Mientras dormimos: Proyecto ONEIROS Capítulo 8 — La frontera del sueño #2
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Capítulo 8 — La frontera del sueño #2

Durante apenas un segundo, una de las gráficas cerebrales había mostrado un pico de actividad muy superior al habitual.

Frunció el ceño.

Esperó unos instantes.

La señal volvió inmediatamente a la normalidad.

—Habrá sido un fallo...

Continuó vigilando los datos.

Sin embargo, unos veinte minutos después volvió a ocurrir.

Esta vez el pico era todavía más intenso.

Theo dejó de sonreír.

Amplió la gráfica y comparó los registros anteriores. Los picos aparecían cada vez con mayor frecuencia, aunque duraban apenas unas décimas de segundo.

Cogió inmediatamente el teléfono.

—Natalie, creo que deberías venir. Hay algo que no me gusta.

Habían pasado tres horas cuando Emma sintió vibrar el móvil en mitad de una clase.

Sacó el teléfono discretamente y leyó el mensaje.

«Ven urgentemente al laboratorio».

Sin pensárselo dos veces, se levantó de su asiento.

El profesor Miller dejó de escribir en la pizarra y la miró.

—¿Ocurre algo, señorita Carter?

—Me ha surgido un problema familiar. Lo siento, pero tengo que irme.

El profesor asintió y Emma salió prácticamente corriendo del aula.

Cuando llegó al laboratorio encontró a todos reunidos alrededor de los monitores. Natalie revisaba los registros con enorme atención y, en la camilla situada junto a Ava, Theo ya estaba profundamente dormido.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Emma, alarmada.

—Hemos detectado varias alteraciones neuronales —respondió Natalie sin apartar la vista de la pantalla—. No sabemos qué las está provocando, así que Theo acaba de entrar para sacar a Ava.

Emma observó nerviosa los monitores.

Las gráficas comenzaron a estabilizarse.

Natalie respiró hondo.

—Preparaos... ya vienen.

A los pocos segundos Theo abrió lentamente los ojos.

Casi al mismo tiempo, Ava despertó en la camilla contigua.

Mientras Theo se incorporaba, Sophie comenzó a retirar los sensores de Ava y comprobó inmediatamente sus constantes vitales.

—¿Sabes dónde estás?

—En el laboratorio —respondió Ava con total tranquilidad.

—¿Recuerdas quiénes somos?

Ava puso los ojos en blanco.

—Claro que sí.

Sophie sonrió.

—Perfecto. ¿Cuánto dirías que has estado dentro?

Ava se quedó pensativa.

—No lo sé... ¿Un par de horas?

Natalie negó con la cabeza.

—Has permanecido dormida dieciocho horas y cuarenta y siete minutos.

Ava abrió los ojos como platos.

—¿Dieciocho horas? Imposible... Yo habría jurado que solo llevaba allí un par de horas.

—Todavía queda una cosa —dijo Sophie mientras se colocaba unos guantes.

Ava la miró con desconfianza.

—¿Qué cosa?

—Esto.

De un rápido movimiento retiró el catéter urinario.

—¡Ahhh! ¡Podías haberme dado un segundo para prepararme!

Las risas llenaron el laboratorio.

Tras varias comprobaciones más, Sophie terminó de revisar sus constantes.

—Todo parece normal. De todas formas, quiero observarte durante unos días por precaución.

Ava sonrió.

—Pues podríais haber esperado un poco más. Había conocido a un chico que estaba buenísimo.

Todos volvieron a reír.

Natalie observó una última vez los registros.

—Las alteraciones han desaparecido en cuanto habéis despertado. De momento no sabemos qué las ha provocado, así que prefiero no sacar conclusiones.

Apagó la pantalla.

—Será mejor que nos vayamos a casa. Ha sido un día muy largo.

Ava se estiró sobre la camilla.

—Pues yo me encuentro genial. No estoy nada cansada.

Cuando llegaron al coche, Ava sonrió mientras Emma sacaba las llaves.

—Dejadme conducir a mí.

Emma dudó unos segundos. Conocía perfectamente la forma de conducir de Ava, pero estaba demasiado cansada para discutir. Finalmente le entregó las llaves y ocupó el asiento del copiloto, mientras Natalie se sentaba detrás.

Al principio todo transcurrió con normalidad, pero nada más incorporarse a la autopista, Ava comenzó a acelerar.

Ochenta...

Noventa...

Ciento diez...

Ciento treinta.

Emma levantó la vista del móvil.

—Ava... baja un poco la velocidad.

—Tranquila, lo tengo controlado.

Sin embargo, siguió acelerando.

Los coches comenzaron a pasar a ambos lados mientras cambiaba de carril con una facilidad inquietante, esquivando el tráfico como si todo estuviera ocurriendo a cámara lenta.

Natalie se agarró al respaldo del asiento delantero.

—Ava, vas demasiado rápido.

—No pasa nada.

Un coche tuvo que frenar bruscamente para evitar que le golpeara al cambiar de carril.

Natalie ya empezaba a ponerse nerviosa.

—¡Ava, frena de una vez!

En ese momento una sirena rompió el silencio.

Una motocicleta de la policía apareció por detrás con las luces encendidas. El agente se colocó a su lado y le hizo varias señales para que se detuviera en el arcén.

Ava soltó lentamente el acelerador.

Por primera vez desde que habían salido parecía darse cuenta de la velocidad a la que circulaba.

Detuvo el coche junto al arcén.

El agente apagó la motocicleta, se acercó despacio y llamó con los nudillos a la ventanilla.

Ava la bajó.

—Buenas tardes, señorita. ¿Es consciente de la velocidad a la que circulaba?

Emma reconoció inmediatamente aquella voz.

—¿Mike?

El agente levantó la vista.

Durante unos segundos la observó con extrañeza.

Después sonrió.

—¿Emma?... ¿Emma Carter?

Emma salió del coche.

—¡No me lo puedo creer!

Mike soltó una pequeña carcajada.

—¡Emma!... Desde que te fuiste a la universidad casi no te había vuelto a ver.

Los dos comenzaron a hablar unos minutos mientras Natalie y Ava permanecían dentro del coche.

Mike vivía en el mismo vecindario que los padres de Emma y prácticamente la había visto crecer.

Cuando terminaron de hablar, el agente volvió a ponerse el casco.

Antes de arrancar, abrió una de las alforjas de la moto y sacó una mochila todavía envuelta en plástico.

—Por cierto, toma.

Emma la cogió con curiosidad.

—¿Y esto?

—Una mochila del sindicato. Nos regalan una todos los años y me hace ilusión que la tengas.

Emma sonrió.

—Gracias, Mike. Le daré buen uso.

—Por esta vez lo dejaré en una advertencia... pero dile a tu amiga que la próxima vez no tendré tanta consideración.

—Lo haré. Y gracias otra vez.

Mike arrancó la motocicleta y desapareció entre el tráfico.

Emma regresó al coche.

—Tú detrás.

Ava la miró extrañada.

—¿Qué?

—Que te sientes detrás. Conduce otra persona.

Sin discutir, Ava obedeció.

Emma ocupó el asiento del conductor y cerró la puerta.

—Nos acabamos de librar de una multa enorme solo porque Mike me conoce desde pequeña.

Natalie seguía muy seria.

—No sé en qué estabas pensando.

Ava bajó la mirada.

—Lo siento... no me daba la sensación de ir tan rápido.

El resto del trayecto transcurrió en completo silencio.

Al llegar al apartamento, cada una se marchó a su habitación.

Emma intentó concentrarse en otras cosas, pero había algo que no dejaba de darle vueltas en la cabeza.

Ava siempre había conducido deprisa.

Pero aquello había sido diferente.

No parecía una imprudencia.

Parecía que realmente no era consciente del peligro.

Un escalofrío le recorrió la espalda.

Salió de su habitación y caminó hasta la puerta de Ava.

Llamó dos veces.

Nadie respondió.

Giró lentamente el pomo.

La puerta estaba abierta.

Al entrar, el corazón se le detuvo durante un instante.

Ava estaba de pie sobre la cornisa de la terraza.

Con los brazos completamente abiertos.

Balanceándose ligeramente.

—¡AVA!

El grito resonó por todo el apartamento.

Natalie salió corriendo de su habitación y, al verla, se llevó las manos a la boca.

—¡No te muevas!

Ava las miró con total tranquilidad.

—No os preocupéis... solo iba a bajar a comprar unas cosas.

Natalie sintió un nudo en el estómago.

—¡Has perdido la cabeza! ¡Estamos en un tercer piso!

Ava las observó completamente confundida.

—¿Y qué? He hecho esto cientos de veces.

Emma comprendió inmediatamente lo que estaba ocurriendo.

Dio un paso hacia ella sin hacer movimientos bruscos.

—Ava... escúchame.

Ella sonrió.

—No pasa nada.

Emma tragó saliva.

—Esto no es un sueño.

Ava dejó de sonreír.

—Es... la realidad.

Bajó lentamente la mirada hacia sus propias manos.

Después miró la calle.

Su expresión cambió por completo.

El miedo apareció de golpe en sus ojos.

Aprovechando aquel instante de duda, Emma y Natalie corrieron hacia ella.

Las dos la agarraron con todas sus fuerzas y la arrastraron de nuevo al interior de la habitación.

Ava rompió a llorar.

—Joder... pensaba que seguía dentro del sueño.

Se cubrió el rostro con las manos.

—¿Qué me está pasando?

Aquella noche ninguna quiso dejarla sola.

Las tres durmieron en la misma habitación.

Emma y Natalie apenas pegaron ojo, turnándose durante toda la noche para vigilar que Ava no volviera a levantarse.

A la mañana siguiente regresaron al laboratorio.

Natalie revisó una por una todas las gráficas registradas durante la prueba.

Comparó los datos con las sesiones anteriores y volvió a ejecutar varios análisis para asegurarse de que no se trataba de un error.

Finalmente señaló un punto concreto de la pantalla.

—Aquí.

Todos se acercaron.

—Las alteraciones empiezan exactamente a partir de este momento.

Emma observó la hora.

—Dieciocho horas.

Natalie asintió.

—No significa que al cumplir dieciocho horas y un minuto vaya a ocurrir esto siempre. Pero a partir de ese punto el riesgo aumenta de forma muy importante.

Permaneció unos segundos en silencio antes de continuar.

—Cuanto más tiempo permanece una persona dentro de ONEIROS, más consolida ese mundo como si fuera un recuerdo real. Llega un momento en que el cerebro deja de distinguir con claridad qué experiencias pertenecen al sueño y cuáles a la realidad.

Nadie dijo una sola palabra.

Todos comprendían lo cerca que habían estado de una tragedia.

Después de realizar varias pruebas neurológicas a Ava, todos los resultados fueron normales.

No existía ningún daño cerebral.

Pero aquello no los tranquilizó.

Por primera vez desde que habían creado ONEIROS comprendieron que el verdadero peligro no estaba dentro del sueño... sino en lo que podía ocurrir cuando despertaban.

Era evidente que necesitaban establecer nuevos protocolos de seguridad antes de continuar con las pruebas.

De lo contrario, el experimento podría terminar escapándose definitivamente de su control.