Miel y Veneno Capítulo 28
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Capítulo 28

Mateo me alcanzó antes de la primera revuelta del camino.

No le oí, claro. A Mateo no se le oye. Lo supe porque el monte, que bajaba conmigo callado y negro, dejó de estar vacío a mi espalda, igual que había dejado de estarlo una hora antes, arriba, junto al brocal.

Este hombre lleva media vida apareciéndoseme por detrás.

Tendría que haberme acostumbrado. No me he acostumbrado.

—No bajes la voz para nada que me vayas a decir —dije, sin dejar de andar—. No tengo nada que hablar contigo. Tengo que llegar a un pueblo.

—Lo sé. Y vas a llegar. Te bajo yo, que conozco este monte a oscuras y tú no. —Se puso a mi altura sin tocarme—. Pero por el camino me vas a oír. Me lo debes. No a mí. A las dos horas que llevas creyendo una cosa que no es.

Bajamos. Mateo medio paso por delante, marcándome dónde pisar, porque en aquel monte y de noche un tobillo roto es una sentencia, y los dos lo sabíamos sin decirlo.

A nuestra espalda y por encima, en los colmenares, los faros de la furgoneta de Quino se habían parado.

Quietos. Y unos faros quietos arriba eran peor que unos faros moviéndose, porque significaban un hombre fuera del vehículo, andando entre las colmenas muertas, mirando el suelo, encontrando un brocal con dos juegos de huellas frescas en el polvo.

A media ladera, Mateo me cortó el paso con el brazo. No con la mano: con el brazo entero, de través, como se para a alguien de verdad. Abajo, en el camino bueno, el que sí usa la gente, habían aparecido otras luces. Un coche, parado, con los faros apagándose despacio. Esperando.

Nos agachamos los dos detrás de un majano de piedras, hombro contra hombro, sin respirar fuerte.

Y en aquella postura absurda, escondidos como dos críos a los que van a pillar, fue donde Mateo me contó por fin la verdad.

A lo mejor hacía falta eso. A lo mejor hay cosas que solo se pueden decir agachado, en voz muy baja, con la boca casi pegada a la oreja del otro, mientras dos juegos de faros te buscan en la oscuridad.

—Te dije arriba que sellé el pacto con mi padre por una sola razón —empezó, la voz hecha un hilo contra mi oído—.

Y que no era la que tú habías dicho. Esta es.

Aquella noche, cuando subí al pozo y me encontré a mi padre arriba y a tu hermana abajo, y te encontré a ti, hice lo que tú llevas seis meses haciendo.

Me puse a pensar como piensa la gente que va a venir a investigar esto.

En frío. Y vi una cosa antes que ninguna otra, y la cosa me dejó sin aire.

—¿Qué viste?

—Que el cadáver de aquel pozo no iba a ser nunca el problema de mi padre. Iba a ser el tuyo.

Me volví a mirarlo en lo oscuro, aunque no se veía gran cosa.

—El tuyo, Aroa. Piénsalo con la cabeza que tienes ahora, no con la que tenías a los dieciocho.

Una chica de dieciséis años aparece muerta en el fondo de un pozo seco.

¿A quién mira primero la Guardia Civil? A la familia.

A los más cercanos. Y entre los más cercanos, ¿a quién antes que a nadie?

A la hermana mayor. A la hermana mayor que tres días antes de aquello se había peleado con la muerta a gritos en mitad de la plaza, al lado de la fuente, delante de medio Valdecolmena.

Y aunque Mateo no lo dijo para hacerme daño, me lo hizo, porque la pelea subió.

Subió entera, del modo en que me suben las cosas últimamente, sin avisar.

Una tarde del final de aquel verano. Olalla con dieciséis años recién hechos y la barbilla alta, diciéndome que me estaba metiendo donde no debía meterme, que aquello iba a terminar mal.

Y yo, con dieciocho y con toda la razón del mundo encima, que es la peor clase de razón que hay, contestándole algo.

La frase no la tengo. La cara que puso al oírla, sí.

Esa la tengo entera y la voy a tener siempre.

Le dije una cosa cruel a mi hermana al lado de una fuente, y tres días más tarde se me cayó a un pozo, y entre una cosa y la otra no encontré el momento de pedirle perdón.

Arriba, un haz de luz barrió la ladera por encima de nuestras cabezas. Quino, con una linterna. Nos quedamos los dos de piedra contra el majano hasta que el haz pasó de largo y se llevó su trozo de noche a otra parte. Mateo esperó tres respiraciones más antes de seguir.

—La pelea la había visto el pueblo entero —dijo—.

Y esa misma noche, la noche en que tu hermana muere, la hermana mayor se va.

Sin avisar a nadie, sin aparecer en el entierro de su hermana.

Y no vuelve a pisar Valdecolmena en diez años.

—Hizo una pausa, de las suyas, para que yo lo colocara sola.

Lo coloqué. Fue espantoso colocarlo—. Tú no necesitabas que mi padre te inventara nada, Aroa.

Tú ya venías inventada de fábrica. La hermana que se había peleado con la muerta y que huye del pueblo la misma noche en que muere.

A mi padre le habría bastado con no hacer nada.

Con dejar que las preguntas se hicieran ellas solas.

Y esas preguntas, hechas solas, te señalaban a ti y no paraban hasta el final.

—Y eso se lo dijiste a él.

—Eso se lo dije a él. Aquella noche, arriba, con tu hermana todavía sin sacar del pozo.

Tenía veinte años y le estaba negociando un trato a mi padre por encima de un cadáver.

Esa es la clase de hombre en la que me convertí esa noche.

En uno que, delante de una niña muerta, es capaz de calcular.

—Tragó—. Le dije: tú vas a dejar que esto sea un accidente.

Para siempre. No un accidente cómodo este mes y ya veremos: para siempre.

Aroa no va a existir dentro de esta historia.

Nadie la busca, nadie la nombra, nadie le hace una sola pregunta nunca. Y a cambio, le dije, me tienes.

—¿Cómo que te tiene?

—Entero. —La palabra cayó en el hueco que teníamos detrás y no hizo fondo—.

Mi padre llevaba años queriendo que yo fuera una pieza concreta de su tablero, el hijo que firma lo que hay que firmar y sale en la foto de la cooperativa.

Y yo llevaba años diciéndole que no, que yo me iba, que mi vida no era esa.

Aquella noche le dije que sí. Le di lo único que de verdad le importaba en el mundo, que era yo, para lo que él quisiera y durante el tiempo que él quisiera.

A cambio de que tú salieras de aquí limpia y no volvieras a ser sospechosa de nada.

Me quedé mirando el majano que teníamos delante. Las piedras que alguien había ido amontonando allí durante años, una encima de otra, para limpiar de estorbos un campo. Así. Así se levanta un muro de verdad. Piedra a piedra, y diez años.

—El muro —dije—. El muro eras tú.

—El muro era yo. Yo era el precio. —Mateo hablaba ya muy bajo y muy cansado, como quien termina un trabajo largo—.

Y mi padre lo pagó a gusto, que es la parte que más me cuesta contarte.

Lo aceptó casi con alivio. Pero solo casi.

Porque conmigo dentro, callado y firmando lo que él me pusiera delante, mi padre se quedaba tranquilo nada más que a medias.

Un hombre que ha hecho lo que hizo él no vuelve a dormir entero.

Llevas seis meses cenando en su mesa, mirándolo de reina a reina. ¿No le has visto el miedo?

Y lo había visto. Claro que lo había visto.

Aquella noche, en el comedor grande de los Salcedo, hubo un momento, uno, en que Aurelio dejó el cuchillo en el plato un segundo de más, y se le pasó algo por la cara, y yo lo aparté como se aparta una mosca, porque no encajaba con el patriarca, porque los patriarcas no tienen de eso.

Pues lo tenía. Lo tenía, y yo lo vi sin querer verlo.

—Aurelio Salcedo lleva diez años con miedo —dijo Mateo—.

Miedo de mí, que sé lo que sé. Y, desde que tú bajaste de aquel autobús con tu maleta y tu apellido nuevo, miedo de ti.

Esa furgoneta de ahí arriba no es la furgoneta de un hombre poderoso, Aroa.

Es la de un hombre asustado. Y un hombre asustado, con dinero y con un pueblo entero debiéndole el jornal, es la cosa más peligrosa que hay en este valle.

No dije nada durante un rato largo. Abajo, el coche que esperaba seguía esperando.

Arriba, Quino seguía andando entre las colmenas muertas, buscando.

Y yo, en medio de los dos, agachada detrás de un montón de piedras, tenía que volver a recoger del suelo todas las piezas de mi propia vida y colocarlas del derecho.

Esta vez la pieza que había que girar no era una pieza. Eran casi todas.

Llevaba diez años llamándome superviviente.

La que se salvó. La lista, la que tuvo el instinto y las agallas de salir corriendo, rehacerse lejos y volver fuerte.

Y resulta que yo no me salvé. A mí me salvaron.

Me salvó un chico de veinte años que se metió en mi sitio dentro de la jaula para que yo pudiera salir, y que después tuvo la decencia, o la condena, de no contármelo jamás.

De no cobrármelo. De dejar que yo me creyera fuerte, libre y dueña de una vida que en realidad había pagado él.

Diez años de Vera. Diez años de nombres nuevos y de un oficio que se me daba bien.

Diez años de no necesitar a nadie y de mirar al resto del mundo por encima del hombro, porque yo sí había sabido sobrevivir.

Toda esa vida me la había regalado, sin tarjeta y sin firma, el hombre que estaba agachado a mi lado en la oscuridad.

La vida que él me había prometido a sí mismo a los veinte, una vida fuera de aquí, lejos de la miel y del apellido, esa la había metido en el pozo aquella noche al lado de mi hermana, y se había quedado a vivir la mía dada la vuelta: sin salir, sin hablar, sin ser nada más que el hijo de su padre.

Y yo había cogido el regalo, esa vida comprada con la suya, y la había usado para volver a Valdecolmena a odiarlo con método.

Y había algo peor todavía, y tardé en atreverme a mirarlo de frente.

Llevaba seis meses cavando en los papeles y en mi propia cabeza.

Seis meses tirando de hilos. Y cada hilo del que yo tiraba era un hilo de la red que él había tejido para sujetarme a salvo.

Mi investigación entera, mi venganza tan bien planeada, no había sido otra cosa que la demolición, paciente y orgullosa, de lo único que un hombre había construido en su vida para protegerme.

Tendría que haberle dicho algo. Lo siento, o gracias, que en boca de quien no sabe cuál de las dos toca son la misma palabra.

No me salió ninguna. Lo que hice fue una cosa pequeña y, para mí, descomunal.

En lo oscuro, detrás del majano, le busqué la mano.

La mano que me había sacado del pozo. La que llevaba diez años firmando lo que Aurelio le ponía delante.

Se la cogí. Se la apreté. Y noté que él contenía el aire, porque hacía dos horas yo le había quitado esa misma mano de mi brazo como se aparta algo sucio.

No era perdón. El perdón, si es que llega algún día, no se da agachado tras un majano con dos coches peinándote el monte.

Era una mano reconociendo a otra. Era decirle, sin gastar las palabras que allí no se podían gastar, que ya sabía quién había levantado el muro y por qué, y que esta vez no me iba a equivocar de bando.

Por el este, detrás del monte, el cielo empezaba a perder el negro. Se nos terminaba la noche, y con la noche, el escondite.

—Falta una cosa —dije, soltándole la mano—.

La del medio. Me has contado lo que hizo tu padre, y lo que hiciste tú.

Pero no me has contado lo primero de todo.

El porqué. Por qué subió mi hermana a ese monte aquella noche.

Qué se le había perdido a una cría de dieciséis años en los colmenares viejos, de noche y sola.

Mateo tardó. Y por primera vez en toda la conversación, lo que vino detrás de su tardanza no fue una verdad. Fue un hueco.

—No lo sé —dijo—. Te juro por lo poco que me queda que no lo sé.

Es la pieza que a mí también me falta. Olalla no tenía nada que hacer en ese pozo.

No tenía nada que ver con nada de esto. Llevo diez años sin entender qué subió a buscar tu hermana a ese monte.

Y el único que estuvo allí arriba antes que ella, el único que puede saberlo, es mi padre.

Me puse de pie detrás del majano, despacio, con las rodillas agarrotadas de frío y de cargar a oscuras con todo aquello.

Abajo seguían las luces quietas del pueblo.

Mañana, farolillos y la plaza llena. Mañana, en algún punto de esa plaza, entre la tómbola y los puestos de miel, un viejo asustado que llevaba diez años con la última respuesta guardada debajo de la lengua.

—Pues entonces ya sé a qué bajo —dije.