Mientras dormimos: Proyecto ONEIROS Capítulo 6 — Explorando el sueño
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Capítulo 6 — Explorando el sueño

D espués de lo ocurrido en el último ensayo, estaba claro que aún tenían mucho que descubrir.

Hasta que consiguieran ampliar la capacidad del sistema para que la IA pudiera interpretar las señales de varios participantes al mismo tiempo, decidieron que, por el momento, las pruebas volverían a realizarse únicamente con dos personas.

De ese modo, el resto podría permanecer en el laboratorio observando todo lo que sucedía.

Theo se ofreció voluntario de inmediato.

Ava también quiso participar. Era la única del grupo que todavía no había entrado en ONEIROS y deseaba experimentar por sí misma todo lo que los demás le habían contado.

Todo estaba preparado.

Ava salió corriendo de la sala. Sophie y Emma fueron tras ella. Al llegar al baño la encontraron agachada frente al inodoro, vomitando.

Sin duda Ava era la más alocada del grupo, pero por primera vez todo lo que había visto, todo lo que los demás le habían contado y la enorme emoción que sentía habían terminado por superarla.

—¿Estás bien? —preguntó Emma, preocupada.

—No hace falta que entres —dijo Sophie mientras le apartaba el pelo del rostro y le secaba el sudor de la frente con un poco de papel.

Ava respiró hondo varias veces antes de responder.

—No... Quiero hacerlo. Quiero experimentar lo que habéis visto vosotros. Solo que... he sentido miedo. Dadme un par de minutos.

Permaneció unos instantes inclinada sobre el inodoro hasta que el malestar fue desapareciendo. Después se incorporó, se acercó al lavabo y se echó varias veces agua fría en la cara.

Se miró unos segundos en el espejo.

—Ya estoy lista.

Las tres regresaron al laboratorio.

Ava y Theo se acomodaron en las camillas mientras Sophie repetía el ritual de siempre. Colocó las vías intravenosas, comprobó los monitores y esperó a que Han terminara de ajustar los cascos y los sensores.

Cuando todo estuvo listo, administró el suero.

Apenas unos segundos después, ambos dormían profundamente.

◆◆◆

Ava fue la primera en aparecer en el lugar que los demás habían descrito como la zona negra.

Durante unos instantes permaneció inmóvil, fascinada por aquella inmensa oscuridad. Todavía le costaba creer que realmente estuviera dentro de un sueño compartido.

Entonces sonrió.

Cerró los ojos y dejó volar la imaginación.

Al instante, miles de servidores comenzaron a surgir a su alrededor. Filas interminables de armarios negros iluminados por pequeños LED de colores llenaron la sala. El zumbido constante de los equipos y el ruido de los sistemas de refrigeración envolvieron todo el espacio.

Detrás de ella apareció Theo.

Sonrió al contemplar aquella gigantesca sala.

—Eres una friki. Acabas de entrar aquí y lo primero que se te ocurre imaginar son ordenadores.

Ava sonrió con orgullo.

—Esto no es un simple ordenador. Lo que estás viendo es “El Capitan”, con más de 1,7 exaflops de rendimiento. Una auténtica maravilla de la ingeniería.

Theo negó con la cabeza entre risas.

—Definitivamente eres un caso perdido.

Cerró los ojos durante un instante.

El enorme centro de datos comenzó a desvanecerse hasta desaparecer por completo.

Cuando Ava volvió a abrirlos, ambos estaban en el andén de la estación de la Universidad de Washington.

Theo sonrió.

—Venga, deja los ordenadores para otro día. Hemos venido a investigar.

Ava observó las vías.

—¿Y cómo lo hacemos?

Theo miró hacia el túnel.

—En cuanto llegue el tren voy a saltar. Tú quédate aquí y observa qué ocurre.

Ava lo miró como si estuviera loco.

—¿Hablas en serio? Además... ¿cómo sabemos con absoluta seguridad que esto sigue siendo un sueño?

Theo sonrió.

—Hace apenas unos segundos estábamos delante de uno de los superordenadores más potentes del mundo y ahora estamos aquí. Pero si aún no estás convencida, dime algo que sería incapaz de hacer en la vida real.

Ava se quedó pensativa.

Conocía muy bien a Theo. Era un atleta excepcional. Tenía un físico que parecía esculpido en mármol, pero también era, probablemente, la persona menos flexible que había conocido nunca.

Una sonrisa traviesa apareció en su rostro.

—Haz un spagat.

Theo la miró resignado.

—¿En serio?

—En serio.

Suspiró profundamente y comenzó a separar lentamente las piernas.

Ava esperaba que, en cualquier momento, se detuviera.

Pero no lo hizo.

Continuó descendiendo hasta quedar completamente abierto sobre el suelo.

Ava abrió los ojos como platos.

—¡Joder! ¡Igual que Van Damme!

Theo soltó una carcajada mientras volvía a incorporarse.

—¿Ya te sirve como prueba o tengo que hacer alguna otra proeza para convencerte de que esto es un sueño?

—¡Cómo mola! Quiero probar yo —dijo Ava.

Permaneció unos segundos pensativa.

—Ya lo tengo.

Un instante después empezó a reírse sin poder contenerse.

Theo la miró extrañado.

—¿De qué te ríes?

—Mírate.

Theo bajó la vista hacia su cuerpo y enseguida comprendió el motivo.

Sin darse cuenta, llevaba puesto el traje de Batman que Michael Keaton había lucido en la película de 1989. La capa negra caía sobre sus hombros, el emblema amarillo destacaba sobre el pecho y el cinturón de herramientas completaba el conjunto.

Ava era una auténtica fan de las películas clásicas de superhéroes, y verlo así le hizo mucha gracia.

Theo no pudo evitar echarse a reír.

—Ah, ¿sí? Pues ahora te vas a enterar.

Apenas unos segundos después, Ava ya no era Ava.

Vestía el inconfundible traje morado del Joker interpretado por Jack Nicholson. Llevaba el sombrero, el bastón y aquella eterna sonrisa que hacía al personaje tan inquietante.

Los dos rompieron a reír sin poder parar.

En ese momento, un sonido metálico resonó en el túnel.

El tren estaba a punto de llegar.

Cada vez se escuchaba con más claridad el chirrido de las ruedas rozando los raíles.

Theo dejó de reír.

—Esta es la oportunidad.

Se acercó al borde del andén.

El tren irrumpió en la estación a toda velocidad.

Theo lo observó fijamente.

Cuando estuvo a apenas unos metros...

Saltó.

La imagen era tan absurda como espectacular.

Batman, con la capa ondeando al viento, lanzándose contra un tren en marcha.

El impacto fue brutal.

Su cuerpo salió despedido varios metros, golpeó contra las vías y quedó atrapado bajo el convoy mientras este frenaba bruscamente.

Ava corrió hasta el borde del andén intentando localizarlo.

Pero no había ningún cuerpo.

Ni una sola gota de sangre.

Nada.

Resignada, se sentó en uno de los bancos de la estación.

Solo estaba ella, vestida como el Joker, sujetando su bastón mientras esperaba.

Pasaron varios minutos.

Entonces Theo volvió a aparecer caminando tranquilamente por el andén.

Había recuperado su aspecto normal y no tenía ni un solo rasguño.

—Menudo golpe... ¿Seguro que estás bien? —preguntó Ava.

Theo asintió.

—Sí... aunque ha sido muy extraño. He sentido el impacto, pero curiosamente no era un dolor intenso. Lo que más noté fue la sensación de quedarme sin aire cuando el tren me pasó por encima.

Se quedó pensativo unos segundos.

—Creo que tiene que ver con que nuestro cerebro interpreta el dolor comparándolo con experiencias que ya conoce. Si nunca has vivido algo parecido, simplemente... tiene que imaginar cómo sería.

Miró a Ava.

—Voy a probar una cosa.

Pensó en un cuchillo.

Al instante apareció uno en su mano, lo observó durante unos segundos.

Después apoyó la hoja sobre la palma de su mano y realizó un corte limpio y profundo.

—¡Joder!

El cuchillo cayó al suelo.

Theo se llevó instintivamente la mano al corte mientras la sangre comenzaba a brotar entre sus dedos.

Ava dio un paso hacia él.

—¿Eso sí lo has notado?

Theo apretó los dientes.

—Y tanto... Me temo que sí.

Respiró hondo antes de continuar.

—No es la primera vez que me hago un corte profundo. Hace unos meses me abrí el brazo preparando un proyecto en el laboratorio. Tuvieron que darme varios puntos.

—Vamos a probar otra cosa —dijo Ava mientras sacaba una pistola del bolsillo. Se la mostró a Theo—. Toma, dispárame.

Theo la miró desconcertado.

—¿Cómo que te dispare?

—Yo no voy a saltar delante de un tren como has hecho tú. Puede que esto sea un sueño, pero no soy capaz. Así que dispara.

Theo cogió la pistola con cierta inseguridad. La levantó, cerró los ojos y apretó el gatillo a quemarropa.

El disparo resonó por toda la estación.

Cuando volvió a abrir los ojos, Ava había desaparecido.

Theo intentó imaginar un botiquín y, al instante, apareció colgado en una de las paredes del andén. Lo abrió, cogió un frasco de desinfectante y unas vendas y comenzó a curarse el corte de la mano mientras esperaba. Pasados unos minutos, Ava apareció bajando tranquilamente las escaleras del andén.

—¿Qué? ¿Te ha dolido? —preguntó Theo.

—Lo cierto es que no me ha hecho ninguna gracia. He notado un fuerte pinchazo y, al instante siguiente, estaba otra vez en la Zona Negra. Exactamente igual que contó Han. Intentaba pensar en este sitio, pero no ocurría nada. Solo sentía un frío muy intenso.

Theo asintió.

—He sentido exactamente lo mismo. Después de un rato ese frío empezó a desaparecer, comencé a notar calor y entonces pude volver.

—Quiero probar otra cosa.

Theo cerró los ojos un instante e imaginó que ambos se encontraban en la azotea de un edificio. La estación desapareció y, al abrirlos, estaban allí.

—¿Qué hacemos aquí? —preguntó Ava.

—Tengo curiosidad por saber qué ocurre si saltamos desde una altura.

Era un edificio de siete plantas. Theo se acercó al borde y contempló la ciudad durante unos segundos antes de dar un paso al frente.

Miró hacia abajo. La gente caminaba por las aceras y los coches circulaban como si nada ocurriera.

Una suave ráfaga de viento le golpeó el rostro, moviéndole el pelo y haciéndole sentir el vacío bajo sus pies.

Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Sabía que estaba dentro de un sueño, pero su cerebro seguía reaccionando como si aquella caída pudiera matarlo de verdad.

Cerró los ojos un instante, respiró hondo y sonrió.

—Es solo un sueño.

Dio un paso al frente y se dejó caer.

Sin embargo, no cayó como esperaba. Su descenso era lento, como si la gravedad hubiera perdido gran parte de su fuerza. A medida que se acercaba al suelo, la velocidad disminuyó todavía más hasta que terminó aterrizando suavemente sobre los dos pies.

Levantó la vista y le hizo un gesto a Ava.

—¡Salta!

Ava no lo dudó. Se lanzó desde la azotea y sintió exactamente lo mismo. Era como si una fuerza invisible la sostuviera durante toda la caída. Cuando llegó al suelo, ambos se abrazaron entre risas.

—¡Qué pasada! —gritó Ava mientras daba pequeños saltos de alegría.

Theo levantó la vista hacia la azotea.

—Venga... otra vez.

—Sí, pero vamos por las escaleras.

Theo sonrió.

—¿Escaleras? Olvídate de las escaleras.

Se acercó a la fachada del edificio y, sin el menor esfuerzo, comenzó a trepar por la pared. Ava lo observó con una sonrisa y enseguida lo imitó. Poco a poco fueron escalando las siete plantas como si sus manos y sus pies se pegaran al edificio, hasta alcanzar de nuevo la azotea.

Al llegar arriba, Theo contempló el horizonte durante unos segundos.

—Creo que ya hemos hecho suficientes pruebas por hoy.

Ava sonrió con picardía.

—Vale... pero antes una última.

Los dos se acercaron al borde, intercambiaron una sonrisa y volvieron a saltar al vacío. Al llegar al suelo cerraron los ojos y pensaron al mismo tiempo en despertar.

◆◆◆

Al abrir los ojos estaban de nuevo en el laboratorio. Pasados unos segundos se incorporaron y Han y Sophie comenzaron a retirarles los cascos y los sensores.

Emma miró a Theo y sonrió.

—Hola, Van Damme... o no sé si decir Batman.

Todos comenzaron a reír.

Natalie observó los resultados que aparecían en la pantalla. Tal y como había previsto, el sistema había interpretado la muerte de ambos. Durante exactamente cinco minutos sus señales habían desaparecido y, transcurrido ese tiempo, las dos habían vuelto a sincronizarse.

—Bueno, tres de tres. Con estos datos ya puedo decir oficialmente que cuando mueres dentro del sueño vuelves exactamente cinco minutos después.

Theo todavía notaba el corte en la mano, aunque al mirarla no había ninguna herida. Poco a poco aquella molestia iba desapareciendo.

—Apunta eso también. Los dolores que alguna vez hayamos sufrido en la vida duelen exactamente igual dentro del sueño.

Sin embargo, todo aquello que nunca hemos experimentado el cerebro no sabe interpretarlo de la misma manera.

He sentido el golpe del tren y cuando me pasó por encima, pero el dolor era diferente... mucho más sutil.

—Interesante —dijo Natalie.

—El cerebro no inventa sensaciones de la nada —explicó mientras anotaba los datos—.

Reconstruye lo que ya conoce. Si alguna vez te has cortado con un cuchillo, te has quemado o te has pillado un dedo con una puerta, puede reproducir ese dolor con una precisión asombrosa porque ya existe un recuerdo neuronal de esa experiencia.

Pero ¿qué ocurre cuando el cerebro tiene que simular algo que nunca ha vivido, como recibir un disparo o que te atropelle un coche?

En ese caso improvisa. Crea una aproximación basándose en recuerdos de dolor similares, pero nunca alcanza la intensidad real porque carece de una referencia sobre la que apoyarse.

Ava asintió.

—Por eso prácticamente no me dolió cuando Theo me disparó. Sentí un pinchazo fuerte, como un pellizco, pero nada que no pudiera aguantar.

—Pero también hay que tener cuidado con eso —continuó Natalie—. Mi teoría es que, si alguien muere varias veces de la misma forma dentro del sueño, el cerebro irá aprendiendo esa sensación. Cada vez el dolor será más real porque ya dispondrá de una experiencia previa sobre la que construirlo.

—Pues no pienso volver a saltar delante de un tren, eso te lo aseguro —dijo Theo entre risas.

Todos volvieron a reír.

Natalie guardó silencio mientras observaba la pantalla del ordenador. Después cerró el archivo de la prueba y levantó la vista.

—Hoy hemos descubierto tres cosas que hace unas semanas habrían parecido imposibles. Sabemos qué ocurre cuando alguien muere dentro del sueño, sabemos cuánto tarda en regresar y empezamos a comprender cómo interpreta el cerebro el dolor en ese mundo.

Hizo una breve pausa.

—Pero cuanto más aprendemos... más preguntas aparecen.

Nadie dijo una sola palabra.

Por primera vez desde que habían iniciado el Proyecto ONEIROS, todos tuvieron la misma sensación.

No estaban aprendiendo simplemente a compartir un sueño.

Estaban empezando a descubrir un mundo con sus propias leyes.

Y apenas acababan de cruzar la puerta.