Mientras dormimos: Proyecto ONEIROS Capítulo 2 — El primer paso
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Capítulo 2 — El primer paso

Y a eran las tres de la tarde y habían quedado para decidir los siguientes pasos si querían sacar adelante el proyecto una vez terminadas las clases.

Emma esperaba junto a Theo en los jardines del campus. Hacía unos días él le había propuesto irse a vivir juntos, pero ella todavía no le había dado una respuesta.

—¿Te has pensado ya lo que te dije? —preguntó Theo.

Emma guardó silencio unos instantes. Llevaban dos años de relación y era feliz a su lado, pero no quería precipitarse. Prefería que todo siguiera su curso con calma.

—Todavía no.

En ese momento llegaron los demás y la conversación quedó interrumpida.

—Bien, ¿cómo lo hacemos? —preguntó Sophie.

Emma tomó la palabra.

—Creo que lo mejor será hablar directamente con el decano y ser sinceros. No hace falta explicarle todos los detalles del proyecto, pero sí lo suficiente para que entienda lo que queremos hacer y nos autorice a utilizar las instalaciones.

Todos asintieron.

Mientras caminaban hacia el edificio de la facultad, Natalie se volvió hacia el grupo.

—Dejadme llevar a mí la conversación.

Los seis recorrieron el pasillo hasta la zona administrativa. Tras un mostrador de madera, una mujer de unos cincuenta años levantó la vista de su ordenador.

—Buenos días. ¿Puedo ayudaros?

—Nos gustaría hablar con el decano —respondió Natalie.

—¿Tenéis cita?

Los seis se miraron unos a otros.

—No, pero querríamos presentarle una propuesta de investigación.

La secretaria los observó durante unos segundos antes de descolgar el teléfono.

—Decano Caldwell, hay un grupo de estudiantes que insiste en hablar con usted. Dicen que es sobre un proyecto de investigación.

Escuchó la respuesta y, unos segundos después, colgó.

—Tenéis diez minutos. Es la tercera puerta del pasillo.

El despacho era amplio y luminoso. Un gran ventanal ocupaba casi toda la pared del fondo, dejando entrar la característica luz grisácea de Seattle y ofreciendo unas vistas privilegiadas del campus, donde decenas de estudiantes caminaban entre los árboles.

Frente al cristal se alzaba un robusto escritorio de madera oscura, impecablemente ordenado.

Sobre él descansaban un ordenador, varias carpetas perfectamente alineadas y una pequeña placa de latón con el nombre del decano: Sean Caldwell.

Tras el escritorio, una estantería de suelo a techo albergaba decenas de libros sobre psicología, educación y gestión universitaria, junto a varios premios académicos, fotografías con antiguas promociones de estudiantes y recuerdos de congresos internacionales.

En una de las paredes colgaban varios diplomas enmarcados y un gran escudo de la Universidad de Washington.

Delante del escritorio había una mesa redonda rodeada de varias sillas destinada a reuniones más informales. Sobre un mueble auxiliar, una cafetera desprendía un agradable aroma mientras una bandeja con tazas de porcelana esperaba junto a ella.

El decano los recibió de pie. Era un hombre de aproximadamente un metro ochenta y cinco de estatura y complexión corpulenta.

Algunas canas comenzaban a asomar entre su cabello, discretas señales de la edad que reforzaban el aire de experiencia que desprendía.

Vestía un impecable traje negro con una corbata azul marino.

Su mirada imponía autoridad, pero había en ella una serenidad que inspiraba cercanía y confianza.

Tenía esa clase de presencia que invitaba a escuchar cuando hablaba, no por temor, sino por el respeto y la seguridad que transmitía.

—Adelante, podéis sentaros. ¿Qué es eso tan importante que queréis contarme?

Natalie tomó la palabra.

—Nos gustaría poner en marcha un proyecto de investigación que creemos que podría ser muy interesante para la universidad. Para desarrollarlo necesitaríamos una sala de uso exclusivo y acceso a parte del equipamiento científico de la facultad.

El decano entrelazó las manos sobre el escritorio.

—¿Y qué pretendéis conseguir exactamente?

Natalie respondió con seguridad.

—Queremos comprobar si dos cerebros expuestos a los mismos estímulos antes de entrar en la fase REM desarrollan patrones de actividad sincronizados. No esperamos que ambos sueñen lo mismo. Nuestro objetivo es medir hasta qué punto puede producirse esa sincronización.

Emma intervino.

—Los resultados podrían aportar información muy valiosa sobre los mecanismos de la memoria, el aprendizaje e incluso sobre determinados trastornos del sueño.

El decano permaneció unos segundos en silencio. La propuesta había despertado su interés, aunque seguía mostrándose prudente.

—¿Y por qué necesitáis una sala exclusiva?

Han respondió inmediatamente.

—Porque los experimentos requieren sesiones de varias horas. Necesitamos mantener los equipos perfectamente calibrados y evitar desmontarlos y volverlos a instalar cada día. Hacerlo supondría perder precisión, tiempo y la continuidad de las pruebas.

Theo añadió:

—No venimos a pedir financiación. Solo una sala que actualmente no esté en uso y autorización para utilizar parte del material del que ya dispone la facultad.

El decano se levantó lentamente de la silla y caminó hasta el ventanal. Permaneció unos instantes observando el campus antes de darse la vuelta.

—La mayoría de las propuestas que llegan a este despacho buscan financiación para demostrar algo que ya se sabe. La vuestra, en cambio, pretende averiguar si algo que hoy parece imposible puede llegar a ser posible.

Los seis guardaron silencio.

Finalmente, el decano sonrió.

—De acuerdo. Os autorizaré a utilizar el antiguo laboratorio del edificio de Neurociencia. Lleva varios meses sin usarse y creo que puede serviros. Eso sí, algunos equipos seguirán compartiéndose con otros departamentos y quiero un informe del progreso de vuestra investigación cada dos semanas.

Una sonrisa apareció en el rostro de los seis.

—Muchas gracias, decano Caldwell —dijo Sophie.

—No me las deis todavía. Ahora empieza el trabajo de verdad.

Se acercó de nuevo al escritorio y escribió un nombre en una hoja.

—Hablad con el señor Harris. Es el responsable de los laboratorios de investigación. Él os dará acceso a la sala y se encargará de suministraros el equipamiento que necesitéis, siempre que esté disponible.

Les entregó la hoja y añadió con una leve sonrisa.

—Espero grandes cosas de vosotros.

Al salir del despacho iban entusiasmados. Habían conseguido mucho más de lo que esperaban y, al llegar al edificio de Laboratorios, el señor Harris ya estaba al corriente. El decano Caldwell acababa de comunicarle la autorización.

—¿Qué tal, chicos? El decano me ha contado que necesitáis una sala. Precisamente tengo una libre. Acompañadme.

Los seis lo siguieron por el campus hasta uno de los edificios más antiguos de la universidad.

Al entrar comenzaron a recorrer un largo pasillo donde se sucedían modernos laboratorios tras grandes paredes de cristal.

En su interior podían verse equipos de última generación, pantallas, brazos robóticos y estudiantes trabajando con un silencio casi absoluto.

Han observaba todo con una sonrisa de ilusión.

—Espero que nos toque uno como estos... —murmuró.

Harris continuó caminando como si no lo hubiera oído.

Al llegar al final del pasillo abrió una pesada puerta metálica que daba acceso a una escalera.

Junto a ella había un montacargas de puertas dobles, lo bastante amplio como para transportar camillas y material pesado entre las distintas plantas del edificio.

—Es por aquí.

Comenzaron a descender hasta el nivel -1. El ambiente era mucho más silencioso y las paredes dejaban ver el paso de los años. Finalmente, Harris se detuvo frente a una vieja puerta de madera con un pequeño cartel que apenas se leía:

Laboratorio de Neurociencia.

Sacó una llave del bolsillo, abrió la puerta y accionó el interruptor. Los fluorescentes comenzaron a parpadear varias veces antes de quedarse encendidos.

—Podéis pasar. Lleva unos meses sin utilizarse. Está un poco sucio, pero nada que no se arregle con unas horas de trabajo.

Los seis entraron.

Durante unos segundos nadie dijo absolutamente nada.

El laboratorio conservaba toda su distribución original, pero el tiempo parecía haberse detenido allí dentro.

Las antiguas bancadas de trabajo estaban cubiertas por una fina capa de polvo, varias estanterías permanecían llenas de archivadores y cajas con documentación olvidada, y algunos equipos antiguos seguían protegidos bajo fundas de plástico gris.

Las paredes de azulejo blanco, aunque limpias en otro tiempo, mostraban ya el desgaste de los años.

A Ava se le escapó una carcajada.

—Creo que el decano olvidó comentar que el proyecto incluía un máster en limpieza.

Harris sonrió.

—Mirad el lado bueno. Hace meses que nadie baja por aquí, así que no os molestarán.

Les entregó una llave.

—A partir de ahora es vuestra responsabilidad.

Después sacó un formulario de una carpeta.

—Y una cosa más. Cualquier equipo que necesitéis tendréis que solicitarlo mediante el formulario habitual. Si está disponible, en menos de veinticuatro horas lo tendréis preparado.

—Muchas gracias, señor Harris —respondió Emma.

—Suerte con vuestro proyecto.

Cuando la puerta se cerró tras él, todos permanecieron unos segundos contemplando el laboratorio en silencio.

Fue Han quien rompió el hielo.

—Guau... Menuda sala.

Apenas consiguió terminar la frase antes de echarse a reír.

Los demás acabaron uniéndose a las carcajadas.

Emma dejó la mochila sobre una de las mesas y sonrió.

—Lo importante es que tenemos una sala y un proyecto. Todo lo demás... se puede arreglar.

Y eso fue exactamente lo que hicieron.

Durante el resto de la tarde vaciaron cajas, limpiaron estanterías, retiraron el polvo acumulado durante meses y reorganizaron todo el laboratorio. Cuando terminaron, el antiguo laboratorio de Neurociencia había recuperado parte de la vida que había perdido.

Todavía quedaba mucho trabajo por delante, pero por primera vez aquel lugar empezaba a parecer el hogar del Proyecto ONEIROS.