Capítulo 3 — Construyendo un sueño
D espués de la noche de fiesta, algunos todavía seguían profundamente dormidos sobre los colchones improvisados del salón. Había botellas vacías, cajas de pizza abiertas y bolsas de aperitivos esparcidas por todas partes. Emma se levantó en silencio y apartó las cortinas.
La tenue luz de un amanecer gris inundó el apartamento.
No hacía falta que brillara el sol. Bastó aquella claridad para que, poco a poco, comenzaran a oírse quejidos y bostezos.
—Creo que he dormido tres horas —murmuró Han tapándose la cara con un cojín.
—Yo diría que dos —respondió Sophie mientras se incorporaba despacio.
Natalie apareció desde la cocina con el pelo completamente revuelto y una taza de café en la mano.
—Necesito otro cuerpo.
Las risas no tardaron en llenar de nuevo el apartamento.
Mientras desayunaban, la conversación giró inevitablemente alrededor del proyecto. Ya nadie hablaba de exámenes, prácticas o trabajos de fin de carrera. Todo aquello había quedado relegado a un segundo plano.
Por primera vez, tenían la oportunidad de construir algo que, si funcionaba, podía cambiar para siempre la forma en que la humanidad entendía los sueños.
Cuando llegaron a la universidad, la vieja sala del sótano había dejado de parecer un almacén olvidado.
Aún estaba lejos de convertirse en el laboratorio que imaginaban, pero después de haber retirado los viejos archivadores, reparado parte de la iluminación y limpiado décadas de polvo acumulado. El espacio parecía mucho más amplio de lo que recordaban.
Se quedaron inmóviles junto a la puerta.
Aquella sensación era difícil de describir.
Era la misma emoción que experimenta un niño la mañana de Navidad antes de abrir los regalos.
Todo estaba por descubrir.
Todo parecía posible.
Durante las dos semanas siguientes, las cajas no dejaron de llegar.
Grandes contenedores con los logotipos de distintos fabricantes fueron apilándose junto a la entrada mientras el señor Harris firmaba cada entrega con una paciencia infinita.
—Otra más para vuestros juguetes —decía sonriendo cada vez que aparecía un nuevo transportista.
Emma observaba cómo dos operarios introducían una de las camillas médicas con extremo cuidado.
—Despacio. Vale más que mi coche.
Theo sonrió.
—Y que el mío.
Los días comenzaron a confundirse unos con otros.
Las paredes fueron cubriéndose de paneles de aislamiento acústico para evitar cualquier interferencia exterior. Han pasó jornadas enteras sobre una escalera instalando kilómetros de cableado por el falso techo mientras murmuraba en coreano cada vez que encontraba un conector incompatible.
Nadie entendía una sola palabra de lo que decía.
Pero por el tono de voz, todos imaginaban que no eran precisamente cumplidos.
Ava transformó la pared del fondo en una enorme superficie interactiva formada por varios monitores de alta resolución capaces de mostrar, en tiempo real, mapas tridimensionales de actividad cerebral, constantes vitales y parámetros del sistema.
Mientras tanto, Natalie y Sophie organizaron la zona clínica.
Colocaron las dos camillas una al lado de la otra, instalaron los monitores multiparamétricos, revisaron el material de emergencia y prepararon un pequeño carro médico con todo lo necesario para actuar ante cualquier complicación.
Emma recorría el laboratorio varias veces al día sin decir una palabra.
Observaba cómo cada pieza encontraba su sitio.
Cada cable conectado.
Cada pantalla encendida.
Cada avance convertía un poco más aquel sótano abandonado en algo extraordinario.
Cuando terminaron la instalación principal, ninguno de los seis dijo nada durante varios segundos.
El lugar ya no parecía el sótano olvidado de una universidad.
Parecía un laboratorio secreto.
Y eso era exactamente lo que iban a necesitar.
La universidad también les cedió el acceso a una inteligencia artificial experimental desarrollada por el Departamento de Ingeniería Informática.
El acuerdo beneficiaba a ambas partes: mientras el grupo entrenaba la IA para interpretar patrones neuronales, los ingenieros recibirían una cantidad inmensa de datos reales con los que mejorar su sistema de aprendizaje.
Theo pasó los días siguientes trabajando con Ava desarrollando un programa capaz de convertir millones de impulsos eléctricos en un mapa tridimensional de actividad neuronal prácticamente en tiempo real.
Han rediseñó buena parte del hardware. Los cascos neuronales que les habían prestado pertenecían a una generación anterior y eran incompatibles con buena parte del software moderno, así que desmontó cada uno de ellos pieza por pieza para sustituir sensores, procesadores y módulos de comunicación hasta adaptarlos al nuevo sistema.
El resultado era una mezcla extraña entre tecnología médica y un prototipo salido de un laboratorio militar.
Todo parecía avanzar según lo previsto.
Hasta que chocaron con el primer gran obstáculo.
Los cascos eran capaces de registrar la actividad cerebral con enorme precisión.
Pero cada cerebro hablaba un idioma diferente.
Lo que para un voluntario significaba una imagen, para otro podía representar un recuerdo, una emoción o simplemente ruido eléctrico.
Por primera vez desde que comenzaron el proyecto, comprendieron que el verdadero desafío no era construir la máquina.
Era aprender a entender el lenguaje del cerebro humano.
Los primeros días fueron un desastre.
Los cascos neuronales perdían precisión, los sensores se descalibraban constantemente y apenas conseguían mostrar datos útiles en las pantallas. Sin embargo, tras innumerables ajustes y con los cascos ya plenamente operativos, pudieron realizar las primeras pruebas.
Pasaban horas conectados al sistema, recordando momentos de su infancia o imaginando escenarios completamente nuevos. Pero la inteligencia artificial era incapaz de distinguir una cosa de la otra.
Un simple pensamiento sobre una playa generaba patrones prácticamente idénticos a los de un recuerdo real de la infancia.
—No podemos diferenciar imaginación y memoria —dijo Natalie.
—Porque para el cerebro apenas existe diferencia —respondió Emma.
Ava llevaba días desarrollando un algoritmo capaz de aprender la "firma neuronal" de cada persona.
—Dame unos días más y estará listo.
No buscaba pensamientos.
Buscaba patrones.
El otro gran obstáculo fue desarrollar un sedante capaz de inducir el sueño sin apagar por completo la actividad cerebral.
—El problema no es dormirnos. Puedo dejar inconsciente a cualquiera en menos de un minuto. El problema es que necesitamos un cerebro que siga soñando, no un cerebro apagado —explicó Sophie.
Natalie asintió.
—ONEIROS necesita actividad REM. Si la anulamos con anestesia, no habrá nada que sincronizar.
Theo apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Entonces tenemos que conseguir lo imposible: que entren en un sueño profundo sin apagar el cerebro.
Durante días trabajaron junto al laboratorio de Medicina, modificando formulaciones y realizando pruebas preclínicas hasta encontrar la combinación adecuada.
Finalmente, Sophie consiguió una formulación experimental basada en fármacos ya existentes, un compuesto capaz de inducir el sueño y facilitar la entrada en fase REM manteniendo la actividad cerebral necesaria para el proyecto.
Sostuvo dos jeringas transparentes y las observó con una mezcla de orgullo y nerviosismo.
—¿Es seguro? —preguntó Emma.
—No es un sedante cualquiera. Es una combinación de compuestos que he ajustado específicamente para nuestro proyecto. Lo llamo Hipnos.
Theo arqueó una ceja.
—Muy original.
—Era eso o "Mezcla número cuarenta y cuatro" —respondió Sophie encogiéndose de hombros.
Todos rieron, aunque ninguno consiguió ocultar la tensión.
Las semanas siguieron pasando.
Mientras Sophie perfeccionaba Hipnos, Ava continuó entrenando la inteligencia artificial con millones de registros neuronales obtenidos durante las pruebas.
Dos meses después, el sistema ya era capaz de reconocer patrones emocionales con una precisión sorprendente.
Miedo.
Alegría.
Curiosidad.
Tristeza.
Poco después consiguió un avance aún más importante.
La IA aprendió a diferenciar recuerdos reales de imágenes imaginadas con una fiabilidad cercana al noventa y cinco por ciento.
Por primera vez desde que comenzó el proyecto, el equipo tuvo la sensación de que el objetivo dejaba de parecer una locura para convertirse en una posibilidad real.
Todas las pruebas realizadas hasta ese momento se habían llevado a cabo con los participantes despiertos. Había llegado el momento de averiguar qué ocurría cuando el cerebro entraba en el estado natural para el que realmente estaban diseñando el proyecto: el sueño.
Emma se ofreció voluntaria para ser la primera en recibir el suero y proporcionar los datos iniciales.
Se tumbó sobre la camilla mientras Sophie le colocaba una vía intravenosa.
A su lado, Han ajustó cuidadosamente el casco neuronal sobre su cabeza, asegurándose de que todos los sensores estuvieran correctamente alineados.
Frente a los monitores, Ava comprobaba una última vez las conexiones del sistema.
Aunque intentaba aparentar tranquilidad, Emma no podía ocultar el nerviosismo. Su frecuencia cardíaca comenzó a dispararse hasta que el monitor emitió una rápida sucesión de pitidos.
—Tranquila, no va a pasar nada —dijo Sophie con una sonrisa tranquilizadora.
Theo se acercó sin decir una palabra y le tomó la mano. Aquel simple gesto bastó para que Emma respirara hondo y sus pulsaciones descendieran poco a poco.
Sophie inyectó lentamente el suero.
Apenas unos segundos después, los párpados de Emma se cerraron y quedó profundamente dormida.
Durante los primeros minutos solo aparecieron en las pantallas los parámetros habituales: frecuencia cardíaca, respiración, saturación de oxígeno y actividad cerebral.
Entonces la inteligencia artificial comenzó a trabajar.
Mientras analizaba las señales neuronales, empezó a reconstruir las imágenes que el cerebro de Emma parecía estar generando.
En la pantalla apareció una piscina iluminada por el sol. Decenas de niños jugaban y nadaban entre risas.