Capítulo 24 #2
El tercer pedazo tardó más en venir, y vino del revés de todos los demás. No me lo trajo un olor. No me lo trajo el tacto de una piedra. Me lo trajo el silencio.
La casa de Mateo, de noche, es de los sitios más callados en los que he dormido en mi vida.
No hay carretera cerca. No hay un vecino al otro lado de un tabique.
No hay tampoco un teléfono, porque Mateo me había quitado el mío la primera noche del encierro, con suavidad, sin levantar la voz, por mi bien, igual que me quitaba todo lo demás.
Y fue ahí, justo dentro de aquel silencio sin teléfonos, donde una madrugada, despierta, empecé a oír uno.
Un teléfono que sonaba. Y no paraba. Sonaba, se callaba el tiempo justo de tomar aire, y volvía a empezar. Terco. Una vez. Y otra. Y otra más. Llamando a alguien que no lo cogía.
Me senté en la cama de golpe, con el corazón desbocado, y agucé el oído contra la oscuridad de la casa.
No sonaba ningún teléfono. En kilómetros a la redonda, aquella madrugada, no había un solo teléfono sonando.
El que sonaba llevaba diez años sonando.
Estaba guardado en el hueco, debajo de “me fui”, y acababa de subir hasta la superficie con todo el resto.
Y detrás del sonido subió lo peor de la noche.
Subió una certeza. Una certeza física, instalada en mitad del pecho, dura como un hueso: que aquel teléfono me llamaba a mí.
Que era a mí a quien estaba buscando en lo oscuro.
Y que yo, parada en algún sitio, con el olor a lavanda todavía en la nariz y la última luz del día cayéndoseme encima y las dos manos abiertas sobre una piedra fría, lo estaba oyendo sonar.
Y no lo cogía.
Tres. Ya tenía tres.
Tres pedazos, y los tres del mismo lugar, y los tres de la misma noche.
Lo sabía por la manera en que encajaban unos contra otros.
Por cómo la luz que se moría en el primero se apagaba justo hacia la oscuridad en la que sonaba el segundo.
Por cómo las manos del tercero apretaban su piedra dentro de esa misma oscuridad.
No eran tres rarezas sueltas que yo hubiera ido arrastrando diez años por media España.
Eran tres ventanas pequeñas abiertas al mismo cuarto. Y el cuarto era una noche. La noche.
Y aquí es donde la mujer que se gana la vida con esto se sienta en el suelo, en lo oscuro, y hace la cuenta. Le guste o no le guste lo que le salga.
Yo tengo tres recuerdos de la noche en que mi hermana se cayó a un pozo.
Recuerdos. No suposiciones. No la versión de nadie, contada con la boca de nadie.
Recuerdos míos, con sus bordes y su temperatura.
Y un recuerdo es la única prueba que existe en el mundo que no admite ni media discusión sobre una cosa concreta: sobre que quien lo tiene estuvo delante.
No se recuerda un sitio en el que no se ha estado nunca.
No se recuerda el frío exacto de una piedra que no se ha llegado a tocar con la mano.
La memoria no regala nada. La memoria solo te entrega, años más tarde y el día que le da la gana, aquello que pagaste estando allí.
Lo lógico, llegada a ese punto, era aceptarlo.
Llevaba diez años aceptando piezas feas sin pestañear; es mi oficio.
Pero aquella no la quise. Aquella me pasé lo que quedaba de noche empujándola hacia fuera con las dos manos para que no me entrara del todo.
Buscándole una grieta. Otra explicación cualquiera.
Que si la lavanda la había olido en otro monte y en otro año.
Que si el teléfono me lo había traído un mal sueño.
Llevaba diez años de vida levantada ladrillo sobre ladrillo encima de una sola frase —“yo aquella noche me fui de Valdecolmena”—, y esa frase no era una pared más de la casa.
Era el suelo. Y con el suelo no se discute, porque el día que el suelo cede ya no quedan pies que plantar en ningún sitio, solo queda un lugar adonde ir, y es hacia abajo.
Pero el suelo había cedido. Lo noté ceder allí mismo, en aquella cama, en lo negro, sin hacer ruido. Y para agarrarme a algo ya no me quedaba nada.
Yo estuve allí.
Estuve en aquel monte la noche en que se murió Olalla.
Olí la lavanda de aquellas hileras plantadas para las abejas.
Vi caerse aquel día concreto por aquel cielo.
Oí un teléfono sonar para mí en la oscuridad y lo dejé sonar hasta que se cansó él solo.
Tuve las dos manos abiertas sobre el brocal de un pozo.
Estuve delante. Y a la mañana siguiente cogí una maleta, me marché del pueblo, y por el camino me conté a mí misma un cuento tan redondo y tan piadoso que conseguí creérmelo diez años seguidos.
Me quedé sentada en aquella cama, muy quieta, escuchando respirar a Mateo a mi lado. Dormía. O me dejaba creer que dormía. Descansaba tranquilo, o lo fingía muy bien, el hombre que llevaba medio año entero haciendo de muro entre aquella noche y yo.
Yo había creído que ese muro estaba puesto para tapar a su familia.
Para que yo no llegara nunca a lo que hizo Aurelio Salcedo, fuera lo que fuese, a la podredumbre de los de su sangre.
Me equivocaba. Llevaba medio año equivocándome de medio a medio.
Aquel muro no defendía a los Salcedo de nada.
Me tapiaba a mí. Me dejaba a un lado de la pared y a mi propia memoria al otro, para que las dos no nos encontráramos nunca.
Por eso me apartaba del archivo. Por eso me sacaba con una mano suave de la puerta de Remedios.
Cada vez que mis pasos olían el rastro y empezaban a tirar de él hacia arriba, ahí estaba Mateo, con un beso o con una cena, con lo que hiciera falta para girarme la cara hacia otro lado.
A Mateo no le quitaba el sueño lo que yo pudiera averiguar sobre el apellido Salcedo.
Le quitaba el sueño lo que yo pudiera recordar de la noche en que mi hermana se quedó en el fondo de aquel pozo.
Porque la testigo que llevo diez años buscando para el caso de Olalla —la única persona que estuvo delante de todo, de principio a fin, la que lo vio con sus propios ojos y sigue viva para contarlo— no está en ningún archivo ni en ningún sumario.
No me espera en ningún pueblo al final de ninguna carretera.
Duerme cada noche dentro de mi cuerpo. La testigo soy yo.
Y a esa testigo, ahora que por fin la había encontrado, todavía me quedaba por hacerle la única pregunta que de verdad daba miedo. La que llevaba diez años sin atreverme a formular porque mi cabeza, piadosa y cobarde, había tapiado el cuarto entero para que yo no pudiera ni acercarme a ella.
No qué viste.
Qué hiciste.