Capítulo 5 — El límite
D espués del éxito de la primera prueba entre Emma y Theo, decidieron dar el siguiente paso.
Mientras Ava introducía todos los datos recopilados en el ordenador y realizaba los últimos ajustes del sistema, el resto del grupo coincidió en que sería buena idea empezar a documentar cada avance.
Si algún día el proyecto superaba todas sus expectativas, querían tener constancia de cómo había comenzado todo.
Aquella misma mañana decidieron quiénes participarían en la siguiente prueba. Lo resolvieron echándolo a suertes.
La primera elegida fue Sophie.
Después, Natalie.
El tercero fue Han.
Y, por último, Theo.
Theo miró a Emma. Ella no había dicho una sola palabra, pero su expresión dejaba claro que estaba decepcionada.
—¿Qué te pasa? —preguntó él.
Emma sonrió con cierta tristeza.
—Nada. Estoy bien. Solo me hacía ilusión entrar otra vez, pero no pasa nada. Ya participaré en la siguiente prueba.
Theo se volvió hacia los demás.
—Chicos, sé que habíamos acordado hacerlo por sorteo, pero quiero cederle mi turno a Emma. Al fin y al cabo, todo esto empezó gracias a ella. Creo que es lo más justo.
Han permaneció unos segundos pensativo antes de hablar.
—¿Y si entráramos todos juntos?
Sophie negó con la cabeza.
—No podemos. Alguien tiene que quedarse aquí controlando el experimento. Además, ¿quién administraría los sueros?
Han sonrió.
—Lo del control tienes razón. Pero lo del suero podría solucionarlo. Puedo diseñar un sistema automático que administre la dosis exacta de cada uno según su perfil.
Ava arqueó una ceja.
—¿Ya estás pensando en automatizar el laboratorio?
—Claro. Si esto funciona, tarde o temprano tendremos que hacerlo.
Emma soltó una pequeña risa.
—No le deis más vueltas. De verdad, no me importa esperar.
Pero Theo no cedió.
—A mí sí. Quiero que entres tú.
Después de unos segundos de discusión, nadie encontró una razón para negarse, así que el grupo aceptó el cambio.
Minutos después, Han, Natalie y Emma se tumbaron en tres de las camillas. Sophie les colocó cuidadosamente una vía intravenosa y, cuando terminó, preparó otra para ella antes de ocupar la cuarta camilla.
Theo fue colocando uno por uno los cascos de conexión, comprobando cada sensor y cada cable con la misma precisión que un cirujano. Después verificó las constantes vitales de los cuatro en los monitores.
Sophie dejó preparadas las cuatro dosis exactas del suero y se volvió hacia Ava.
—Escúchame bien. Cuando todos estemos listos, pulsa este botón. El sistema inyectará automáticamente cada dosis al mismo tiempo. Después solo tendrás que vigilar que todo siga dentro de los valores normales.
Ava asintió.
—Entendido.
Emma levantó ligeramente la cabeza.
—Recordad una cosa. Si en algún momento queremos salir, tendremos que pensar todos exactamente lo mismo.
—Despertar —respondió Natalie.
Emma sonrió.
—Exacto. Todos a la vez.
Los cuatro intercambiaron una última mirada. La emoción empezaba a mezclarse con los nervios.
Theo terminó de revisar el último sensor y dio un paso atrás.
—Todo preparado.
Emma respiró hondo.
—Adelante.
Ava apoyó el dedo sobre el botón.
Durante un instante nadie dijo una palabra.
Después lo pulsó.
Las cuatro bombas de infusión comenzaron a funcionar al unísono. El líquido recorrió lentamente las vías intravenosas mientras los monitores registraban el aumento progresivo de la actividad cerebral.
Uno tras otro, sus párpados fueron cerrándose.
En apenas unos segundos, los cuatro dormían profundamente.
En la sala solo quedó el zumbido constante de los equipos.
Ava y Theo permanecían inmóviles frente a las pantallas, observando cómo los datos empezaban a aparecer en tiempo real.
Transcurrieron varios minutos.
Entonces las gráficas comenzaron a sincronizarse.
Las cuatro ondas cerebrales entraron casi al mismo tiempo en fase REM.
Theo y Ava intercambiaron una mirada.
La segunda prueba acababa de comenzar.
◆◆◆
Todo estaba oscuro.
Emma tardó apenas unos segundos en comprender que ya estaba dentro del sueño. Sonrió para sí. Sin pensarlo, evocó el lugar donde había pasado tantos veranos de pequeña, la playa en la que, durante su primer sueño, había vuelto a encontrarse con su abuela.
Poco a poco, la oscuridad comenzó a desvanecerse.
La cálida luz del sol inundó el paisaje. El sonido rítmico de las olas rompía suavemente contra la orilla mientras una ligera brisa marina les acariciaba la piel. El olor a sal, la arena bajo los pies y el lejano graznido de unas gaviotas hacían que todo resultara increíblemente real.
Emma se dio la vuelta.
A pocos metros estaban Sophie, Natalie y Han. Observaban el lugar completamente inmóviles, con una mezcla de desconcierto y fascinación.
—¿Estáis bien? —preguntó Emma con una sonrisa.
Han asintió lentamente. Había trabajado durante meses en la tecnología que hacía posible aquel lugar, pero una cosa era observar ONEIROS desde una pantalla y otra muy distinta encontrarse dentro.
Los colores parecían más vivos, las sombras tenían profundidad y cada detalle resultaba tan nítido que costaba creer que aquello no fuera el mundo real.
Para Sophie, Natalie y Han todo era nuevo.
Era la primera vez que entraban en ONEIROS.
Sophie giró sobre sí misma contemplando el mar.
—Es... precioso.
Todavía le costaba aceptar que todo aquello existiera únicamente dentro de sus mentes.
Natalie se agachó, cogió un puñado de arena y dejó que se deslizara lentamente entre sus dedos.
—Incluso puedo notar el calor...
Emma sonrió.
—Porque vuestro cerebro está convencido de que es real.
Sophie la miró con curiosidad.
—¿Y cómo hago para que aparezca algo?
—No tienes que esforzarte. Simplemente piensa en ello... pero hazlo desde lo más profundo de tu mente.
Sophie cerró los ojos durante unos segundos.
De repente, detrás de ellos comenzó a levantarse un pequeño chiringuito construido con cañas de bambú y madera envejecida. Varias mesas de madera aparecieron bajo grandes sombrillas de paja, mientras unas luces decorativas colgaban del tejado balanceándose suavemente con la brisa.
Todos caminaron hasta allí.
Emma observaba cada detalle.
—¿Era esto lo que habías imaginado?
Sophie sonrió.
—Sí. Me ha venido el recuerdo de las vacaciones del año pasado con Han, en California. Había un chiringuito muy parecido... o al menos así lo recuerda mi cabeza.
Han soltó una carcajada.
—El chiringuito sí... pero la playa no tiene nada que ver. Se nota que la memoria de ambas ha mezclado unas cuantas cosas.
Los cuatro rieron mientras tomaban asiento en una de las mesas.
Apenas se habían acomodado cuando un camarero apareció junto a ellos con una sonrisa.
—¿Qué vais a tomar, chicos?
Han levantó la mano.
—Un Martini con limón.
—Yo otro —dijo Sophie.
—Pues que sean tres —añadió Natalie.
Emma sonrió.
—Para mí, una Coca-Cola.
El camarero asintió y desapareció.
Apenas un instante después regresó con una bandeja. Depositó las bebidas sobre la mesa como si hubiera estado preparándolas desde hacía rato.
Al mismo tiempo comenzó a sonar suavemente "All by Myself", de Eric Carmen.
Sophie no pudo evitar reír.
—No me lo puedo creer...
Han la miró divertido.
—¿Qué pasa?
—Es la misma canción que pediste al camarero en aquel viaje.
Han escuchó unos segundos y sonrió.
—Es verdad... Ni siquiera me acordaba.
Le dio un trago al Martini.
El sabor era exactamente el que recordaba.
—Está increíble...
Natalie observaba la escena con los ojos como platos.
—Esto es una locura...
Cogió la copa y bebió un pequeño sorbo.
—¡Sabe de verdad!
Todos rompieron a reír.
—Ahora quiero probar yo —dijo Natalie con una sonrisa traviesa.
Cerró los ojos durante unos segundos intentando concentrarse.
—¿Y qué estás imaginando? —preguntó Emma.
—Ya lo veréis...
Durante unos instantes no ocurrió nada. Natalie frunció el ceño.
—Creo que no funciona.
Justo entonces, el suelo comenzó a vibrar ligeramente, un fuerte traqueteo metálico resonó detrás del chiringuito.
Giraron la cabeza.
Donde unos segundos antes solo había dunas, ahora se alzaba una gigantesca montaña rusa que ascendía decenas de metros hacia el cielo.
Natalie se levantó de un salto.
—¡Qué pasada! ¡Quiero montar! ¡Quiero montar!
Todos corrieron hacia la atracción. Un operario, vestido con el uniforme de un parque de atracciones, les saludó con una sonrisa mientras les abría la puerta de los vagones.
Natalie y Emma ocuparon el primer vagón.
Sophie y Han se sentaron justo detrás.
El operario comprobó las barras de seguridad y, tras dar un paso atrás, la montaña rusa comenzó a ascender lentamente.
—¡Esto sí que da impresión! —exclamó Natalie mientras observaba cómo la playa se hacía cada vez más pequeña.
Al llegar a la cima, durante un breve instante todo quedó en silencio.
Entonces los vagones se precipitaron cuesta abajo.
Las cuatro gritaron entre risas mientras la montaña rusa enlazaba curvas cerradas, cambios de rasante y giros a gran velocidad.
Han sonreía.
Aquello era divertido...
Pero insuficiente.
Mientras descendían por una de las curvas, imaginó una rampa gigantesca elevándose cientos de metros hacia el cielo, terminando en una caída prácticamente vertical.
Al instante, la estructura comenzó a transformarse delante de ellos.
Nuevos raíles aparecieron de la nada, creciendo como si siempre hubieran formado parte de la atracción.
La montaña rusa cambió de dirección y empezó a subir por aquella enorme pendiente.
Natalie abrió los ojos de par en par.
—¡Eso no estaba ahí!
—Mucho mejor, ¿no? —gritó Han entre carcajadas.
Natalie negó con la cabeza.
—¡No! ¡Así no era como yo la imaginaba!
Cerró los ojos un instante e intentó recuperar la imagen original de la atracción.
Los raíles volvieron a cambiar.
La gigantesca rampa desapareció casi por completo antes de que los vagones alcanzaran la cima.
Han resopló.
—Venga... no seas aguafiestas.
—Cuando quieras crear una montaña rusa imposible, hazlo tú solo. Pero esta era mi atracción.
Han se recostó en el asiento.
—Está bien...
Aunque por dentro seguía pensando que aquello necesitaba mucha más emoción.