Mientras dormimos: Proyecto ONEIROS Capítulo 10 — Caleb
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Capítulo 10 — Caleb

C aleb Brooks era el mejor amigo de la infancia de Emma.

Se podía decir que tenía todo lo que cualquiera imaginaría en el hombre perfecto: era alto, atractivo, con unos ojos azules que recordaban al mar en los días despejados, una inteligencia fuera de lo común y una forma de querer tan sincera como difícil de encontrar.

Todo había comenzado cuando los padres de Caleb se mudaron a la casa de al lado, cuando Emma apenas tenía cuatro años.

Desde entonces se volvieron inseparables.

Compartieron el parvulario, el colegio, el instituto y prácticamente toda su infancia.

Si uno estaba en algún sitio, lo normal era que el otro también lo estuviera.

Caleb era un chico extremadamente tímido.

En clase apenas levantaba la mano y le costaba incluso mantener una conversación con personas que no conocía.

Sin embargo, cuando estaba con Emma parecía transformarse.

Hablaba sin parar, bromeaba, imaginaba historias imposibles y era capaz de pasarse horas enteras contándole cualquier idea que se le pasara por la cabeza.

Con el tiempo, sus padres también terminaron haciéndose muy amigos.

Después de las clases era habitual que uno de los dos acabara merendando en casa del otro.

Las tardes transcurrían entre videojuegos, bicicletas, partidos improvisados en el jardín o interminables construcciones con piezas de Lego que ocupaban el salón durante días.

En verano la rutina cambiaba por la playa, donde podían pasar horas enteras construyendo castillos de arena, buscando conchas o compitiendo para ver quién aguantaba más tiempo bajo el agua.

Los dos eran hijos únicos y, con los años, aquella amistad terminó pareciéndose más a la relación entre dos hermanos que a la de simples amigos.

Todo comenzó a cambiar cuando llegó la universidad.

Emma decidió estudiar Psicología, mientras que Caleb se matriculó en un doble grado de Matemáticas y Física.

Recibió ofertas y becas de algunas de las universidades más prestigiosas del país, oportunidades que muchos habrían aceptado sin pensarlo dos veces.

Sin embargo, decidió quedarse en la Universidad de Washington.

Parte de la decisión se debía a que su padre ya estaba enfermo y no quería alejarse demasiado de él.

La otra razón era mucho más sencilla: no quería marcharse lejos de Emma.

Durante el primer año apenas notaron el cambio. Seguían viéndose casi todos los días al terminar las clases y Caleb encajó perfectamente con el grupo de amigos de Emma. En aquella época aún eran siete.

La enfermedad de su padre avanzó con una crueldad implacable. Mes tras mes fue consumiéndolo hasta que finalmente falleció. Caleb quedó completamente destrozado. Durante semanas apenas hablaba y parecía caminar por la universidad como si lo hiciera en piloto automático.

Emma no se separó de él en ningún momento.

Lo acompañó durante el funeral, pasó incontables tardes sentado a su lado sin necesidad de decir una sola palabra y estuvo allí cada vez que sentía que el mundo se le venía encima.

Con el apoyo de ella y del resto del grupo, Caleb consiguió salir poco a poco de aquel pozo.

O al menos eso parecía.

Fue entonces cuando conoció a Jennifer.

Todos en la universidad la llamaban “la Barbie”.

Era una chica tan llamativa como popular.

Estudiaba el mismo grado que Caleb, era la capitana del equipo de atletismo de la universidad y participaba en multitud de actividades del campus, por lo que prácticamente todo el mundo conocía su nombre.

Además, sus padres eran propietarios de una de las empresas de transporte más importantes del país y vivían en una de las zonas más exclusivas de Seattle.

Al principio, todos se alegraron por él. Hacía mucho tiempo que no lo veían sonreír de aquella manera.

Pero la ilusión duró poco.

Jennifer nunca soportó la relación que Caleb tenía con Emma.

Aunque sabía perfectamente que se habían criado juntos y que para ambos eran como hermanos, no dejaba de verlo como una amenaza.

Era tremendamente posesiva y, casi sin que nadie se diera cuenta, empezó a ocupar cada vez más espacio en la vida de Caleb.

Primero dejaron de coincidir algunos fines de semana. Después comenzó a poner excusas para no quedar con el grupo. Finalmente, las reuniones en las que antes nunca faltaba se convirtieron en algo excepcional.

Una tarde, Emma decidió hablar con él.

—Si una persona te quiere de verdad, no puede prohibirte que veas a tus amigos.

Caleb bajó la mirada y asintió lentamente.

—Tienes razón.

Emma creyó que aquella conversación serviría de algo.

Pero, unos días después, todo volvió a repetirse.

Caleb sabía que Emma tenía razón. Lo había sabido desde el primer momento.

El problema era que estaba profundamente enamorado y, cuando uno confunde el amor con el miedo a perder a alguien, acaba aceptando cosas que jamás habría permitido en cualquier otra circunstancia.

Hacía ya tiempo que había ocurrido aquello y, aunque alguna vez habían coincidido por el campus, Emma llevaba más de un mes sin verlo.

Al llegar a su apartamento tocó al timbre, pero nadie respondió. Esperó unos segundos y volvió a intentarlo. El silencio al otro lado de la puerta era absoluto.

Justo en ese momento una vecina entraba por el portal. Al verla allí esperando, le sonrió con amabilidad.

—¿Necesitas algo, bonita?

—Vengo a ver a Caleb, pero no contesta nadie. ¿Sabe si está en casa?

—Lo he visto salir muy temprano. Lleva varios días yéndose al parque. Casi siempre está sentado solo en un banco.

—Muchas gracias.

Emma se dirigió hacia el parque. Sabía perfectamente a qué lugar se refería la vecina. Habían pasado allí incontables tardes, sentados en aquel mismo banco, hablando de cualquier cosa hasta que el sol desaparecía y las farolas comenzaban a encenderse.

Al llegar lo encontró enseguida.

Estaba sentado en el mismo banco de siempre, con una sudadera de capucha que apenas dejaba ver su rostro.

Llevaba varios días sin afeitarse y su aspecto era completamente distinto al del Caleb que ella conocía.

Siempre había sido una persona extremadamente cuidadosa con su imagen, incapaz incluso de salir a comprar el pan sin ir perfectamente arreglado.

Ahora parecía alguien que había dejado de preocuparse por todo.

Permanecía inmóvil, con los codos apoyados sobre las rodillas y las manos entrelazadas, mirando fijamente el suelo como si esperara encontrar allí alguna respuesta.

Al escuchar sus pasos levantó lentamente la cabeza. Tenía el rostro demacrado, la piel apagada y unas profundas ojeras que daban la impresión de llevar noches enteras sin dormir.

Se incorporó despacio y, sin decir una sola palabra, la abrazó con fuerza.

Emma notó cómo todo su cuerpo temblaba ligeramente. No hizo ninguna pregunta. A veces las personas no necesitan explicarse; solo necesitan que alguien permanezca a su lado.

Los dos permanecieron abrazados durante varios minutos, en completo silencio, hasta que Caleb rompió por fin aquel mutismo.

—Lo siento mucho, Emma.

—No tienes que disculparte. También es culpa mía por no haber estado a tu lado.

Caleb tragó saliva antes de responder.

—Es que la quiero tanto...

Su voz se quebró.

—Le he dado todo y, aun así, no ha sido suficiente. La encontré con otro en la cama. Hace un año perdí a mi padre... y ahora esto.

—Caleb... mírame.

Él levantó la cabeza despacio.

—Lo que te han hecho duele. Y duele muchísimo. No porque seas débil, sino porque querías de verdad.

Caleb bajó la mirada otra vez.

—Siento que no valgo nada.

Emma negó lentamente con la cabeza.

—No. Ahora mismo sientes eso, que es muy distinto. Cuando alguien nos rompe de esa forma, nuestro cerebro intenta encontrar una explicación. Y casi siempre la explicación es culparnos a nosotros mismos. "No fui suficiente", "hice algo mal"... Es una reacción muy humana.

—¿Y si es verdad?

—¿De verdad crees que alguien que te engaña mientras tú le das todo merece ser quien decida cuánto vales?

Caleb no respondió.

—Perder a tu padre hace un año ya fue un golpe enorme. Apenas has tenido tiempo para levantarte y ahora esto... No me extraña que sientas que todo se derrumba. Cualquiera estaría así.

Caleb respiró hondo, intentando contener las lágrimas.

—No puedo dejar de pensar en ellos.

—Y lo harás durante un tiempo. No voy a mentirte diciéndote que mañana estarás bien porque no sería cierto. Pero sí te prometo una cosa.

Él volvió a mirarla.

—Esto que sientes ahora no va a durar para siempre. Tu cabeza te hace creer que siempre vas a vivir así porque solo conoce el dolor de este momento. Pero el dolor cambia. Poco a poco. Aunque hoy te parezca imposible.

—Ojalá pudiera dejar de pensar.

Emma sonrió con tristeza.

—No intentes dejar de pensar. Intenta sobrevivir al día de hoy. Mañana ya pelearemos con el de mañana.

Caleb dejó escapar una pequeña risa entre lágrimas.

—Eso ha sonado muy a ti.

—Porque te conozco desde que éramos niños. Y también sé una cosa más.

—¿Cuál?

—Que llevas toda la vida levantándote cuando crees que no puedes hacerlo. Ahora mismo no lo ves, pero yo sí.

Caleb volvió a apoyar la cabeza sobre el hombro de Emma. Esta vez no intentó contener las lágrimas.

Emma siguió acariciándole el pelo con la misma calma con la que una madre tranquiliza a un hijo pequeño.

A su alrededor el parque continuaba lleno de vida.

Algunas personas paseaban por los senderos, otras corrían mientras escuchaban música y varios niños reían cerca del lago, completamente ajenos al dolor que se estaba viviendo a escasos metros de ellos.

El mundo seguía avanzando con absoluta normalidad.

Por primera vez desde que todo había ocurrido, Caleb sintió que no estaba completamente solo.

Después de permanecer un rato más en el parque, los dos fueron a una pequeña cafetería cercana.

Se sentaron junto a la ventana y pasaron más de una hora hablando de cualquier cosa menos de Jennifer.

Recordaron anécdotas del instituto, profesores imposibles de olvidar y las interminables tardes de verano que habían pasado juntos.

Por momentos, Caleb volvió a sonreír como hacía mucho tiempo que no lo hacía.

—Me gustaría que mañana hicieras el esfuerzo de volver a clase y te reunieras otra vez con nosotros, como antes —dijo Emma.

Caleb bajó la mirada hacia la taza de café.

—Seguramente todos me odiarán.

Emma sonrió.

—Al contrario. Estoy segura de que te echan de menos.

—¿Tú crees? —preguntó Caleb, sorprendido.

—Totalmente. El otro día, de hecho, estuvimos hablando de ti. Nos pasamos un buen rato recordando todas las tonterías que hacíamos juntos. Todos te echan de menos. Incluso salió la historia del cerebrito.

Caleb no pudo evitar echarse a reír.

—Hacía años que no me acordaba de aquello.

Emma aprovechó aquel instante.

—Prométeme que mañana irás a la universidad. Porque, si no lo haces, me tendrás todos los días llamando a tu puerta hasta que me abras.

Caleb la miró con una sonrisa que hacía semanas había desaparecido de su rostro.

—No estaría nada mal tenerte aquí todos los días.

Emma le devolvió la sonrisa.

—No cambies de tema.

Caleb suspiró.

—No te prometo nada... pero lo intentaré.

Cuando se despidieron, Emma regresó a casa con sentimientos encontrados.

Durante un rato había conseguido devolverle una pequeña parte del Caleb de siempre, pero en el fondo sabía que una conversación no podía reparar una herida tan profunda.

Había algo dentro de él que se había roto, y reconstruirlo iba a llevar mucho tiempo.

Al llegar al apartamento, Natalie la estaba esperando en el salón.

—¿Qué tal ha ido todo? —preguntó.

Emma dejó las llaves sobre el mueble de la entrada antes de responder.

—Me gustaría decirte que bien... pero estaría mintiendo. Lo he animado un poco, incluso ha sonreído, pero sé que por dentro sigue destrozado. Va a ser muy difícil que olvide todo lo que le ha pasado.

Natalie bajó la mirada sin decir nada.

Siempre le había gustado Caleb. Nunca se lo había confesado a nadie, pero Emma lo había notado muchas veces en la forma en que lo miraba o en cómo sonreía cuando él aparecía por sorpresa.

Cuando Caleb comenzó su relación con Jennifer, Natalie se volvió mucho más distante con él, como si hubiera decidido apartarse antes de hacerse daño.

Sin embargo, era tan reservada para esas cosas que Emma nunca quiso sacar el tema.

—Le he pedido que mañana vuelva a la universidad y que se reúna otra vez con nosotros, como antes.

Natalie levantó la vista. No respondió, pero Emma notó cómo la expresión de su rostro cambiaba por completo. Durante un instante pareció recuperar una esperanza que llevaba mucho tiempo escondida.

Emma decidió cambiar de tema.

—¿Qué tal está Ava?

—Bien. Está en su habitación.

La expresión de Emma cambió al instante.

Natalie sonrió con tranquilidad.

—No te preocupes. Acabo de verla hace un minuto, justo antes de que entraras por la puerta. Está bien.

Emma respiró aliviada y se dirigió hacia la habitación.

Ava estaba de pie en la terraza, apoyada sobre la cornisa, observando en silencio a la gente que paseaba por la calle mientras el sol comenzaba a ocultarse entre los edificios.

Emma se acercó despacio.

—¿Cómo estás, Ava?

Ava tardó unos segundos en responder.

—Bien... Aunque todavía no puedo creer que estuviera a punto de saltar desde aquí.

Emma apoyó una mano sobre su hombro.

—No le des más vueltas. Ninguno de nosotros sabía que algo así pudiera pasar.

Ava respiró profundamente.

—No sé qué habría hecho sin vosotras dos.

Se dio la vuelta y abrazó a Emma.

—Te quiero.

Emma le devolvió el abrazo con fuerza.

Mientras permanecían así, pensó en todo lo que había ocurrido durante las últimas semanas. En Ava recuperándose poco a poco. En Caleb sonriendo por primera vez desde hacía mucho tiempo. Y, por un instante, creyó que quizá las cosas estaban empezando a mejorar.

Todavía no podía imaginar que lo peor aún estaba por llegar.