Mientras dormimos: Proyecto ONEIROS Capítulo 14 — La nota
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Capítulo 14 — La nota

D espués de que Caleb abandonara el laboratorio, Emma regresó junto al resto del grupo. Nada más verla, Natalie comprendió por la expresión de su rostro que la conversación no había sido fácil.

—No quería preocuparte —dijo con cautela—, pero sentía que debía contártelo. Empezaba a no sentirme segura.

Han asintió lentamente.

—A mí me pasaba igual. Entrar en ese mundo fue una experiencia increíble al principio, pero llegó un momento en que dejó de interesarme. Siempre era lo mismo... y nunca parecía suficiente para Caleb.

Emma los miró uno a uno.

—¿Por qué no me dijisteis nada antes?

Theo suspiró antes de responder.

—Porque sabemos lo importante que es Caleb para ti. Y, si soy sincero, también para todos nosotros. Lo queremos mucho y pensábamos que, dejándolo hacer, le estábamos ayudando.

Emma bajó la mirada.

—Lo siento... Todo esto ha sido culpa mía.

Natalie negó con la cabeza.

—No, Emma. Esta decisión la tomamos entre todos. Nadie podía imaginar que acabaríamos llegando a este punto.

Emma respiró hondo, intentando convencerse de aquellas palabras.

—Solo espero que esto no empeore las cosas.

Nadie respondió.

El silencio que se hizo en el laboratorio decía mucho más que cualquier respuesta.

Aquella misma noche, Emma decidió acostarse temprano. Llevaba semanas sometida a un agotamiento constante, tanto físico como mental. Entre las largas jornadas de investigación, las pruebas en ONEIROS y la preocupación por Caleb, apenas había tenido tiempo para descansar.

Nada más apoyar la cabeza sobre la almohada, el sueño la venció casi al instante.

Hacía meses que no recordaba haber soñado.

No sabía si realmente no soñaba o simplemente había dejado de recordar sus sueños desde que comenzó el proyecto ONEIROS.

Pero aquella noche fue diferente.

Después de una semana completa sin volver a conectarse, volvió a soñar.

◆◆◆

Emma estaba frente a la casa de Caleb.

Era la casa de verdad.

La misma en la que habían pasado incontables tardes de niños, la que se encontraba junto a la de sus padres, en aquel tranquilo vecindario que conocía de memoria. Sin embargo, había algo inquietante en ella.

La puerta seguía siendo verde.

La misma puerta que había visto una y otra vez dentro de ONEIROS.

Intentó acercarse para llamar.

Dio un paso.

Después otro.

Y otro más.

Pero la distancia nunca cambiaba.

La casa permanecía exactamente donde estaba, como si el propio suelo se deslizara hacia atrás cada vez que ella avanzaba.

Una sensación de angustia empezó a apoderarse de su pecho.

Entonces vio movimiento tras una de las ventanas.

Era Caleb.

Golpeaba desesperadamente el cristal mientras le hacía gestos para que fuera hasta él.

Su rostro estaba completamente desencajado.

—¡Emma!

Ella echó a correr.

O al menos lo intentó.

Cuanto más corría, más lejos parecía quedar la casa.

—¡Emma, ayúdame!

Su voz sonaba cada vez más desesperada.

—¡Ya voy! ¡Aguanta!

Pero era inútil.

No conseguía acercarse ni un solo centímetro.

De repente sintió que sus pies dejaban de responder.

Miró hacia abajo.

El asfalto comenzaba a hundirse bajo sus zapatos.

Al principio apenas unos centímetros.

Después hasta los tobillos.

Intentó liberarse, pero cuanto más luchaba, más rápido se hundía.

Era como si la carretera se hubiera convertido en unas inmensas arenas movedizas.

—¡Emma!

La voz de Caleb resonó una última vez.

Ella alzó la vista.

Él seguía golpeando el cristal con desesperación.

Después desapareció.

El asfalto terminó por tragársela por completo.

Todo quedó sumido en la más absoluta oscuridad.

◆◆◆

Emma se despertó sobresaltada y respirando con dificultad. Durante unos segundos permaneció completamente inmóvil, intentando distinguir el sueño de la realidad.

Miró el reloj.

Las dos de la madrugada.

Apenas llevaba unas horas dormida.

Se pasó una mano por el rostro y trató de convencerse de que solo había sido una pesadilla, pero la sensación de angustia seguía allí.

Recordaba cada detalle con una claridad inquietante: la puerta verde, Caleb golpeando desesperadamente la ventana y aquella impotencia de intentar alcanzarlo sin conseguir avanzar ni un solo paso.

No podía quitárselo de la cabeza.

Una idea comenzó a repetirse una y otra vez en su interior.

Sentía que no estaba ayudando a Caleb.

Que, por mucho que lo intentara, no estaba haciendo lo suficiente para sacarlo de la oscuridad en la que se encontraba.

Permaneció largo rato despierta, dando vueltas en la cama mientras repasaba una y otra vez la conversación que habían tenido el día anterior. Solo cuando el cansancio terminó venciendo a la preocupación consiguió volver a quedarse dormida.

A las seis de la mañana sonó el despertador, como todos los días.

Emma abrió lentamente los ojos. El apartamento seguía completamente a oscuras y, aunque había conseguido descansar un par de horas más, la pesadilla continuaba grabada en su memoria con la misma intensidad.

Se levantó, se vistió en silencio y se dirigió a la cocina.

Como de costumbre, Natalie ya estaba allí preparando el desayuno.

Unos minutos después apareció Ava, todavía adormilada, y tomó asiento junto a ellas alrededor de la mesa.

—He vuelto a soñar esta noche —dijo Emma mientras dejaba la taza de café sobre la mesa.

Natalie levantó la vista.

—¿En serio?

Emma asintió.

—Una pesadilla. Hacía muchísimo tiempo que no recordaba ningún sueño.

Ava frunció el ceño.

—Es verdad... ahora que lo dices, yo tampoco he vuelto a soñar desde que empezamos con ONEIROS.

—Ni yo —añadió Natalie pensativa.

Durante unos segundos guardó silencio, como si estuviera ordenando las ideas en su cabeza.

—Aunque... ahora que lo pienso, tiene bastante sentido.

Emma la miró con curiosidad.

—¿Por qué?

—Porque cuando entramos en ONEIROS estamos forzando al cerebro a permanecer durante horas en una fase REM extremadamente estable. Los sueños normales nacen precisamente ahí.

—¿Y eso qué significa? —preguntó Ava.

—Que probablemente el cerebro no distingue demasiado entre un sueño natural y la experiencia que vivimos en ONEIROS. Para él, ya ha cumplido esa función durante la noche.

—¿Como si creyera que ya ha soñado? —preguntó Emma.

—Exacto. Si todas los días le damos una experiencia mucho más intensa y organizada que un sueño normal, es lógico que deje de generar los suyos. No porque no pueda, sino porque ya no lo necesita.

Emma permaneció unos segundos en silencio.

—Pero llevo una semana sin entrar.

Natalie sonrió.

—Y por eso has vuelto a soñar. Al dejar de usar ONEIROS, el cerebro recupera poco a poco su funcionamiento habitual. Es como cuando dejas de usar una muleta: al principio caminas raro, pero poco a poco todo vuelve a la normalidad.

Ava dio un sorbo a su café.

—Entonces, cuanto más tiempo pasemos sin entrar, antes volveremos a soñar.

—Eso es lo que esperaría —respondió Natalie—. Aunque hay algo que me intriga.

—¿Qué?

Natalie se encogió de hombros.

—Los sueños sirven para procesar emociones, consolidar recuerdos y reorganizar información. Si ONEIROS está ocupando ese espacio... me pregunto si el cerebro estará haciendo exactamente el mismo trabajo... o si estaremos dejando algo por el camino.

Las tres se quedaron en silencio unos instantes. Ninguna tenía una respuesta.

Cuando terminaron de desayunar, las tres se prepararon y salieron hacia la universidad. El trayecto transcurrió en silencio. Emma seguía dándole vueltas a la pesadilla de la noche anterior y, por alguna razón que no conseguía explicar, no lograba quitársela de la cabeza.

Al llegar al laboratorio, Natalie se detuvo en seco. Frunció el ceño al ver la tenue línea de luz que se escapaba por la rendija situada bajo la puerta.

—Qué raro... Juraría que ayer apagué todas las luces antes de irnos.

Se acercó y agarró el pomo. La puerta cedió ligeramente en cuanto la empujó.

—¿La cerraste con llave? —preguntó Ava.

—Sí. Estoy completamente segura.

Las tres se miraron.

—Deberíamos llamar a seguridad. —dijo Natalie con gesto serio.

Pero Emma ya había dado un paso al frente. Sin responder, abrió la puerta por completo.

—¡Emma, espera! —exclamó Natalie.

Ella no la escuchó. Una sensación de angustia le oprimía el pecho desde que había visto aquella luz. El mismo presentimiento que había sentido al despertar de la pesadilla volvía a recorrer todo su cuerpo.

Entró corriendo en el laboratorio.

Lo que vio hizo que se le helara la sangre.

Caleb permanecía inmóvil sobre una de las camillas. Llevaba colocado el casco de sincronización y todos los sensores neuronales. Respiraba con normalidad, completamente ajeno al mundo que lo rodeaba.

—¡Mierda! Ava, ¿cuánto tiempo lleva conectado? —preguntó Emma sin apartar la vista de él.

Ava corrió hasta el ordenador principal y comenzó a revisar los registros. Unos segundos después levantó lentamente la cabeza.

—Seis horas.

El silencio que siguió a aquellas dos palabras resultó sobrecogedor.

—Debió de venir anoche, después de que nos marcháramos. —murmuró Natalie.

Mientras Emma seguía observando a Caleb, Ava reparó en algo sobre la mesa.

—Emma... mira esto.

Junto al teclado había un sobre blanco. En la parte delantera solo había dos palabras escritas a mano.

Para Emma.

Sintiendo un nudo en la garganta, lo abrió con manos temblorosas. En su interior había una única hoja doblada. Respiró hondo antes de comenzar a leer en voz alta.

"Hola, Emma.

Siento muchísimo hacer esto, pero es el único sitio en el que de verdad me encuentro bien.

Por favor, no entréis a por mí porque no pienso salir.

Cuida de mi madre."

Emma dejó caer lentamente la mano que sujetaba la carta. Durante unos segundos fue incapaz de pronunciar una sola palabra.

La pesadilla.

La casa.

Caleb pidiéndole ayuda desde la ventana.

Todo acababa de hacerse realidad.

Un escalofrío le recorrió la espalda.

—¿Qué hacemos? —preguntó Ava, incapaz de ocultar el temblor de su voz.

En ese mismo instante la puerta del laboratorio volvió a abrirse. Sophie y Han acababan de llegar. Los dos se detuvieron al ver las caras del resto.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Sophie con preocupación.

Emma le tendió la nota sin decir una palabra.