puente y comprobaréis el acceso a la ciudad. Natalie vendrá conmigo. Nosotros iremos directamente hacia la pirámide. Si Caleb sigue algún patrón lógico, ese será el lugar más importante de todo este mundo.
Todos asintieron.
Emma abrió la mochila.
Introdujo la mano y, tras unos segundos, fue sacando seis pequeños comunicadores del tamaño de una moneda.
Los repartió entre todos.
—Colocaos uno en la oreja.
Esperó unos segundos.
—¿Me escucháis?
—Perfectamente. —respondió Theo.
—Alto y claro. —añadió Han.
Emma sonrió con satisfacción.
Antes de separarse se acercó a Theo.
Lo miró fijamente.
—Cuida de Ava.
Theo sonrió con seguridad.
—No te preocupes. Mientras yo siga en pie, no permitiré que le pase nada.
Emma asintió.
Un instante después los tres grupos emprendieron caminos distintos.
Acababan de regresar al mundo de Caleb.
Pero ya no era el lugar que recordaban.
Y todos tenían la misma inquietante sensación.
Habían llegado justo cuando algo muy oscuro acababa de comenzar.