Miel y Veneno Capítulo 30
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Capítulo 30

Salí del molino de Remedios cuando aún faltaban horas para el amanecer, por la parte de atrás, sin despedirme, porque a Remedios las despedidas le parecen una manera fina de hacer ruido.

Subí al monte otra vez. La tercera noche seguida.

Empezaba a conocerme aquella cuesta como se conoce a oscuras el pasillo de la propia casa, y eso, en una mujer a la que el pueblo da por marchada, no es buena noticia.

Significa que llevaba demasiado tiempo moviéndome por Valdecolmena de noche, igual que se mueven las cosas que no quieren que las vean.

La casa del encierro estaba donde la había dejado, plantada en su claro, negra contra un cielo apenas menos negro.

La casa en la que Mateo me había tenido guardada y en la que yo había aprendido, cuarto por cuarto, que un escondite y una jaula se levantan con los mismos materiales.

Volver a ella por mi propia voluntad, de noche, a robar dentro, tenía algo de ir una a visitarse el entierro.

Me quedé un buen rato entre los árboles, quieta, haciéndole a la casa lo que le hago a cualquier sitio antes de entrar: leerla.

No había coche. No había luz. No había humo.

Una casa vacía tiene un modo de estar quieta, y aquella casa lo tenía.

Demasiado. Una casa de verdad vacía no se queda nunca tan quieta del todo; le cruje algo, le entra un animal, le golpea una contraventana suelta.

Aquella casa estaba quieta como está quieto el que contiene la respiración.

Tendría que haberme dado media vuelta. Una operadora con la cabeza fría se va cuando una casa le sale demasiado quieta.

Pero yo no tenía la cabeza fría. Tenía un puzle al que le faltaba una pieza y unas pocas horas para encontrarla, y eso, en mi oficio, es la definición exacta de cómo termina una muerta en una cuneta.

Entré por donde había salido tantas veces: la ventana del cuarto de atrás, las tres tablas, los clavos con su fe de mentira.

Las quité, me colé, las volví a dejar puestas por costumbre, aunque ya no quedara nadie a quien engañar.

El cuarto olía igual que la última vez. Las casas guardan los olores como guardan los rencores, mucho después de que la gente se haya ido.

Lo crucé a oscuras. No encendí nada; me sabía la casa de memoria, cada mueble, cada tabla que cantaba.

Pasé por delante de la cama en la que había dormido al lado de Mateo todas aquellas noches, la cama desde la que metí la mano en el hueco de mi propia cabeza.

Pasé por delante del muro de piedra que una mañana me devolvió el frío de un brocal.

Cada cuarto de aquella casa me había dado algo, y volver a cruzarlos todos, de noche y robando, fue como pasar las hojas de un cuaderno que una preferiría no haber escrito.

La caja la había dejado en el cuarto de delante. Hacia allí iba.

Llegué al cuarto de delante, y el cuarto de delante no estaba vacío.

Había una mujer sentada en una silla, muy derecha, de cara a la puerta por la que yo iba a entrar, con las manos juntas encima de una caja que tenía en el regazo.

Mi caja. No me sobresalté, o no por fuera; en mi oficio el cuerpo aprende pronto a guardarse los sustos para más tarde.

Pero por dentro algo se me cayó hasta el suelo, porque aquella mujer no estaba registrando la casa ni buscando nada.

Aquella mujer estaba esperando. Llevaba esperando, a oscuras, en una silla, vete a saber cuántas horas.

Y se esperaba con esa clase de paciencia a una sola persona en el mundo. A mí.

—Buenas noches, Aroa —dijo Amparo Salcedo—. Te he hecho el favor de no encender la luz. Las dos estamos más cómodas con esto a oscuras.

No me senté. No hay silla en el mundo en la que yo me sentara teniendo enfrente a aquella mujer. Me quedé de pie en el marco de la puerta, calculando lo que se calcula siempre: las salidas, las manos de ella, el silencio de fuera.

—¿Está Quino esperando en la furgoneta, ahí fuera? —pregunté.

—Quino está durmiendo en su cama, como la gente decente a estas horas.

—Amparo ladeó un poco la cabeza—. He venido sola.

¿Te sorprende? A mi marido le gusta mandar hombres.

Yo, cuando una cosa me importa de verdad, la hago yo.

Es la diferencia entre los dos, y es la razón por la que esta familia sigue en pie y no al revés.

—Sé lo que te estás preguntando —siguió, y bajó la vista a la tapa de la caja, la acarició una vez con el pulgar, sin cariño, como se comprueba el polvo de un mueble—.

Te estás preguntando cómo sabía yo que ibas a volver esta noche a esta casa, a por esto.

No lo sabía. Lo deduje. Es lo que hago, Aroa.

Llevo cuarenta años en esta familia haciendo bien una sola cosa, y es mirar.

Miro a las personas y veo hacia dónde van a echar a andar antes de que lo sepan ellas.

Te vi venir a ti el día que te bajaste de aquel autobús con la cara lavada y el apellido de mentira, y me dije: esta ha vuelto a por algo, y antes de marcharse del todo va a querer recoger lo suyo.

Las mujeres como tú y como yo no dejamos cabos sueltos. Y aquí estoy. Y aquí estás.

—Si ha venido a devolverme una caja, démela y me voy —dije—. Si ha venido a otra cosa, dígala de una vez. Es tarde y mañana las dos tenemos plaza.

—He venido a hablarte de mi hijo.

Y por primera vez algo le cambió debajo de la voz. No se le rompió; esa mujer no se rompe. Se le puso más densa, como se pone densa la miel cuando baja la temperatura.

—Tú crees que conoces a Mateo —dijo—. Te has acostado con él, te ha contado sus penas, te ha sacado dos veces de un pozo.

Crees que eso es conocer a un hombre. A Mateo lo conozco yo, que lo parí y que llevo diez años viéndolo apagarse a fuego lento dentro de mi propia casa.

Hace diez años yo tenía un hijo. Uno de verdad.

Un chico que se reía y que tenía hechos los planes para irse de aquí a estudiar fuera y no volver.

A mí me dolía que se fuera y me alegraba, las dos cosas a la vez, porque era lo que le tenía que pasar a un chico así.

Y una noche ese chico subió a un monte. Y el que bajó a la mañana siguiente ya no era él.

Era esto otro. Este hombre callado y correcto que firma lo que su padre le pone delante y que no ha hecho un solo plan en diez años.

Yo no sé qué pasó en aquel monte, no entero; mi marido es el único que lo sabe del todo.

Pero sé lo que me devolvió. Me devolvió a un hijo vaciado.

Y sé quién estaba en ese monte con él aquella noche. Estabas tú.

Esperó. Yo no le di la réplica. Cuando alguien necesita tanto que le preguntes, lo mejor que puedes hacerle es no preguntarle.

—Está bien hablado —dije al rato—. De verdad.

Lo del hijo vaciado lo va a recordar usted toda la vida, y a mí me va a costar unos cuantos días quitármelo de encima.

Pero las dos sabemos para qué me lo cuenta.

No me lo cuenta para llorar a su hijo delante de mí.

Me lo cuenta para que mañana, cuando baje a la plaza, me pese tanto Mateo en los brazos que no me quede sitio para Olalla.

—Di un paso dentro del cuarto—. Su marido hizo esa misma cuenta hace diez años, de pie en un brocal, con mi hermana viva en el fondo.

Y la hace usted ahora, en esta silla, conmigo.

Ponen a las personas en una balanza y miran para qué lado se cae.

Es lo único que sabe hacer esta familia con un ser humano: ponerle un precio.

Amparo no se ofendió. Peor. Asintió, despacio, como una maestra a la que un alumno por fin le ha dado la respuesta buena.

—Tienes razón —dijo—. Te he medido bien. Y por eso voy a hacer una cosa que no te esperas.

Se levantó de la silla, con la caja en las manos, y me la tendió.

—Toma. Es tuya. Llévatela.

No la cogí. En mi oficio, cuando alguien te pone en las manos justo lo que has venido a buscar, lo primero que se hace es no cogerlo.

—La he abierto, claro —dijo, y me leyó la desconfianza sin el menor esfuerzo—.

La he vaciado entera encima de esa mesa y la he mirado pieza por pieza.

Cartas y fotos viejas, el papel sin valor que guarda cualquier cría de pueblo de dieciocho años.

Nada que tenga filo, Aroa. Nada que le quite el sueño a esta familia.

Por eso te la devuelvo. Para que mañana, cuando bajes a la plaza, lo hagas sabiendo lo que llevas en las manos: nada.

Recuerdos. El equipaje de papel de una huérfana.

Cogí la caja. Pesaba lo que pesa una caja de zapatos llena de papel viejo.

Y pesaba, además, otra cosa que Amparo no sabía que pesaba, porque Amparo había mirado dentro con los ojos del que busca un arma, y un arma no estaba a la vista.

Yo tampoco sabía todavía qué era lo que pesaba.

Pero, a diferencia de ella, yo sabía que no lo sabía.

Y esa fue toda la ventaja que saqué de aquella casa.

—Una última cosa, ya que has subido hasta aquí.

—Amparo recogió su chaqueta del respaldo de la silla, sin prisa, como quien da por terminada una visita cordial—.

Mañana es la Fiesta de la Miel. Va a bajar el valle entero a la plaza, y tú vas a bajar también; eso lo sé, no necesito que me lo confirmes.

Crees que una plaza llena te protege. Crees que delante de tanta gente nosotros no podremos hacerte nada.

Quiero que sepas, antes de bajar, que esa plaza llena no es tu plaza.

Es la nuestra. Esa Fiesta la paga mi familia.

Esos farolillos los cuelga gente que le debe el jornal a mi marido.

Y esos vecinos que tú te imaginas de testigos llevan treinta años aprendiendo a no ver lo que un Salcedo no quiere que vean.

Baja mañana, si quieres. Te estaremos esperando.

Pero baja sabiendo que vas a dar tu función dentro de nuestro teatro.

Me fui por donde había entrado, con la caja debajo del brazo. Amparo no intentó detenerme. No le hacía falta. Una mujer así no te cierra la puerta. Te deja salir, y se queda con la certeza de que has salido porque ella te ha dejado.

Bajé el monte por última vez con la noche ya gastada y el cielo empezando a abrirse por el este, hacia el día de la Fiesta.

La caja pesaba poco. Cartas, fotos, el equipaje de papel de una huérfana.

Eso era todo lo que Amparo Salcedo había visto al mirar dentro, y Amparo Salcedo se pasa la vida mirando dentro de la gente y casi nunca se equivoca.

Casi.

Porque había una cosa que Amparo, con sus cuarenta años de mirar, no había sabido leer.

Hace diez años, un hombre poderoso de este valle citó a una cría de dieciocho años en un colmenar a oscuras.

Los hombres como Aurelio Salcedo no suben de noche a un monte por unas cartas de amor ni por unas entradas de cine guardadas como un tesoro.

Si Aurelio quiso algo de Aroa con la fuerza suficiente para hacer eso, ese algo existía.

Y si existía, y era de Aroa, estaba en aquella caja, porque Aroa lo metía todo en aquella caja.

Solo había que saber mirarla con los ojos buenos.

Apreté la caja contra el costado y eché a andar hacia el pueblo, hacia el teatro de los Salcedo. Tenía hasta el mediodía para encontrar, entre el equipaje de papel de una huérfana, el arma que ni la huérfana ni la reina habían sabido ver.