Miel y Veneno Capítulo 27
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Capítulo 27

Mateo tardó en empezar lo que tarda un hombre en saltar desde un sitio alto. El tiempo justo para arrepentirse dos veces y saltar igual.

Estábamos los dos de pie junto al brocal, en mitad de la noche, con la media luna por testigo y mi hermana debajo.

Yo le había hecho la pregunta dos veces.

La segunda, sabiendo ya lo que él me había advertido: que lo que iba a oír no iba a poder dejar de saberlo nunca.

Aun así se lo pregunté. Hay cosas que una prefiere que le pesen a saberlas antes que pesarle el agujero de no saberlas. Lo aprendí tarde, pero lo aprendí.

Mateo miró el pozo. Miró el camino. Y empezó.

—Lo único que el atestado cuenta sin mentir es la caída —dijo—. Tu hermana se cayó a este pozo. Nadie la empujó. Esa parte es verdad, y es la única parte que lo es.

Esperé. Con Mateo, cuando de verdad va a hablar, lo peor que puedes hacer es ayudarle. Se le tuerce.

—La caída no la mató —siguió—. Un pozo seco no es tan hondo como parece de noche. Olalla se rompió algo abajo, una pierna, la cadera, eso no lo sé con seguridad. Pero no se mató al caer. Se quedó viva ahí dentro. Viva y despierta, Vera. Un rato largo.

Me oí la voz salir muy igualada.

—¿Cuánto es un rato largo?

—El suficiente para que, si alguien hubiera bajado una cuerda, hoy tú no estarías subida a este monte. El suficiente para todo. —Tragó—. Ese es el dato que mata, no la caída. Tu hermana no se murió de caerse. Se murió de tiempo. De que el tiempo fuera pasando y nadie hiciera nada con él.

—Había alguien aquí arriba —dije. No era una pregunta. Empezaba a no necesitar que lo fueran.

—Sí.

—Y ese alguien oyó a mi hermana pedir ayuda desde el fondo de un pozo, y no bajó una cuerda.

—No.

—Dime el nombre, Mateo.

Y lo dijo. Llevaba diez años sin pegar aquel nombre a esta noche, a esta piedra, y lo despegó de donde lo tuviera guardado y lo puso encima de la mesa, bajo, sin una sola vuelta de adorno, como se deja un peso exacto en el suelo de cemento.

—Mi padre.

Aurelio Salcedo. El patriarca de la miel.

El hombre que me había sentado a su mesa una noche de este mismo invierno, que me había servido vino de su propia bodega y me había mirado por encima del pan partido como se mira a un animal del que aún no sabes si muerde.

Aquel hombre había estado de pie aquí, en esta misma piedra que yo acababa de soltar, con mi hermana de dieciséis años viva y rota en el fondo.

Busqué a Aurelio en mi recuerdo de aquella noche.

Lo busqué con todas mis fuerzas, una cara, una sombra grande contra el cielo.

No había nada. El agujero se lo había tragado a él también, entero, y esa fue la primera cosa que me dio verdadero miedo de toda la conversación: que mi cabeza hubiera sido capaz de borrar de un sitio hasta al hombre que lo llenaba.

—Sigue —dije—. Quiero los cuarenta minutos. Todos.

—Yo no estuve aquí cuando ocurrió. Eso quiero que lo tengas claro, y no para limpiarme; para que entiendas de dónde sale lo que te estoy contando.

Yo subí después. Cuando llegué ya no había nada que hacer, y mi padre seguía aquí arriba.

Me lo contó él mismo, esa noche, con tu hermana todavía ahí abajo y la voz sin temblarle.

Esa es la parte que no le perdono, ni se la voy a perdonar mientras viva: que me lo contara sin que le temblara la voz.

—¿Qué te contó?

—Que tu hermana se había caído. Que la oía.

Que se asomó, igual que nos hemos asomado tú y yo hace un rato, y la vio, y la oyó pedirle que la sacara.

Y que entonces se puso a pensar. —Mateo dijo “pensar” como quien escupe una pepita—.

Mi padre no es un hombre de arrebatos, Vera.

Esa es su gran virtud; lo dice él, lo dice el pueblo entero.

Aurelio Salcedo no hace nada sin pensarlo despacio.

Y aquella noche, de pie en este brocal, con una cría pidiéndole ayuda desde abajo, se puso a echar la cuenta.

Lo que ganaba. Lo que perdía. Una niña de los Ledesma en un lado de la balanza, y en el otro el apellido, la cooperativa, y algo más que tenía mi padre aquella noche que perder y que tú todavía no sabes.

La balanza se quedó quieta del lado del que se queda siempre en esta familia.

No bajó ninguna cuerda. No fue corriendo a buscar a nadie.

Le dio la espalda a este pozo, bajó al pueblo andando y durmió.

Y por la mañana fue él en persona quien organizó que subieran a sacar, dijo, a la pobre cría de los Ledesma.

Llevo diez años con esas tres palabras clavadas en la cabeza. La pobre cría.

Me había soltado del brocal hacía rato. Ahora me alejé un paso más de él, de la piedra, de todo, porque el cuerpo me pedía espacio para lo que venía y no había espacio en ningún sitio.

Tendría que haber sentido alivio. Es lo que diría cualquiera que mirase esto desde fuera: que se me quitaba un peso de encima, que mi huida no la había matado, que no fui yo.

Y algo de eso bajó, una corriente fría por el centro del cuerpo.

Pero el alivio, cuando te llega con diez años de retraso y pisando un cadáver, no se parece al alivio.

Se parece a una habitación que te abren por fin y dentro hay otra habitación, peor.

Porque encima del no-alivio, sin esperar turno, subió lo otro. Y lo otro tenía la cara de Mateo.

—Tú lo sabías.

—Vera.

—No.No digas mi nombre como si eso contestara algo.

Contéstame con palabras. —Le oí a mi propia voz el filo y no quise quitárselo—.

Llevas diez años sabiendo esto. Sabiendo con nombre y apellido quién oyó a mi hermana pedir ayuda y se fue a dormir.

Y has dejado que el mundo entero lo llame accidente.

Has ido a las misas de aniversario con la cabeza agachada.

Te has sentado cada noche a la mesa de tu padre, enfrente del hombre que hizo eso, y le has pasado la sal. Diez años, Mateo.

Se le movió algo en la cara y no apartó los ojos.

—El pacto del que me hablaste, esa cosa que dices que llevas cargando, ese precio que pagas tú solo.

Ya sé lo que es. Es esto. Es callarte. Tu gran sacrificio de diez años ha sido tener la boca cerrada para que el pueblo no supiera que tu padre vale menos que el dinero que gana.

—Negué con la cabeza, y me dolió el cuello de hacerlo—.

El muro entero, Mateo. Todo lo que llevas medio año haciendo conmigo.

Yo me he dejado contar que me protegías a mí, y hasta esta noche, aquí, encima de ella, no lo he visto claro.

Tú no me protegías a mí. Protegías a tu padre.

Yo solo era la que tenía la pared más cerca.

Mateo encajó cada frase entera, sin levantar la mano para parar ninguna, que es lo que hace este hombre con los golpes que ha decidido que se merece. Cuando me quedé sin más, esperé la defensa. La conozco. “No fue así.” “Déjame que te explique.” El repertorio.

No usó el repertorio. Dio un paso hacia mí, sobre la tierra seca de los colmenares, y lo que dijo lo dijo muy despacio, eligiendo cada palabra, como se camina sobre hielo.

—Sellé aquel pacto con mi padre por una razón —dijo—.

Una sola. Y te juro por lo único que me queda que no es la que acabas de decir.

—Cogió aire—. Si me dejas contártela, vas a tener que recoger otra vez todas las piezas del suelo y volver a colocarlas.

Todas. Incluida tú. Sobre todo tú. Y te va a doler más que nada de lo de esta noche.

Pero te la voy a contar, porque me lo has preguntado encima de tu hermana, que es el único sitio del mundo donde no se puede mentir.

Cogió aire otra vez. Abrió la boca.

Y abajo, en la primera revuelta del camino viejo, ese por el que no sube un vehículo desde hace diez años, se encendieron dos faros.

Dos faros subiendo. Despacio, dando tumbos en los baches que el abandono le había abierto al camino, pero subiendo, decididos, hacia los colmenares. Hacia aquí.

Mateo los miró un segundo. Le bastó un segundo. No necesitó acercarse a leer la chapa para saber de quién era aquella furgoneta.

—Quino —dijo—. La furgoneta de la cooperativa. —Y luego, más bajo, casi para sí—: Mi padre no piensa esperar a la Fiesta.

—¿Eso qué significa?

—Significa que en el pueblo ya saben que tú no te has ido a ninguna parte, y que mi padre ha dejado de fiarse de que el asunto de la chica lo resuelva yo, y baja a resolverlo él.

—Me cogió del brazo. No fuerte. Urgente—.

Y significa que tú y yo bajamos de este monte ahora, por la cara de atrás, antes de que esos faros lleguen arriba.

Hay una manera. La conozco. Te saco como te saqué hace diez años, y discutimos lo demás cuando estés a salvo.

Te saco como te saqué hace diez años. Esa frase. Mateo no podía saber lo que esa frase me hizo por dentro, porque Mateo no tiene el plano entero de mi cabeza. Solo lo tengo yo, y solo desde hace un rato.

Hace diez años Mateo me sacó de este monte.

Me sacó, me escondió, me ayudó a desaparecer de Valdecolmena sin dejar rastro.

Y aquella desaparición tan bien hecha, tan a tiempo, fue el primer ladrillo del muro.

Sin Aroa en medio, sin la hermana que se había peleado con la muerta, sin la única testigo que había subido hasta el pozo, la historia del accidente se quedó de pie ella sola y no se cayó en diez años.

A mí no me sacaron de este monte para salvarme.

Me sacaron porque, fuera del cuadro, yo no estorbaba.

Esa era la última pieza. La que encajó de verdad esta noche en el brocal. Y resulta que no iba sobre Olalla. Iba sobre mí.

Le quité a Mateo la mano del brazo. Despacio. Sin rabia ya, que siempre es peor que con ella.

—No —dije—. No me vas a sacar. Ni tú ni nadie, nunca más.

Ya me sacaron una vez, y me pasé diez años creyendo que la cobarde que huyó lo había decidido sola.

—Señalé monte abajo, hacia las luces quietas del pueblo, hacia la plaza donde dentro de dos días iba a haber farolillos y una familia entera sonriendo delante de sus vecinos—.

Tu padre quiere resolver el asunto de la chica de noche, en un monte, sin nadie que mire.

Pues el asunto de la chica va a bajar solo al pueblo, con sus dos piernas, y va a esperar a tu familia a plena luz, el día de la Fiesta, con Valdecolmena entero delante. Que me resuelva allí, si tiene valor.

Mateo dijo mi nombre. Solo eso. Las dos sílabas, y dentro de las dos sílabas una pregunta y diez años.

No me volví a contestarle. Eché a andar monte abajo, hacia el pueblo, hacia la Fiesta. A mi espalda quedaron el pozo de mi hermana y el hombre que me quería, y, subiendo hacia los dos, dos faros que ya casi tocaban la cima.