Miel y Veneno Capítulo 24
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Capítulo 24

Hay una manera de buscar dentro de la propia cabeza, y no se parece en nada a registrar una casa.

Una casa se deja registrar. Tiene cajones que se abren y polvo que falta donde una mano ha movido algo de sitio.

Una casa, en el fondo, quiere que la encuentres.

La memoria no quiere. La memoria, cuando ha decidido tapiar una habitación, no te deja ni el pasillo que lleva a ella.

Aquella primera noche, tumbada en la oscuridad al lado de Mateo, hice lo que llevaba diez años sin hacer.

Metí la mano en el hueco. Y la mano no encontró nada.

Nada de nada. Una superficie lisa y fría, sin un asidero donde clavar la uña, como la pared del fondo de un armario que tú creías que tenía fondo y resulta que no lo tiene.

La casa de Mateo tenía un horario, y el horario no era mío.

Lo marcaba él. Bajaba al pueblo cada mañana, con la luz todavía cruda, a hacer de hijo de los Salcedo, a dejarse ver, a sostener delante de Valdecolmena entero la idea de que la forastera se había vuelto a su tierra porque no le iba el clima.

Y subía cada anochecer, un poco más callado cada vez, con pan y algo de cena, con la cara del que ha pasado el día mintiendo y vuelve al único sitio donde ya no le hace falta.

Entre una cosa y otra, el día entero, la casa era mía. Mía y de la caja.

La caja seguía en un rincón del cuarto de delante, donde yo la había dejado.

Mi caja. La de la adolescencia de Aroa, la que había arrastrado conmigo diez años y media España, la que llevaba semanas sin abrir porque abrirla, a aquellas alturas, ya me daba una clase distinta de miedo.

La rodeaba. Pasaba por su lado para llegar a la ventana y volvía a pasar de vuelta, y la caja se quedaba ahí, cerrada, paciente, como se quedan las cosas que saben que vas a terminar volviendo a por ellas.

No te voy a contar las noches iguales que vinieron después.

Fueron varias. Varias noches metiendo la mano en el armario sin fondo y sacándola vacía, mientras abajo, en el valle, el calendario corría hacia la Fiesta y yo perdía la cuenta de los días dentro de aquella casa sin reloj.

Empecé a pensar que el hueco era un hueco de verdad.

Que debajo de “me fui” no había ninguna noche escondida porque no había pasado nada digno de esconderse.

Que Remedios no era más que una vieja con la cabeza llena del ruido del río, y que yo había bajado hasta el molino, y roto el encierro, y vuelto a subir, solo para que una desconocida me llamara mentirosa con palabras bonitas.

Dormía mal. Dormía como duerme quien tiene una pala en la mano y la tierra delante y no encuentra el sitio donde clavarla.

Y una tarde, no sé cuántas después, me pasó.

Había salido al umbral de la casa a respirar.

Lo hacía a esa hora, la hora en que el monte se pone de color de moneda vieja y empieza a refrescar, porque a esa hora ningún coche sube por la pista y una mujer escondida puede asomar la cara cinco minutos sin jugársela.

Estaba de pie en el quicio, con un hombro apoyado en la jamba de piedra, mirando cómo se le apagaba la luz al valle. Y me alcanzó el olor.

Lavanda. En aquel monte había lavanda, claro que la había, llevaba semanas oliéndola entrar y salir de la casa sin que me dijera nada.

Pero aquella tarde el olor no vino solo.

Vino acompañado. Vino con una luz pegada a él.

Una luz concreta, de un día concreto que se caía despacio por el cielo.

El olor a lavanda y el día cayéndose, los dos juntos, encajados el uno dentro del otro como dos piezas que llevaran diez años buscándose a tientas.

Y de pronto yo no estaba en el umbral de la casa de Mateo.

Estaba en otro sitio. Diez años más atrás. De pie en otra parte, con este mismo olor metido en la nariz y esta misma luz muriéndoseme delante, y el cuerpo entero, de los pies a la garganta, sabía que aquello no me lo estaba inventando.

Duró un segundo. Menos. Volví al quicio de la casa de Mateo con el corazón dándome golpes y la mano agarrada a la piedra de la jamba, como si el suelo se hubiera puesto a moverse.

Volví adentro. Me senté en el suelo, con el olor todavía prendido en la ropa, y le hice a aquello lo que le hago a cualquier pieza que me cae en las manos. Comprobar si es buena. Si miente.

Lo que uno se inventa es vago. Lo que uno se inventa se deja llevar, va dócil adonde tú lo empujes, cambia de forma si le conviene.

Aquello no se dejaba empujar. Tenía bordes duros.

Tenía una temperatura. La luz que traía dentro era la de una hora exacta de una tarde exacta del año, no la de “una tarde” cualquiera.

Y el olor no era lavanda a secas. Era demasiada lavanda.

Una cantidad de lavanda que no se da sola en el monte, que solo se junta en un sitio donde alguien la ha plantado a propósito, en hileras, para que las abejas tengan de qué vivir.

No me lo estaba inventando. Era un recuerdo. El primero. Y llevaba diez años teniéndolo guardado y diez años llamándolo cualquier cosa antes que por su nombre. Un mareo. Una manía mía.

A partir de aquella tarde dejé de esperar a que vinieran.

Fui yo a buscarlos. De día, con Mateo abajo, me sentaba en el suelo frío de la casa y trabajaba el hueco como se trabaja una cerradura vieja y oxidada.

Con paciencia. Sin forzar el mecanismo, porque el mecanismo forzado se parte. Esperando el clic.

El segundo no lo busqué. Me lo dio la propia casa.

Una mañana me agaché a recoger algo del suelo y apoyé las dos manos en el muro de piedra para incorporarme, y la piedra estaba fría.

Fría de una manera vieja. Fría como solo está la piedra que lleva años sin que le toque el sol.

Y el clic llegó antes de que yo lo llamara.

Las manos sobre una piedra fría. Mis manos.

No las manos de una sombra que Remedios vio cruzar un puente a oscuras.

Las mías. Abiertas, agarrando, apretando contra una piedra curva y húmeda, en lo negro de la noche, con todo el peso del cuerpo echado hacia delante.

Esa postura no es la de quien se apoya en algo.

Es la de quien se asoma. La de quien se cuelga sobre un borde para mirar una cosa que está muy abajo, en un sitio adonde no llega la vista.

Me quedé con las palmas pegadas al muro de Mateo, sin atreverme a despegarlas, porque supe dónde había sentido yo aquella piedra.

No diez años atrás. Hacía unas semanas. En el pozo seco de los colmenares viejos, el día que subí hasta allí sin saber por qué subía, apoyé las manos en el brocal, y se me revolvió todo por dentro.

Aquel día me dije que era el sitio. Que el sitio me daba algo.

Que los lugares donde se ha muerto alguien tienen esas cosas.

Mentira. El sitio no me daba nada. El sitio me devolvía.

Me estaba devolviendo, piedra contra piedra, una cosa que yo había dejado allí.

Aquella misma semana, una noche, Mateo se despertó.

O no dormía. Con Mateo nunca se sabe si duerme de verdad o si está ahí tumbado, quieto, dejándote creer que duerme para no obligarte a hablar.

Notó que yo estaba despierta a su lado, rígida, con los ojos abiertos clavados en un techo que no se veía, y me buscó la mano por debajo de la manta.

No la cogió de golpe. La encontró, la rodeó despacio con la suya, como se coge una cosa que se puede romper, o que se puede escapar.

—¿Dónde estás? —preguntó.

No me preguntó dónde había andado yo de día, ni qué había hecho con las horas. Me preguntó dónde estaba. En aquel mismo momento. Tumbada a su lado y a la vez a kilómetros y a años de aquella cama.

—Aquí —dije.

—No.—Me apretó la mano una vez, despacio, sin reproche dentro—. Llevas días yéndote. Te acuestas a mi lado y al rato ya no estás. Te metes tú sola en un cuarto, cierras la puerta por dentro y me dejas fuera. Lo noto, Vera. Noto la puerta.

Y tenía razón. Esa era la cosa insoportable de Mateo, la que llevaba seis meses sin saber perdonarle: que casi siempre tenía razón sobre mí.

Me estaba describiendo, sin saber que lo hacía, el trabajo exacto de todas mis noches.

Meterme yo sola en un cuarto cerrado —el suyo, el que él me había tapiado piedra a piedra a lo largo de diez años— y forzar la puerta desde dentro.

Y podría habérselo contado. Ahí estaba lo terrible.

Lo tenía al lado, en aquella cama estrecha, en aquella casa perdida en mitad del monte.

Tenía pegado a mi cuerpo, respirándome contra el pelo, al único ser vivo sobre la tierra que conocía aquella noche entera, de principio a fin, sin un solo hueco.

Lo que yo estaba sacando del pozo a ciegas y pedazo a pedazo, destrozándome las manos, Mateo lo tenía completo y ordenado. Le bastaba con abrir la boca.

Una pregunta mía. Una respuesta suya. Y se acababa.

No pregunté. No pregunté porque ya no me fiaba de nada que saliera de su boca, claro.

Pero había una segunda razón, más honda y más fea, y aquella noche, despierta en lo negro, me obligué por una vez a mirarla de frente.

No quería su versión. Aquella noche, rota y negra como fuese, era mía.

Era el último pedazo de Olalla que me quedaba en el mundo.

Y no estaba dispuesta a recibirlo masticado, ablandado, contado con la voz cuidadosa de un Salcedo que llevaba diez años decidiendo por mí cuánta verdad era yo capaz de aguantar.

La quería entera o no la quería. Aunque entera me costara la cabeza.

Mateo esperó. Esperó un buen rato, en silencio, con mi mano guardada dentro de la suya.

Y al final, viendo que yo no le daba nada, hizo lo único que sabe hacer cuando se queda sin palabras.

Se acercó más. Me puso la frente contra la nuca y se quedó así, pegado por fuera a una puerta cerrada, montando guardia delante de un cuarto en el que no le dejaban entrar.