Miel y Veneno Capítulo 38
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Capítulo 38

Hubo cosas que Mateo me dijo aquella noche, sentados los dos en el borde de una tarima que olía a serrín, con el pueblo vacío delante y la luz cayéndose despacio detrás de los tejados, que no voy a poner aquí.

No porque hagan daño. Porque son nuestras, y nosotros, durante diez años, no tuvimos casi nada que fuera nuestro, y a lo poco que tengo me agarro.

Pero algunas sí las voy a poner, porque sin ellas esta historia no cierra.

Mateo no es hombre de rodeos. Lo que había venido a decirme lo soltó casi entero en la primera frase, como hace siempre, como si las frases le costaran dinero y no quisiera pagar dos.

—Mañana bajo contigo —dijo—. A la Guardia. No por acompañarte. Voy a contarles lo mío.

Esperé. Con Mateo hay que esperar; lo de en medio lo dice después.

—Llevo diez años siendo un hombre que sabía una cosa y se la callaba.

Esta mañana, ahí arriba, dejé de serlo durante diez minutos.

Y se está tan bien fuera de eso, Aroa, se respira tan distinto, que no pienso volver a entrar.

Aunque entrar me saliera más barato. —Miró hacia la calle por donde se habían llevado a su padre—.

Encubrí la muerte de tu hermana durante diez años.

Eso tiene un nombre en el código y tiene un precio, y mañana voy a ir a que me digan cuál es.

No quiero que nadie me lo venga a buscar a casa dentro de un año.

Quiero ir yo. Es distinto ir que que te traigan.

Es lo único que me queda que pueda elegir, y lo elijo.

Yo soy operadora. Llevo media vida siéndolo, y una operadora, oyendo eso, calcula.

Me salió el reflejo antes que nada: pensé en los modos que había de que aquello le saliera más barato a Mateo.

Había unos cuantos. La ley es lenta, lo de Olalla iba a tener cuerda para años, un hombre listo y bien callado se escurre por varios sitios. Abrí la boca para decírselo.

Y la cerré. Porque a un hombre que acaba de explicarte por qué necesita hacer una cosa no se le ofrecen atajos para no hacerla. Eso no es ayudar. Eso es pedirle que vuelva a ser el de antes porque el de antes te asustaba menos.

—Vale —dije solo—. Mañana bajamos juntos.

Mateo asintió. Y se quedó callado un rato, mirándose las manos, y supe que lo de la Guardia no era lo difícil de lo que había venido a decirme. Lo de la Guardia era el rodeo. Lo de en medio venía ahora.

—No sé lo que me va a caer —dijo—. A lo mejor poco.

A lo mejor no tan poco. Puede que pase un tiempo, no sé cuánto, en un sitio donde no se entra y se sale cuando uno quiere.

—Tragó—. Te lo digo porque tienes derecho a saberlo antes de nada.

No te lo digo para que hagas con ello ninguna cosa concreta.

Tú con esto haces lo que tú quieras, y lo que quieras va a estar bien, y no quiero que me contestes esta noche, que esta noche estamos los dos rotos y las cosas rotas firman mal.

Cogió aire. Y entonces Mateo Salcedo hizo la cosa más difícil que le había visto hacer en un día en que le había visto hacer cosas muy difíciles. Me miró de frente y dijo, sin adornarlo, porque él no sabe adornar y porque adornarlo lo habría estropeado:

—Te quiero desde que tenía diecisiete años.

No he dejado ni un día. Ni los diez años que no estuviste, ni hoy, viéndote ahí arriba destruir a mi familia, que era lo justo y aun así me dolía.

Llevo media vida queriéndote por debajo de una mentira, y nunca había podido decírtelo con la mentira quitada.

Hoy se ha quitado todo. Por primera vez no hay nada en medio.

Y un hombre, cuando por fin no tiene nada en medio, tiene que decir la verdad una vez en voz alta, aunque ya no le sirva para arreglar nada. Ya está. Ya la he dicho.

Mateo me había pedido que no le contestara esa noche. Le hice caso a medias, que es como se le hace caso a la gente a la que se quiere.

No le prometí nada. Sé lo que valen las promesas hechas encima de una tarima el día que se cae un valle, y valen lo que vale el humo.

No le dije que lo esperaría en la puerta de ningún sitio dentro de los años que fueran; nadie puede prometer eso de verdad, y yo a Mateo no pensaba mentirle nunca más, ni siquiera para consolarlo, que es la última mentira que se rinde.

Pero le dije lo otro. Lo que sí era verdad y sí podía sostener.

—Llevo diez años sin estar en ningún sitio —dije—.

Diez años siendo un nombre distinto en una ciudad distinta cada vez que el de antes empezaba a pesarme.

No tenía pueblo, ni puerta, ni nombre que aguantara más de un invierno.

Era imposible encontrarme, y lo hice imposible a propósito.

—Le cogí una mano. La primera vez en diez años que le cogía la mano sin que fuera a oscuras y con miedo—.

Eso se ha terminado hoy. Mañana le doy un papel a la Guardia y le digo mi nombre, el de verdad, el que me puso mi madre.

Y a partir de mañana voy a ser Aroa Ledesma, y voy a estar aquí, en este valle, donde está enterrada mi hermana.

No te prometo que te espere. Te prometo una cosa más difícil y más cierta: que cuando salgas, sea cuando sea, vas a saber exactamente dónde buscarme.

Voy a ser, por primera vez en diez años, una mujer a la que se puede encontrar.

Para ti eso es nuevo. Para mí es casi todo lo que tengo.

No nos besamos como se besa en los libros el día que se arregla todo, porque aquel día no se arreglaba nada; solo se quedaba por fin todo dicho, que es distinto y a veces es más.

Nos quedamos un rato largo así, con las manos juntas y los pies colgando de la tarima, sin hablar, mirando los puestos de miel a medio recoger y los farolillos apagados.

Dos personas que se habían encontrado por culpa de una niña muerta y un pozo seco, y que habían decidido, sabiéndolo bien, no soltarse.

No es el amor limpio que le desea una a una hija.

Pero después de según qué cosas, el amor limpio ya no es una opción para nadie, y el que queda, el que ha pasado por el barro y aún se sostiene, a lo mejor es más de fiar.

A la mañana siguiente, temprano, antes de que el valle terminara de despertarse a su primer día sin Salcedos al mando, bajamos al cuartel del pueblo grande.

Íbamos los tres. Yo llevaba tres hojas de papel que ya no eran un arma, sino un documento.

Mateo iba a entregar diez años de su vida sin saber cuántos le iban a pedir a cambio.

Y a Remedios la llevábamos en medio, despacio, con su bastón y su memoria de cuarenta años, porque un papel solo es media cosa y ella era la otra media.

Lo que pasó dentro del cuartel fue largo, y aburrido, y nada que se pareciera a lo que yo había imaginado en diez años de imaginarlo.

La justicia, vista de cerca, no tiene música.

Es un guardia escribiendo despacio a máquina y un café malo en un vaso de plástico, y las mismas preguntas repetidas por si a la cuarta cambias de versión.

No lo voy a contar. Solo diré que cuando salimos, a media tarde, el papel de Tomás Vega ya no lo llevaba yo.

Lo llevaba el Estado. Y por raro que suene, por poco que pese un papel, eché de menos su peso contra el pecho todo el camino de vuelta, como se echa de menos un diente que llevabas años empujando con la lengua.

A Celia fui a buscarla yo, al tercer día, cuando ya no me quedó excusa para no hacerlo.

La encontré en el almacén de la cooperativa, sola, sentada en un cajón de tarros vacíos, sin hacer nada, con esa quietud que conozco de memoria porque la llevé puesta diez años.

La quietud del que descubre de golpe que la casa donde ha vivido toda la vida tenía los cimientos podridos, y que él vivía encima tan tranquilo, y que ahora hay que decidir si se puede seguir viviendo en una casa así o hay que aprender a vivir a la intemperie.

Me senté en otro cajón, enfrente. No le pedí perdón.

A Celia no se le podía pedir perdón; habría sido ponerle encima, además de todo lo demás, el trabajo de decidir si me lo daba.

Y tampoco le dije que su padre era un monstruo, porque su padre, para desgracia de ella, no era un monstruo.

Era su padre. Las dos cosas a la vez, y esa era la herencia fea que le tocaba a Celia, y ningún discurso mío se la iba a aligerar.

—Tú también tenías una hermana —dijo Celia. No me miraba; miraba los tarros vacíos—. Y la perdiste por todo esto. Por mi familia.

—Sí.

—¿Y cómo se vive después? —Por fin levantó la cara, y tenía los ojos secos, que es peor que tenerlos mojados—. Dímelo tú, que sabes. ¿Cómo se vive después de una cosa así?

Le podía haber mentido. Tenía mil mentiras buenas a mano, mentiras amables, de las que se le dan a quien se está cayendo. Pero le había prometido a Mateo no volver a mentir, y la promesa, aunque él no estuviera delante, contaba.

—No lo sé —dije—. Llevo diez años haciéndolo y todavía no sé si lo que he hecho es vivir.

Te puedo decir lo único que he aprendido, y es poco, y no es bonito.

Que no se vive después. Se vive con. La cosa no se va, Celia.

No se cura ni se queda atrás. Te la cargas a la espalda y aprendes a andar con ese peso encima, y un día, sin darte cuenta, andas casi normal, y la gente que te ve por la calle piensa que ya no llevas nada.

Pero lo llevas. Lo vas a llevar siempre.

Lo único que cambia es la fuerza de tu espalda.

Celia no me dio las gracias. Hizo bien; no había de qué. Pero cuando me levanté del cajón para irme, dijo, a mi espalda, muy bajo:

—No te vayas del valle.

Me paré.

—Eres la única persona de aquí que sabe de qué está hecho esto —dijo—. Los demás me miran como se mira un accidente. Tú me miras como se mira a alguien.

—No me voy —dije—. Ya no me voy a ningún sitio.

El cuarto día subí al cementerio.

Está en lo alto, el cementerio de Valdecolmena, por encima del pueblo, en la cuesta que mira a los colmenares.

Llevaba diez años sin pisarlo. La última vez que había estado delante de la tumba de mi hermana fue el día que la enterraron, y yo entonces no era yo, era una cosa rota que Mateo había sacado del valle a la fuerza, y no me acuerdo de casi nada de aquel día salvo de que hacía un sol que no tenía ningún derecho a hacer.

La losa seguía como la recordaba. El nombre de Olalla.

Las dos fechas, con dieciséis años escasos entre una y otra.

Y debajo, esa palabra. “Accidente.” La habían grabado ahí hacía diez años para que el valle pudiera seguir comiendo miel tranquilo, y llevaba diez años siendo la última mentira que quedaba en pie sobre mi hermana, una mentira de piedra, con la terquedad que tiene la piedra.

Me agaché. Pasé la mano por las letras de aquella mentira y, por primera vez en diez años, no me ardieron debajo de los dedos.

Porque ya tenían los días contados. Había encargado esa misma mañana la losa nueva.

Tardaría unas semanas; estas cosas, las que se hacen bien, tardan.

Pero iba a venir, y en la losa nueva no iba a poner “accidente”.

Debajo del nombre y de las fechas iba a haber tres palabras, y las había elegido yo, y eran las únicas tres que mi hermana se había ganado a pulso aquella noche en el monte, y que nadie, en diez años, había tenido el valor ni el derecho de grabarle en la piedra.

“Subió por las dos.”

Me quedé un rato largo ahí arriba, agachada, con la mano en la piedra todavía mentirosa pero ya condenada, y miré el valle desde donde lo mira mi hermana ahora.

Las colmenas, y más abajo el pueblo con el humo de las primeras chimeneas de la tarde.

Un valle que vivía de la miel y que, durante cuarenta años, no había querido saber lo que había en el fondo de su miel.

Ahora lo sabía. Y seguía ahí, y seguía siendo bonito, y la gente de abajo iba a seguir comiendo de aquellas colmenas, porque la vida es así de terca y así de poco delicada, y a lo mejor está bien que lo sea.

Le hablé a Olalla. No voy a poner aquí lo que le dije; ya he avisado de que hay cosas que me quedo.

Pero le hablé, por primera vez en diez años, sin pedirle perdón.

El perdón no era lo que mi hermana había subido a buscar aquella noche al monte.

Mi hermana había subido a que yo viviera.

Diez años tardé en enterarme. Y la única manera que me quedaba de no desperdiciarle el regalo, de no hacerle el feo más grande de todos, era bajar de aquel cementerio y hacer, por fin, lo que ella me había comprado tan caro.

Vivir.

Me levanté. Y bajé al valle.