Miel y Veneno Capítulo 37
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Capítulo 37

Bajé los tres escalones de la tarima y crucé la plaza hacia Remedios, y la plaza me dejó pasar de otra manera.

Por la mañana se había apartado de mí por miedo, como de algo que quema.

Ahora se apartaba despacio, sin saber qué era yo, y me veía pasar igual que se ve pasar a alguien que vuelve de un sitio del que no vuelve casi nadie.

Remedios no se había movido del arco. Me esperó allí, pequeña y seca, con las dos manos juntas encima del bastón, y cuando llegué a su lado no me dijo nada de lo que se le dice a una persona que acaba de hacer lo que yo acababa de hacer.

No me dio el pésame ni la enhorabuena. Miró hacia la tarima vacía, hacia el desorden de gente que iba quedando, y dijo:

—Cuarenta años llevo viendo a esa familia repartir miel en esta plaza. Hoy he visto repartir otra cosa. Tenía curiosidad por saber a qué sabía. Ya lo sé. Sabe a esto.

Saqué las tres hojas. No sé por qué se las enseñé a ella la primera; a lo mejor porque era la única persona de aquel valle que llevaba más años que yo esperando que alguien las sacara.

—¿Sabe lo que es esto?

Remedios miró el papel sin tocarlo. Tardó.

—Sé lo que es el hombre del que habla ese papel, que no es lo mismo, pero da para empezar.

—Levantó los ojos del papel y los puso en mí—.

Tomás Vega. ¿Tú sabes algo de Tomás Vega, niña, aparte de que se cayó de un olivo?

No.Claro que no. Tú no habías nacido. Para ti es un nombre escrito.

—Volvió a chascar la lengua, y esta vez sonó más hondo—.

Era un hombre que se reía mucho. Eso no lo pone en tu papel, te lo digo yo.

Tomás Vega tenía una risa que se oía de una punta a otra del mercado y un miedo cerval a las alturas, un miedo de no subirse ni a una silla a cambiar una bombilla.

Y un día de mil novecientos ochenta y tantos, a ese hombre lo encontraron caído de lo alto de un olivo.

Y el valle entero, yo incluida, agachó la cabeza y se lo creyó, porque lo otro era no comer.

Dobló un poco las manos sobre el bastón.

—Ese papel tuyo vale lo que valga. Yo de papeles no entiendo.

Pero un papel solo, en este país, dicen que es media cosa.

Hace falta alguien vivo que se ponga al lado del papel y diga: esto yo lo vi, esto yo lo sé.

Y de los que estábamos vivos y con uso de razón cuando lo de Tomás Vega va quedando poca gente.

Yo soy de esa poca. Llevo cuarenta años siéndolo y callándomelo, que es lo que se hace, y se me ha hecho largo.

—Me sostuvo la mirada—. Cuando tengas que llevar ese papel a donde haya que llevarlo, vienes a buscarme.

Yo bajo. Estas piernas bajan una vez más.

Iba a darle las gracias. No me dejó; levantó el bastón un palmo del suelo y lo volvió a posar, que era su manera de mandar callar.

—No me las des. No lo hago por ti. —Miró otra vez hacia la plaza, hacia los farolillos, hacia la gente que no sabía si recoger la Fiesta o irse a casa—.

Te voy a decir una cosa, y luego me subo, que esto ya no es sitio para mí.

Llevas diez años, niña, siendo una flecha.

Una flecha es una cosa muy descansada de ser.

Solo tienes que apuntar y no pensar en nada más.

—Empezó a darse la vuelta sobre el bastón, despacio—.

Lo difícil empieza mañana. Mañana ya no eres una flecha.

Mañana vuelves a ser una persona, y una persona tiene que decidir, cada mañana al levantarse, hacia dónde mira.

Ya no te va a apuntar nadie. Y eso, te lo dice una vieja, da más miedo que todo lo que has pasado hoy junto.

Remedios se fue calle arriba, hacia su molino y su puente, sin volver la cabeza, y se llevó con ella la única conversación de todo aquel día que me dejó algo dentro en vez de quitarme algo.

Lo demás de la tarde lo recuerdo a trozos, como se recuerda un sitio por el que se ha pasado con fiebre.

La pareja de la Guardia Civil llegó en un coche verde que tuvo que dejar a la entrada del pueblo, porque a la plaza, con los puestos y los farolillos, no se entra en coche.

Bajaron andando los dos, sin prisa, con esa prisa especial que gastan los que han aprendido que correr asusta.

Alguien los había llamado durante la confrontación.

No supe nunca quién, y me gusta no saberlo; me gusta pensar que fue cualquiera, que fue el pueblo.

Yo me había pasado diez años imaginándome el final de Aurelio Salcedo, y en mi cabeza ese final era siempre un final grande.

Esposas. Gritos. Algo a la altura de lo que el hombre había hecho.

Y lo que vi fue a un señor mayor, despeinado, con la flor del ojal ya mustia, hablando en voz baja con dos guardias jóvenes que lo trataban con un respeto rutinario, casi aburrido, el mismo respeto con que se trata a un mueble grande que hay que sacar de una casa sin rayar el suelo.

No hubo esposas. No le hicieron falta. Aurelio Salcedo se fue de su plaza andando por su propio pie, entre los dos guardias, y verlo así no me dolió por vencido.

Me dolió por lo poco que se notaba. De cerca, entre dos guardias jóvenes, Aurelio Salcedo era un señor cualquiera, y eso fue lo que entendí de golpe y para el resto de mi vida: que los hombres que deciden dejar morir a una niña en un pozo no son monstruos con otra cara.

Son señores con una flor mustia en el ojal.

Y que esa es justo la parte que da miedo.

Pasó a tres metros de mí. No me miró. Creo que no me miró porque ya no le rendía nada mirarme, y los hombres como Aurelio no gastan una mirada que no rinde. O creo que no me miró porque no podía. Me da igual cuál de las dos. Las dos me valen.

A Mateo, los guardias no se lo llevaron aquella tarde. Le dijeron, eso sí, que no se moviera del valle. Lo dijeron con su calma de trámite, sin levantar la voz, y la frase, dicha así, dejó claro que lo de Mateo tampoco se había terminado. Solo se había aplazado.

A Amparo Salcedo no se la llevó nadie. No había por qué.

Amparo no había confesado nada, ni había firmado nada, ni había estado nunca, que constara, al borde de ningún pozo.

Amparo Salcedo era, a ojos de aquellos dos guardias y a ojos de la ley, una señora que acababa de enterarse, como todo el mundo, de las cosas tremendas que había hecho su marido.

La reina de la colmena se quedó en su plaza, libre, de azul, y cuando la tarde empezó a caer y la gente a marcharse, fue ella la que vino a buscarme a mí.

Me encontró sentada en el borde de la tarima, con los pies colgando, como se sienta una cría, porque a aquellas alturas del día ya no me quedaban fuerzas para sostener ninguna postura de adulta. Se paró delante de mí. No se sentó. Amparo Salcedo no se sienta en el borde de las cosas.

—Has ganado —dijo. Sin veneno. Como se constata el tiempo que hace.

—No sé qué he ganado —dije. Y era verdad.

—Has ganado lo de tu hermana. Eso ya no te lo quita nadie.

Mi marido lo ha contado delante del valle; ni el mejor abogado de Madrid le desdice doscientas orejas.

Por Olalla puedes estar tranquila. —Hizo una pausa.

La pausa de Amparo era un instrumento, lo había sido siempre—.

Quería hablarte de lo otro. De lo que llevas en el pecho.

No me molesté en preguntarle cómo sabía que lo llevaba en el pecho. Amparo sabía siempre dónde guardaba cada cual sus cosas. Para eso era la reina.

—El papel de Tomás Vega. Lo de Olalla es de mi marido y se lo lleva mi marido.

Pero ese papel no habla de una niña en un pozo.

Habla de la cooperativa. De cómo se levantó.

Y la cooperativa, niña, no es mi marido.

La cooperativa es el jornal de doscientas familias que esta mañana no han hecho nada malo, salvo creerse un cuento, que es el delito más repartido del mundo.

Tú sacas ese papel a la luz y no hundes a Aurelio.

A Aurelio lo has hundido ya. Lo que hundes con ese papel es la marca.

Y detrás de la marca está la nómina de medio valle.

Y ahí, cansada como estaba, vacía como estaba, me encontré todavía un sitio por dentro donde quedaba algo afilado.

Porque aquello que Amparo me ponía delante con su voz tranquila de reina era el truco más viejo de su casa.

El mismo con el que su sobrina Celia me había regalado un tarro de miel hacía unas horas, sin saber que lo hacía.

El truco de decir “la cooperativa” cuando se quiere decir “nosotros”.

El de hacer creer al valle entero que, si cae la familia Salcedo, se cae el pan de todos.

—Las colmenas no son suyas —dije.

Amparo no contestó. Esa es otra cosa que aprendí de los Salcedo: a notar cuándo callan.

—Las abejas de este valle eran de este valle antes de que hubiera un Salcedo poniéndoles el nombre, y lo van a seguir siendo cuando el apellido no le valga a nadie ni para firmar.

El que recoge la miel la seguirá recogiendo.

El que la vende la seguirá vendiendo. Lo único que se cae con ese papel, señora, es quién manda.

Y “quién manda” no le da de comer a nadie. Nunca lo ha hecho. Solo se lo come.

Esperé que Amparo se defendiera. No se defendió. Hizo una cosa peor, y más suya, que me dejó mirándola un rato largo: asintió. Despacio. Como quien repasa una cuenta que le han echado y la encuentra bien hecha.

—Entonces se lo das a la Guardia —dijo—. El papel. ¿Mañana?

—Mañana.

—Bien. —Y se quedó pensando, y vi, detrás de aquellos ojos, ponerse en marcha otra vez la maquinaria, la de verdad, la que había sostenido a aquella familia mucho antes que Aurelio y con más oficio que él—.

Entonces tengo trabajo. Si la marca va a sobrevivir a mi apellido, alguien tendrá que sentarse esta misma semana con la gente de la cooperativa y enseñarles a recoger la miel sin un Salcedo encima.

Y resulta que la única persona de este valle que sabe hacer eso soy yo.

Me lo dijo sin pena y sin vergüenza, y entendí, por fin y del todo, qué clase de mujer tenía delante.

Amparo Salcedo no había querido nunca a Aurelio.

Había querido a la colmena. Le había sido fiel a la colmena durante cuarenta años, y el rey solo era la parte de la colmena que tocaba aguantar.

Ahora el rey se iba en un coche verde, y la reina, sin que le temblara la voz, ya estaba calculando cómo seguir alimentando el panal.

Me dio un poco de asco. Y, muy a mi pesar, me dio también algo que se parecía bastante al respeto.

Amparo se fue a empezar su trabajo, porque las reinas no descansan, y me dejó sola en el borde de la tarima con los pies colgando y la tarde ya casi del todo caída.

La plaza se había ido vaciando sin que yo me diera cuenta.

Habían apagado los farolillos, o se habían apagado solos.

Quedaban los puestos a medio recoger y los tarros de miel sin vender, alineados todavía en sus filas, brillando un poco con la última luz, ámbar contra la madera, tan bonitos y tan ajenos a todo como había estado siempre la miel de este valle ajena a lo que se hacía debajo de ella.

Había hecho lo que vine a hacer. Olalla iba a tener una losa que no mintiera.

El papel de Tomás Vega iba a acabar delante de quien tuviera que leerlo.

Aurelio Salcedo se había ido de su plaza pequeño y con una flor mustia.

La cuenta de diez años estaba saldada hasta el último céntimo.

Y yo seguía sentada en el borde de una tarima, sin moverme, porque no tenía ningún sitio al que ir.

Esa es la verdad que no te cuentan de la venganza: que el día que se termina no te devuelve a tu hermana.

Te devuelve a ti, sin nada en las manos, en mitad de una plaza que se vacía.

Oí los pasos antes de girarme. Los habría reconocido entre mil; me había pasado seis meses aprendiéndomelos.

Mateo se sentó a mi lado en el borde de la tarima, sin pedir permiso, los pies colgando como los míos, y durante un rato largo ninguno de los dos dijo nada.

Diez años para llegar a poder sentarnos así, al lado, sin un muro, sin un apellido, sin una mentira en medio.

Y ahora que lo teníamos, ninguno de los dos sabía qué se hace con un sitio sin muros.

Da vértigo. Eso era lo que no sabíamos: que iba a dar tanto vértigo.

—Tengo que contarte una cosa —dijo Mateo.

Y por cómo lo dijo, por el peso que traía debajo, supe que la mañana, la de verdad, la suya y la mía, todavía no se había terminado.