Miel y Veneno Capítulo 36
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Capítulo 36

No grité.

Después de lo que aquel hombre acababa de hacerme delante de mi pueblo, lo que me salió no fue un grito. Fue una voz baja, muy quieta, una voz que no me conocía, y hablé con ella despacio, para que cada uno de los que estaban abajo tuviera tiempo de coger lo que yo iba a soltar.

—Aurelio Salcedo tiene razón —dije.

Dejé que aquello cayera en la plaza. Sentí, sin mirarlo, a Mateo ponerse rígido a mi lado.

—En una parte tiene razón, y no os voy a mentir a vosotros para taparla, porque ya he visto esta mañana lo que hacen en este valle los que tapan cosas.

Mi hermana me llamó por teléfono la noche que se murió.

Me llamó muchas veces. Y yo no cogí el teléfono.

Estaba enfadada con ella por una tontería de crías, una pelea de tres días antes, y la dejé sonar a propósito.

Si yo hubiera descolgado aquella noche, hoy Olalla estaría ahí abajo, entre vosotros, con cuarenta años cumplidos y a lo mejor con hijos.

Eso es verdad. Es mía, esa verdad, y la voy a cargar yo, entera, hasta que me muera.

No la quiero más ligera. Una hermana así no se merece que su hermana le lleve una culpa ligera.

La plaza no hizo ningún ruido. Cien personas conteniendo el mismo aire.

—Pero —y aquí subí la voz, la primera vez en toda la mañana que la subí de verdad— hay una palabra que este hombre ha usado hace un momento y que no le pertenece.

Ha dicho que yo soy la causa. Y eso, vecinos, es mentira.

Es una mentira que conozco bien, mejor que él, porque llevo diez años contándomela yo sola por las noches y sé de qué está hecha por dentro.

Tomé aire. Me temblaba, y dejé que temblara; ya no tenía a nadie a quien esconderle nada.

—Una cría de dieciocho años, dolida y tonta, que no coge un teléfono por orgullo: eso es una desgracia.

La peor de mi vida, y me la quedo. Pero un hombre de sesenta y dos años, de pie en el brocal de un pozo, que oye a una niña pedir ayuda desde el fondo, que la oye con sus orejas, despacio, durante todo el rato que haga falta, y que después decide, decide, fijaos bien en esa palabra, dar media vuelta y bajar el monte solo: eso no es ninguna desgracia.

Eso tiene otro nombre. Y el nombre no es Aroa Ledesma.

Abajo, alguien lo dijo. Una voz de mujer, mayor, desde la mitad de la plaza, sin levantarse, sin hacerse la valiente, casi para sí misma pero en el silencio justo para que la oyéramos todos.

Dijo: “Asesino.” Una palabra. La primera vez en cuarenta años que esa palabra se decía en voz alta en Valdecolmena, y se dijo bajita, casi con miedo todavía, y aun así cayó sobre la tarima como una teja.

—Y otra cosa —seguí, porque si paraba no volvía a arrancar—.

Este hombre os ha contado que mi hermana subió a aquel monte en mi lugar, como si Olalla hubiera sido una equivocación.

La chica que no tocaba. El recadero que llegó por error.

—Negué con la cabeza—. Mi hermana tenía dieciséis años y sabía de sobra lo que hacía.

Se enteró de que yo estaba en un lío con el hombre más poderoso del valle, intentó avisarme, no me encontró, y entonces hizo una cosa que yo no habría tenido el valor de hacer ni a su edad ni a la mía: subió ella.

A oscuras. Sola. A ponerse delante de Aurelio Salcedo para no tener que ponerme yo.

Eso no es una niña equivocada. Eso es la persona más valiente que ha pisado este valle, y lleva diez años en el camposanto de arriba debajo de una losa que pone “accidente”.

Esa losa hay que cambiarla. Y para cambiarla, vecinos, no me hace falta esto.

Levanté las tres hojas.

Las levanté por fin del todo, por encima de la cabeza, donde la plaza entera las pudiera ver, y noté a mi espalda a Aurelio dejar de respirar.

—Esto es lo que vine yo a buscar a este pueblo.

La carta de un hombre muerto. Mi arma. La llevo desde el amanecer pegada al pecho, calculando el momento bueno de usarla.

Y resulta que no la voy a tener que usar.

¿Sabéis por qué? —Me volví. Por primera vez en toda la mañana me volví entera hacia Aurelio Salcedo y le hablé a la cara, no a la plaza—.

Porque usted, para hacerme daño a mí, para verme caer aquí arriba como cayó su hija al pozo, acaba de hacer una cosa que no había hecho en cuarenta años de cuidarse mucho.

Lo ha contado. Usted solo. Le ha podido más la rabia de hundirme que cuarenta años de prudencia, y le acaba de contar a doscientos vecinos, con su propia voz, que citó a una persona en un monte, que esa persona cayó a un pozo y que usted la oyó pedir auxilio y se marchó a su casa.

Yo traía un papel. Mírelo. No me hacía ninguna falta.

Se ha ahorcado usted con la lengua, que es la única soga que un hombre como usted no aprende nunca a ver venir.

Vi el momento justo en que Aurelio Salcedo lo entendió.

La cara no le dijo nada; la tenía entrenada de cuarenta años.

Lo dijeron los hombros. Esos hombros anchos que se había pasado la mañana, la Fiesta, la vida entera llevando colocados de una manera concreta, la manera del que es dueño del suelo que pisa, se le bajaron.

No mucho. Un dedo. Pero yo llevaba seis meses leyendo a aquella familia, y un dedo, en los hombros de Aurelio Salcedo, era un edificio viniéndose abajo.

Buscó a la plaza. Fue lo último que le quedaba, el instinto más viejo, cuarenta años de que aquella plaza fuera suya.

Abrió las manos hacia sus doscientas familias, el gesto de empezar a hablar, de patriarca que va a meter orden en un mal rato.

Y la voz no le salió. O le salió, pero ya no llegaba a ningún sitio; se le quedó a medio camino y se cayó al suelo, porque la plaza, su plaza, había dejado de estar enchufada a él.

Lo miraban como se mira un sitio donde ha pasado una desgracia. Ya no como se mira a un hombre.

A su lado, Amparo Salcedo hizo la cosa más fría que le he visto hacer nunca a un ser humano.

Dio un paso. Uno solo, lateral, pequeño, de los que no significan nada si no llevas, como llevaba yo, media vida midiendo los pasos de la gente.

Amparo se separó de su marido. Diez centímetros.

Los justos para que, cuando aquello terminara de derrumbarse del todo, no se viera que se derrumbaba sobre los dos a la vez.

La reina de la colmena estaba ya calculando, en mitad del incendio, sin que le temblara la cara, qué parte del panal se podía salvar.

Y la parte que se podía salvar no llevaba dentro a Aurelio.

En las tres bocacalles de la plaza, los hombres de la cooperativa habían dejado de ser puertas.

Lo vi sin buscarlo. Quino, el de la furgoneta, el de las manos siempre vacías y siempre cerca, se había metido esas manos vacías en los bolsillos y miraba la tarima con la cara del que está echando, muy deprisa, una cuenta nueva.

La cuenta de a quién le conviene obedecer a partir de esta mañana.

Nadie defiende a un rey cuando el rey acaba de contarle al reino, él mismo y en voz alta, de qué está hecho por dentro.

Quino dio media vuelta y se fue hacia la furgoneta despacio, como quien se acuerda de pronto de que tiene faena en otra parte.

Las puertas de la Fiesta se habían abierto solas.

Podía irme cuando quisiera. Y no me quería ir a ningún sitio.

Busqué a Mateo.

Llevaba toda la confrontación a dos metros de mí, en su sitio de la tarima, y durante un instante, ahora que ya estaba hecho, ahora que no quedaba nada que romper ni nada que sostener, pensé que ese instante era nuestro.

Diez años para llegar a un sitio donde poder mirarnos sin un muro en medio.

Por fin lo teníamos. Estaba a dos metros.

Pero Mateo no me miró a mí.

Mateo miró hacia abajo, hacia el puesto de los tarros, donde su hermana seguía sentada en el suelo con la espalda contra una mesa de miel y los ojos de alguien a quien le han cambiado el mundo entero por otro mientras dormía.

Y Mateo bajó los tres escalones de la tarima y fue hacia Celia.

No hacia mí. Se agachó hasta la altura de su hermana, en el suelo, delante del pueblo, le puso una mano en la nuca, y Celia se dobló contra él como se dobla una cosa a la que le quitan de golpe el soporte que la tenía de pie.

Y estuvo bien. Me dolió y estuvo bien, las dos cosas a la vez, sin que ninguna le quitara el sitio a la otra.

Mateo le había roto el mundo a su hermana esa mañana para que yo pudiera recuperar el mío.

Lo menos que podía hacer, antes que cualquier otra cosa, antes que mirarme a mí, era ir a recoger del suelo lo que había tirado.

Yo de eso sé. Yo llevo diez años sabiendo de hermanas.

Y entendí, mirándolo agachado en aquel suelo con Celia entre los brazos, que lo que hubiera entre Mateo y yo, fuera a ser lo que fuera, no iba a ser nunca lo primero de la lista de ninguno de los dos.

Y que un amor que se conforma con no ser lo primero, después de según qué noches, a lo mejor es la única clase de amor que de verdad sirve para sostener algo.

Me quedé sola arriba, en la tarima de madera nueva que todavía olía a serrín, con tres hojas de papel en la mano y un pueblo entero debajo que ya no sabía qué era una Fiesta, ni qué era la cooperativa, ni qué era cada uno de los vecinos de al lado.

Había venido a Valdecolmena a hacer exactamente esto.

Llevaba diez años de mi vida viniendo a hacer esto.

Y ahora que estaba hecho, lo que sentía, mirando los farolillos de papel que colgaban tontos por encima de la ruina, no se parecía en nada a lo que me había prometido sentir.

Era un cansancio viejo, de mil años. Y un hueco en el pecho, justo donde hasta hacía un momento había estado el peso de las tres hojas.

Porque las hojas ya no pesaban. Y ese era el problema nuevo, el que me venía encima mientras el viejo terminaba de caerse.

Yo había bajado a esa plaza con un arma, y el arma, al final, no había hecho falta: Aurelio se había hundido sin ella, con la boca.

Y eso convertía las tres hojas de Tomás Vega en otra cosa distinta.

Ya no eran mi arma. Eran lo único que quedaba en pie en todo el valle, aparte de unos huesos de hace cuarenta años, capaz de demostrar que a un hombre lo habían matado y lo habían llamado olivo durante cuarenta años seguidos.

Lo de mi hermana lo había confesado Aurelio con su lengua, delante de doscientos testigos. Lo de Tomás Vega solo lo decían estas hojas, y un papel no testifica solo.

Y de pronto pesaban otra vez. Pesaban de una manera nueva y peor, y entendí que la mañana no se había terminado en aquella tarima, que lo de la tarima había sido solo la parte ruidosa, y que la parte de verdad, la lenta, la que iba a decidir qué clase de mujer iba a ser yo a partir del día siguiente, empezaba justo ahora, con un papel de muerto en la mano y la pregunta de a quién, en este país, se le pone delante la confesión escrita de un hombre que lleva cuarenta años bajo tierra.

Levanté la vista. Y al fondo del todo de la plaza, parada bajo el arco de la calle de la fuente, sin entrar, mirándolo todo con una calma que no se aprende en ningún sitio bueno, estaba Remedios. La memoria del valle, bajada de su molino. Esperándome a mí.