Mientras dormimos: Proyecto ONEIROS Capítulo 1 — Proyecto ONEIROS
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Capítulo 1 — Proyecto ONEIROS

E mma vivía en un pequeño apartamento en Wallingford, uno de los barrios residenciales de Seattle.

Cursaba el último año de Psicología en la Universidad de Washington y compartía piso con sus dos mejores amigas: Ava, estudiante de Ingeniería Informática, y Natalie, que estaba terminando Neurociencia.

Las tres se encontraban en el último curso de sus respectivas carreras y, aunque sus caminos profesionales eran muy distintos, habían formado un vínculo inseparable desde que se conocieron durante el primer año de universidad.

Natalie ya colaboraba como investigadora en un prestigioso laboratorio, donde participaba en varios proyectos relacionados con el estudio del cerebro.

Ava, por su parte, había empezado a recibir ofertas de algunas de las empresas tecnológicas más importantes del país gracias a un expediente académico brillante, aunque todavía no había decidido cuál sería su destino cuando terminara la carrera.

Emma abrió la puerta del dormitorio de Ava y sonrió al verla completamente enterrada bajo el edredón.

—Vamos, dormilona, que ya es la hora.

—Solo un poquito más... —murmuró Ava mientras se tapaba la cabeza con la almohada.

Emma negó con la cabeza entre risas y se dirigió a la cocina.

Natalie ya estaba allí. Como casi todas las mañanas, era la primera en levantarse. Le encantaba preparar el desayuno y se le daba especialmente bien cocinar. Sus padres regentaban un restaurante y, desde pequeña, había aprendido entre fogones observándolos trabajar.

—¿Qué tal? ¿Habéis dormido bien? —preguntó con una sonrisa mientras dejaba una tortilla francesa recién hecha sobre el plato de Emma.

—Pues ahora que lo dices... He tenido un sueño maravilloso —respondió Emma mientras se sentaba a la mesa.

—Pues yo he tenido una pesadilla. Lo único que recuerdo es a ti despertándome —contestó Ava entre bostezos, señalando a Emma.

Las tres rompieron a reír.

Mientras desayunaban, Emma les contó el sueño que había tenido aquella noche. Les habló de la playa, de su abuela y de la extraña sensación de haber podido volver a abrazarla, escuchar su voz y caminar junto a ella como si el tiempo nunca hubiera pasado.

Por un momento volvió a emocionarse al recordarlo.

Cuando terminaron de desayunar, recogieron la cocina y fueron a sus habitaciones para prepararse antes de salir hacia la universidad.

El amanecer apenas comenzaba a iluminar Seattle. Como era habitual, el cielo permanecía cubierto por una espesa capa de nubes grises y las calles seguían mojadas por la lluvia de la noche anterior. El aire era fresco y olía a tierra húmeda.

Normalmente iban en el coche de Emma. Aunque Ava también tenía uno, preferían utilizar el de su amiga. Era más nuevo, más cómodo y, sobre todo, Emma conducía con mucha más calma. Natalie nunca había ocultado que le daba cierto miedo viajar con Ava al volante.

—Conduces como si estuvieras en una carrera —solía repetirle.

—No exageres. De vez en cuando hay que sentir un poco de adrenalina —respondía Ava siempre con una sonrisa despreocupada.

Mientras el coche avanzaba entre el tráfico de primera hora de la mañana, Emma apenas prestaba atención a la conversación de sus amigas.

Su mente seguía atrapada en aquel sueño.

En la forma en que había abrazado a su abuela.

En lo real que había parecido todo.

Y, sobre todo, en aquella idea que no dejaba de rondarle la cabeza desde que se había despertado: qué maravilloso habría sido poder compartir aquel sueño con otra persona.

Al llegar a la universidad, Theo ya la estaba esperando junto a la entrada principal.

Era la pareja de Emma desde el segundo año de carrera y estudiaba Ingeniería Biomédica.

La primera impresión que ella había tenido de él no fue precisamente buena.

Le había parecido el típico universitario atractivo, seguro de sí mismo y demasiado consciente del efecto que causaba en los demás.

Sin embargo, estaba completamente equivocada.

Todo cambió durante una fiesta organizada por una fraternidad al comienzo del segundo curso.

Aquella noche descubrió a un chico cercano, inteligente, brillante en los estudios y con una sensibilidad que jamás habría imaginado.

Precisamente esa forma de ser, mucho más que su físico, fue lo que terminó enamorándola.

Al verla llegar, Theo se acercó al coche y abrió la puerta del conductor antes de que Emma pudiera hacerlo.

—Ya no existen caballeros así —comentó Natalie con una sonrisa.

Theo esperó a que Emma saliera y le dio un beso.

—¿Qué tal has dormido?

Emma sonrió.

—Muy bien. Luego te cuento.

Tras despedirse, cada uno tomó el camino hacia su facultad.

El aula ya estaba prácticamente llena cuando el profesor Miller comenzó la clase. Era uno de esos docentes capaces de captar la atención de todos sin necesidad de levantar la voz. No necesitaba presentaciones espectaculares ni grandes recursos; bastaba la pasión con la que explicaba cada tema.

—Durante la fase REM —comenzó mientras caminaba lentamente entre las filas de pupitres—, el cerebro es capaz de construir un mundo completo.

Paisajes, personas, olores, sonidos y emociones.

Todo parece absolutamente real. Sin embargo, ese mundo solo existe dentro de vuestra mente.

Curiosamente, mientras soñáis, la actividad de muchas áreas cerebrales es muy similar a la que tendríais si realmente estuvierais viviendo esa experiencia.

Emma levantó la vista del cuaderno. Las palabras del profesor despertaban en ella el recuerdo del sueño que había tenido con su abuela aquella misma noche.

—Pensad en esto —continuó Miller—. Si dos personas soñaran exactamente el mismo lugar, ¿cómo podríamos demostrar que realmente han compartido esa experiencia y no se trata simplemente de una coincidencia?

Emma cogió el bolígrafo y escribió en una esquina del cuaderno:

¿Es posible compartir un sueño?

—Eso es imposible —afirmó Thomas desde una de las últimas filas—. Cada cerebro crea su propia realidad.

Varios compañeros asintieron mientras el profesor los observaba con una ligera sonrisa.

—Eso creemos... porque, hasta ahora, nadie ha demostrado lo contrario.

Emma dejó de tomar apuntes. Su mente volvió inevitablemente a la playa, al abrazo de su abuela y a aquella conversación que todavía parecía tan real. Aquel lugar había sido tan increíble que habría dado cualquier cosa por poder enseñárselo a otra persona.

Levantó lentamente la mano.

—¿Y si sí fuera posible? —preguntó.

Toda la clase se giró para mirarla.

El profesor guardó silencio unos segundos antes de responder.

—Si algún día alguien consiguiera demostrar que dos personas pueden compartir un mismo sueño, no solo cambiaría la Psicología. Cambiaría la Neurociencia, la Medicina... e incluso nuestra propia definición de realidad.

Hizo una breve pausa antes de continuar.

—Pero la ciencia no avanza preguntándose qué es imposible. Avanza preguntándose cómo demostrar que algo lo es... o descubriendo que nunca lo fue.

El aula quedó completamente en silencio. Durante unos segundos nadie dijo una sola palabra.

Finalmente, el profesor sonrió.

—Por suerte para todos nosotros, siempre hay algún estudiante dispuesto a hacer la pregunta equivocada.

Algunos compañeros soltaron una leve carcajada.

Emma volvió a bajar la vista hacia el cuaderno. Pensó durante unos instantes y, justo debajo de la pregunta que había escrito, añadió una única palabra.

ONEIROS.

En ese momento sonó la campana anunciando el final de la clase. Los alumnos comenzaron a guardar los apuntes mientras el profesor recogía sus cosas.

—No olvidéis seguir preparando el proyecto que os pedí. La semana que viene empezaremos a presentarlos.

Emma cerró el cuaderno sin apartar la vista de aquella palabra. Aún no lo sabía, pero acababa de escribir el nombre del proyecto que cambiaría su vida para siempre.

Durante el descanso, el grupo se reunió en la cafetería de la universidad, como hacía prácticamente todos los días.

Allí también estaba Sophie, estudiante de Medicina.

Había comenzado recientemente sus prácticas en el Centro de Simulación Clínica y en los laboratorios de investigación de la propia universidad, donde poco a poco empezaba a familiarizarse con el trabajo que algún día realizaría como médica.

Junto a ella estaba Han Min-jun, estudiante de Ingeniería Electrónica y Robótica.

Había nacido en Corea del Sur, pero unos años antes se había trasladado a Seattle para continuar su formación en la Universidad de Washington, atraído por el prestigio internacional de sus programas de investigación tecnológica.

Tranquilo, metódico y con un talento excepcional para el diseño de sistemas electrónicos, era la persona a la que todos recurrían cuando un problema parecía no tener solución.

Mantenía una relación con Sophie desde hacía casi dos años y ambos se complementaban a la perfección.

Nada más sentarse, Theo miró a Emma con curiosidad.

—Bueno... ¿qué era eso tan importante que tenías que contarme?

Emma les relató el sueño que había tenido con su abuela.

Les habló de la playa, de la conversación que habían mantenido, del abrazo que todavía parecía poder sentir y de la extraña sensación que tuvo al recordar, en mitad del sueño, que su abuela llevaba años fallecida.

Después les contó la conversación que había surgido durante la clase de Psicología y la pregunta que el profesor había lanzado al aula.

Permaneció unos segundos pensativa antes de mirar al resto.

—¿Y si de verdad fuera posible compartir un sueño?

Durante unos instantes nadie respondió.

Fue Natalie quien rompió el silencio.

—Técnicamente, si algún día tuviéramos la tecnología adecuada... sí podría ser posible.

Ava soltó una pequeña carcajada.

—Venga ya. ¿Cómo vamos a poder compartir un sueño?

Natalie apoyó los codos sobre la mesa.

—No es tan imposible como parece. Cuando soñamos, el cerebro genera patrones muy concretos de actividad eléctrica.

Cada recuerdo, cada imagen y cada emoción se representan mediante millones de neuronas activándose de forma coordinada.

Si algún día fuéramos capaces de registrar esos patrones con suficiente precisión y reproducirlos simultáneamente en otro cerebro, en teoría ambos podrían recibir exactamente la misma información.

Theo negó lentamente con la cabeza.

—Eso no sería compartir un sueño. Como mucho sería enviar imágenes de un cerebro a otro.

Natalie sonrió.

—Hoy sí. Pero piensa en el cerebro como si fuera un idioma.

Hace apenas cien años también parecía imposible transmitir una videollamada al otro lado del mundo sin utilizar un solo cable.

Hoy cualquiera puede hacerlo desde el móvil.

El problema no es si el cerebro puede compartir información.

El verdadero problema es que todavía no sabemos traducir ese lenguaje... ni sincronizarlo entre dos personas.

Emma permanecía completamente absorta escuchándola.

Cuanto más hablaba Natalie, menos imposible le parecía aquella idea.

Y, por primera vez desde que se había despertado aquella mañana, comenzó a pensar que quizá su pregunta no fuera una simple fantasía.

Ava insistió:

—Cada cerebro es distinto.

Natalie asintió.

—Claro que lo es. Pero todos funcionan siguiendo los mismos principios biológicos.

Las neuronas se comunican mediante impulsos eléctricos y neurotransmisores.

Si algún día existiera una tecnología capaz de sincronizar dos cerebros durante la fase REM con una precisión extrema, al menos desde un punto de vista teórico, no habría ninguna ley de la física que lo impidiera.

Durante unos segundos nadie dijo nada.

Emma rompió el silencio.

—¿Y si no hubiera que enviar un sueño de un cerebro a otro... sino conseguir que ambos construyeran exactamente el mismo al mismo tiempo?

Natalie la miró fijamente.

—Eso... sería muchísimo más interesante.

Han apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—Aquí tenemos todo lo necesario para intentarlo.

Ava soltó una carcajada.

—¿De qué te ríes? —preguntó Han frunciendo el ceño—.

Lo que digo tiene sentido. Tenemos la tecnología y los conocimientos necesarios.

Aquí hay una informática, una psicóloga, una estudiante de Medicina, una neurocientífica, un ingeniero biomédico y yo me dedico a la electrónica y la robótica.

Si alguien pudiera conseguir algo así... seríamos nosotros.

Theo sonrió mientras miraba al resto.

—Tiene razón.

El grupo volvió a quedarse en silencio.

Por primera vez ninguno se reía de la idea.

Ava fue la primera en hablar.

—¿Lo estáis diciendo en serio?

Emma la miró y asintió lentamente.

—Completamente en serio.

Ava sonrió.

—Entonces... me apunto.

Theo dio un par de golpes con los nudillos sobre la mesa.

—Vale, supongamos que estamos todos dentro. ¿Cómo llamamos al proyecto?

Emma no dudó ni un segundo.

—ONEIROS.

Sophie arqueó una ceja.

—¿ONEIROS? ¿Qué significa?

Emma apoyó los codos sobre la mesa antes de responder.

—En la mitología griega, los Oneiroi eran las personificaciones de los sueños. Morfeo era el más conocido porque aparecía en los sueños con forma humana, pero los Oneiroi eran el conjunto de entidades encargadas de llevar los sueños a los mortales.

Han sonrió.

—Me gusta.

Los demás comenzaron a asentir uno tras otro.

El nombre parecía encajar a la perfección.

Emma observó a sus amigos y sonrió.

—Pues ya está decidido.

Miró la palabra escrita en su cuaderno y, por primera vez desde que había despertado aquella mañana, sintió que aquella idea dejaba de ser un simple sueño para convertirse en algo mucho más grande.

Aquel fue el instante en que nació el Proyecto ONEIROS.

Ninguno de ellos podía imaginar hasta dónde los llevaría aquella decisión.