Capítulo 32
A la plaza de Valdecolmena le habían puesto su cara de domingo.
Farolillos de papel cruzados de balcón a balcón y los puestos de miel con los tarros alineados como un ejército de ámbar.
Delante del ayuntamiento habían montado una tarima nueva, de madera clara, que olía todavía a serrín.
Entré por la calle de la fuente, despacio, con tres hojas de un muerto pegadas al esternón, y nadie me miró.
Una temporera más, llegando tarde a la Fiesta.
Ese fue el primer aviso de que Amparo no me había mentido en nada. La plaza no me recibió como a una amenaza. Me recibió como a una invitada. Y a una invitada se la controla mucho mejor que a una amenaza.
Me quedé un momento al borde, donde empieza la sombra de los soportales, haciendo lo que hago.
Leer. Y la plaza, leída despacio, decía cosas.
Decía que la furgoneta de la cooperativa estaba aparcada con el morro hacia la salida, y que Quino, de pie al lado de ella, no descargaba nada: tenía las manos vacías y miraba entrar a la gente.
En cada una de las tres bocacalles de la plaza había un hombre de la cooperativa que tampoco tenía nada entre las manos.
Una Fiesta de pueblo no tiene puertas. Esta las tenía.
Las habían puesto esa mañana, y eran de carne.
En la tarima ya estaban los Salcedo. No todos colocados a la vez, no en fila; demasiado finos para eso.
Iban subiendo y bajando, saludando, con esa naturalidad estudiada de los que saben que los mira el pueblo entero.
Vi a Amparo de azul, dándole la mano a una vieja, con la sonrisa que en ella es una herramienta y no un gesto.
Vi a Aurelio en el centro, más viejo de cerca que en mi cabeza, repartiendo palmadas en hombros ajenos como quien reparte pan bendito.
Y vi a Mateo.
Estaba al borde de la tarima, un paso por detrás de su padre, con una camisa que no se habría puesto él solo y la sonrisa colocada donde su madre se la había mandado colocar.
El heredero. La estampa. Me lo había avisado en el molino: no te fíes de esto.
Pero una cosa es que te avisen y otra verlo.
Verlo de Salcedo, entero, encajado en su casilla del tablero, me dolió de una manera concreta y física, como duele ver a un animal del monte quieto y lustroso dentro de una jaula buena.
Me buscó. No sé cómo supo que yo ya estaba allí, en la sombra de los soportales, entre cien personas.
Lo supo. Levantó la vista del corro que tenía delante, cruzó la plaza entera con los ojos, sin prisa para que nadie lo notara, y me encontró.
Nos miramos lo que dura un parpadeo largo.
No nos dijimos nada; no se podía. Pero diez años de no poder decirnos nada nos habían enseñado a decírnoslo igual, y en aquel parpadeo cupo una conversación entera.
Él me preguntaba si lo llevaba encima. Yo le contestaba que sí.
Él me preguntaba qué iba a hacer con ello.
Y ahí se me acababa el idioma, porque eso todavía no sabía decirlo en ningún idioma, ni con los ojos ni con la boca.
Mateo apartó la vista el primero. Tenía que hacerlo. Su madre estaba a tres metros.
No podía quedarme en la sombra. Una mujer quieta en una sombra, en una plaza así, canta más que una que se mueve.
Así que me moví. Me metí en la Fiesta como se mete una en agua fría, de golpe y conteniendo el aire, y dejé que la corriente de gente me llevara entre los puestos.
Eran las doce menos algo. El reloj de la iglesia me lo recordaba cada vez que levantaba la cabeza.
El puesto grande, el de la marca de los Salcedo, lo llevaba una chica joven. Y la chica joven era Celia.
Celia Salcedo tenía veinticuatro años y la cara de no haberlos gastado en nada feo.
La conocía de mis seis meses de temporera, de cruzármela por la cooperativa, de los buenos días que da la gente que da los buenos días de verdad.
Me vio acercarme al puesto y se le encendió la cara, y aquello, viniendo de una Salcedo, todavía me descolocaba.
—¡Vera! —Como si lleváramos media vida—. Pensaba que te habías ido. Por ahí se decía que te habías vuelto a tu tierra sin avisar.
—Aquí sigo —dije—. Una no se va de una Fiesta sin verla.
Me puso en la mano un tarro pequeño, de muestra, sin que yo se lo pidiera.
—Llévate uno. Es de la primera cata del año, la de flor de romero, la buena.
—Lo dijo con un orgullo limpio, sin doblez, el orgullo de quien te enseña su casa—.
¿Sabes que todo esto lo levantó mi padre casi de la nada?
Bueno, mi padre y un socio que tuvo al principio del todo.
Dos hombres y un puñado de colmenas, y mira ahora.
Mi padre dice que en este valle no hay una sola mesa que coma sin que sea gracias a esas colmenas.
Y es verdad, ¿eh? No lo digo porque sea mi padre. Es que es verdad.
Cogí el tarro. La chica me estaba contando, con la cara limpia, el cuento de su familia.
El cuento bonito de los dos hombres y el valle agradecido.
Y yo llevaba, a un palmo de su tarro de flor de romero, la versión que a Celia no le habían contado nunca.
La del socio. La de qué hace falta hacer para quedarse uno solo con las colmenas.
Iba a decirle algo, una cortesía, el peaje que se paga para salir de una conversación. No me dio tiempo. Celia miró hacia la tarima, hacia el corro donde su hermano hacía de heredero, y la cara se le puso distinta. Más pequeña.
—Oye, ¿tú tratas con Mateo? Mi hermano. Por la cooperativa, digo.
—No esperó respuesta—. No sé. Lo veo raro estos meses.
Más raro de lo normal, que ya es decir, porque Mateo es la persona más triste que conozco, y lo es desde siempre, desde que yo tengo memoria.
Yo era pequeña y ya tenía un hermano triste.
Nunca he sabido por qué. En esta familia nadie cuenta nunca el porqué de nada.
—Se rió, para quitarle peso, y no se lo quitó—.
Pero estos últimos meses está distinto. Triste de otra manera.
Una manera que casi parece, no sé cómo decirlo, como si le doliera algo que vale la pena que le duela. ¿Eso tiene sentido?
—Tiene sentido —dije.
Vaya si lo tenía. Tenía tanto sentido que tuve que mirar el tarro de miel para no mirar a la chica.
Celia siguió hablando. De la cata, de un primo que tocaba en la charanga, de cuánto iba a durar la luz buena para las fotos.
Yo la oía a medias. Estaba haciendo otra cosa.
Estaba mirando a aquella chica de veinticuatro años, con su tarro y su charanga y su padre que lo había levantado todo de la nada, y estaba calculando cuánto le quedaba.
Porque eso es lo que hace una operadora hasta cuando no quiere.
Calcula. Y la cuenta me salió cruel y me salió clara.
A Celia Salcedo le quedaban, de aquella vida suya tan limpia y tan creída, los minutos que yo tardara en decidir abrir la boca.
Si yo sacaba las tres hojas de Tomás Vega en mitad de aquella plaza, Celia no perdía a su padre.
Eso sería lo de menos, lo de fuera. Celia perdía el cuento entero, y el suelo que ese cuento le ponía debajo de los pies.
Se iba a enterar, a la vez que el resto del valle y por mi boca, de que la mesa en la que había comido toda su vida estaba puesta encima de un hombre muerto.
La había conocido hacía seis meses dándome los buenos días de verdad.
Y ahora le estaba poniendo precio, igual que su madre me lo había puesto a mí en una silla a oscuras.
Amparo tenía razón también en eso. Es lo único que sabemos hacer los que entramos en esta clase de guerras: mirar a una persona y ver, en lugar de la persona, lo que cuesta.
El reloj de la iglesia dio las doce menos cuarto y la plaza, sin que nadie diera la orden, empezó a ordenarse sola.
La gente fue dejando los puestos y juntándose delante de la tarima, con esa obediencia mansa que los pueblos le tienen a sus propios horarios.
La charanga se calló. Iba a empezar lo de mediodía.
El acto. Lo que fuera que los Salcedo hubieran preparado para abrir su Fiesta.
Me dejé llevar hacia delante con todos los demás. No costó; una corriente de gente te lleva si no te resistes. Y mientras me llevaba, mientras pasaba de la sombra de los soportales al sol abierto de la plaza, hice por fin la cuenta que llevaba toda la mañana sin querer hacer del todo. La del arma.
Tres hojas. Un muerto acusando a Aurelio Salcedo desde hacía cuarenta años.
Yo solo tenía que levantarlas por encima de mi cabeza en mitad de la plaza y empezar a leer en voz alta, y se acababa.
Se acababa Aurelio. Se acababa el cuento de Celia.
Se acababa Mateo. Y, lo que más rabia me daba, no se acababa Olalla.
Olalla seguía igual de muerta y de sin explicar que esta mañana, porque aquellas tres hojas contaban quién era Aurelio Salcedo, pero no contaban por qué mi hermana subió a un monte una noche de agosto.
El arma servía para destruir. No servía para saber.
Y yo no había bajado a esta plaza solo a destruir. Había bajado, sobre todo, a saber.
Levanté la cabeza. Y Aurelio Salcedo, desde la tarima, por encima de cien cabezas de vecinos, me estaba mirando a mí.
No fue una mirada de sorpresa. Sorpresa no esperaba yo; Amparo le habría dado el parte al amanecer, con el café.
Fue una mirada larga, tranquila, de arriba abajo, la mirada con que un hombre comprueba el tiempo que va a hacer.
Aurelio Salcedo me miró como se mira un nubarrón en el horizonte: sin miedo todavía, calculando nada más a qué hora va a descargar y si dará tiempo a recoger la Fiesta antes.
Y luego, despacio, sin dejar de mirarme, sonrió.
Una sonrisa para mí sola, que ninguno de los cien vecinos vio.
Una sonrisa que decía: bienvenida a mi plaza.
Tendría que haber tenido más miedo del que tuve.
Lo sé ahora. En aquel momento, que un hombre así me sonriera me dio sobre todo la medida de lo seguro que se sentía.
Y un enemigo demasiado seguro es un enemigo que ha dejado de mirar bien.
Me agarré a eso. Era poca cosa, pero a esas alturas yo me agarraba a lo que hubiera.
Aurelio Salcedo apartó por fin los ojos de mí y dio un paso al borde mismo de la tarima, y la plaza entera se calló sola. No tuvo que pedir silencio. A los hombres como él el silencio se les hace solo, por costumbre del pueblo, igual que se aparta el ganado cuando pasa el que lleva la vara.
—Vecinos —dijo. Tenía buena voz para aquello, una voz de domingo, ancha—. Vecinos, gracias por estar aquí un año más.
Hubo un aplauso pequeño, de trámite. Aurelio lo dejó morir. Y entonces, en vez de seguir con lo que tocara seguir, con la miel y la cata y el primer tarro del año, hizo una cosa que me heló la sangre por lo bien hecha que estaba.
Levantó una mano hacia mí. No del todo. Lo justo. Un gesto cordial, de anfitrión, que media plaza siguió con la mirada.
—Antes de empezar —dijo Aurelio Salcedo, ancho, tranquilo, dueño—, esta Fiesta tiene que darle la bienvenida como Dios manda a quien ha venido de lejos a acompañarnos este año. Que en Valdecolmena a nadie se le deja solo en un rincón.
Y cien caras de vecinos se giraron a la vez, buscando, hasta dar conmigo en el borde de la luz.