Mientras dormimos: Proyecto ONEIROS Capítulo 7 — El poder de la mente
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Capítulo 7 — El poder de la mente

S e estaba haciendo tarde y decidieron dar por concluidas las pruebas de aquel día.

A todos empezaba a pasarles factura el ritmo de los últimos meses.

El proyecto ocupaba la mayor parte de su tiempo y, además, tenían que compaginarlo con las clases, los exámenes y las prácticas.

El cansancio comenzaba a hacerse evidente.

—¿Por qué no nos tomamos un par de días de descanso antes de continuar? —propuso Emma.

—La verdad es que yo estoy agotada. Nos vendría bien recargar las pilas —dijo Sophie.

Los demás se miraron y asintieron.

—Pues no se hable más. Durante los dos próximos días queda prohibido hablar del proyecto.

Todos rieron y, tal y como habían acordado, durante dos días ninguno volvió a pisar el laboratorio.

Pasado ese tiempo, volvieron a reunirse en la cafetería de la universidad. El bullicio de los estudiantes, el ruido de las bandejas y el aroma del café les hicieron sentir que, por unas horas, recuperaban su vida cotidiana.

—¿Qué tal os ha sentado el descanso? —preguntó Natalie.

—Nosotros hemos aprovechado para salir a cenar y ver algunas películas —respondieron Sophie y Han.

—Yo me he pasado dos días jugando con el ordenador y durmiendo —dijo Ava con una sonrisa.

—Yo he estado estudiando. Tengo un examen importante esta semana —añadió Theo.

—Yo nada especial. Descansar y cocinar recetas que encontraba en internet —comentó Natalie.

—Dímelo a mí. Me he puesto las botas —replicó Ava mientras se relamía los labios solo de recordarlo.

Todos se echaron a reír.

—¿Y tú, Emma? —preguntó Sophie.

—He aprovechado para visitar a mis padres. Hacía tiempo que no los veía.

—¿Qué tal están? —preguntó Sophie.

—Bien. Bueno... ya conocéis a mi madre. He vuelto con un centenar de táperes llenos de comida. Dice que estoy demasiado delgada.

Las risas volvieron a llenar la mesa.

Emma, sin embargo, dejó de sonreír.

—Pero hubo algo que me dejó un poco preocupada. ¿Os acordáis de Caleb?

—¿Quién? ¿El cerebrito? —preguntó Ava.

—No le llames así. Sabes que no le gusta.

—Hace mucho que no sabemos nada de él. Llevo meses sin verlo por el campus —comentó Sophie.

—Desde que murió su padre, hace un año, se fue alejando de todos. Después se volcó por completo en su relación con aquella chica que nunca me cayó bien.

—¿Te refieres a la Barbie? —preguntó Han, dibujando exageradamente con las manos las curvas de una figura femenina.

Emma soltó una pequeña sonrisa.

—Sí. Pues, por lo visto, han roto. Creo que la encontró con otro chico y eso ha terminado de hundirlo. En cuanto pueda iré a verlo.

Caleb era como un hermano para Emma y le dolía imaginarlo pasando por un momento tan difícil.

Cuando terminaron de desayunar, volvieron a sus clases. Habían quedado en reunirse en el laboratorio al terminar la jornada.

Cuando llegaron, Han ya estaba allí. Sobre una de las mesas descansaba un dispositivo metálico conectado a una pequeña pantalla táctil.

Había terminado el prototipo del sistema automático para administrar el suero.

—He estado trabajando en un sistema de inyección automática —explicó mientras retiraba la cubierta protectora—. Utiliza un escáner vascular por infrarrojos para localizar las venas superficiales del brazo con precisión milimétrica...

Una vez las detecta, un microinyector introduce una aguja ultrafina apenas unos milímetros y administra exactamente la cantidad de suero programada.

Sophie observó el mecanismo con interés.

—¿Y si necesitamos volver a administrar medicación durante la sesión?

Han sonrió.

—No hará falta volver a pinchar. El sistema puede realizar tantas administraciones como queramos.

También puede infundir suero salino de forma continua para mantener la hidratación si alguien permanece conectado durante muchas horas.

Todo está controlado por el ordenador, que supervisa el volumen administrado, la presión de inyección y cualquier anomalía.

Si detecta el más mínimo problema, interrumpe el proceso y retira automáticamente la aguja.

Señaló el extremo del dispositivo.

—La aguja tiene un diámetro inferior al de las utilizadas para una extracción de sangre. La mayoría de las personas apenas notarán el pinchazo. Al terminar la sesión solo habrá que esterilizar el inyector y sustituir la aguja por una nueva.

Cuando terminó, Sophie se acercó al dispositivo y comenzó a examinarlo con detenimiento.

—¿Puedo?

Han asintió.

Sophie pasó los dedos por la carcasa y observó el mecanismo del inyector.

—¿Qué ocurre si el participante mueve el brazo mientras está dormido?

Han pulsó un botón y el brazo mecánico se desplazó unos centímetros.

—Tiene sensores de presión y movimiento. Si detecta un desplazamiento superior a tres milímetros, se detiene inmediatamente y retira la aguja.

Natalie sonrió satisfecha.

—Eso evita lesiones en la vena.

—Exacto.

Ava observó el brazo robótico con cierta desconfianza.

—Tengo que admitir que visto así parece un aparato de tortura.

Han soltó una carcajada.

—Lo pensé mientras lo montaba.

—Pues enhorabuena. Da bastante miedo.

Todos rieron.

Theo se acercó para inspeccionarlo

—¿Cuánto has tardado en construirlo?

—Casi todo el descanso. Lo complicado no ha sido programarlo, sino fabricar algunas piezas. No existían con el tamaño que necesitábamos, así que las diseñé y las imprimí en resina. Después tuve que recalibrar todo el sistema para que la aguja no se desviara ni una décima de milímetro.

Sophie levantó la vista.

—¿Lo has probado ya?

Han negó con la cabeza.

—Solo con un brazo sintético y varias bolsas de suero. Funciona bien... pero prefiero que seas tú quien supervise la primera prueba.

Sophie sonrió.

—Perfecto.

Natalie dio un paso al frente.

—Antes de utilizarlo quiero comprobar todos los protocolos de seguridad.

Durante varios minutos verificó uno por uno los sistemas de emergencia.

—Corte automático.

Han pulsó un botón.

El brazo se detuvo de inmediato.

—Retirada de la aguja.

El mecanismo retrocedió lentamente hasta su posición inicial.

—Correcto.

—Alarma por obstrucción.

Han pinzó parcialmente un conducto.

En menos de un segundo apareció un aviso rojo en la pantalla acompañado de un pitido.

Natalie asintió satisfecha.

—Ahora sí.

Miró a Emma.

—Creo que ya podemos estrenarlo.

Emma sonrió mientras se dirigía hacia la camilla.

Emma y Natalie se tumbaron en las camillas y colocaron el brazo sobre el soporte del inyector.

El ordenador detectó automáticamente la posición correcta y ambos dispositivos comenzaron a moverse.

Los escáneres por infrarrojos localizaron las venas y descendieron con suavidad hasta apoyarse sobre la piel.

Un leve pitido confirmó que todo estaba listo.

Ninguna de las dos llegó siquiera a notar el pinchazo.

A los pocos segundos el suero comenzó a fluir y, poco a poco, sus párpados fueron cerrándose.

◆◆◆

Como en todas las ocasiones anteriores, Emma despertó en la inmensa oscuridad. Permaneció unos segundos observando el vacío hasta que escuchó la voz de Natalie a su espalda.

—Quiero que hagamos una prueba. Tú imagina un lugar y yo imaginaré otro. Tengo curiosidad por ver qué aparece.

Las dos cerraron los ojos y se concentraron en el escenario que querían crear.

Unos segundos después, la oscuridad comenzó a desvanecerse.

El sol brillaba en lo más alto del cielo y su calor acariciaba la piel. Frente a ellas apareció un lago de aguas tranquilas. A lo lejos flotaba una pequeña barca azul con franjas blancas, donde un hombre pescaba ajeno a todo lo que ocurría.

Emma llevaba puesto un bañador y mantenía los pies sumergidos hasta los tobillos. Al girarse comprobó que Natalie seguía vistiendo exactamente la misma ropa con la que había entrado en la camilla.

Natalie contempló el paisaje durante unos segundos antes de volver la mirada hacia Emma.

—¿Esto es lo que has imaginado, verdad? Porque yo estaba pensando en el aeropuerto.

—Intenta cambiar algo de este lugar, Natalie.

Natalie cerró los ojos unos segundos e imaginó a varios niños bañándose y jugando junto a la orilla. Cuando volvió a abrirlos, el lago seguía exactamente igual. La orilla permanecía completamente vacía.

Frunció el ceño.

—No funciona... ¿Qué está pasando?

Emma se encogió de hombros.

—No lo sé. Inténtalo otra vez.

Natalie respiró hondo y volvió a imaginar exactamente la misma escena.

Esta vez, casi al instante, comenzaron a aparecer varios niños corriendo por la arena. Unos se perseguían entre risas mientras otros se salpicaban agua cerca de la orilla.

Natalie abrió mucho los ojos.

—Ahora sí... ¿Has visto eso? He imaginado exactamente lo mismo que antes.

Emma observó a los niños durante unos segundos.

—La única diferencia es que la primera vez... yo no quería que cambiara.

Natalie la miró con extrañeza.

—¿Qué quieres decir?

—Mientras tú imaginabas a los niños, yo estaba pensando que el lago debía quedarse tal y como estaba. No hice nada más... simplemente no quería que cambiara.

Natalie permaneció unos segundos en silencio.

—¿Y cuando me has pedido que lo intentara otra vez?

Emma asintió lentamente.

—He dejado de oponerme. Pensé que podía cambiar... y entonces ha ocurrido.

Natalie recorrió el lago con la mirada.

—Es como si el sueño necesitara que estuviéramos de acuerdo.

Emma negó despacio.

—No lo creo. Porque al principio tú querías cambiarlo y yo no. Simplemente... parece que mi voluntad se ha impuesto a la tuya.

Natalie arqueó una ceja.

—Si eso es cierto... tenemos que comprobarlo cuando despertemos.

Emma sonrió.

—Cámbiate de ropa y vamos a divertirnos un rato.

Natalie imaginó que llevaba un bikini azul con flores y, al instante, sustituyó la ropa que llevaba por él.

Las dos se lanzaron al agua. Estaba fría, pero resultaba sorprendentemente agradable.

Pasaron un buen rato nadando hasta que decidieron sumergirse. Bajo el agua todo se veía con una nitidez extraordinaria, como si llevaran unas gafas de buceo. Podían distinguir perfectamente los peces, las algas del fondo, las piedras e incluso algunos cangrejos moviéndose entre ellas.

Después de varios minutos explorando el lago, Natalie se dio cuenta de algo que la hizo reír.

Emma la escuchó con total claridad.

—¿Qué te pasa? —preguntó.

—¿No te has dado cuenta de una cosa?

—¿De qué?

Natalie no respondió. Se limitó a sonreír mientras seguía bajo el agua.

Un instante después Emma abrió mucho los ojos.

—Estamos... respirando.

—Y hablando —añadió Natalie entre risas.

Las dos nadaron hasta la pequeña barca. Al acercarse, Emma reconoció inmediatamente al hombre que estaba pescando.

Era el señor Whitaker.

Vivía en el pueblo donde ella pasaba parte de los veranos cuando era pequeña. Siempre lo recordaba tranquilo, sentado junto al lago o pescando durante horas sin perder la paciencia.

El señor Whitaker les sonrió con la misma serenidad de siempre y les tendió la mano para ayudarlas a subir a la barca.

—¿Qué hacéis aquí? Estáis muy lejos de la orilla —dijo el señor Whitaker.

—No se preocupe. Nadamos muy bien —respondió Emma.

Durante un rato, el señor Whitaker les habló de aquellas aguas. Les explicó que, aunque el lago parecía tranquilo, en algunas zonas se formaban corrientes capaces de arrastrar incluso a buenos nadadores.

Tras conversar unos minutos, Emma miró a Natalie.

—Creo que ya es hora de volver.

Las dos asintieron y se prepararon para despertar.

Natalie cerró los ojos.

Justo cuando Emma iba a hacer lo mismo, el señor Whitaker la sujetó suavemente del brazo.

—Recuerda una cosa... Aquí dentro, quien cree de verdad es quien tiene el control.

La miró fijamente a los ojos.

Emma sintió un escalofrío.

Después cerró los ojos y pensó en despertar.

◆◆◆

Abrió los ojos en el laboratorio.

Theo ya le estaba retirando el casco y los sensores.

Emma se incorporó lentamente mientras Natalie hacía lo mismo en la camilla contigua.

No dejaba de darle vueltas a las palabras del señor Whitaker.

«Aquí dentro, quien cree de verdad es quien tiene el control».

No entendía por qué, pero tenía la extraña sensación de que aquella frase escondía un significado mucho más profundo.

Natalie la observó unos segundos.

—¿Qué te ha dicho? Me ha parecido oír que te decía algo justo antes de despertar.

Emma dudó un instante.

Ni siquiera ella sabía por qué había decidido guardárselo.

—Nada... Solo se estaba despidiendo.

Natalie no insistió. Se acercó al ordenador y comenzó a revisar los datos obtenidos durante la prueba.

Durante varios minutos comparó gráficos, amplió distintas zonas de los registros y fue pasando de una pantalla a otra mientras murmuraba para sí.

—Hay algo distinto...

Frunció el ceño.

—Tus señales cerebrales muestran una actividad superior a la mía. Creo que por eso tu mente se imponía a la mía cada vez que intentábamos modificar el sueño.

Permaneció unos segundos más observando la pantalla.

—Pero todavía hay algo que no termino de entender.

Comparó los resultados con los de la sesión anterior y pidió a Ava que superpusiera ambos registros.

La informática pulsó unas teclas y las gráficas aparecieron una sobre otra.

Natalie permaneció inmóvil unos segundos.

—Aquí está... —murmuró.

Todos se acercaron a la pantalla.

—¿Qué has encontrado? —preguntó Emma.

Natalie señaló dos picos de actividad cerebral.

—Cuando las dos imaginabamos escenarios distintos al mismo tiempo, nuestros cerebros no reaccionaban igual. Emma presenta una actividad mucho más intensa en las áreas relacionadas con la construcción de imágenes mentales y la integración sensorial.

Theo frunció el ceño.

—¿Y eso qué significa?

—Que el cerebro de Emma estaba generando una representación mucho más sólida del entorno. Es como si el sueño tuviera que elegir entre dos versiones de la misma realidad y acabara quedándose con la más estable.

Ava cruzó los brazos.

—¿Más estable?

Natalie asintió.

—Imaginad dos emisoras de radio transmitiendo en frecuencias casi idénticas.

Si una emite con mucha más potencia que la otra, el receptor solo captará esa señal.

Creo que aquí ocurre algo parecido. El sueño compartido actúa como un único receptor y termina sincronizándose con la señal cerebral dominante.

Emma permaneció pensativa.

—Entonces... ¿no es que tenga más imaginación?

—No necesariamente. Lo que domina no es la imaginación, sino la intensidad con la que el cerebro consigue mantener esa representación. En tu caso, la actividad neuronal fue casi un treinta por ciento superior a la mía durante esos segundos.

Han observó las gráficas.

—¿Eso podría cambiar dependiendo de la persona?

—Eso creo. El estado emocional, la concentración, el cansancio o incluso la confianza en lo que uno está imaginando podrían modificar esa intensidad. Hoy ha sido Emma... pero otro día podría ser cualquiera de nosotros.

Natalie guardó silencio unos instantes antes de añadir:

—Si esta teoría es correcta... dentro del sueño no todos tendremos el mismo peso.

El laboratorio quedó en silencio.

Habían descubierto una nueva regla de ONEIROS, aunque todavía ignoraban qué hacía que una mente se impusiera sobre otra.

Emma contempló las gráficas sin apartar la vista de la pantalla.

Tenía el presentimiento de que, tarde o temprano, encontrarían la respuesta