Miel y Veneno Capítulo 25
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Capítulo 25

Hay una cosa que llevo encima desde hace más años de los que he llevado cualquiera de mis nombres. Cabe entera dentro de un puño cerrado. Pesa menos que una llave.

Es un trozo de ámbar del tamaño de una avellana, y dentro tiene una abeja.

Una abeja de verdad, entera, con las alas todavía abiertas, detenida para siempre en el gesto exacto de irse.

Lleva atrapada en esa gota dorada un número de años que no se cuenta con los dedos.

Y yo la llevo atrapada a ella desde hace diez justos.

Durante esos diez años me he contado que el ámbar era de Olalla.

No es que me lo creyera del todo. Es que no lo miraba.

Lo tenía, sin más. Lo cambiaba de ciudad y de nombre, y cada vez que la mano daba con él en el fondo de un bolso, la mano decía “Olalla” y yo la dejaba decirlo y pasaba a otra cosa.

Una pieza de mi hermana muerta. Lo único que me traje de Valdecolmena que mereciera la pena traerse.

Esa era la historia. Y era una historia limpia, de las que se pueden contar en voz alta sin que se rompa nada por dentro, y por eso me sirvió tanto tiempo.

Lo que tienen las historias limpias lo aprendí la semana pasada, a oscuras, en aquella cama. Que son tapas. Y que debajo de las tapas, ya me lo había avisado una vieja desde un puente, hay siempre un pozo.

Así que aquella mañana, con Mateo abajo en el pueblo haciendo de hijo, saqué el ámbar de donde lo guardaba, lo puse en la palma de la mano, a la luz cruda de la ventana, y por primera vez en diez años lo miré como miro las cosas cuando estoy trabajando.

Sin la historia puesta encima. A ver qué decía la pieza por sí sola, si la dejabas hablar.

Lo primero que dijo fue que estaba caliente.

El ámbar hace eso. No es como la piedra.

La piedra te roba el calor, te lo quita y no te lo devuelve nunca; el ámbar te lo guarda.

Lo coges frío y al rato te está devolviendo en la palma una tibieza que parece suya y es tuya, es la que le has prestado tú.

La mano se acuerda de esa tibieza mucho antes de que la cabeza se acuerde de nada.

Y mi mano se acordaba. Mi mano llevaba diez años acordándose, en silencio, por su cuenta, de una cosa que la cabeza había tapiado a conciencia.

Y entonces vino. Igual que habían venido los otros, los tres, solo que este no vino con un olor ni con un sonido.

Vino con el peso. Con la tibieza exacta de aquella gota en la palma de una mano que todavía no era del todo la mía: una mano de dieciocho años, abierta, y otra mano más grande cerrándomela desde fuera, doblándome los dedos uno a uno alrededor del ámbar para que no se viera.

Porque lo que se ve en Valdecolmena se sabe, y aquello, entonces, no se podía saber.

Una mano de hombre joven. Una mano que olía a cera y a humo de ahumador por mucho que se la lavara, porque hay olores que ya no salen, que se quedan a vivir dentro de quien los trabaja. Conozco esa mano. La tengo cada noche, en esta casa, midiéndome la frente mientras finjo que duermo.

Me dio el ámbar Mateo.

Mateo, hace diez años y un verano, en un sitio del monte donde nadie nos veía, me puso en la mano una abeja muerta guardada dentro de miel endurecida y me cerró los dedos encima.

Y me dijo algo. Eso también subió, subió entero, con la voz que él tenía entonces, que es esta misma con menos kilómetros encima.

Me dijo que aquella era una abeja que no se iba a ir nunca.

Que todas las demás se van. Que esa, no.

Diez años después puedo dar el parte. De los que estábamos aquella tarde en aquel monte, dos personas y una abeja muerta, la abeja es la única que cumplió su palabra.

Me quedé un rato largo con el ámbar quemándome despacio la palma, porque faltaba la segunda parte, y la segunda parte era peor que saber de quién era. La segunda parte era cuándo lo había tenido en la mano por última vez antes de empezar a llevarlo a secas, como se lleva una piedra, sin mirarlo.

Lo tuve aquella noche.

Para eso no me hizo falta cavar. Subió solo, pegado a los otros tres, encajado entre ellos como la pieza pequeña que cose las grandes.

La abeja dentro del puño. Los bordes del ámbar clavándoseme en la carne de la palma de tanto apretar.

Apretaba esto. Apretaba esta abeja que no se iba a ir nunca mientras el día se caía y olía a demasiada lavanda y un teléfono sonaba para mí en la oscuridad y yo no lo cogía.

Lo tenía en el puño la noche en que se murió mi hermana.

Lo apretaba como se aprieta lo único que te queda en la mano cuando todo lo demás se está yendo al fondo de un sitio del que no se vuelve.

Mateo subió al anochecer, como subía siempre. Y yo no guardé el ámbar.

Lo dejé donde estaba, en la palma abierta, encima de la mesa de la cocina, debajo de la luz.

Quería ver qué hacía su cara con él. Llevo media vida leyéndole a la gente las manos y la cara en el momento exacto en que se le pone delante una cosa que no esperaba; es la parte honrada de mi oficio, puede que la única.

Y la cara de Mateo, cuando empujó la puerta con el pan debajo del brazo y vio lo que había en la mesa, hizo algo que yo no le había visto hacer nunca.

Ni cuando lo acusé. Ni cuando me encerró en esta casa.

Se quedó sin un sitio en el mundo donde ponerse.

Dejó el pan en la encimera. Despacio, como si el pan pudiera romperse al tocar la piedra. No se acercó a la mesa.

—¿Dónde lo tenías? —dijo.

No “qué es eso”. La pregunta de alguien que sabe de sobra qué es y lo único que necesita averiguar es en qué bolsillo del mundo ha estado escondiéndose diez años.

—Encima —dije—. Lo he tenido encima diez años. En todos los bolsillos. Con todos los nombres. —Lo miré a él, no al ámbar—. Y durante diez años me conté que era de Olalla. Que era el único pedazo de mi hermana que conseguí salvar.

Mateo no dijo nada. Pero algo se le movió abajo, en la mandíbula. El gesto del hombre que recibe un golpe y decide, justo a tiempo, no devolverlo.

—Dilo tú —le pedí.

Y me oí la voz al pedírselo, y la voz no era la de la operadora. Era de otra. De una mujer que yo tenía tapiada todavía más adentro que la noche, en un cuarto al que llevaba diez años sin asomarme.

—Llevo toda la conversación dando vueltas alrededor. Dilo tú, que para algo lo pusiste tú aquí. —Levanté la palma con la abeja un par de centímetros de la mesa—. En esta mano.

—Te lo di yo —dijo Mateo.

Tres palabras. Las soltó como se suelta al suelo un peso que se ha cargado demasiado tiempo: sin alivio ninguno, solo con el cansancio viejo de haberlo estado cargando.

—Aquel verano. Antes de todo. Cuando lo único que teníamos tú y yo que esconder en este pueblo éramos tú y yo.

—Y por fin se acercó. Puso un dedo en la mesa, al lado del ámbar, sin llegar a tocarlo, como se señala una pieza detrás del cristal de un museo—.

La abeja la encontré yo. En un panal viejo de los colmenares de arriba, ahogada en su propia miel, y la miel se le había endurecido alrededor, clara, limpia.

Tardé casi un mes en lijar aquello para que se le viera bien la abeja.

Te lo di porque no se me ocurrió en el mundo nada más bonito que darte, y porque tenía dieciocho años y era un idiota.

—Veinte —dije—. Tenías veinte. La idiota de dieciocho era yo.

Casi se ríe. No le llegó a salir. Pero la boca le hizo todo el camino, y por un segundo, en aquella cocina, fuimos otra vez los dos imbéciles a los que solo les hacía falta esconderse a ellos mismos.

—Lo has guardado —dijo después. No lo preguntaba.

Lo constataba en voz alta, delante de mí, como quien repasa una cuenta que no le sale—.

Diez años. Tres nombres. Yo te hacía lejos, olvidándome a propósito, que es lo que yo habría querido para ti.

Y resulta que has estado todo este tiempo cargándome en el bolsillo como una piedra de mechero.

—Tragó—. No sé si eso es bueno. Para ti, digo. No sé si eso te ha hecho algún bien.

—No me lo ha hecho —dije.

Era verdad. Y aun así ninguno de los dos apartó los ojos de la abeja.

El museo duró lo que dura todo aquí. Poco. Porque detrás de la abeja, y detrás del verano, y detrás de los dos críos que fuimos, estaba lo otro. Y lo otro entró en la cocina sin llamar, como entra siempre.

—Lo tenía en la mano aquella noche —dije.

Mateo dejó de mirar el ámbar. Me miró a mí. Tardó en contestar lo que tarda un hombre en decidir si una puerta se abre o se vuelve a clavar.

—Lo sé —dijo.

Y con dos palabras se me cayó otro tramo de suelo.

Lo sabía. Pues claro que lo sabía. Mateo sabía que yo tenía su abeja apretada en el puño aquella noche por el mismo motivo por el que lo sabe todo de aquella noche.

Porque estuvo. Porque hubo un momento, dentro de lo más negro de lo que yo todavía no consigo ver entero, en que este hombre me miró las dos manos y vio lo que yo estaba apretando con ellas.

—¿Es por esto? —pregunté. Y no hizo falta aclarar por esto el qué; llevábamos media conversación entendiéndonos sin nombrar los sujetos—. ¿Por una abeja dentro de una gota de miel llevas diez años levantándome un muro alrededor de la cabeza? ¿Esto es lo que proteges?

—No protejo una abeja, Vera.

—Pues dime qué proteges. Dilo de una vez. Estamos los dos solos en mitad de un monte. Aquí ya no queda nadie a quien guardarle las apariencias.

No me lo dijo. Otra vez no. Pero esta vez, en lugar de cerrar la boca y bajar los ojos al suelo, hizo una cosa peor.

Rodeó la mesa. Vino hasta donde yo estaba de pie, me cogió la mano del ámbar entre las dos suyas y volvió a cerrarme los dedos encima.

El mismo gesto exacto de hacía diez años.

Las manos se acuerdan. Las manos de los dos se acordaban a la vez, y eso, en aquella cocina, dolía más que cualquier cosa que se hubiera podido decir en voz alta.

—Te queda poco —dijo, muy bajo.

Por un momento creí que hablaba del ámbar. De mi memoria. De la cuenta atrás que yo tenía corriendo dentro de la cabeza.

—La Fiesta es pasado mañana —siguió—. Mi padre lleva tres días preguntándome si el asunto de la chica está resuelto.

Y “resuelto”, dicho con la boca de mi padre, no significa una mujer escondida y a salvo en una casa del monte.

Esto que tenemos aquí tú y yo, esta tregua, esta casa, se termina pasado mañana.

De una manera o de otra. Te lo digo para que lo sepas, no para que decidas nada.

Tú ya tienes decidido. Se te ve. Se te ve desde Remedios.

Me soltó la mano.

—Sí —dijo, antes de que yo abriera la boca—. Sé que bajaste al molino. Sé que rompiste una ventana de mi propia casa para hacerlo. En Valdecolmena se sabe todo, ya te lo dije el día que llegaste. Hasta lo sé yo.

Nos quedamos los dos de pie en aquella cocina, con la abeja encerrada en mi puño y el puño encerrado en su recuerdo, sin decir durante un rato largo nada que se pudiera oír desde fuera.

Hay silencios que no son el vacío de las palabras.

Son otra manera de decirlas. Diez años caben enteros en un silencio de cocina, si el silencio es del bueno.

En algún momento de aquel, Mateo me apoyó la frente en la sien, igual que apoya en la pared el que ya no se sostiene de pie él solo, y yo le dejé.

No fue un beso. Fue dos personas sujetándose un rato la una contra la otra encima de un pozo, que es lo máximo a lo que Mateo y yo hemos podido aspirar nunca.

Yo había subido a este monte con un plan, y el plan era odiar a Mateo Salcedo con método y sin que me temblara el pulso.

Era un buen plan. La avería del plan la tenía en ese momento en la palma de la mano, calentándose: que antes del muro, antes de que existieran un pacto y una hermana muerta en el fondo de un pozo, hubo un chico capaz de pasarse un mes lijando una piedra para rescatarle una abeja a la miel, y hubo una chica que se guardó esa abeja y no la soltó nunca.

Y a esa chica nadie la había matado. Seguía aquí.

La acababa de oír hablar con mi voz, pedirle a Mateo la verdad con mi boca.

No se puede odiar limpio a un hombre del que llevas diez años cargando una abeja en el bolsillo. Esa había sido la avería desde el principio, desde el autobús, desde antes del autobús. Lo que pasa es que yo no había querido levantar el capó y mirarla de frente.

Pero —y este pero me lo dije con la voz de operadora, que para eso la tengo, para sostener los peros cuando todo lo demás se cae— que el amor fuera viejo y verdadero no volvía a Mateo inocente de nada.

Las dos cosas podían ser ciertas a la vez, y lo eran.

Mateo me había querido a los veinte y me quería ahora, en aquella cocina, con la abeja entre las manos.

Y Mateo llevaba diez años con la palma puesta en mi espalda apartándome con cariño de mí misma.

La abeja no borraba el muro. Solo lo hacía mucho más difícil de tirar abajo.

Aquella noche esperé a que Mateo se durmiera. Tardó. Un hombre que sabe que pasado mañana se le acaba la tregua no se duerme deprisa. Pero al final se durmió, con ese sueño desigual, a tirones, del que ha dejado de fiarse del suelo que pisa.

Me vestí en lo oscuro, sin encender. Me guardé la abeja en el puño cerrado, donde había estado aquella noche, donde llevaba diez años sin saber que quería estar. Y salí por la ventana del cuarto de atrás. Las tres tablas. La fe de mentira de los clavos. Todo el camino ya aprendido de memoria.

Tenía dos días. Tenía cuatro recuerdos con nombre —los tres destellos y la abeja— y tenía un hueco que seguía sin nombre.

Y caí en una cosa, parada en el umbral con el frío de la noche entrándome por el cuello.

Ninguno de aquellos recuerdos me lo había dado una persona.

No me lo dio Mateo, ni me lo dio la vieja del molino.

Me lo dio, cada uno, un sitio. El monte me devolvió la lavanda.

La piedra fría de esta casa me devolvió mis propias manos.

Faltaba subir al único lugar capaz de devolverme, de golpe y de una vez, todo lo demás.

Eché a andar monte arriba. Hacia los colmenares viejos. Hacia el pozo. A terminar de acordarme de pie delante del agujero donde se quedó mi hermana.