Mientras dormimos: Proyecto ONEIROS
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PRÓLOGO
El sueño
E ra un día luminoso. El sol brillaba con fuerza sobre un cielo completamente despejado, tiñendo el mar de destellos plateados que se perdían en el horizonte.
Emma caminaba descalza por la orilla, contemplando cómo sus pies se hundían suavemente en la arena.
Disfrutaba de aquella agradable sensación mientras el agua borraba lentamente las huellas que dejaba tras de sí.
La arena era fina y cálida, la brisa marina acariciaba su rostro con delicadeza y el sonido incesante de las olas rompiendo contra la costa la envolvía en una calma absoluta.
Alzó la vista.
La playa estaba completamente vacía.
Continuó caminando durante varios minutos.
Sin embargo, una extraña sensación comenzó a instalarse en su interior.
Aunque no había dejado de avanzar, tenía la impresión de permanecer siempre en el mismo lugar.
Las mismas palmeras se alzaban a lo lejos, el mismo tramo de costa se extendía ante ella y el paisaje parecía repetirse una y otra vez, como si el tiempo hubiese decidido detenerse.
Finalmente divisó varias personas paseando cerca de la orilla.
Las observó con curiosidad mientras se cruzaban. Eran rostros desconocidos. Ninguno le resultaba familiar.
A lo lejos escuchó los alegres ladridos de un perro que corría detrás de una pelota lanzada por su dueño. Sonrió por un instante, pero cuando volvió la vista hacia las personas con las que acababa de cruzarse sintió un escalofrío.
Sus caras habían cambiado.
No sabía explicar por qué, pero estaba convencida de que unos segundos antes eran diferentes.
Frunció ligeramente el ceño, intentando recordar los rostros que acababa de ver. Tal vez solo hubiera sido una impresión... o quizá su imaginación le estuviera jugando una mala pasada.
Decidió no darle más importancia.
Se acercó a la orilla y dejó que el agua cubriera lentamente sus pies hasta los tobillos. El contraste entre el calor del sol sobre su piel y el frescor del mar resultaba extrañamente reconfortante. Cerró los ojos durante unos segundos y respiró profundamente el aire salado.
Entonces escuchó una voz.
—Emma.
Al abrir los ojos y darse la vuelta, la vio.
Era su abuela.
Se acercaba caminando despacio sobre la arena, con su cabello plateado meciéndose al ritmo de la brisa y una elegante pamela protegiéndola del sol. Su sonrisa era la misma de siempre, cálida, serena y capaz de transmitir paz con solo verla.
Emma sonrió de inmediato.
No había persona con la que disfrutara más compartiendo tiempo.
Desde pequeña le había fascinado escuchar las historias de su infancia.
Le hablaba de una época muy distinta, de cuando apenas tenía siete años y tuvo que empezar a trabajar para ayudar a su familia, de los largos días en los que acompañaba a su hermana hasta el río para lavar la ropa o de las noches en las que apenas había comida suficiente para todos.
Sin embargo, cada recuerdo iba acompañado de una sonrisa.
A pesar de las dificultades, siempre decía que había sido feliz.
Y Emma la creía.
Podía pasar horas enteras escuchándola hablar sin cansarse nunca. Había algo en su voz que convertía cualquier historia, por sencilla que fuera, en un recuerdo lleno de vida.
Cuando llegó hasta ella, ambas se fundieron en un abrazo.
Después comenzaron a caminar juntas por la playa.
Su abuela le contaba cómo su madre le había enseñado a cocinar siendo apenas una niña, preparando platos con los pocos ingredientes que tenían en casa y aprendiendo que el cariño podía convertir cualquier comida humilde en un auténtico banquete.
Emma escuchaba cada palabra con atención.
Aquella voz tenía un efecto casi hipnótico sobre ella. La relajaba, la hacía sentir segura, como si mientras la escuchara nada malo pudiera ocurrir.
Pero, poco a poco, algo empezó a cambiar. Sin darse cuenta, su abuela comenzó a alejarse.
Al principio apenas unos pasos. Luego algunos más.
Emma aceleró el paso para alcanzarla.
—Abuela...
Intentó acercarse, pero sus piernas parecían volverse cada vez más pesadas, como si la arena tirara de ellas hacia abajo. Cuanto más esfuerzo hacía por avanzar, más imposible resultaba reducir la distancia que las separaba.
Comenzó a correr.
O, al menos, lo intentó.
Sus movimientos eran lentos, torpes, como si estuviera atrapada bajo el agua. Respiraba con dificultad mientras veía a su abuela alejarse sin remedio.
—¡Abuela! ¡Espérame!
Su voz sonó desesperada.
Entonces, de repente, su abuela se detuvo.
Se dio la vuelta lentamente y volvió a caminar hacia ella con aquella misma sonrisa llena de ternura.
Cuando estuvo frente a Emma, levantó una mano y acarició suavemente su mejilla.
—Tranquila, cariño... —dijo con infinita dulzura—. Estoy aquí.
Hizo una breve pausa antes de añadir, mirándola fijamente a los ojos:
—Siempre estaré contigo.
De pronto, Emma recordó algo que la dejó paralizada. Su abuela había muerto hacía años. Ella misma había estado a su lado en sus últimos momentos. Recordaba perfectamente cómo había sostenido su mano hasta el final. Entonces... ¿cómo era posible que ahora estuviera frente a ella?
Sin pensarlo, volvió a abrazarla con fuerza.
—Abuela... ¿Cómo es que estás aquí? No quiero que te vayas... —susurró mientras le besaba la mejilla una y otra vez, incapaz de contener las lágrimas.
Su abuela sonrió con la misma serenidad de siempre.
—Tranquila, mi amor. No me voy a ningún sitio. Siempre estaré a tu lado.
Emma levantó la vista para mirarla de nuevo.
Fue entonces cuando todo empezó a cambiar.
Los rasgos de su abuela comenzaron a difuminarse lentamente, como si alguien estuviera deshaciendo un dibujo con la yema de los dedos.
Al mismo tiempo, la luz del sol fue desapareciendo y el cielo azul quedó cubierto por una oscuridad que avanzaba desde el horizonte.
Las palmeras, el mar y la arena empezaron a desvanecerse una tras otra.
—¡No...! —gritó Emma mientras intentaba sujetarla.
Extendió las manos hacia ella, pero sus dedos solo encontraron el vacío.
Todo desapareció en un instante.
Emma cerró los ojos.
Cuando volvió a abrirlos, la tenue silueta de su habitación fue tomando forma entre las sombras. Permaneció inmóvil durante unos segundos, respirando con calma, intentando comprender lo que acababa de ocurrir. Giró lentamente la cabeza hacia el despertador de la mesilla.
05:50.
Faltaban diez minutos para que sonara la alarma que había programado para prepararse e ir a la universidad.
Había sido un sueño.
Uno de esos sueños tan reales que, incluso después de despertar, tardan unos instantes en abandonar la mente.
Todavía podía recordar perfectamente el tacto del abrazo de su abuela, el sonido de su voz e incluso el calor del sol sobre la playa.
La echaba muchísimo de menos. Aquel sueño le había despertado una mezcla de felicidad y nostalgia imposible de explicar. Durante unos minutos había sentido que el tiempo retrocedía y que había podido volver a abrazarla y escucharla como cuando era niña.
Se levantó despacio y caminó hasta la ventana. Apartó ligeramente la cortina. La ciudad seguía dormida. El cielo aún permanecía oscuro y las primeras luces del amanecer apenas comenzaban a insinuarse en el horizonte.
Mientras contemplaba el exterior, una idea empezó a abrirse paso entre todos aquellos pensamientos.
¿Qué habría dado por poder compartir aquel sueño con otra persona?
Que su madre pudiera haber vuelto a ver a su abuela.
Que cualquiera de los dos hubiera podido vivir aquel instante junto a ella.
No como un recuerdo.
No como una fotografía.
Sino estando realmente allí.
Emma permaneció unos minutos mirando por la ventana. Sin saberlo, aquella pregunta acababa de sembrar la idea que cambiaría su vida para siempre.