Capítulo 35
Hay frases que no se oyen con los oídos. Esa la oí con otro sitio del cuerpo, uno que no sabía que servía para oír, y ese sitio se me quedó frío.
Aurelio Salcedo ya no le hablaba a la plaza. Me hablaba a mí, solo a mí, aunque mandaba la voz lo bastante alta para que abajo no se perdiera ni una palabra. Un hombre que ha decidido hacer daño deja de actuar para el público. Se concentra.
—Hace diez años tú tenías una cosa mía —dijo—.
Algo que habías cogido de un cajón de mi despacho, una de tantas noches que entrabas en mi casa como una rata, a oscuras, a verte con mi hijo.
No me mires así. Lo supe siempre. Una colmena entera no se entera de según qué cosas; la reina, sí.
—Amparo, a su lado, no movió un músculo—.
Cogiste de mi cajón unos papeles. A lo mejor ni sabías lo que eran.
Pero yo sabía lo que eran, y sabía que los tenías tú, y un hombre en mi posición no puede dormir sabiendo que una cría de dieciocho años guarda en una caja de zapatos la soga con la que ahorcarlo.
Tragó. La plaza no respiraba.
—Así que te mandé recado. Una nota, por un cauce que sabía que te llegaba.
Sube esta noche a los colmenares viejos, sola, trae lo que cogiste, y aquí no ha pasado nada.
Era un trato, Aroa. Duro, pero un trato; yo entonces todavía era un hombre que cerraba las cosas con tratos.
Y aquella noche subí al monte a esperarte.
Oí venir a alguien por el sendero, en lo oscuro, una figura pequeña, y pensé: ya está, ya viene, ahora se acaba esto.
Hizo la pausa más corta del mundo.
—Y no eras tú.
Y mientras Aurelio decía “y no eras tú”, a mí me empezó a pasar una cosa por dentro.
No fue un recuerdo. Todavía no. Fue lo de antes de un recuerdo, eso que ocurre cuando una palabra ajena toca, sin saberlo, la puerta de un cuarto que llevas diez años teniendo tapiado. Noté el cuarto. Noté que estaba ahí, detrás de la pared, y que la pared, de repente, era muy fina.
Olía a lavanda. Eso fue lo primero que se coló por debajo de la puerta, sin pedir permiso: un olor a lavanda y la sensación de un día cayéndose, de una tarde de agosto poniéndose larga y dorada.
El cuerpo lo reconoció antes que la cabeza.
Era uno de mis destellos, el que llevaba meses persiguiéndome sin dejarse atrapar.
Y ya no era un destello. Estaba creciendo.
—Era tu hermana —dijo Aurelio—. Era Olalla.
Una cría de dieciséis años que apareció en mis colmenares, de noche, en tu lugar.
Al principio no lo entendí. Pensé que te habías acobardado y la habías mandado a ella de recadera.
Tardé un rato en entender lo que había pasado de verdad.
Que tu hermana había venido sola. Que sabía que tú estabas en un lío y había decidido meterse ella dentro para sacarte a ti.
El silencio de la plaza había dejado de ser el que él había mandado hacer. Se había convertido en el de cien personas que vienen a una Fiesta y se enteran, en directo, de que llevan diez años viviendo dentro de una mentira.
—Yo a tu hermana no la toqué —dijo, y por primera vez la voz le salió un poco más deprisa, un poco peor—. Eso lo quiero dicho delante de todos. No la empujé. Discutimos al borde del pozo viejo, ella se me revolvió, era una cría con mucho genio, y dio un paso donde no había suelo. Se cayó ella sola.
Y entonces hizo la pausa más larga de todas, y supe que llegaba lo que yo había subido a aquella plaza a buscar, y lo que él había guardado diez años para usarlo, algún día, justo así.
—Tu hermana no se mató con la caída. Eso ya lo sabes; te lo contó mi hijo.
Sobrevivió. Estaba viva en el fondo de aquel pozo, se la podía sacar, y me llamaba.
Desde abajo. Me llamaba para que la sacara.
—Aurelio miraba el suelo de la tarima—. Y yo me quedé arriba, en el brocal, haciendo una cuenta.
La cuenta de mi vida. Si la sacaba, Olalla iba a contar que yo la había citado, y por qué, y salían los papeles, y se terminaba todo lo que yo había levantado en cuarenta años.
Si no la sacaba, se terminaba una cría de los Ledesma.
Elegí. Soy un hombre que una noche, en un brocal, eligió. Y bajé del monte solo.
Abajo, al lado del puesto de los tarros, Celia Salcedo se sentó en el suelo. No se desmayó. Se sentó, sin más, despacio, como se sienta uno cuando le quitan de golpe el sitio donde estaba de pie. Nadie la ayudó. Nadie de los que tenía al lado fue capaz, en aquel momento, de tocar a una Salcedo.
—Así que ahí tienes tu porqué, Aroa. —Y ahora sí levantó la voz, ahora se la dio entera a la plaza, porque esta parte la quería para todos—.
Tu hermana está muerta porque subió a un monte a ocupar tu sitio.
El recado era tuyo. Aquel pozo era tuyo.
Olalla Ledesma se murió de tu vida, no de la suya.
Llevas diez años llorándola como una víctima.
No eres una víctima. Eres la causa. Y has bajado hoy a esta plaza, delante de tu pueblo, a pedirme cuentas a mí por una muerta que pusiste tú en ese pozo.
Y la pared se cayó.
No la tiró Aurelio. La tiró la palabra “recado”. Recado. Yo había recibido un recado, una tarde de agosto que olía a lavanda. Lo había recibido, y entonces el cuarto tapiado se abrió entero, de golpe, como se abren las cosas que llevan diez años empujando por dentro.
Estaba en mi habitación. La de la casa de la cuesta del Hambre, la que compartía con Olalla, las dos camas y el metro de suelo en medio.
Era por la tarde. Olía a la lavanda que mi madre metía entre la ropa.
Y yo estaba sentada en mi cama, con dieciocho años y toda la rabia del mundo encima, porque tres días antes me había peleado con mi hermana a gritos en mitad de la plaza y todavía no le había vuelto a hablar, y no pensaba hacerlo, porque a los dieciocho una es así de tonta y de eterna.
Y el teléfono sonó.
El de casa, el de la pared de la cocina.
Sonó, y yo supe quién era con esa certeza animal que se tiene en las casas pequeñas: era Olalla, que había salido, que llamaba.
Y no fui a cogerlo. Me quedé sentada en la cama, mirando la pared, oyéndolo sonar, y pensé, con toda la frialdad de la que es capaz una cría dolida: que llame.
Que se fastidie. Que aprenda lo que es que no te cojan.
Sonó y paró. Volvió a sonar. Paró. Volvió a sonar.
Un teléfono que suena y no para.
No sé cuántas veces fueron. Sé que en algún momento paró del todo, y que el silencio que dejó fue peor que el ruido. Y sé que mucho rato después, ya de noche, cuando la rabia se me había enfriado hasta volverse otra cosa, fui a la cocina y vi que había un mensaje grabado. Lo puse.
Era la voz de mi hermana.
No voy a poner aquí lo que decía. Es lo único de aquella noche que es mío y de nadie más, y me lo quedo.
Pero dijo dos cosas. La primera, que yo no subiera a ningún sitio, que ella ya se había enterado de lo del recado y lo de los papeles, que no me preocupara, que de aquello se ocupaba ella.
Y la segunda, lo último que le oí decir a Olalla Ledesma en este mundo, lo dijo con la voz tranquila, casi de buen humor, quitándole importancia: “Tú quédate en casa, anda. Ya subo yo por las dos.”
Por las dos.
Colgué la cinta y subí al monte corriendo, en lo oscuro, diez años antes de lo que mi cabeza me ha dejado recordarlo hasta hoy. Lo que encontré en el fondo de aquel pozo ya lo conté en otro sitio, agachada en un brocal con Mateo al lado. Eso no hace falta repetirlo.
Lo que sí hace falta decir es esto. Llevo diez años cogiendo el teléfono al primer tono.
Siempre. Cualquier teléfono, a cualquier hora.
Lo descuelgo antes de que termine de sonar la primera vez, de un manotazo, como se mata una avispa.
La gente cree que es una manía, un nervio.
Hasta yo me lo creía. Y no. Llevo diez años contestando a destiempo la única llamada que importó, intentando coger, en la voz de un comercial o de un compañero de trabajo cualquiera, una llamada de mi hermana que dejé sonar hasta que se cansó.
Levanté la cabeza. Llevaba no sé cuánto rato sin levantarla, y la plaza entera se había quedado esperándome como se espera a alguien que se acaba de caer al suelo.
Mateo me miraba. Y Mateo, que llevaba toda la mañana sin poder acercarse, dijo una sola cosa, muy bajo, para mí, aunque en aquel silencio se oyó hasta el último soportal.
—“Por las dos” —dijo—. Aquella noche, cuando te saqué de ese monte, no podías hablar.
No dijiste una frase entera en seis horas.
Solo repetías eso. “Por las dos, por las dos.” Y yo llevo diez años sin saber qué era.
Diez años dándoles vueltas a esas tres palabras.
—Le temblaba la mandíbula—. Era de tu hermana.
Era lo último que te dijo. Y tú lo llevabas encima sin saberlo, igual que yo llevaba lo mío.
Cada uno con su trozo de aquella noche, los dos solos, diez años, sin saber que el otro tenía el resto.
No lloré. Ojalá pudiera escribir aquí que lloré, que me rompí en mitad de la plaza, que aquello me ganó. Habría sido más humano. Pero llevo diez años entrenándome en no romperme delante de nadie, y un entrenamiento de diez años no se cae en una mañana, ni siquiera con esto.
Lo que hice fue quedarme muy quieta y dejar que la cosa me atravesara entera, sentirla bajar hasta el fondo. Y en el fondo me encontré con que Aurelio Salcedo se había equivocado. En una sola palabra, pero grande.
Tenía razón en lo demás. Olalla subió a aquel monte por mí.
Me llamó y no la cogí. Voy a vivir con eso hasta el día que me muera, y me lo tengo merecido.
Pero Aurelio había dicho una palabra que no le tocaba decir a él.
Había dicho “causa”. Había dicho, delante de mi pueblo, que yo era la causa de la muerte de mi hermana.
Y eso era mentira. Y supe, mientras él esperaba tranquilo verme caer al suelo como se había caído su hija, que aquella mentira era la grieta justa por donde yo todavía podía meter la mano.
Levanté la barbilla. Tres hojas de papel me ardían en el puño. La plaza era mía por fin, entera, y Aurelio ya no me la podía quitar. Abrí la boca para contestarle al hombre que había dejado morir a mi hermana en el fondo de un pozo.