Capítulo 11 — El secreto
E sa mañana Emma se despertó como todos los días.
Después de permanecer unos minutos mirando por la ventana, se dio cuenta de que desde que iniciaron el proyecto ONEIROS no recordaba haber vuelto a soñar.
Recordaba perfectamente todas las entradas en ONEIROS, pero no sus propios sueños; nada desde el día que se pasó horas y horas sacando cajas del laboratorio.
Intentó recordar cuál había sido el último sueño que había tenido. Sabía que, antes del proyecto, soñaba con normalidad, pero era incapaz de recuperar una sola imagen. Era como si alguien hubiera borrado todos aquellos recuerdos y solo hubieran permanecido los de ONEIROS.
Frunció el ceño.
Le resultaba extraño. Muy extraño.
Quizá solo fuera el cansancio acumulado durante las últimas semanas o el estrés de compaginar las clases con el proyecto. Aun así, decidió comentarlo con los demás si surgía la oportunidad.
Pero enseguida recordó que, si todo iba bien, volvería a ver a Caleb con el grupo, y eso era lo único que realmente le importaba en ese momento.
Después de darse una ducha rápida y vestirse, fue a la cocina. Como de costumbre, Natalie ya estaba allí y le había preparado el desayuno: unos huevos revueltos con una tostada con mantequilla y un café para empezar bien la mañana.
—No sé si te lo he dicho alguna vez, pero eres maravillosa —le dijo Emma a Natalie.
—Sí, todos los días.
Las dos rieron.
—¿Estás nerviosa por Caleb? —preguntó Natalie mientras removía su café.
Emma sonrió con timidez.
—Un poco. Espero que hoy venga de verdad.
—Vendrá. Si aceptó tu propuesta es porque, en el fondo, quiere volver a ser el de antes.
Emma asintió, aunque no estaba tan convencida.
—Solo espero que este sea el comienzo de que todo empiece a mejorar.
Al llegar a la universidad, Emma recorrió el campus con la mirada casi de forma automática. Cada estudiante que aparecía a lo lejos le hacía pensar, durante una fracción de segundo, que era Caleb. Pero nunca lo era.
Entró en el edificio con una mezcla de ilusión y miedo. Si aquel día tampoco aparecía, empezaría a pensar que había cometido un error insistiendo tanto para que regresara.
A media mañana fue a la cafetería. Allí estaban todos, pero Caleb seguía sin aparecer.
Emma consultó la hora en el móvil por tercera vez en apenas unos minutos.
—Empiezo a pensar que no va a venir...
Theo le dio un pequeño apretón en la mano.
—No te preocupes, seguro que vendrá. Después de todo lo que ha pasado, bastante ha hecho con decidir volver.
Emma suspiró.
—Lo sé... pero me preocupa que haya cambiado de idea en el último momento.
A los pocos minutos, recordó lo que había pensado esa misma mañana y decidió preguntárselo al resto.
—No sé si solo me ha pasado a mí, pero desde que empezamos el proyecto no recuerdo haber tenido ningún sueño cuando duermo. ¿A vosotros os ocurre lo mismo?
Theo se quedó pensativo unos segundos.
—Lo cierto es que ni siquiera me había parado a pensarlo... Yo tampoco recuerdo ninguno.
Natalie frunció el ceño.
—Ahora que lo dices... creo que a mí me pasa igual.
—A mí también —dijo Sophie.
—Yo igual —añadió Ava.
Han se encogió de hombros.
—Supongo que yo también. La verdad es que no lo había pensado.
Durante unos instantes todos permanecieron en silencio. Era una coincidencia demasiado extraña para ignorarla, aunque ninguno supo encontrarle una explicación.
Emma se percató entonces de que Han estaba mirando detrás de ella.
—Mirad quién viene por ahí —susurró.
Emma se giró y, durante un instante, creyó que su imaginación le estaba jugando una mala pasada.
Era Caleb.
Caminaba despacio, con las manos en los bolsillos. Se había afeitado, llevaba el pelo arreglado y vestía como siempre, pero había algo en él que seguía siendo distinto. Su aspecto había mejorado, aunque el cansancio de sus ojos seguía delatando todo lo que había sufrido durante aquellas semanas.
Emma sonrió sin darse cuenta.
—Ha venido...
Theo siguió la dirección de su mirada y también sonrió.
Al llegar hasta ellos, Caleb les dedicó una leve sonrisa.
—¿Qué tal, chicos? ¿Puedo sentarme con vosotros?
Todos asintieron. Hacía mucho tiempo que no lo veían y estaban encantados de que volviera a formar parte del grupo.
—Qué alegría volver a verte —dijo Han mientras le daba una palmada en el hombro.
Durante un buen rato estuvieron hablando y poniéndose al día.
Caleb respondía cuando alguien le preguntaba algo e incluso esbozaba alguna sonrisa de vez en cuando, pero Emma no tardó en darse cuenta de que seguía sin estar realmente allí.
Su mirada se perdía constantemente en algún punto de la cafetería, como si su mente estuviera muy lejos de aquella conversación.
Emma sintió un nudo en el estómago. Había conseguido que volviera a la universidad, pero comprendió que eso solo era el primer paso. Caleb seguía librando una batalla que ninguno de ellos podía ver.
Emma observó para ver qué estaba pasando. Al fondo de la cafetería estaba Jennifer, sentada en una mesa con un chico que a Emma le sonaba de haber visto alguna vez por la universidad, aunque no sabía quién era.
Los dos se estaban besando, pero Jennifer no dejaba de mirar hacia la mesa donde estaba Caleb mientras tonteaba con el otro chico.
Emma no pudo soportarlo más y se levantó de la mesa.
Todos la siguieron con la mirada, sin entender adónde iba, hasta que Theo se dio cuenta de lo que ocurría y salió tras ella.
Al llegar frente a Jennifer, Emma la miró fijamente.
—¿Te diviertes?
Jennifer levantó la vista, sorprendida.
—Perdona, ¿Qué has dicho?
—Lo has oído perfectamente. Si lo único que pretendes es seguir amargándole la vida a Caleb, podrías irte a la mierda.
El chico que estaba con Jennifer miró incómodo a una y a otra.
—Jennifer... será mejor que nos vayamos.
Al ver que Theo también se acercaba, Jennifer se levantó despacio. Miró a Emma con desprecio, esbozó una sonrisa burlona y, sin decir una sola palabra, se dio la vuelta y se marchó junto al chico.
Theo se acercó a Emma.
—No sé exactamente qué acaba de pasar... pero creo que me lo imagino.
Cuando los dos regresaron a la mesa, Caleb ya no estaba.
Emma recorrió la cafetería con la mirada, preocupada. Entonces una idea cruzó por su cabeza.
—No sé si os parecerá buena idea, pero creo que podríamos ayudar a Caleb.
Todos la miraron esperando que continuara.
—¿Y si le dejamos participar en el proyecto ONEIROS?
Durante unos segundos nadie dijo nada.
—Es un auténtico genio de las matemáticas y la física. Estoy convencida de que podría aportar muchísimo al proyecto y, además, tener algo en lo que centrarse podría ayudarle a salir poco a poco de la situación en la que está.
Natalie fue la primera en asentir.
—Por mí, adelante.
Los demás también estuvieron de acuerdo. Ninguno puso ninguna objeción.
Emma salió inmediatamente en busca de Caleb. Recorrió buena parte del campus sin encontrarlo hasta que, al fin, lo vio caminando solo por uno de los senderos.
—¡Caleb, espera! —gritó.
Él se dio la vuelta.
—Lo siento, Emma. No ha sido buena idea venir hoy.
—No digas eso. Tú no tienes la culpa de nada.
Caleb bajó la mirada sin responder.
Emma dio un paso hacia él.
—Me gustaría que vinieras conmigo. Quiero enseñarte algo en lo que llevamos meses trabajando.
Caleb la miró extrañado.
—¿A qué te refieres?
Emma sonrió levemente.
—Ven conmigo... y lo verás con tus propios ojos.
La curiosidad terminó imponiéndose a las dudas. Sin decir una palabra más, Caleb comenzó a caminar junto a Emma en dirección al laboratorio.
Al llegar, los demás ya estaban allí.
Caleb se quedó mirando todos los equipos mientras Emma cerraba la puerta tras él.
—Lo que te voy a contar no puede salir de esta sala, así que tienes que prometerme que guardarás el secreto —dijo Emma.
Caleb asintió con la cabeza. Todavía no sabía qué era exactamente lo que hacían allí, pero la curiosidad empezaba a imponerse al desconcierto.
Emma respiró hondo antes de continuar.
—Lo que tienes delante es el proyecto ONEIROS. Llevamos más de tres meses trabajando en él y, si todo sale bien, podría cambiar para siempre la forma en la que entendemos el cerebro humano.
Caleb frunció ligeramente el ceño, sin apartar la vista de ella.
—Hemos conseguido algo que, hasta hace muy poco, parecía imposible. No solo somos capaces de registrar la actividad cerebral durante el sueño... Hemos encontrado la forma de sincronizar varias mentes para que compartan el mismo sueño.
Caleb permaneció inmóvil unos segundos.
—¿Compartir... el mismo sueño?
Emma asintió.
—No es una simulación ni realidad virtual. Mientras dormimos, todos experimentamos exactamente el mismo lugar al mismo tiempo. Podemos hablar, movernos e interactuar unos con otros como si realmente estuviéramos allí.
—¿Compartir el mismo sueño? —repitió Caleb, negando lentamente con la cabeza—. No... eso no puede ser.
Emma sonrió. Ya esperaba aquella reacción.
—Nosotros dijimos exactamente lo mismo la primera vez.
Caleb dio unos pasos alrededor de los equipos, observando los cascos y los monitores.
—No hablo de que sea difícil. Hablo de que, con todo lo que sabemos sobre neurociencia y teoría de sistemas, no debería ser posible.
Una cosa es registrar la actividad cerebral y otra muy distinta conseguir que dos personas perciban exactamente la misma realidad.
Cada cerebro interpreta la información de forma distinta.
Las conexiones neuronales nunca son idénticas entre dos individuos.
Matemáticamente, la probabilidad de que dos mentes construyan el mismo escenario con el mismo nivel de detalle es prácticamente cero.
Emma asintió.
—Y tienes razón.
Caleb levantó la vista.
—Entonces... ¿qué habéis hecho?
—No compartimos pensamientos. Compartimos únicamente la estructura que genera el entorno. La IA aprende la firma neuronal de cada persona y sincroniza solo los patrones responsables de construir el escenario. Los recuerdos, las emociones y la personalidad siguen siendo completamente individuales.
Caleb guardó silencio durante unos segundos.
—Eso... sigue siendo imposible.
Miró de nuevo los cascos, como si intentara desmontarlos con la mirada.
—Si lo que dices es cierto, no habéis conectado dos cerebros...
habéis conseguido acoplar dos sistemas caóticos independientes.
Es como hacer que dos péndulos separados por kilómetros empiecen a oscilar exactamente con la misma frecuencia y la misma fase sin existir ningún vínculo físico entre ellos.
Si realmente funciona... no solo rompe lo que sabemos sobre la dinámica cerebral.
Obliga a replantear parte de la física de los sistemas complejos.
Emma sonrió.
—Eso mismo pensamos nosotros.
Se hizo un breve silencio.
—Por eso quería que lo vieras con tus propios ojos.
—Bien... Supongamos que todo lo que dices es cierto. ¿Cómo funciona exactamente?
Natalie dio un paso al frente. Aquella era su especialidad.
—Aunque el funcionamiento completo es bastante complejo, la idea general es fácil de entender.
Lo primero es conseguir que el cuerpo entre rápidamente en fase REM.
Para eso utilizamos un suero que Sophie ha conseguido sintetizar después de meses de investigación.
Nos permite inducir el sueño de forma controlada y con un margen de error mínimo.
Sophie asintió con una sonrisa.
—Después entran en juego los cascos y todos estos sensores —continuó Natalie señalando los equipos—. Registran en tiempo real millones de datos sobre la actividad neuronal de cada participante. No solo medimos qué zonas del cerebro se activan, también analizamos cómo interactúan entre sí.
Caleb observó los cascos con atención.
—¿Y después?
Natalie señaló el servidor principal.
—Aquí ocurre la parte realmente importante.
La Facultad de Informática nos cedió una inteligencia artificial experimental para que la entrenáramos.
Durante estos meses, Ava la ha ido adaptando a nuestras necesidades hasta conseguir que aprenda la firma neuronal única de cada participante.
Después compara toda esa información y utiliza unos algoritmos de sincronización que diseñamos nosotros para generar un único entorno compartido.
No transmite pensamientos ni recuerdos; únicamente consigue que todos los cerebros construyan el mismo escenario mientras cada participante mantiene intacta su propia identidad.
Caleb permaneció unos segundos en silencio.
—Es... una barbaridad.
—Nosotros reaccionamos exactamente igual la primera vez —dijo Ava entre risas.
Emma dio un paso hacia él.
—Pero hay una cosa que debes saber. Para entrar en ONEIROS existen unas reglas que nunca podemos romper.
Durante varios minutos Emma le explicó, una por una, todas las normas que habían descubierto desde el inicio del proyecto: la necesidad de que todos pensaran en despertar para poder salir, la imposibilidad de morir realmente, la existencia de la zona negra, el límite de permanencia dentro del sueño, la forma en la que una mente podía imponerse sobre otra y el resto de protocolos que habían ido desarrollando tras meses de pruebas.
Caleb escuchaba sin interrumpir. Solo asentía de vez en cuando mientras trataba de ordenar toda aquella información.
Cuando Emma terminó, comenzó una auténtica lluvia de preguntas.
Quería saber cómo habían entrenado la inteligencia artificial, cuántos participantes podían conectarse al mismo tiempo, qué ocurría si uno perdía la consciencia dentro del sueño, cómo habían medido la sincronización entre cerebros, qué margen de error tenía el sistema y cómo podían demostrar que todos estaban experimentando exactamente el mismo lugar y no simples coincidencias.
Durante casi una hora el laboratorio se convirtió en una improvisada clase magistral.
Natalie respondía a las cuestiones relacionadas con el cerebro y los algoritmos.
Sophie explicaba la parte médica. Han describía el funcionamiento del sistema de inyección automática.
Ava le enseñó los registros de las sesiones anteriores, las imágenes captadas durante las pruebas y las gráficas donde podía verse cómo las actividades neuronales de todos los participantes acababan sincronizándose.
Caleb apenas hablaba. Observaba cada pantalla, cada gráfico y cada dato con una concentración absoluta, buscando cualquier error que desmontara la teoría.
Pero no lo encontró.
Finalmente, Emma se acercó hasta él.
—Como se suele decir, una imagen vale más que mil palabras. Si de verdad quieres comprender qué es ONEIROS... tienes que vivirlo.
Caleb levantó la vista y contempló de nuevo el laboratorio.
Por primera vez en mucho tiempo, su expresión había cambiado. La tristeza seguía allí, escondida en algún rincón de su mirada, pero durante unos instantes había desaparecido bajo algo mucho más poderoso.
Curiosidad.
Y Emma comprendió que aquel proyecto acababa de devolverle algo que creía perdido: las ganas de volver a ilusionarse por descubrir lo imposible.