Capítulo 3 — Construyendo un sueño #2
Unos segundos más tarde la escena cambió. Uno de aquellos niños estaba sentado en el borde de la piscina mientras un monitor le curaba un corte en el pie.
Las imágenes continuaban siendo completamente coherentes.
Pero, de repente, todo cambió.
Árboles enormes comenzaron a surgir del agua, como si siempre hubieran formado parte de la piscina. Los niños trepaban por sus ramas con absoluta naturalidad, saltando desde ellas directamente al agua sin que nada pareciera fuera de lugar.
Nadie apartaba la vista de los monitores.
Aquello era fascinante.
Sin embargo, tras varios minutos observando los datos, Natalie detectó algo que hizo desaparecer su sonrisa.
Las conexiones neuronales comenzaron a desacoplarse.
Lo que hasta hacía unos instantes era un patrón extraordinariamente estable empezó a transformarse en una secuencia impredecible. Varias ondas dejaron de sincronizarse mientras otras aumentaban su intensidad de forma inexplicable.
Natalie frunció el ceño.
—Eso es raro...
Antes de que pudiera decir nada más, Emma abrió lentamente los ojos.
Permaneció inmóvil durante unos segundos, observando el techo del laboratorio como si no reconociera dónde estaba.
—¿Estás bien? —preguntó Sophie.
Emma se incorporó despacio, después miró las caras de sus amigos y respiró varias veces antes de hablar.
—¿Esto es real?
Nadie respondió inmediatamente.
Theo fue el primero en romper el silencio.
—Sí... claro que sí.
Emma siguió observando el laboratorio.
—Entonces... ¿cómo sé que no sigo soñando?
Theo sonrió, aunque algo desconcertado.
—Claro. Estás aquí con nosotros.
Emma tardó unos segundos en responder.
—No lo sé... He tenido un sueño muy extraño.
—¿Qué has visto? —preguntó Sophie.
—No sabría explicarlo. Lo raro no era el sueño...
era la sensación. No parecía un sueño. Era como si realmente hubiera estado allí.
Normalmente los sueños se sienten difusos, como si se escaparan mientras despiertas...
pero este no. Lo recuerdo igual que recuerdo cualquier cosa que me haya pasado de verdad.
Natalie seguía sin apartar la vista del monitor.
Amplió varios fragmentos de la actividad cerebral, comparó diferentes intervalos de la grabación y ejecutó un análisis automático.
Su expresión cambió por completo.
—Eso... no debería haber ocurrido.
Theo se acercó inmediatamente.
—¿Qué pasa?
Natalie giró la pantalla para que todos pudieran verla.
—El sedante ha funcionado exactamente como esperábamos. Entraste en fase REM en menos de doce minutos y permaneciste en ella casi dieciséis.
—¿Y eso es malo? —preguntó Emma.
—No. Lo extraño es lo que ocurrió durante esa fase.
Señaló una de las gráficas.
—En un sueño normal, el cerebro mezcla recuerdos, emociones y experiencias. Por eso los sueños cambian constantemente de escenario, aparecen personas imposibles y, al despertar, la mayor parte desaparece en cuestión de minutos.
Emma asintió.
—Sí... siempre es así.
—Pero tu cerebro no hizo eso.
Natalie amplió otra gráfica.
—Durante prácticamente toda la fase REM mantuvo una actividad extraordinariamente estable. Es como si hubiera estado procesando un único entorno de forma continua, sin las fluctuaciones caóticas que vemos en cualquier sueño normal.
Theo cruzó los brazos.
—¿Y eso qué significa?
Natalie respiró hondo antes de responder.
—Que tu cerebro no improvisó un sueño...
Hizo una breve pausa mientras todos aguardaban la respuesta.
—Construyó una realidad.
Nadie dijo una palabra.
—Por eso lo recuerdas con tanto detalle —añadió Sophie en voz baja—. No lo has almacenado como un sueño.
Natalie asintió lentamente.
—Exacto. Tu cerebro lo ha registrado de una forma mucho más parecida a un recuerdo vivido que a una experiencia onírica.
El silencio volvió a apoderarse del laboratorio.
Emma bajó la mirada.
—Entonces... ¿he estado soñando?
Natalie sostuvo sus ojos durante unos segundos antes de responder.
—Sí...
Su voz apenas fue un susurro.
—Pero por primera vez hemos visto a un cerebro tratar un sueño como si hubiera sido una experiencia real.
—¿Qué es lo que has visto? —preguntó Theo.
Emma permaneció unos segundos en silencio, ordenando sus recuerdos.
—Estaba en una piscina. Me lo estaba pasando bien hasta que mi hermano se cortó el pie con la escalera al salir del agua. Entonces recordé que aquello ya me había ocurrido de pequeña. En ese momento pensé que, si realmente estaba soñando, podría cambiar lo que estaba viendo.
Todos la escuchaban sin apartar la vista de ella.
—Así que imaginé que unos árboles salían del agua y que los niños empezaban a trepar por ellos para lanzarse desde las copas.
Y ocurrió. Los árboles empezaron a crecer exactamente como los había imaginado.
Después solo pensé que quería despertar.
Cerré los ojos... y cuando volví a abrirlos estaba aquí.
Han miró a Natalie.
—Enséñaselo.
—¿Enseñarme qué? —preguntó Emma.
Natalie giró el monitor mientras Ava cargaba el registro generado por la inteligencia artificial.
Las imágenes comenzaron a aparecer una tras otra.
La piscina.
Los niños nadando.
El niño con el corte en el pie.
Y, finalmente, los árboles emergiendo del agua mientras los niños trepaban por sus ramas.
Emma abrió los ojos con asombro.
—Es... es exactamente lo que he visto.
Durante unos segundos nadie dijo una palabra.
El silencio solo era interrumpido por el leve zumbido de los ordenadores.
Han fue el primero en romperlo.
—¿Os dais cuenta de lo que acabamos de conseguir?
Natalie negó lentamente con la cabeza.
—No exactamente.
Todos la miraron.
—Lo que hemos conseguido es demostrar que el sistema puede interpretar la actividad cerebral y reconstruir un sueño con una precisión que jamás habíamos imaginado. Es un paso enorme... pero no es nuestro verdadero objetivo.
Emma asintió.
—Nuestro objetivo sigue siendo el mismo.
—Conseguir que dos personas compartan el mismo sueño —continuó Natalie.
Han sonrió, incapaz de contener el entusiasmo.
—Puede que todavía no hayamos llegado, pero acabamos de recorrer más camino en una tarde que en todos estos meses.
Emma le devolvió la sonrisa.
—Y aun así seguimos a medio camino.
Ava apoyó los brazos sobre la mesa.
—Bueno... mirad el lado positivo. Si nunca conseguimos compartir un sueño, al menos habremos logrado algo que parecía imposible: poder enseñarle a otra persona exactamente lo que has soñado.
Emma negó con una pequeña sonrisa.
—No es suficiente.
Todos la miraron.
—Eso solo es una imagen. Yo no quiero que veáis mis sueños... quiero que estéis dentro de ellos conmigo. Quiero que sintáis exactamente lo que yo he sentido.
El laboratorio volvió a quedar en silencio.
Por primera vez desde que habían comenzado el Proyecto Oneiros, todos comprendieron que el objetivo ya no parecía una locura.
Solo era una cuestión de tiempo.