Capítulo 12 — Un nuevo mundo #2
Todo el continente estaba rodeado por un océano completamente inmóvil.
No había olas.
No había corriente.
Ni siquiera una brisa que alterara la superficie del agua.
Era un espejo infinito que reflejaba el cielo con una perfección absoluta, haciendo casi imposible distinguir dónde terminaba el mar y dónde comenzaba el firmamento.
Emma permaneció varios segundos contemplándolo todo en silencio.
Aquel lugar era extraordinariamente hermoso.
Pero también resultaba inquietante.
No porque hubiera algo amenazador, sino porque la perfección era absoluta.
No existía el azar, el desorden ni el más mínimo error.
Cada piedra, cada árbol, cada edificio y cada sendero ocupaban exactamente el lugar que debían ocupar, como si todo el mundo hubiera sido construido siguiendo unas reglas inquebrantables.
Era un universo donde las matemáticas parecían haber sustituido a la naturaleza. Y, por primera vez, Emma comprendió que estaba contemplando el reflejo más puro de la mente de Caleb.
—Ven conmigo —dijo Caleb.
Le tendió la mano. Emma la tomó y, antes de que pudiera preguntarle qué pensaba hacer, sintió cómo sus pies dejaban de tocar el suelo.
Su cuerpo comenzó a elevarse lentamente.
No hubo impulso, ni vértigo, ni la sensación de estar cayendo. Simplemente... flotaban.
Emma miró hacia abajo completamente fascinada. Los senderos, las casas idénticas y los jardines iban quedando cada vez más pequeños mientras ascendían por encima de toda la ciudad. El viento apenas rozaba su rostro y, aun así, la sensación era increíblemente real.
—Esto es... increíble —susurró sin encontrar otras palabras.
Caleb sonrió.
Volaron hasta la pequeña casa blanca situada sobre el acantilado. Desde allí el océano parecía infinito y las enormes cascadas caían hacia el universo estrellado, perdiéndose en la oscuridad.
Cuando sus pies volvieron a tocar el suelo, Caleb se dirigió directamente hacia la puerta verde y llamó con tres suaves golpes.
Apenas unos segundos después, la puerta se abrió.
Emma sintió un vuelco en el corazón.
Sabía perfectamente quién era aquel hombre. Lo había visto decenas de veces durante su infancia. Había pasado tardes enteras en aquella casa, riendo con Caleb mientras su padre les preparaba la merienda o les ayudaba con los deberes.
Solo que ahora era mucho más joven de como ella lo recordaba.
Su rostro estaba lleno de vida. No había rastro de la enfermedad ni del cansancio que habían marcado sus últimos años. Sonreía exactamente igual que entonces.
—Hola, hijo. ¿Qué tal estás? —preguntó con una sonrisa cálida.
Caleb no respondió. Se acercó a él y lo abrazó con todas sus fuerzas.
Emma permaneció unos pasos atrás, observando la escena sin querer interrumpir aquel momento.
Cuando el abrazo terminó, Peter levantó la vista y la reconoció al instante.
—Cuánto tiempo sin verte, Emma. Pasad, no os quedéis ahí en la puerta.
Emma se acercó despacio y él también la abrazó.
Durante un instante sintió exactamente el mismo abrazo que recordaba de cuando era niña. Cálido. Protector. Real.
Al cruzar el umbral descubrió que la casa era mucho más grande de lo que aparentaba desde el exterior.
Una inmensa sala de estar ocupaba casi toda la planta baja.
Grandes ventanales dejaban entrar una cálida luz natural que iluminaba cada rincón, mientras una chimenea de piedra presidía la estancia.
Al fondo había una cocina abierta con una enorme isla central de madera y, junto a una de las paredes, una elegante escalera blanca conducía a la planta superior.
Emma sonrió al reconocer muchos de los detalles. Las fotografías familiares, el viejo reloj de pared, los libros perfectamente ordenados en las estanterías e incluso la taza azul que Peter utilizaba cada mañana para tomar café. Todo estaba exactamente como ella lo recordaba.
Durante un buen rato permaneció en silencio, observando cómo padre e hijo hablaban, reían y recordaban anécdotas de hacía años. No había tristeza en Caleb. Solo paz.
Al cabo de un rato, Emma se acercó a él.
—Caleb, ¿podemos hablar un momento?
Él asintió y ambos se apartaron unos metros.
Emma esperó unos segundos antes de hablar.
—Entiendo por qué has creado este lugar.
Caleb bajó la mirada.
—Necesitaba volver a verlo.
Emma asintió con comprensión.
—Y no hay nada malo en eso. Cualquiera daría cualquier cosa por poder compartir unos minutos más con alguien a quien ha perdido.
Guardó unos segundos de silencio antes de continuar.
—Solo prométeme que nunca olvidarás que este lugar existe porque tú lo has creado. Los recuerdos son un regalo, pero si algún día empiezas a preferir este mundo al real, terminarán convirtiéndose en una prisión.
Caleb permaneció unos instantes mirando la casa.
—Lo sé. Solo... necesitaba verlo una vez más.
Emma le dedicó una sonrisa.
—Entonces disfruta del momento.
Los tres pasaron varias horas conversando, riendo y compartiendo la comida, como si el tiempo hubiera retrocedido muchos años y nada malo hubiera sucedido jamás.
Cuando Emma comprobó cuánto tiempo llevaban allí, volvió a acercarse a Caleb.
—Creo que ya es hora de volver.
Él asintió despacio.
—Dame solo un minuto.
Se acercó a su padre una última vez. Los dos se abrazaron durante largo rato, sin decir una sola palabra.
Cuando finalmente se separaron, Peter simplemente le sonrió.
No hizo falta despedirse.
Los dos sabían que volverían a encontrarse allí siempre que Caleb lo deseara.
Caleb respiró hondo, caminó hasta Emma y le tomó las manos.
Ambos cerraron los ojos.
Al mismo tiempo pensaron en despertar.
◆◆◆
Caleb y Emma abrieron los ojos casi al mismo tiempo.
Poco a poco fueron recuperando la conciencia mientras sus compañeros les retiraban los sensores y los cascos neuronales.
Caleb se incorporó despacio, todavía asimilando todo lo que acababa de vivir. Miró a todos los presentes y sonrió.
—Gracias... De verdad. Hacía mucho tiempo que no vivía un momento tan bonito.
Nadie respondió. Todos comprendían perfectamente lo que había significado para él reencontrarse con su padre, aunque solo hubiera sido dentro de ONEIROS.
Emma se volvió hacia Natalie.
—¿Qué tal los datos neuronales de Caleb?
Lo preguntó casi por intuición. Después de lo que había visto dentro del sueño, estaba convencida de que los registros serían diferentes a los de cualquiera de ellos.
Natalie giró uno de los monitores para que todos pudieran verlo.
—Son impresionantes. Desde el mismo instante en que entró en ONEIROS, su actividad neuronal era aproximadamente un treinta por ciento superior a la tuya, Emma.
Todos dirigieron la mirada hacia la pantalla.
—Y eso no es lo más sorprendente. Conforme avanzaba la sesión, esa diferencia no dejó de aumentar hasta alcanzar casi un ochenta por ciento. Nunca habíamos registrado algo parecido.
Han soltó un leve silbido de admiración.
Natalie continuó.
—Su capacidad para moldear ONEIROS es extraordinaria. No solo crea escenarios con una rapidez imposible para cualquiera de nosotros, sino que el propio entorno parece anticiparse a sus pensamientos. Es como si su cerebro necesitara mucho menos esfuerzo para convertir una idea en realidad.
Emma permaneció unos segundos observando los gráficos.
Aquello confirmaba exactamente lo que había sentido dentro del sueño.
Caleb no era simplemente mejor controlando ONEIROS.
Su mente parecía funcionar de una forma completamente distinta.
Por primera vez desde que habían iniciado el proyecto, Emma tuvo la sensación de que acababan de descubrir algo capaz de cambiar para siempre todo lo que creían saber sobre ONEIROS.