Epílogo
Han pasado dos veranos.
La Fiesta de la Miel se ha celebrado las dos veces, porque las fiestas de un pueblo tienen más aguante que las familias que las inventan.
Pero ya no hay tarima. El primer verano de después no la montó nadie; nadie dio la orden de no montarla, y nadie la echó en falta.
Una plaza aprende deprisa a estar entera sin el sitio alto desde el que un hombre la miraba.
A Aurelio Salcedo lo juzgaron el invierno pasado, en la capital, en una sala de calefacción mala a la que bajó medio Valdecolmena en un autocar alquilado.
Tardó. Eso es lo que no te cuentan de la justicia, igual que no te lo cuentan de la venganza: que es lenta, y que la lentitud tiene un precio, y que el precio lo pagas tú esperando.
Hubo abogados de Madrid, y aplazamientos, y un verano entero en que pareció que el dinero de la miel iba a poder más que doscientas orejas y tres hojas de un muerto.
No pudo. Remedios bajó de su molino, como había prometido, se sentó en aquella sala con su bastón y su memoria, y contó lo de Tomás Vega despacio, sin que le temblara la voz.
Y la confesión que Aurelio había hecho en la plaza, delante de su pueblo, para hacerme daño a mí, se la encontró delante otra vez, transcrita, leída en voz alta por una secretaria con voz de catarro.
Las palabras con las que un hombre se hace dueño de una plaza no valen nada en una sala de lo penal. Allí pesan distinto.
Aurelio está en una cárcel del centro. Es un hombre mayor y la cárcel lo ha hecho más mayor todavía.
No he ido a verlo, y no iré. No por dureza; es que no me queda nada que hacer con él, y visitar a un hombre con el que ya no te queda nada que hacer es una manera de seguir atada.
Yo ya no estoy atada a Aurelio Salcedo. Esa, y no la sentencia, es mi parte.
La cooperativa no se hundió. Amparo Salcedo no lo permitió, y a estas alturas yo he dejado de sorprenderme de lo que Amparo Salcedo no permite.
La marca lleva otro nombre desde la primavera, uno de flor, sin un apellido detrás, y la lleva ella desde un despacho pequeño de la nave, repartiendo el trabajo del valle con la misma mano fría con que antes repartía otras cosas.
La gente sigue cobrando. Las abejas siguen siendo de quien las trabaja.
Una vez al mes me cruzo con Amparo en la plaza y nos saludamos con la cabeza, dos mujeres que se midieron una noche a oscuras y que saben las dos que aquella medición no tiene revancha.
No la quiero. No me quiere. Pero hay un valle entero comiendo gracias a que esa mujer decidió, en mitad del incendio, salvar la colmena en lugar de salvar al rey.
La vida coloca a la gente en sitios raros.
A Amparo la colocó de reina de una cosa que por fin no es del todo mala.
Celia se fue de Valdecolmena el primer otoño y volvió en primavera, que es lo que hace la gente joven cuando se le cae una casa encima: se va a comprobar si puede vivir lejos, descubre que sí, y vuelve de todas formas, porque una cosa es poder y otra querer.
Trabaja con su madre en la nave. Hablamos.
No mucho, y nunca de su padre, pero hablamos, y cada vez que lo hacemos pienso que a la Aroa de dieciocho años no le habló así nadie, y que a lo mejor por eso a la Aroa de dieciocho años le costó tanto dejar de tener dieciocho años.
Mateo cumplió lo suyo.
No diré aquí los meses, ni el nombre del sitio.
Él no quiere que lo lleve por escrito, y yo ya no le hago llevar a Mateo nada que no quiera.
Diré solo que fue menos de lo que los dos temimos aquella noche en la tarima, porque un tribunal, cuando se sienta a mirar las cosas despacio, también sabe hacer cuentas, y en la de Mateo había un chico de veinte años, y un padre, y un silencio de toda una década que al final rompió él, solo, por su propia boca.
Salió en marzo. Yo estaba en la puerta. No le había prometido que estaría en ninguna puerta; le había prometido otra cosa, le había prometido ser fácil de encontrar.
Y resulta que ser fácil de encontrar, el día que de verdad importa, te deja igual plantada en una puerta. Las dos cosas eran, al final, la misma.
El día que volvió Mateo no fue el día del ámbar.
Lo del ámbar lo hice sola, unas semanas después, un atardecer de esos que en la Alcarria se caen despacio y de color de miel.
Lo hice sola porque era lo último que me quedaba de aquella noche que seguía siendo solo mío, y lo que es de uno solo se cierra de uno en uno.
Subí al cementerio.
La losa nueva llevaba ya más de un año puesta.
Me había acostumbrado a ella poco a poco, como te acostumbras a una cara después de una operación: primero la miras y la comparas, y un día, sin enterarte, ya no comparas, ya es la cara.
La piedra clara. El nombre de mi hermana.
Las dos fechas. Y debajo, sin la palabra “accidente” en ningún sitio, las tres que había elegido yo y que llevaban un año diciéndole por fin la verdad al monte. Subió por las dos.
Me senté en la tierra, al pie de la losa, como me había sentado de cría en el suelo de tantos sitios, y saqué del bolsillo el ámbar.
Lo había llevado encima todos aquellos años.
Una piedra pequeña, del tamaño de una avellana grande, de un dorado que al sol se enciende por dentro como si guardara una brasa vieja.
Y dentro, suspendida, intacta, con las alas todavía abiertas en mitad de un vuelo que no llegó a ninguna parte, una abeja.
Una abeja de hace quién sabe cuántos miles de años, atrapada un mal día en una gota de resina y conservada así desde entonces, perfecta y muerta, sin permiso para pudrirse, sin permiso para terminar.
Me lo dio Mateo. Aquella noche. No lo supe en mucho tiempo; me conté que era de Olalla, una de las mentiras pequeñas y amables con las que rellené los huecos.
Me lo puso Mateo en la mano cerrada antes de subirme al coche que me sacó del valle, y no dijo nada, porque a los veinte años uno no sabe decir “vas a necesitar algo a lo que agarrarte”, pero a veces sabe ponerlo en una mano.
Y me agarré. Vaya si me agarré.
Tardé media vida en entender qué tenía de verdad en la mano.
Me lo había contado de varias maneras —un recuerdo de Olalla, después un regalo de un chico— y todas se quedaban cortas.
Esa abeja era yo. Exacta. Parada en mitad de un gesto, en mitad de un vuelo, el día que tenía dieciocho años y subí a un monte; y a partir de aquel día, intacta.
Conservada. Guapa por fuera, si quieres, y por dentro detenida.
Tantos años creyéndome viva por ir de un lado a otro, por cambiar de nombre y de ciudad, cuando lo único que hacía era lo que hace una abeja dentro del ámbar: nada, con mucho brillo.
El que se mueve no siempre está vivo. Una se puede pasar la vida entera volando dentro de una gota.
El ámbar es piedra, pero es piedra rendida, piedra que fue blanda y se acuerda. No hace falta un martillo. Lo había leído en algún sitio, sin saber para qué lo leía: que el ámbar se parte si das con la veta, que tiene por dónde, que cede.
Busqué en la losa de mi hermana un canto vivo.
Apoyé el ámbar encima, en el filo de la piedra.
Y antes de hacerlo me quedé un momento con la mano en alto, porque romper una cosa hermosa cuesta aunque sepas que tienes que romperla, sobre todo si te la puso en la mano un chico de veinte años que ya no existe, que cumplió una condena y salió hecho otro hombre, con canas en las sienes que antes no tenía.
Lo rompí.
No se rompió como el cristal, en mil pedazos con mala idea. Se abrió. Cedió por una veta y se partió en dos mitades limpias, igual que se abre un fruto seco, y la gota de resina de hace mil siglos dejó de ser una cárcel y pasó a ser dos trozos de una cosa rota encima de una tumba.
Y la abeja quedó suelta.
La cogí con dos dedos. Pesaba menos que una pestaña.
Una abeja diminuta y oscura, con sus alas y sus patas dobladas, que llevaba quién sabe cuántos miles de años sin tocar el aire y ahora lo tocaba, en la palma de mi mano, un atardecer de la Alcarria con olor a tomillo.
Fuera del ámbar se le acababa la hermosura.
Era solo lo que era: un bicho muerto, viejísimo, frágil, que iba a deshacerse en cuanto el viento se lo tomara en serio.
Y esa fealdad pequeña, esa cosa por fin mortal que tenía en la mano, me pareció lo más limpio que había visto en años.
Porque lo que está muerto tiene un derecho.
Tiene derecho a terminar. A deshacerse y volver al suelo.
El ámbar es lo único que se lo quita: te conserva el dolor con la cara intacta para que no se pueda enterrar nunca.
Hice un hueco pequeño en la tierra de mi hermana, al pie de la piedra, con dos dedos, como se hace un hueco para una semilla. Puse dentro la abeja. La tapé.
No lo llamo un entierro. Olalla ya tenía el suyo, uno de verdad, con su losa por fin sin mentiras.
Lo que hice fue devolver. Devolverle a la tierra de mi hermana lo único que yo había sacado de aquella noche y había tenido encima sin saber siquiera que lo tenía: la prueba de que aquella noche fue real, de que pasó, de que no me la inventé.
Que se quedara ahí, con ella, en lo único de este valle que de verdad para el tiempo, que es el suelo.
Yo ya no la necesitaba para acordarme. A Olalla la llevo en otro sitio, en uno que no se rompe con un canto de piedra.
Las dos mitades del ámbar las dejé encima de la losa.
Dos gotas de oro viejo partidas, puestas sobre el nombre de mi hermana, brillando lo que les quedara de brillo hasta que el invierno o un pájaro se las llevara.
La gente, en los cementerios, deja flores que se mueren en una semana, o deja piedras que no dicen nada.
Yo le dejé a Olalla las dos mitades de la cárcel de la que acababa de salir. Ella, mejor que nadie, sabría leerlo.
Bajé del cementerio con las manos vacías y los bolsillos vacíos por primera vez en una vida, y la ligereza, al principio, daba más miedo que alivio.
Una se acostumbra al peso de lo que carga, y el día que lo suelta anda rara, como anda raro el que se quita una escayola: el brazo libre pesa de menos, y por eso, durante un tiempo tonto, asusta.
Mateo me esperaba abajo, donde el camino del cementerio se junta con el del pueblo.
No habíamos quedado. Pero llevábamos ya unos meses en eso, en aparecer cada uno donde iba a estar el otro sin habérselo dicho, y a mí, que me había pasado la vida calculando dónde iba a estar la gente, me descansaba no tener que calcularlo con él.
Sabía dónde iba a estar Mateo. Mateo sabía dónde iba a estar yo.
Después de una vida entera siendo dos personas imposibles de encontrar, habernos vuelto los dos fáciles era casi todo el romance que nos quedaba, y resultó que con casi todo basta y sobra.
No me preguntó si lo había hecho. Me miró las manos, que las llevaba vacías, y lo supo, porque Mateo me lee las manos desde el primer día, desde antes del primer día.
No dijo nada bonito. No es hombre de cosas bonitas, y yo, después de una vida oyendo a gente decir cosas bonitas para tapar las feas, me he vuelto alérgica.
Dijo lo que dijo, que fue poco y exacto, como lo dice él todo.
—¿Bajamos?
Bajamos.
La Alcarria entera se estaba poniendo de color de miel, que es la hora a la que este valle se perdona a sí mismo lo que es capaz de hacer a oscuras.
Abajo esperaba Valdecolmena, mi pueblo, en cuesta sobre su río, un sitio que durante cuarenta años fue dulce por fuera para no tener que mirarse por dentro.
Ya no. Ahora Valdecolmena sabe a qué sabe, y no sabe solo a miel, y aun así la gente sigue aquí, sigue trabajando las abejas, sigue criando hijos en estas cuestas.
Eso es lo último que he aprendido, y lo aprendí tarde, y me lo enseñó un pueblo entero sin proponérselo: que se puede saber lo amargo y quedarse igual.
Que la miel y el veneno no fueron nunca dos frascos distintos en dos estantes distintos.
Fueron siempre el mismo frasco. Lo que me sacó de aquel pozo y lo que me tuvo embalsamada tanto tiempo fue, gesto por gesto, palabra por palabra, lo mismo.
Lo que me salvó la vida fue lo que no me dejó vivirla.
El amor de Mateo es las dos cosas a la vez, y no se dejan separar; lo he intentado, y no se dejan.
Y un día dejas de intentarlo. Un día coges el frasco entero, el que sabe a las dos cosas, y bebes, porque tienes sed, porque es el único frasco que hay, y porque a estas alturas ya sabes que la sed también es una manera de estar viva.
Llegamos abajo con la luz casi gastada. En la plaza, alguien había sacado una silla a la puerta y regaba unos geranios, y nos saludó por nuestros nombres, los dos verdaderos, sin bajar la voz, como se saluda a la gente del pueblo de uno.
Y crucé mi plaza a la hora en que se cae el día. Olía a lavanda. Me senté un momento en el poyo de piedra de la fuente, y la piedra estaba templada, a la temperatura buena del verano. Y no sonó ningún teléfono.
Por primera vez desde aquella noche, el destello no vino.
No vino porque ya no le quedaba sitio. Lo había gastado entero. La lavanda era lavanda, la hora era la hora, y yo estaba dentro de ella, despierta, viva, suelta, fuera por fin de la gota de oro.
Una abeja, cuando sale del ámbar, no vuelve a volar. Eso no lo arregla nadie, y no voy a escribir aquí que sí. Pero deja de estar expuesta con la cara de su peor día puesta para siempre, y se va al suelo, y se hace tierra, y de esa tierra, con el tiempo, termina saliendo otra cosa.
Yo soy la otra cosa.