Capítulo 15 — El umbral #2
—Una cosa... Si conectamos a los seis al mismo tiempo, más Caleb, que ya está dentro... ¿el sistema lo soportará?
Ava sonrió con tranquilidad.
—Sí. Al principio el servidor iba prácticamente al límite porque el generador de imágenes consumía una cantidad absurda de recursos. Tenía que reconstruir en tiempo real todo lo que imaginábamos para poder visualizarlo desde el exterior.
Natalie terminó la explicación.
—Pero eso ya no nos sirve de nada.
Ava asintió.
—Exacto. Lo desactivé después de que Caleb quedara atrapado. Ahora toda esa capacidad de procesamiento está dedicada exclusivamente a la sincronización neuronal. Con siete participantes el consumo seguirá siendo elevado, pero el servidor puede soportarlo sin problemas.
Emma respiró aliviada.
—Entonces ya no queda ninguna excusa.
Nadie respondió.
Todos sabían que, a partir de ese momento, el único obstáculo que quedaba era Caleb.
—Recordad que tenemos que ceñirnos al límite de Ava: dieciséis horas y treinta y dos minutos. Ese es el tiempo máximo del que disponemos para salir sin poner en riesgo su córtex neuronal —dijo Natalie mientras observaba por última vez los parámetros en la pantalla.
Todos asintieron en silencio. Ya no quedaba nada más que decir.
Theo caminó hasta la puerta del laboratorio y giró la llave dos veces.
Clac.
El sonido resonó por toda la sala. Nadie podría entrar por accidente mientras ellos estuvieran dentro de ONEIROS.
Sophie realizó una última comprobación de los inyectores automáticos. Verificó la carga del sedante, el nivel del suero salino y el funcionamiento de las microbombas que mantendrían hidratados a todos durante las próximas horas. Cuando terminó, se acercó a Han. Sin decir una palabra, lo abrazó.
Han le devolvió el abrazo con fuerza.
—Todo va a salir bien —susurró.
Sophie sonrió, aunque ninguno de los dos estaba completamente convencido.
Uno a uno fueron ocupando las camillas. Emma fue la primera.
Después Theo, Natalie, Han y Sophie. Cada uno se colocó cuidadosamente el casco neuronal mientras Natalie conectaba los sensores de actividad cerebral a los puntos marcados de sus cabezas.
Los monitores comenzaron a mostrar las primeras ondas neuronales de todos ellos.
Solo quedaba Ava.
Sentada frente al ordenador, revisó una última vez cada conexión.
Siete participantes.
Sincronización correcta.
Sensores operativos.
Inyectores preparados.
Estado del servidor: estable.
Respiró hondo y pulsó INICIAR SECUENCIA.
En la pantalla apareció una cuenta atrás de treinta segundos.
Ava caminó hasta su camilla, se tumbó, colocó los últimos sensores sobre su cabeza y ajustó el casco neuronal.
El silencio volvió a apoderarse del laboratorio. Solo se escuchaba el zumbido constante de los servidores y el pitido rítmico de los monitores cardíacos.
Emma giró ligeramente la cabeza para mirar al resto.
—Recordad todo lo que hemos hablado... Nos vemos al otro lado.
Nadie respondió. No hacía falta. Todos compartían el mismo pensamiento: traer de vuelta a Caleb.
El contador continuó descendiendo.
10... 9... 8...
Emma cerró los ojos.
7... 6... 5...
Theo respiró profundamente mientras imaginaba el bastón telescópico que le acompañaría dentro de ONEIROS.
4...
Natalie repasó mentalmente cada una de las reglas que ellos mismos habían descubierto.
3...
Sophie apretó suavemente la mano de Han.
2...
Ava observó por última vez que todos los indicadores permanecían en verde.
1...
0.
Al mismo tiempo, los seis inyectores automáticos liberaron la dosis programada.
El sedante comenzó a recorrer lentamente sus venas y, uno tras otro, sintieron cómo el cuerpo se volvía cada vez más pesado.
Los sonidos del laboratorio empezaron a desvanecerse, las luces se difuminaron y el techo acabó fundiéndose en la oscuridad.
Apenas unos segundos después, los seis dormían profundamente.
El rescate acababa de comenzar.
◆◆◆
Emma fue la primera en aparecer.
Al abrir los ojos comprobó que aquel lugar era completamente distinto a todo lo que habían visto hasta entonces.
Sin duda se encontraban en la zona negra, pero esta vez no era una oscuridad infinita.
El suelo seguía siendo negro y liso, como un espejo sin reflejo, mientras que las paredes y el techo permanecían ocultos entre una negrura absoluta.
Sin embargo, al fondo de la estancia una intensa luz blanca rompía aquella oscuridad.
Una enorme pared completamente blanca se alzaba frente a ella. En el centro, una gigantesca puerta del mismo color, de varios metros de altura y sin ningún tipo de adorno, parecía esperar su llegada.
Uno a uno comenzaron a aparecer los demás.
Theo fue el siguiente, después Natalie, Sophie, Han y, por último, Ava.
Todos se observaron durante unos segundos.
Las pulseras que llevaban en la muñeca emitían una intensa luz verde desde el cristal central, indicando que la sincronización se había realizado correctamente.
Emma bajó la mirada hacia su espalda.
La mochila seguía allí.
Era exactamente la misma que le había regalado el agente Mike. Negra, resistente, con varios compartimentos y el logotipo desgastado que recordaba perfectamente. La abrió unos centímetros y comprobó que estaba completamente vacía.
—Supongo que se irá llenando cuando la necesite... —murmuró para sí.
Theo también examinó su equipo.
Sujetaba un bastón telescópico de aluminio cepillado de aproximadamente un metro de longitud. En la empuñadura de goma negra había una pequeña brújula protegida por un cristal y, cerca del extremo superior, una resistente correa le permitía colgarlo cómodamente a la espalda cuando no lo utilizara.
Sophie llevaba cruzado sobre el hombro un elegante maletín médico gris de tamaño compacto.
En la parte frontal destacaba una discreta cruz blanca.
Al abrirlo descubrió que contenía vendajes, gasas, jeringuillas, medicamentos básicos, instrumental quirúrgico y todo aquello que un médico podría necesitar en una situación de emergencia.
Natalie levantó la muñeca izquierda.
Además de la pulsera de permanencia, en la derecha llevaba un reloj biométrico de aspecto futurista. Su pantalla mostraba en tiempo real las constantes neuronales y fisiológicas de los seis integrantes del grupo, cada uno identificado con un pequeño indicador luminoso.
Han sonrió al comprobar su equipo.
Llevaba su caja de herramientas sujeta al cinturón mediante una riñonera reforzada. Dentro había destornilladores de precisión, pinzas, un pequeño soldador portátil, cables, microcomponentes electrónicos, conectores y todo lo necesario para desmontar o reparar prácticamente cualquier dispositivo.
Por último, Ava desenrolló el cilindro metálico que llevaba sujeto a un lateral del cinturón.
En cuanto lo extendió, el material comenzó a desplegarse automáticamente hasta convertirse en una delgada pantalla táctil flexible de unas quince pulgadas. La superficie emitía una tenue luz azul y respondía al instante al contacto de sus dedos.
Una sonrisa apareció en su rostro.
—Parece que ha funcionado.
Natalie asintió mientras observaba las lecturas del reloj.
—Todos los objetos se han sincronizado correctamente.
Emma volvió a levantar la vista.
Solo quedaba la puerta.
Los seis caminaron lentamente hacia ella.
Al llegar, Theo sujetó uno de los enormes tiradores blancos y Emma hizo lo mismo con el otro.
Intercambiaron una breve mirada.
Después, tiraron de la puerta al mismo tiempo.
Las enormes hojas comenzaron a abrirse lentamente con un profundo sonido metálico que resonó por toda la estancia.
Lo que apareció al otro lado dejó a todos completamente inmóviles.
Frente a ellos se extendía una larguísima pasarela de piedra blanca suspendida sobre un inmenso océano de nubes. Una elegante barandilla de piedra, apenas a la altura de las rodillas, recorría ambos lados del camino sin romper la sensación de vacío que producía mirar hacia abajo.
A lo lejos, dominando todo el horizonte, se alzaba un gigantesco castillo de una simetría casi perfecta.
Sus innumerables torres ascendían escalonadamente hasta formar una inmensa estructura piramidal imposible, como si cientos de fortalezas hubieran sido construidas unas sobre otras siguiendo un orden matemático absoluto.
Delante del castillo nacía un colosal puente horizontal sostenido por enormes columnas blancas que descendían hasta perderse entre las nubes, dando la sensación de que aquella construcción flotaba suspendida en el cielo.
Detrás de la fortaleza, una intensa luz azulada iluminaba todo el horizonte. No parecía provenir del sol, sino de algún lugar oculto tras el propio castillo, bañando las nubes con un resplandor casi sobrenatural.
Ninguno dijo una sola palabra.
Todos cruzaron lentamente el umbral de la puerta y permanecieron inmóviles contemplando aquel lugar imposible.
Acababan de entrar en ONEIROS.
Y ninguno de ellos podía imaginar que aquel hermoso paisaje era, en realidad, el comienzo de la peor pesadilla de sus vidas.