Miel y Veneno Capítulo 31
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Capítulo 31

No bajé directa al pueblo. A media cuesta, con la caja clavándoseme en el costado a cada paso, lo vi claro: a Valdecolmena no se entra el día de su Fiesta cargando con una cosa sin saber lo que es.

Antes de pisar esa plaza tenía que saber qué llevaba en las manos.

Y para eso hacía falta un sitio con una puerta y sin nadie detrás de ella.

El molino de Remedios.

Remedios no me preguntó por qué volvía, ni qué traía debajo del brazo, ni por qué tenía la cara de quien no ha dormido.

Esa mujer hace con las preguntas lo que la mayoría de la gente hace con el dinero: las guarda para cuando de verdad hacen falta.

Me señaló la mesa de la cocina con la barbilla, me dejó al lado un vaso de algo caliente que no llegué a tocar, y se sentó enfrente, lejos, con las manos en el regazo, a hacer lo único que de verdad sabe hacer. Mirar.

Por la ventana, río abajo, el pueblo ya se estaba vistiendo de Fiesta.

Una Fiesta se oye antes de verse: golpes de martillo armando los puestos, y alguien probando un altavoz y arrepintiéndose enseguida.

Para mediodía la plaza estaría llena, y los Salcedo en su tarima repartiendo miel y sonrisas.

Y para mediodía yo tenía que saber si bajaba a esa plaza con un arma en la mano o con una caja de zapatos llena de pena.

Abrí la caja.

Llevaba diez años sin abrirla. La había cargado de ciudad en ciudad y de nombre en nombre, metida en el fondo de armarios que no eran míos, y no había levantado la tapa ni una sola vez. Una se cuenta a sí misma que es por falta de tiempo. No es por falta de tiempo.

Lo de arriba era lo de menos: cuadernos del instituto, una cinta de pelo.

Y un boletín de notas de una tal Aroa Ledesma que sacaba sobresaliente en todo menos en conducta, y al verlo se me escapó algo que en otra persona habría sido una risa.

Aquella cría sí que era yo. La de las buenas notas y la mala conducta.

Por debajo de la conducta no ha cambiado tanto la cosa.

Debajo encontré a Olalla.

Una foto. Las dos en la feria de un agosto cualquiera, ella con un algodón de azúcar más grande que la cara, yo con el gesto de la hermana mayor a la que han obligado a posar.

Dieciséis y dieciocho. Tres semanas, puede que cuatro, antes de que se acabara el mundo.

Le di la vuelta a la foto, porque mirarla de frente no se podía, y por detrás, con boli, con mi letra de entonces, había una fecha y dos palabras tontas.

No las copio aquí. Hay letras de una que no resisten salir dos veces.

Y debajo de Olalla, porque la vida coloca las cosas con una mala idea que ya no tiene la muerte, estaba Mateo.

No una foto. Mateo a los veinte años no se dejaba fotografiar conmigo; lo nuestro no salía a la luz, ese fue siempre el trato.

Lo que había era papel. Notas. Trozos de cuaderno doblados en cuatro que un chico le pasaba a una chica para decirle a qué hora y en qué sitio, y que la chica, en vez de tirar como Dios manda, guardaba en una caja igual que una urraca guarda lo que brilla.

“Detrás del molino, cuando se apague la luz de Remedios.” Las leí por encima, deprisa, como se pasa la mano sobre una plancha para ver si quema.

Quemaba. Diez años después, las cuatro tonterías dobladas de un chico de veinte años todavía quemaban.

Y aquí está la cuestión de las urracas. Una urraca no sabe lo que es valioso. Recoge lo que brilla y lo que no, el anillo de oro y el papel de plata, y lo amontona todo junto en el mismo nido, y solo mucho después, si es que alguna vez, alguien abre el nido y separa una cosa de la otra.

Yo, a los dieciocho años, fui esa urraca.

Y en el fondo de la caja, debajo de todo lo demás, había un papel que no brillaba nada.

Que no brillaba entonces y no brillaba ahora.

Tres hojas dobladas, finas, con los dobleces ya blancos de viejos.

Las había visto un millón de veces sin verlas.

Amparo Salcedo las había tenido encima de una mesa hacía seis horas y las había apartado con dos dedos. El papel aburrido. El relleno del nido.

Lo desdoblé porque había que desdoblarlo todo. No porque esperara nada.

Era letra de hombre. Letra antigua, de las que ya no se hacen, con las mayúsculas trabajadas, de alguien que aprendió a escribir cuando escribir bien todavía era una manera de valer.

No era de Mateo. No era de nadie de mi casa.

La primera línea llevaba una fecha, y la fecha me hizo levantar la cabeza de la hoja, porque era de antes.

De mucho antes. De años antes de que naciéramos, de cuando a Olalla y a mí no nos había pensado todavía nadie.

La segunda línea llevaba un nombre. El nombre de quien escribía.

Tomás Vega.

El nombre me sonó despacio, como suenan las cosas que una sabe sin haberlas aprendido nunca.

En Valdecolmena ese nombre no se dice; se da por sabido, como el nombre de un río.

El socio. El otro. Cuando éramos crías y preguntábamos de quién era todo, la cooperativa y la marca y la nave grande de la carretera, los mayores contestaban siempre con esa media frase que tienen los pueblos para lo que prefieren no contar entero: “Eso lo levantaron Salcedo y Vega, y luego el pobre Vega se mató, y se quedó Salcedo.” El pobre Vega se mató.

Así. En cuatro palabras y a otra cosa. Un accidente viejo, una desgracia de las de antes, el cimiento sobre el que se había construido todo lo demás, tan hundido en el suelo que ya nadie lo miraba.

Tenía las tres hojas del pobre Vega abiertas encima de la mesa de Remedios.

Las leí dos veces. La primera, deprisa, con los ojos resbalando, sin enterarme, como se lee cuando una parte de ti ya ha entendido y la otra todavía no quiere. La segunda, despacio, con el dedo debajo de cada renglón, como leía Olalla de pequeña.

No voy a copiar aquí lo que escribió Tomás Vega.

Lo escribió él, con su miedo y su letra trabajada, y es suyo.

Pero diré lo que era. Era un hombre poniendo por escrito, mientras todavía podía, lo que le estaba pasando.

Era un hombre contando que su socio, Aurelio Salcedo, llevaba un año apretándole para quedarse con su mitad del negocio, que le había hecho una oferta y luego otra peor, y que al rechazarlas habían dejado de ser ofertas.

Era un hombre escribiendo, con todas las letras, que le tenía miedo a su socio.

Y era un hombre que cerraba esas tres hojas con una frase que llevaba veintitantos años esperando, doblada en cuatro, dentro de la caja de una cría: que si a él le pasaba algo, por sano que estuviera y por solo que viviera, no lo achacaran al azar.

A Tomás Vega le pasó algo tres meses después de poner la fecha en esa hoja. Un accidente. El pobre Vega se mató.

Me eché atrás en la silla de Remedios y me quedé mirando aquellas tres hojas como se mira una serpiente que creías un palo.

Esto. Esto era. Esto era lo que Aroa Ledesma tenía y no sabía que tenía.

No una sospecha ni un cotilleo de pueblo.

La cosa entera. La confesión de un muerto, escrita de su puño antes de morir, señalando con el dedo al hombre que lo iba a matar.

El imperio de la miel y las doscientas familias que viven de él: todo estaba montado encima de este papel.

Encima de un pozo más viejo que el de Olalla.

Y entonces, despacio, como se entiende lo que de verdad no se quiere entender, entendí lo otro.

Hace diez años, una cría de dieciocho años entraba a escondidas en la casa grande de los Salcedo.

No iba a robar. Iba a ver a un chico. Iba por amor, por esa clase de amor estúpido y enorme que se tiene a los dieciocho, el que te hace cruzar de noche el jardín del enemigo de tu familia sin pensar siquiera que es el enemigo de tu familia.

Y una de esas noches, esa cría, husmeando donde no debía mientras esperaba a su chico, abrió un cajón.

Y vio tres hojas con una letra antigua. Y por una razón que ni ella misma se sabía, rabia, o las ganas de tener en el bolsillo algo de aquel hombre que la miraba por encima del hombro, se las llevó.

No sabía lo que se llevaba. Te lo juro, Olalla, dondequiera que se guarde lo que queda de ti: tu hermana no sabía lo que se llevaba.

Tu hermana cogió un papel aburrido para fastidiar a un hombre antipático, lo metió en una caja con las notas de un chico, y se olvidó.

Y ese papel aburrido, ese relleno de nido, era una bomba.

Y la bomba estuvo dos años en nuestra casa, en el cuarto que tú y yo compartíamos, durmiendo a un metro de tu cama, mientras Aurelio Salcedo se daba cuenta poco a poco de qué cajón le faltaba.

Remedios, enfrente, no había abierto la boca en todo aquel rato. Pero en algún momento se había levantado, se había puesto a mi lado y había mirado las tres hojas por encima de mi hombro. La oí respirar hondo, una vez.

—Tomás Vega —dijo, y lo dijo como se dice el nombre de un conocido al que hace mucho que enterraste—.

Hacía cuarenta años que no le oía el nombre a nadie.

Era buen hombre. De los que no abundan. —Volvió a su silla, despacio—.

Por aquí siempre se ha contado que se mató cogiendo aceitunas, que se cayó de un olivo como un tonto.

Nunca me cuadró. Tomás Vega le tenía miedo a las alturas.

No se subía ese hombre ni a un taburete.

Dejé que el río llenara el silencio. Tenía delante, encima de la mesa de una vieja, lo que llevaba seis meses buscando y diez años sin saber que había perdido.

El arma de verdad. No la verdad en la boca, no el ruido.

Tres hojas que, abiertas en mitad de una plaza llena, no las desmentía Aurelio Salcedo ni con todo el dinero del valle, porque no era yo quien lo acusaba: era un muerto, con su letra, desde hacía cuarenta años.

Y por eso mismo me empezaron a sudar las manos.

Porque un arma así no hace un solo agujero.

Yo había bajado a este pueblo a por un hombre, y ahora tenía en la mano la manera de tirarlo, sí, pero la misma bala que entraba en Aurelio le salía por la espalda y seguía viaje.

Hasta la cooperativa. Hasta Celia, que esta mañana se estaría vistiendo para la Fiesta sin saber nada de nada.

Y, al fondo del todo, hasta Mateo. Sobre todo hasta Mateo, que llevaba diez años sosteniendo con el cuerpo una mentira para protegerme a mí, y al que esta confesión de Tomás Vega convertía, de golpe y a la vista de todos, en el hijo y el cómplice de un asesino.

Amparo me lo había dicho anoche, en aquella silla, y yo me había hecho la digna. Crees que solo vas a tirar a un hombre. La muy bruja tenía razón. La muy bruja siempre la tiene.

Doblé las tres hojas por sus dobleces viejos y me las guardé donde se guarda lo que no se quiere ni perder ni enseñar: pegadas al cuerpo, por dentro de la ropa, encima del esternón. Donde otra gente lleva una medalla.

Me levanté. Remedios me vio levantarme.

—Vas a bajar —dijo. No lo preguntaba.

—Voy a bajar.

—Hay dos maneras de entrar en una casa que arde. —Se quedó mirando el río por la ventana, como si la frase no fuera para mí—. A apagarla, o a sacar a alguien de dentro. La que entra a las dos cosas a la vez se queda dentro.

No le contesté. No tenía respuesta, y a Remedios no se le contesta sin respuesta.

Salí del molino con el sol ya alto, con tres hojas de un muerto pegadas al pecho y un pueblo entero esperándome alrededor de una tarima.

Tenía hasta el mediodía. Y todavía no sabía, esa es la pura verdad, y quien diga que a esas alturas yo ya lo había decidido miente, si bajaba a aquella plaza a apagar el fuego o a sacar a Mateo de él.

Eché a andar hacia los farolillos.