Capítulo 26
A los colmenares viejos se sube por un camino que el monte lleva diez años comiéndose, y de noche se llega peor que de día. Pero yo ya no me podía permitir el día.
Quedaban dos días para la Fiesta. Dos días para que la tregua de Mateo se terminara de una manera o de otra, y yo no pensaba llegar a la Fiesta con un agujero todavía abierto en mitad de la cabeza. Una no entra en la última habitación de una casa con la linterna a medio cargar.
Subí con la abeja cerrada en el puño y media luna por encima, que es la peor de las lunas: la que te enseña lo justo para que tropieces con ello.
Olía a tomillo pisado y, por debajo de todo, espesa y dulzona, a lavanda.
Las hileras de lavanda que alguien plantó hace mucho para que las abejas de los Salcedo tuvieran de qué vivir, y que siguen ahí, dando flor para nadie, porque a estos colmenares hace diez años que no sube ni una colmena.
Subí despacio, parándome a escuchar el monte cada pocos metros, porque una mujer a la que el pueblo entero da por marchada no se puede permitir que la oigan ni las liebres.
Pero el monte, aquella noche, estaba de mi parte.
No había nadie. Solo yo, la cuesta, y diez años esperándome arriba.
El pozo está donde estaba. Las cosas como el pozo no se mueven.
Las movemos nosotros, las cambiamos de sitio dentro de la cabeza, las enterramos a paladas, pero ellas se quedan quietas esperando a que volvamos.
Un brocal de piedra, redondo, a la altura de la cadera, con la boca abierta a una oscuridad que no devuelve nada.
Seco desde antes de que yo naciera. En este pueblo todo da miel, y este agujero no daba ni agua, y por eso lo dejaron, y por eso fue siempre el sitio perfecto para que en él no pasara nunca nada.
Vine una vez, al poco de llegar. Aquel día apoyé las manos en este brocal y no entendí por qué me temblaban. Esta noche he subido a propósito a ponérmelas encima.
Las puse. Las dos palmas abiertas sobre la piedra, los dedos doblados hacia el borde de dentro, hacia el vacío, y esperé como había aprendido a esperar los destellos. Sin forzar. Dejando que el sitio hablara.
El sitio habló. Habló de golpe, sin la cortesía con que me habían venido las otras cosas, como habla quien lleva diez años callado y ha perdido la costumbre de hacerlo bajito.
Subí por este mismo camino hace diez años, de noche, con dieciocho años recién cumplidos y el día cayéndoseme encima color de lavanda.
Eso ya lo tenía. Eso me lo había devuelto el monte semanas atrás, antes de que yo entendiera que el monte me estaba devolviendo algo.
Lo que se había guardado para esta noche, para este brocal, era lo que venía después de la cuesta.
Venía el teléfono.
Subiendo por aquí, hace diez años, me sonó el teléfono en el bolsillo.
Sonó. Se calló. Volvió a sonar. Lo noté vibrar contra la pierna y no lo cogí.
No me preguntes por qué; las chicas de dieciocho años no cogen ciertas llamadas por razones que a los veintiocho ya no se sostienen de pie.
Estaría enfadada. Tendría prisa. El caso es que dejé el teléfono sonando en el bolsillo mientras subía, terco, una vez y otra, y el nombre que parpadeaba en aquella pantalla, el nombre que llevo diez años sin permitirle leer a mi cabeza, era el de mi hermana.
Olalla me llamó aquella noche. Cuatro veces. Cinco. Y yo subía esta cuesta con su llamada temblándome contra la pierna y no se la cogí ni una.
Llegué hasta aquí. Hasta este brocal. Y aquí el monte me lo devolvió de golpe, sin darme tiempo, y tuve que agarrarme a la piedra para no irme yo también hacia delante.
Llegué, y me asomé.
La tercera cosa que me venía persiguiendo desde el principio, las manos sobre una piedra fría, tenía por fin un nombre, y el nombre era este brocal. Y la postura era la mía: dieciocho años, todo el peso del cuerpo echado hacia delante, asomada a la boca negra del pozo.
Mi hermana estaba en el fondo.
Un pozo seco, de noche, no tiene fondo para los ojos.
Tiene una garganta de piedra que se va estrechando hacia abajo y después ya solo negro.
Y en aquel negro había una mancha pálida, pequeña, quieta.
Olalla. No sé decirte si en aquel momento mi hermana estaba viva o si ya no lo estaba.
Ese es justo el primer dato que se traga el agujero, y no es por casualidad: la cabeza tapia antes que ninguna otra la puerta por la que no quiere volver a pasar.
El monte me devuelve cómo llegué hasta esta piedra.
Y me devuelve a Olalla abajo. Lo que hay entre una cosa y la otra no me lo devuelve.
Entre el momento en que me asomé y el momento siguiente que soy capaz de recordar no hay nada.
Un agujero. Un agujero limpio, barrido, con la forma exacta de lo que falta.
Cuarenta minutos.
Ese número lo conozco de antes. Lo tengo subrayado en mis propios papeles, en la copia del atestado que conseguí hace meses, cuando todavía creía que estaba investigando la muerte de otra persona.
En el atestado hay un hueco. Entre la última hora en la que alguien sitúa a Olalla con vida y la hora en que se dio el aviso pasan cuarenta minutos que ningún testigo cubrió jamás, que yo subrayé en rojo convencida de que ahí dentro estaba escondida la mentira de los Salcedo.
Y había una mentira escondida ahí dentro, sí.
La mía. El hueco de cuarenta minutos del atestado y el hueco de cuarenta minutos de mi cabeza son el mismo hueco.
Lo que le falta al papel le falta porque me falta a mí.
Yo soy el testigo que la Guardia Civil no encontró nunca. Yo soy los cuarenta minutos.
Llevo diez años contando esto mal, y lo más sucio es que lo contaba sin mentir.
Cuando alguien preguntaba, yo decía que mi hermana había muerto.
No dije nunca cuándo me enteré. No dije nunca “el día que supe lo de Olalla”, porque esa frase no existe.
No hubo un día en que me enterara. No hubo una llamada, ni una vecina parada en mi puerta con la cara torcida.
A mí nadie me dio la noticia de la muerte de mi hermana.
Yo estaba aquí. Yo me asomé a este brocal. La noticia no se da cuando se ha visto.
Lo siguiente que el monte me devuelve, ya al otro lado del agujero, es que voy corriendo.
Monte abajo, en lo negro, sin una idea en la cabeza, con las piernas haciéndolo todo por su cuenta.
Cruzo un puente. Sé que cruzo un puente porque una vieja sentada a oscuras me vio cruzarlo, aunque eso lo averigüé mucho después y por su boca, no por la mía.
Corro. La abeja de Mateo se me clava en la carne de la palma de tanto apretarla.
Y dejo el pueblo y el monte atrás, y dejo en el fondo de un pozo a mi hermana de dieciséis años.
Huí.
Esa es la pieza. La que llevaba diez años buscando con tanto método y tanto cuidado, la que le faltaba al puzle entero, la última. Subí a este pozo la noche en que se murió Olalla. Me asomé. Y eché a correr.
Llevo media vida ganándome el pan ordenando lo que pasó a partir de lo poco que queda.
Es un oficio honrado, dentro de lo que cabe.
Se aparta lo que no se sostiene, y lo que aguanta en pie, por feo que sea, es la verdad.
Así que hice mi trabajo una última vez, ahí, con las manos en el brocal, con mi propio caso encima de la mesa.
Lo que se quedó en pie fue esto. Una chica de dieciocho años no le cogió cinco llamadas a su hermana.
Subió a un monte. Encontró a esa hermana en el fondo de un pozo.
Y en lugar de bajar a aquel agujero a sacarla o a quedarse muerta con ella, esa chica dio media vuelta y echó a correr, y no paró de correr hasta diez años más tarde, en este mismo brocal, esta misma noche.
Un caso con un agujero de cuarenta minutos en mitad no se cierra.
Es la primera regla, la que le cobro a quien me paga.
No se condena a nadie por lo que ocurrió en un hueco que no vio ningún ojo.
Lo sé. Y aun así cerré el caso allí mismo, contra mi propia regla, porque hay algo que pesa más que las reglas: que mi hermana entró en aquel pozo con dieciséis años y yo salí de aquella noche con dieciocho y sigo aquí, respirando, diez años después.
Esa cuenta sale sola. No hace falta ver los cuarenta minutos para sumarla.
No vine a Valdecolmena a buscar a quien le hizo aquello a mi hermana. Vine, sin saberlo, a buscarme a mí. Seis meses me ha costado, pero ya puedo cerrar el expediente. Ya tengo a la culpable. La tengo agarrada a esta piedra con las dos manos y no va a ir a ninguna parte.
No le oí subir. A Mateo no se le oye nunca; este hombre cruza un monte como cruza una habitación, sin pedirle permiso al suelo. Lo supe porque la noche dejó de estar vacía a mi espalda. Una presencia quieta, a la distancia exacta del que no quiere asustar y tampoco quiere mentir sobre que está ahí.
—Hace diez años subiste por este camino —dije, sin volverme—. A buscarme. ¿Verdad?
Tardó en contestar. Cuando lo hizo, la voz le salió de un sitio gastado.
—Sí. Subí a buscarte. Te encontré aquí mismo, con las manos donde las tienes tú ahora.
—Y me sacaste.
—Y te saqué. Demasiado tarde para Olalla. A tiempo para ti.
Asentí con la cabeza, despacio, encajando la pieza en su hueco.
El coche de Mateo en los colmenares aquella noche.
La primera grieta del muro, la cosa por la que empezó a tirar todo el hilo.
Yo me lo había contado durante diez años como mejor me convenía: un Salcedo borrando las huellas de un crimen.
Y resulta que era un chico de veinte años subiendo de noche a un monte a sacar de allí a la chica que quería antes de que la encontrara cualquier otro.
Hasta esa pieza la había puesto yo del revés.
Me volví por fin a mirarlo. La media luna le daba en la cara lo justo para enseñarme lo que yo ya sabía que iba a encontrar: a un hombre que llevaba diez años esperando esta conversación y que, ahora que por fin había llegado, habría dado el brazo entero por que no llegara.
—Ya está, Mateo —dije—. Ya lo sé. Lo que protegías.
El muro, Remedios, todo lo demás. Lo entiendo, y hasta te lo agradezco, aunque llegue tarde para agradecer nada.
Protegías esto. —Me toqué el pecho con el puño cerrado, con la abeja dentro—.
Protegías que yo no llegara a saber que la culpable soy yo.
Que subí, que la vi en el fondo y que me fui.
Y entonces Mateo hizo una cosa que no entraba en ninguno de mis cálculos.
Negó con la cabeza.
Una vez. Otra. No fue el gesto del que consuela; ese gesto lo conozco, lo he hecho mil veces, el “no te tortures, no es para tanto”, el gesto barato y rápido.
Fue otro. Fue el de quien mira cómo te declaras culpable de un delito que él sabe que no cometiste, y no puede, todavía no, sacar la prueba que te dejaría libre.
—Vera. —Y se le partió algo pequeño en mitad de mi nombre—. Tú no mataste a Olalla.
—No me hagas esto. —La voz me salió dura, de operadora, la que reservo para los clientes que han venido a no oír su propia verdad—.
Aquí no. No me montes otra vez el número del muro.
Llevas diez años pidiéndome con mucho cariño que no mire.
Pues ya he mirado. Está todo ahí abajo. Lo he visto con mis ojos.
—Has visto la mitad.
Lo dijo mirando el pozo, no a mí. Tres palabras, y las tres cayeron dentro del agujero y no hicieron fondo.
La mitad. Le di vueltas a la palabra ahí de pie, con el frío del brocal subiéndome por los brazos.
Yo había bajado a mi propio pozo a oscuras, había sacado todo lo que había dentro, lo había ordenado, había firmado la sentencia.
Y este hombre, que estuvo, que lo vio con sus ojos, me decía que me faltaba la mitad.
O mentía para ahorrármela, que es lo que llevaba haciendo desde que me bajé de aquel autobús.
O era verdad, y entonces yo acababa de condenar a una persona con medio expediente encima de la mesa.
—Pues dame la otra mitad —dije.
Y ahí estábamos los dos, al fin, después de seis meses y de diez años, en el único sitio del mundo donde esta conversación se podía tener: encima del agujero, con mi hermana debajo. Yo con la mano abierta, pidiendo. Él con la boca cerrada sobre lo único que de verdad me debía.
Mateo miró el pozo. Miró el camino por el que se baja al pueblo, donde dentro de dos días iba a haber una Fiesta y una familia suya esperando que el asunto de la chica estuviera resuelto. Y miró, al final, la abeja que yo seguía apretando en el puño, la abeja que no se iba a ir nunca.
—Si te doy la otra mitad —dijo—, ya no vas a poder dejar de saberla en lo que te quede de vida. Como me pasa a mí. —Tragó —. Así que pregúntamelo otra vez. Pregúntamelo sabiendo eso. Y te lo cuento entero.
Le miré la mano. La misma que me había sacado de este pozo hace diez años y que ahora me ofrecía la única cosa capaz de volver a meterme dentro.
Y se lo pregunté otra vez.