Capítulo 29
Bajamos del monte en esa media hora en que la luz todavía está sucia y un cuerpo puede pasar por sombra si se da prisa.
Mateo conocía un sendero que no era sendero, una costura del monte por detrás de las eras, y lo hicimos sin hablar, deprisa, con la furgoneta de Quino quieta allá arriba como un perro que ha perdido el rastro y no se resigna a perderlo.
No me llevó a su casa. No me llevó a ninguna casa de las que tienen un apellido en el buzón. Cuando le pregunté adónde, me contestó con una sola palabra, y la palabra me hizo gracia y me dolió a la vez, porque era la prueba de cuánto habíamos cambiado de bando los dos en una noche.
—Remedios —dijo.
El hombre que se había pasado diez años barriéndome la puerta del molino me llevaba al molino a esconderme. Hay ironías que no se ríe una. Se las traga.
Remedios nos abrió antes de que llamáramos. Lo de esa mujer con las puertas no es buena vista, es otra cosa más vieja. Miró a Mateo a conciencia, de arriba abajo, como se mira una herramienta que llevas años sin coger y no sabes si todavía corta. Después me miró a mí.
—Has traído al Salcedo —dijo.
—El Salcedo me ha traído a mí.
—Pues es la primera cosa con sentido que hace un Salcedo en este valle desde que yo era joven. —Se apartó del marco lo justo —. Adentro los dos. El río tapa muchas conversaciones. No las tapa todas.
Nos dejó en un cuarto de atrás que olía a grano viejo y a agua, con dos sillas, un catre y una ventana pequeña por la que se veía la rueda parada.
Se fue sin decir si volvía. Y Mateo y yo nos quedamos por fin solos, sin un monte que bajar ni unos faros que esquivar, con la única cosa que de verdad nos separaba puesta encima de las dos sillas como si fuera un tercero sentado con nosotros.
—Lo vas a hacer mañana —dijo Mateo. No lo preguntó.
—Voy a bajar a la plaza. Voy a buscar a tu padre delante de todo el pueblo. Y no me voy a mover de delante de él hasta que me diga por qué subió mi hermana a ese monte. —Me oí la voz tranquila, la de trabajar—. Sé que lo entiendes. Lo que no sé es si lo soportas.
Mateo se sentó en una de las sillas, despacio, como se sienta el que sabe que la conversación va a ser larga y va a doler.
—Sí lo soporto. Eso no es el problema. Voy a contarte lo que va a pasar mañana, Vera, sin adornártelo, porque te lo debo y porque tú harías lo mismo conmigo.
Tú bajas a la plaza, encuentras a mi padre, y delante del pueblo le sacas la verdad, o lo intentas.
Pongamos que lo consigues. Pongamos que mañana, a mediodía, Valdecolmena entero se entera de que Aurelio Salcedo oyó morir a una cría en un pozo y se fue a dormir.
¿Sabes lo que pasa a partir de ese minuto?
—Pasa que tu padre cae.
—Cae mi padre. Y, agarrado a la misma cuerda que mi padre, caigo yo.
—Lo dijo sin pena, como quien lee un parte del tiempo—.
Yo no soy un testigo de aquello. Soy parte.
Sellé un pacto sobre un cadáver. Firmé durante diez años los papeles con los que esta familia tapó un pozo.
Eso tiene un nombre dentro de un código, y el nombre no es bonito, y no me lo voy a quitar de encima porque te quiera a ti.
Esperó a que aquello calara. Calé.
—Y no caigo solo yo —siguió—. Detrás de mí cae la cooperativa, que es el jornal de doscientas familias que no le han hecho nada a nadie.
Y cae Celia. —Por primera vez la voz se le movió de sitio—.
Mi hermana tiene veinticuatro años y no sabe nada.
Nada, Vera. Es la única persona limpia que ha dado mi apellido en tres generaciones.
Y mañana, si tú haces lo que vas a hacer, se entera de golpe, en la plaza de su pueblo, con la música puesta, de qué clase de hombre es su padre y de qué clase de hombre es su hermano.
Eso también lo vas a romper tú. Tienes todo el derecho del mundo a romperlo.
Solo quiero que bajes a esa plaza sabiendo que lo rompes.
—Hay algo más, ¿verdad? —dije, porque le conozco la cara cuando se guarda lo peor para el final.
—Hay algo más, y es lo que de verdad me quita el sueño.
—Se inclinó hacia delante, los codos en las rodillas, mirándose las manos—.
Tú quieres saber por qué subió Olalla a ese monte.
Yo llevo diez años sin querer saberlo, y no es solo cobardía.
Es que cada vez que en esta historia hemos levantado una piedra, debajo había otra peor.
Y ya no me fío, Vera. Ya no me fío de que el porqué de tu hermana sea el fondo del pozo.
Tengo el presentimiento, y lo tengo desde hace años, de que esa última piedra es la que de verdad no vamos a poder volver a colocar en su sitio.
Me quedé de pie, porque sentada no me cabía aquello en el cuerpo. Mateo me acababa de poner en la mano la factura entera, sin esconderme un solo número, y la factura era de esas que no se pueden pagar y no se pueden no pagar.
—¿Sabes lo que me estás pidiendo? —dije—.
Me estás pidiendo que escoja. Otra vez. Que ponga a mi hermana de dieciséis años en un lado de la balanza, en el fondo de su pozo, y en el otro a tu hermana de veinticuatro años y a ti.
Que eche la cuenta. —Le sostuve la mirada—.
Es esa misma balanza, Mateo. La misma piedra de la balanza en la que se puso tu padre aquella noche, de pie en ese brocal.
Y tú me estás pidiendo, con muy buenas maneras, que la mire y que decida que esta vez Olalla pesa poco.
Mateo no contestó. No podía. Le acababa de poner el espejo delante y los dos lo sabíamos.
—No te pido que decidas que Olalla pesa poco —dijo por fin, muy bajo—.
Sé que no pesa poco. Te he traído aquí, te he escondido de mi propia sangre, y mañana te voy a abrir cualquier puerta que necesites.
No te estoy pidiendo que no lo hagas. Te estoy pidiendo que, cuando lo hagas, sepas el nombre de todo lo que se va a venir abajo contigo.
Yo no quiero salir limpio de esto. Llevo diez años sin estar limpio.
Lo que no soportaría es que tú bajes a esa plaza creyendo que solo vas a tirar a un hombre, y descubras a media tarde que has tirado un pueblo. Esa cara no te la quiero ver.
No le contesté a aquello tampoco. Algunas conversaciones no se ganan; se sobreviven. En lugar de seguir, hice lo que hago cuando una habitación se me llena de cosas que no puedo mover: me puse a mirar la única que sí podía.
El porqué. La pieza de en medio. Por qué subió Olalla a ese monte.
—Tú me dijiste en el pozo que tu padre tenía aquella noche algo más que perder —dije, despacio, pensando en voz alta, y Mateo me dejó, porque sabe que pensar en voz alta es la mitad de mi oficio—.
Aurelio Salcedo no cita a una cría de los Ledesma en un colmenar a oscuras por gusto.
La cita porque esa cría tiene, o sabe, o ha visto algo que a él le quita el sueño.
Y a la cría que tu padre quería ver aquella noche no era a Olalla.
Era a mí. Yo era la que tenía algo de Aurelio Salcedo.
Yo, con dieciocho años. —Sentí cómo se me ordenaba la idea sola, fría—.
Y todo lo que yo tenía con dieciocho años, todo lo que era de Aroa, lo metí en una caja.
Esa caja lleva seis meses siguiéndome por este pueblo.
Y ahora mismo está sola en una casa del monte a la que tu familia ya sabe llegar.
Mateo levantó la cabeza. No dijo nada. Pero le vi en la cara que la idea le había caído encima a él también, y que pesaba.
El día se nos fue cayendo despacio dentro de aquel cuarto que olía a grano.
Remedios nos trajo pan y algo caliente sin preguntar, y se llevó los platos vacíos sin comentar, y por la ventana pequeña la rueda del molino siguió sin girar, parada en su sitio como llevaba parada media vida.
No hablamos más de mañana. Habíamos dicho ya todo lo que se podía decir de mañana, y lo que quedaba de mañana no se arreglaba con palabras.
Lo que hicimos fue otra cosa.
Llevábamos seis meses tocándonos a oscuras y mintiéndonos a la luz.
Aquella tarde, en el cuarto trasero de un molino, con un pueblo entero buscándonos y un reloj corriendo hacia una plaza, fue la primera vez que nos tocamos sin que ninguno de los dos le estuviera escondiendo nada al otro.
No quedaba nada que esconder. Lo habíamos sacado todo a la luz aquella noche en el pozo, hasta la última piedra, y lo único que quedaba debajo, cuando se aparta todo lo demás, éramos nosotros dos.
No fue como las otras veces. Las otras veces había prisa, y había una mentira sosteniéndolo todo por debajo como un andamio.
Esta vez no había prisa, aunque el tiempo se acabara.
Mateo me fue quitando el frío de encima como quien desmonta con cuidado una cosa que ha cargado mucho tiempo, y yo le busqué, debajo de la camisa, los diez años de cansancio que llevaba puestos, y nos quedamos un rato largo así, antes de nada, solo encajados, respirando el mismo aire malo del cuarto.
A veces dos personas necesitan comprobar primero que caben.
Solo después de comprobarlo se atreven con lo demás.
Lo demás fue lento y callado, y supo a despedida, aunque ninguno de los dos dijo esa palabra. Las despedidas no hace falta decirlas. Se notan en las manos. Las de Mateo, aquella tarde, me recorrieron como se recorre un sitio al que uno no sabe si va a poder volver: despacio, guardándoselo.
Se vistió cuando ya era de noche cerrada.
Tenía que volver. Tenía que aparecer por su casa antes de que su ausencia de toda una noche y un día entero se convirtiera, en la cabeza de Aurelio, en una respuesta.
Un Salcedo que falta es un Salcedo que ha elegido bando, y Mateo necesitaba todavía que el suyo no estuviera elegido a ojos de su padre, al menos hasta mañana.
—Vas a entrar en esa casa —dije, mirándolo abrocharse la camisa— y tu padre va a saber, nada más verte la cara, dónde has estado.
—Mi padre lleva treinta años sin saber leerme la cara.
Es lo único que le he ganado en la vida.
—Se ajustó el cuello. Por un segundo pareció lo que el pueblo cree que es: el heredero, el de la foto de la cooperativa—.
Mañana, en la plaza, voy a estar al lado de mi padre y de mi madre, con la sonrisa puesta, sirviéndoles miel a los vecinos.
No te fíes de esa estampa. Es el disfraz.
El de verdad lo has tenido hoy, aquí, en este cuarto.
Se fue cuando el molino entero ya era una sombra.
No nos dijimos adiós; ya lo habíamos dicho con las manos, y decirlo otra vez con la boca habría sido gastarlo.
Lo vi cruzar el puente de Remedios, el mismo puente que crucé yo corriendo hace diez años sin saber que lo cruzaba, y meterse en lo negro camino del pueblo, camino de su padre, camino de la foto.
Me quedé sola en el cuarto del grano. Remedios me trajo una manta y no me trajo conversación, que es lo que se le agradece a Remedios. Y en aquella soledad pude por fin hacer lo que llevaba todo el día sin poder hacer con Mateo delante. Trabajar.
Mañana, en la plaza, iba a tener enfrente a Aurelio Salcedo. Y Aurelio Salcedo iba a tener enfrente a una mujer sin una sola prueba en la mano, con la verdad nada más que en la boca. Y la verdad en la boca, contra un hombre con un pueblo comprado, no es un arma. Es un ruido.
Yo no pensaba bajar a esa plaza a hacer ruido.
Lo que Aurelio Salcedo le temía a Aroa hace diez años estaba dentro de una caja, en una casa del monte, sola, y me quedaban unas pocas horas de noche para llegar hasta ella antes de que se me echara encima la Fiesta.
Me levanté del catre y busqué mis zapatos.