Mientras dormimos: Proyecto ONEIROS Capítulo 13 — La variable desconocida
40%

Capítulo 13 — La variable desconocida

D urante aquella semana, uno tras otro, todos fueron entrando en el mundo que Caleb había construido. Querían recorrerlo con calma, explorarlo sin prisas y descubrir de primera mano qué tenía de especial aquel lugar del que tanto hablaban Emma y él.

Sin importar quién entrara, todos describían exactamente la misma sensación.

Era un mundo extraordinario, de una belleza casi imposible, pero también extrañamente limitado.

Cada vez que intentaban modificar algún elemento del entorno, el cambio apenas duraba unos minutos antes de desaparecer por sí solo.

Un árbol volvía a crecer donde había sido arrancado, una carretera recuperaba su trazado original, una casa derribada reaparecía intacta como si jamás hubiera dejado de existir.

Era como si aquel lugar poseyera algún tipo de equilibrio propio, una especie de memoria que luchaba constantemente por conservar la realidad que Caleb había imaginado.

Él insistía en que no era quien impedía aquellos cambios.

—No os estoy bloqueando —les repetía una y otra vez—. Haced lo que queráis. Yo no estoy haciendo nada.

Y era cierto. Incluso cuando Caleb permanecía completamente al margen, el mundo terminaba corrigiéndose por sí solo, devolviendo cada detalle exactamente al lugar que le correspondía.

Durante horas recorrieron todos los rincones de aquel inmenso escenario.

Mientras Caleb pasaba la mayor parte del tiempo sentado en la pequeña casa blanca de la colina, con la puerta verde frente al acantilado, el resto se dedicaba a explorar cada rincón de aquel universo.

Cruzaban el kilométrico puente plateado de geometría imposible, ascendían hasta la inmensa pirámide dorada que dominaba el horizonte y se perdían entre las calles de la ciudad de rascacielos, intentando encontrar cualquier detalle que pudiera explicar aquel extraño comportamiento.

Al principio, las calles estaban completamente vacías. El silencio era absoluto y solo el viento recorría las avenidas.

Sin embargo, con el paso de los días ocurrió algo que ninguno esperaba.

La ciudad comenzó a llenarse de vida.

Primero apareció una persona caminando por una acera. Después otra. Más tarde comenzaron a circular coches por las avenidas, se encendieron escaparates, abrieron cafeterías, los parques empezaron a llenarse de niños jugando y las conversaciones terminaron mezclándose con el ruido del tráfico.

Era como si aquel mundo, poco a poco, estuviera dejando de ser un simple escenario para convertirse en un lugar real.

A la semana siguiente Caleb apareció en el laboratorio con una libreta completamente llena de números, diagramas y ecuaciones. Tenía ojeras, pero por primera vez desde hacía semanas había algo distinto en su mirada. Parecía concentrado, casi obsesionado.

—¿Has dormido algo? —preguntó Emma.

—Un par de horas. —respondió sin apartar la vista de sus apuntes—. Pero creo que he encontrado algo.

Natalie dejó el teclado y se acercó intrigada.

—¿Qué has encontrado?

Caleb extendió varias hojas sobre la mesa.

—He estado revisando todos los registros de las sesiones que habéis hecho desde el principio. Las gráficas neuronales, el consumo metabólico, la actividad eléctrica, el tiempo de permanencia... absolutamente todo.

—Nosotros llevamos semanas haciéndolo. —dijo Ava.

—Lo sé. Pero estabais buscando relaciones biológicas. Yo he buscado relaciones matemáticas.

Todos guardaron silencio.

Caleb señaló una de las gráficas.

—Hasta ahora habéis llegado a la conclusión de que el límite de permanencia depende de cuatro variables: la estabilidad de las redes neuronales, el consumo energético, la plasticidad cerebral y la capacidad para distinguir la realidad del sueño.

Natalie asintió.

—Exacto.

Caleb negó lentamente con la cabeza.

—No.

Los presentes intercambiaron una mirada de desconcierto.

—No son cuatro.

Natalie frunció el ceño.

—¿Cómo que no?

Caleb pasó la página de la libreta y mostró una serie de ecuaciones.

—Hay una quinta variable.

—¿Cuál? —preguntó Sophie.

—Todavía no sé qué representa.

Todos lo miraron extrañados.

—Sé que existe, pero aún no he conseguido identificarla.

—Eso no tiene ningún sentido. —dijo Han.

—Sí lo tiene. Cuando elimino cualquiera de las cuatro variables, los resultados dejan de encajar. Siempre queda un pequeño margen de error. Muy pequeño, pero constante. Sin embargo, cuando añado un quinto factor desconocido, el margen de error desaparece. Todas las ecuaciones encajan.

Natalie tomó la libreta y comenzó a revisar los cálculos. Cuanto más avanzaba, más seria se volvía su expresión.

—Es... imposible.

—Eso pensé yo al principio.

Emma observó a ambos sin entender nada.

—¿Qué significa exactamente?

Caleb respiró hondo antes de responder.

—Que hay algo más influyendo en ONEIROS. Algo que todavía no estamos midiendo.

—¿Algo del cerebro? —preguntó Ava.

—No lo creo.

—¿Entonces qué?

Caleb permaneció unos segundos en silencio.

—No tengo la respuesta. Solo sé que está ahí.

Natalie dejó la libreta sobre la mesa.

—Si esto es correcto...

—...todo nuestro modelo está incompleto. —terminó Caleb.

El laboratorio quedó en silencio.

Por primera vez desde que comenzaron el proyecto, todos tuvieron la misma sensación.

Quizá no entendían ONEIROS tanto como creían.

Una mañana, mientras todos trabajaban en silencio, Caleb permanecía sentado frente a una de las pantallas revisando cientos de registros de sesiones anteriores. De vez en cuando cambiaba una gráfica, anotaba un número en su libreta y volvía a empezar.

Emma se acercó por detrás.

—¿Sigues con lo del límite de permanencia?

Caleb no respondió de inmediato.

—Hay algo que no me gusta.

Natalie levantó la vista del ordenador.

—¿El qué?

—Cada vez que alguien permanece mucho tiempo dentro de ONEIROS tenemos que enviar a otra persona para avisarle de que salga. Funciona, pero es un sistema absurdo.

Han sonrió.

—De momento también es el único.

Caleb negó con la cabeza.

—No. Solo es el único que se nos ha ocurrido.

Todos dejaron lo que estaban haciendo.

—Explica. —dijo Ava.

Caleb abrió una de las gráficas neuronales.

—Llevamos meses registrando absolutamente todo. Ya sabemos que, antes de alcanzar el límite, el cerebro comienza a comportarse de forma diferente. No ocurre de golpe. Hay una transición.

Natalie asintió.

—Los primeros cambios aparecen varios minutos antes de entrar en la zona de riesgo.

—Exacto. Entonces... ¿por qué seguimos midiendo el tiempo?

Emma frunció el ceño.

—Porque es la única referencia que tenemos.

—No. El tiempo solo es una consecuencia. Lo importante es el estado del cerebro.

Se hizo un breve silencio.

Caleb comenzó a escribir varias ecuaciones en la pizarra.

—Si el algoritmo analiza en tiempo real la actividad neuronal, el consumo metabólico, la estabilidad de las redes y la plasticidad cerebral, puede calcular continuamente la distancia que nos separa del punto crítico.

Natalie observaba las ecuaciones cada vez con más atención.

—No intentaría averiguar cuánto tiempo puede permanecer alguien dentro...

—Intentaría predecir el momento en que empieza el peligro. —terminó Caleb.

Los ojos de Natalie se abrieron de par en par.

—Eso significa que podríamos saber cuándo alguien se acerca al límite aunque el tiempo transcurra de forma distinta dentro de ONEIROS.

Caleb sonrió por primera vez.

—Exactamente.

Ava giró la silla hacia ellos.

—¿Y cómo les avisamos? Porque una pantalla aquí fuera no les sirve de mucho.

Caleb permaneció unos segundos pensativo.

Después cogió un rotulador y dibujó una pulsera.

—No necesitamos enviar un mensaje. ONEIROS puede hacerlo por nosotros.

Todos lo miraron.

—La IA ya es capaz de introducir pequeños elementos comunes en todos los escenarios compartidos. Lo hace con las puertas de acceso, con los puntos de aparición y con los protocolos de seguridad. Solo tenemos que añadir uno más.

—¿Una pulsera? —preguntó Sophie.

Caleb asintió.

—Aparecerá automáticamente en la muñeca de cualquier persona que entre en ONEIROS. Siempre será la misma, independientemente del mundo que haya imaginado.

Natalie comenzó a entender la idea.

—¿Y cambiará de color?

—Verde mientras todo sea seguro. Amarillo cuando el algoritmo detecte que se aproxima al límite. Naranja cuando el riesgo sea elevado... y rojo cuando deba abandonar ONEIROS inmediatamente.

Emma sonrió.

—Así no necesitaremos que nadie entre para avisarnos.

—Exacto. —respondió Caleb—. A partir de ahora será el propio ONEIROS quien nos diga cuándo es el momento de despertar.

Durante las siguientes horas, Ava adaptó la inteligencia artificial para proyectar la pulsera en cualquier escenario generado. Natalie conectó el algoritmo de predicción a los datos neuronales en tiempo real y Han fabricó un pequeño módulo de comunicación para sincronizar ambos sistemas.

Dos días después realizaron la primera prueba.

Ava apareció en una inmensa sala de dimensiones imposibles.

Miles de columnas de cristal se elevaban hasta perderse en la oscuridad del techo.

En el interior de cada una fluían millones de diminutos puntos de luz que ascendían y descendían sin descanso, como si toda la información del mundo viajara continuamente a través de ellas.

Entre las columnas, pasarelas transparentes conectaban unas con otras formando un laberinto perfecto. Instintivamente levantó la muñeca.

Allí estaba.

Una pulsera metálica de aspecto sencillo rodeaba su brazo izquierdo. En el centro brillaba un pequeño círculo de color verde.

Sonrió.

—Funciona.

◆◆◆

Aquella mañana Natalie entró en ONEIROS junto a Caleb. Como ya era habitual, nada más aparecer él se dirigió directamente hacia la casa blanca de la colina, mientras ella aprovechaba el tiempo para seguir explorando aquel inmenso mundo.

Durante horas recorrió calles que aún no había visitado, observó cómo la ciudad seguía creciendo y descubrió nuevos rincones que no recordaba haber visto los días anteriores. Aquel lugar parecía evolucionar cada vez que regresaban.

Cuando llevaba bastante tiempo allí, la pulsera neuronal cambió del verde al amarillo.

Natalie apenas le dio importancia. Continuó caminando unos minutos más, completamente absorta en todo lo que la rodeaba.

Sin darse cuenta, la pulsera volvió a vibrar.

Esta vez la luz era naranja.

Se detuvo en seco.

—Ya he estado aquí demasiado tiempo... —murmuró para sí.

Decidió regresar para avisar a Caleb de que debían salir.

Al llegar a la casa de la colina estuvo a punto de llamar a la puerta, pero algo hizo que se detuviera. Se acercó despacio a una de las ventanas y miró al interior.

Lo que vio hizo que un escalofrío le recorriera todo el cuerpo.

Dentro no solo estaba el padre de Caleb.

También estaba su madre.

Y, sentada junto a ellos como si siempre hubiera pertenecido a aquella familia, estaba Jennifer.

Los cuatro reían alrededor de la mesa mientras compartían una comida que parecía completamente real.

Aquella imagen no transmitía tristeza.

Transmitía felicidad.

Una felicidad demasiado perfecta.

Natalie permaneció inmóvil durante unos segundos antes de apartarse lentamente de la ventana. Respiró hondo e intentó convencerse de que solo era una forma de sobrellevar el duelo.

Finalmente llamó a la puerta.

Caleb abrió con una sonrisa tranquila y, antes incluso de decir nada, bajó la vista hacia la pulsera de Natalie.

—Vaya... Veo que ya es hora de marcharse.

Natalie desvió la mirada hacia la muñeca de Caleb.

Su pulsera seguía completamente verde. Ni rastro del tono amarillento que anunciaba el primer nivel de advertencia.

Aunque sabía que su límite de permanencia era muy superior al del resto, ver aquella diferencia con sus propios ojos resultaba inquietante.

◆◆◆

Al despertar, Natalie buscó inmediatamente a Emma.

—Tengo que contarte algo. Y, sinceramente... me preocupa mucho.

Emma dejó lo que estaba haciendo y la miró con atención.

—¿Es sobre Caleb?

Natalie asintió.

—Sí. Ya sabes que siempre pasa casi todo el tiempo en la casa de la colina. Pensaba que simplemente necesitaba estar cerca de su padre y no le di demasiada importancia...

Emma asintió despacio.

—Todos me han dicho lo mismo. Necesita tiempo para asumir lo que ha pasado.

—Ojalá solo fuera eso.

Emma frunció el ceño.

—¿Qué ha ocurrido?

—Antes de llamarlo he mirado por la ventana.

Guardó silencio unos segundos.

—Dentro no estaba solo su padre. También estaba su madre... y Jennifer.

Emma tardó unos instantes en responder.

La expresión de su rostro cambió por completo.

—Eso ya no me gusta.

Natalie negó lentamente con la cabeza.

—No parecía un recuerdo, Emma. Parecía... una familia viviendo junta. Como si ese fuera su hogar.

Emma permaneció unos segundos en silencio.

—Eso significa que está empezando a construir el mundo que desearía tener... no el que perdió.

Natalie asintió.

—Y cada vez que entramos con él acabamos rozando nuestro límite de permanencia porque nunca quiere marcharse.

Emma suspiró profundamente.

—Tengo que hablar con él.

Emma encontró a Caleb revisando unas anotaciones junto al ordenador principal.

—Caleb, ¿tienes un minuto?

Él levantó la vista y sonrió.

—Claro. ¿Qué ocurre?

Emma se acercó despacio.

—Estoy preocupada por ti.

La sonrisa desapareció poco a poco de su rostro.

—¿He hecho algo mal?

—No. Pero creo que sería buena idea que dejaras de entrar en ONEIROS durante una temporada.

Caleb la miró sorprendido.

—¿Por qué?

—Porque todos los que entran contigo terminan agotando casi por completo su tiempo de permanencia.

Caleb negó con la cabeza.

—Precisamente eso es lo que intento resolver. En cuanto descubra la quinta variable, nadie volverá a tener un límite de tiempo.

Emma dio un paso más hacia él.

—Eso es justo lo que me preocupa.

Caleb guardó silencio.

—ONEIROS es increíble —continuó Emma—. Nos permite hacer cosas imposibles, vivir experiencias que jamás podríamos tener aquí...

pero no deja de ser un sueño. La vida está fuera de esa sala.

Tu madre está aquí. Nosotros estamos aquí.

No podemos pasarnos la vida viviendo en un mundo que solo existe mientras dormimos.

Las palabras parecieron golpear a Caleb.

Bajó lentamente la cabeza.

Durante unos largos segundos no dijo absolutamente nada.

Cuando volvió a levantar la vista, hablaba con un tono mucho más sereno.

—Tienes razón.

Esbozó una pequeña sonrisa, triste y cansada.

—Perdón por preocuparos. A veces me obsesiono tanto con encontrar una respuesta que dejo de darme cuenta de todo lo demás.

Emma sonrió con ternura.

—Lo sé.

—Te prometo que voy a cambiar.

Sin decir una sola palabra más, Emma lo abrazó.

—Y cuando estés preparado... seré yo la primera en volver a entrar contigo.

Caleb correspondió al abrazo con fuerza antes de abandonar el laboratorio.

Emma lo observó marcharse por el pasillo.

Durante unos instantes se preguntó si había sido demasiado dura con él.

Pero, en el fondo, sabía que aquella decisión era necesaria.

ONEIROS seguiría allí cuando Caleb estuviera preparado para regresar.