Capítulo 12 — Un nuevo mundo
C aleb estaba deseando probar ONEIROS, así que Emma decidió ser ella quien lo acompañara en su primera inmersión. Quería estar a su lado cuando descubriera con sus propios ojos aquello en lo que llevaban meses trabajando.
Caleb se tumbó sobre una de las camillas mientras Natalie ajustaba cuidadosamente el casco neuronal sobre su cabeza. Después fue colocando uno a uno los sensores en sus sienes, cuello y pecho, comprobando en la pantalla que todas las señales llegaban con la intensidad correcta.
—Espera unos segundos mientras la IA escanea tus patrones neuronales y los carga en el sistema.
En los monitores comenzaron a aparecer decenas de gráficos y ondas de distintos colores.
Miles de datos fluían a toda velocidad mientras la inteligencia artificial analizaba la actividad eléctrica de su cerebro, identificaba sus patrones cognitivos y construía su firma neuronal para sincronizarla con el resto del sistema.
Apenas transcurrió un minuto cuando el proceso terminó.
Ava observó la pantalla con los ojos abiertos de par en par.
—Guau... Mirad esto.
Todos se acercaron inmediatamente.
—Su actividad neuronal es una auténtica locura. Nunca había visto unos niveles de procesamiento tan altos... y según los cálculos del sistema, su tiempo máximo de exposición supera las treinta y dos horas.
Han soltó una pequeña carcajada.
—Parece que alguien acaba de quitarte la medalla de oro —dijo mirando a Emma.
Emma sonrió con naturalidad. Nunca había visto ONEIROS como una competición; le daba exactamente igual quién tuviera la mayor capacidad.
Mientras tanto, Natalie terminó de preparar su equipo. Emma se tumbó en la camilla contigua y dejó que le colocaran el casco.
Antes de cerrar los ojos, giró la cabeza hacia Caleb.
—Recuerda todo lo que te he explicado. Lo único verdaderamente importante son las reglas. Si las respetas, no tienes nada que temer. Por lo demás... simplemente disfruta.
Caleb asintió con una mezcla de curiosidad y nerviosismo. Podía sentir cómo el corazón le latía con fuerza mientras Sophie conectaba el inyector automático al catéter de su brazo.
—Preparado —dijo ella.
Pulsó el control y una pequeña dosis del suero comenzó a recorrer lentamente el tubo transparente antes de mezclarse con su sangre.
Caleb sintió una agradable sensación de calor extenderse por todo el cuerpo. Los sonidos del laboratorio empezaron a apagarse poco a poco, como si alguien estuviera bajando lentamente el volumen del mundo. Sus párpados pesaban cada vez más.
Emma alcanzó a verlo cerrar los ojos apenas unos segundos antes de que Sophie administrara también su dosis.
La oscuridad los envolvió a los dos casi al mismo tiempo.
◆◆◆
Al entrar en ONEIROS, un inmenso sol de un azul intenso dominaba el cielo.
No era un azul corriente, sino el de una gigantesca esfera de energía que parecía palpitar lentamente, como si estuviera viva.
Su brillo era tan intenso que, durante unos segundos, Emma tuvo que cubrirse los ojos con el antebrazo.
Poco a poco su vista comenzó a adaptarse. Para su sorpresa, el resplandor dejó de resultarle molesto hasta el punto de que pudo contemplar directamente aquel enorme sol sin sentir el menor escozor en los ojos. Era como si la propia luz obedeciera las reglas de aquel mundo.
Cuando bajó la mirada, se quedó completamente inmóvil.
Estaban suspendidos sobre un continente flotante entre las nubes.
Anchos senderos de piedra blanca recorrían jardines perfectamente cuidados, atravesaban pequeños puentes y desembocaban en una inmensa ciudad amurallada que parecía construida en oro y mármol. Todo el conjunto descansaba sobre una gigantesca masa de roca suspendida en el vacío.
En los extremos del continente, enormes cascadas de un agua cristalina, teñida de un ligero tono azul celeste, caían al vacío formando columnas interminables. Emma se acercó lentamente al borde.
Miró hacia abajo.
No había tierra.
No había océano.
Solo un inmenso espacio oscuro cubierto de estrellas.
Las cascadas desaparecían en aquella inmensidad infinita sin que pudiera distinguir dónde terminaban, como si el agua se derramara directamente sobre el universo.
Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo.
Entonces escuchó la voz de Caleb detrás de ella.
—¿Te gusta lo que ves? —preguntó con una sonrisa.
Emma seguía observando el paisaje, incapaz de apartar la vista.
—¿Cómo... cómo has hecho esto? Ni siquiera he llegado a pasar por la zona negra. ¿Cómo has podido crear todo esto tan rápido?
Caleb frunció ligeramente el ceño.
—Yo tampoco he visto ese lugar del que habláis. En cuanto abrí los ojos... todo esto ya estaba aquí.
Emma lo miró sorprendida.
—Es increíble... Tu mente ni siquiera necesita construir el entorno. Es como si ya existiera antes de que fueras consciente de él. Todo aparece completo desde el primer instante.
Caleb sonrió con naturalidad.
—Supongo que llevo muchos años imaginándolo.
Se giró hacia la ciudad.
—Ven. Si esto te ha impresionado... espera a ver lo que hay dentro.
Comenzaron a caminar por uno de los amplios senderos de piedra. Mientras avanzaban, Caleb le fue explicando que aquel lugar lo había acompañado desde niño.
—Cuando las cosas iban mal... siempre acababa imaginando este mundo. Lo veía una y otra vez, casi todas las noches. Era el único sitio donde sentía que podía olvidarme de todo.
Emma comprendió entonces que aquel lugar no era simplemente una ciudad imaginaria.
Era su refugio.
Su lugar seguro.
A medida que se acercaban, la escala de la ciudad resultaba todavía más sobrecogedora.
Las murallas eran descomunales, de un intenso color dorado que reflejaba la luz azul del sol como si estuvieran hechas de un metal desconocido.
Debían de medir cientos de metros de altura, tanto que Emma tuvo que echar completamente la cabeza hacia atrás para intentar distinguir su parte superior.
Incluso así, las almenas parecían perderse entre las nubes.
En el centro se alzaba una puerta gigantesca, decorada con intrincados relieves geométricos y símbolos que parecían grabados con absoluta precisión matemática.
Caleb apoyó lentamente la palma de la mano sobre la superficie.
Durante un instante no ocurrió nada.
Entonces toda la estructura vibró.
Un estruendo profundo recorrió las murallas mientras los enormes mecanismos ocultos comenzaban a moverse.
El sonido era tan potente que parecía hacer temblar el propio aire.
Emma tuvo que cubrirse los oídos mientras las dos hojas de la puerta, cada una del tamaño de un edificio, empezaban a separarse lentamente.
Cuando la abertura fue lo suficientemente grande para dejar pasar la luz del otro lado, Emma sintió que se le escapaba la respiración.
Ante ella se extendía el lugar más hermoso que había visto en toda su vida.
Había cientos de casas. Quizá miles.
Todas eran exactamente iguales: dos plantas, fachada de piedra clara, tejado de pizarra oscura, un pequeño porche sostenido por dos columnas blancas y un jardín impecablemente cuidado, rodeado por una valla del mismo color.
Cada parcela tenía exactamente las mismas dimensiones.
Los árboles ocupaban idéntica posición, los arbustos estaban podados con la misma forma y hasta las flores crecían siguiendo el mismo dibujo.
Incluso el camino de piedra que conducía a la puerta principal repetía el mismo trazado una y otra vez.
No existía la más mínima diferencia entre unas y otras.
Era como si una única vivienda hubiera sido replicada miles de veces con una precisión absoluta, sin cometer un solo error.
Las calles eran amplias, limpias y perfectamente alineadas.
Cada cruce estaba situado a la misma distancia del anterior, formando una cuadrícula tan exacta que parecía diseñada por un ordenador.
No había un solo coche, ni bicicletas, ni personas caminando.
Tampoco se escuchaban pájaros, perros o el sonido del viento entre los árboles.
Todo parecía preparado para ser habitado...
Y, sin embargo, daba la inquietante impresión de que nadie hubiera vivido allí jamás.
A la izquierda, elevándose sobre una suave colina cubierta de un césped perfectamente uniforme, había una única casa diferente a todas las demás.
Era pequeña, completamente blanca y con una sencilla puerta verde.
Permanecía completamente sola, construida al borde de un inmenso acantilado desde el que el océano se extendía hasta perderse en el horizonte.
Un estrecho sendero ascendía lentamente por la ladera hasta llegar a ella, como si aquella casa hubiera sido colocada allí para recordar que, entre tanta perfección, aún existía un lugar especial.
Frente a ellos, al otro lado del mar, se alzaba una ciudad gigantesca.
Decenas de rascacielos de cristal y acero se elevaban hacia el cielo formando un inmenso bosque de torres que parecía no tener fin. Sus fachadas reflejaban el intenso sol azul, llenando el horizonte de destellos plateados.
Sin embargo, ninguno de aquellos edificios conseguía eclipsar la inmensa pirámide dorada que dominaba el centro de la ciudad.
Era colosal.
Mucho más alta que cualquier rascacielos.
Sus enormes caras metálicas brillaban como si estuvieran construidas con oro líquido, reflejando la luz en todas direcciones. Desde la distancia parecía irradiar una presencia casi hipnótica, convirtiéndose de manera inevitable en el auténtico corazón de aquel mundo.
Separando ambos lugares existía un único camino.
Un puente plateado de varios kilómetros de longitud que desafiaba cualquier explicación lógica.
Sus pilares apenas rozaban la superficie del agua y, aun así, sostenían una estructura imposible que se retorcía formando curvas, espirales, arcos y figuras geométricas que parecían desafiar la gravedad.
Aun contemplando semejante locura arquitectónica, Emma tenía la extraña certeza de que no podía derrumbarse.
Todo encajaba con una armonía tan perfecta que daba la impresión de obedecer a una fórmula matemática imposible de comprender.
Más que una obra de ingeniería...
Parecía una ecuación convertida en arquitectura.