Capítulo 23
A la casa de Mateo le encontré la grieta enseguida. Las casas son mi oficio. Lo que me costó no fue encontrarla, fue decidirme a usarla.
La puerta de delante la había cerrado bien.
La de delante se cierra siempre bien; es la que se mira.
Lo que no mira nadie, ni el que encierra ni casi nunca el que está encerrado, es el cuarto de atrás.
El cuarto de atrás de aquella casa tenía una ventana pequeña, a la altura del pecho, tapiada por fuera con tres tablas que alguien había clavado mucho tiempo atrás y sin demasiada fe.
Fui aflojando los clavos uno a uno, una mañana cada vez, las mañanas que Mateo pasaba abajo haciendo de hijo, con el atizador de la chimenea, y volviéndolos a dejar puestos por fuera de manera que la tabla pareciera clavada sin estarlo.
Esa es la única diferencia que hay entre una pared y una puerta: la fe de los clavos.
Tenía la salida lista desde hacía días. No la usé. Una sale de un escondite cuando tiene adónde ir, y yo, hasta la noche en que Mateo se sentó encima de mis papeles a hablarme de un pacto, no lo tenía.
Aquella noche me lo dio. No lo que él creía que me daba.
Me había enseñado la caja por fuera y se había guardado, otra vez, la llave de dentro, y me había pedido que parara, que soltara la pala, que lo hiciera por las dos no sé quiénes.
Y yo, despierta a su lado las dos noches siguientes, oyéndolo dormir el sueño tranquilo que le había salido desde que ya no me mentía del todo, llegué a una conclusión sencilla y sin rabia, o casi sin rabia.
A nadie se le suplica que suelte una pala inútil.
Si Mateo me rogaba que dejara de cavar, era porque cavando se llegaba a alguna parte.
Faltaba saber a cuál.
Y ahí estaba la segunda cosa, la vieja, la que llevaba medio año dándome vueltas por debajo sin que yo la mirara de frente.
Mateo me había apartado de Remedios. No una vez.
Siempre. Desde el primer mes. Cada vez que mis pasos torcían hacia el molino, aparecía una excusa, o una mano en mi espalda llevándome con suavidad hacia otro sitio.
Lo había hecho tantas veces y tan bien que yo había dejado de verlo, que es lo que les pasa a las cosas que se hacen bien.
A una vieja del molino no se aparta a nadie.
A una vieja del molino se la deja en paz, porque no tiene nada que dar.
Salvo que sí lo tenga.
La mañana después de que me hablara del pacto, en cuanto el coche de Mateo desapareció camino abajo, salí por la ventana del cuarto de atrás.
Y no eché a correr monte arriba, que era lo que el cuerpo pedía.
Bajé. Hacia el río. Hacia la única puerta de Valdecolmena que Mateo Salcedo se había ocupado de tenerme cerrada durante seis meses.
Bajé por el barranco, fuera del camino, pegada a la maleza.
Una mujer a la que el pueblo entero cree de vuelta en su tierra no puede pasear por la carretera.
Tardé hora y media en cubrir veinte minutos de trayecto; cada motor que oía a lo lejos me tiraba a la cuneta.
Aprendí esa mañana lo que pesa de verdad una mentira.
La mía —“se ha ido, no le iba el clima”— me obligaba a moverme por mi propio pueblo como un animal al que se le ha abierto la veda, y la había soltado yo, y la sostenía Mateo, y nos servía a los dos.
Agachada en una cuneta con el corazón en la garganta, no conseguí agradecerla.
El molino está donde el río se estrecha y los caminos del valle se juntan para cruzarlo por un único puente.
Quien quiera entrar o salir de Valdecolmena por el lado del agua, pasa por delante del molino.
Lo entendí allí, parada entre los juncos, mirando el edificio viejo de piedra mojada y la rueda quieta y verde de musgo.
Remedios no lo veía todo por bruja. Lo veía todo porque la vida la había sentado en el único sitio del pueblo por el que pasa todo.
Le habían dado, sin querer, el mejor puesto de vigilancia de Valdecolmena.
Y después se habían pasado diez años procurando que lo que veía desde él no le llegara a nadie.
Me vio llegar. Claro que me vio llegar; lleva ochenta años viendo llegar gente. Estaba sentada en un poyo de piedra junto a la puerta del molino, pelando una rama con una navaja, y no levantó la cabeza hasta que tuve los pies dentro de su sombra.
—Has tardado —dijo.
—¿Sabe quién soy?
—Sé quién eres desde el día que te bajaste de aquel autobús con la maleta y la cara de no ser de ningún sitio.
—Cerró la navaja. Tenía las manos como dos raíces secas—.
Lo sabe medio pueblo, niña. Lo que pasa es que en este pueblo saber y decir son dos pueblos distintos, y entre uno y otro no hay autobús que lleve.
—Vengo a que me cuente lo que vio.
—Todo el mundo viene a eso. —Se rió, y la risa le sonó a madera partiéndose—.
Y no ha venido nadie nunca. ¿Sabes cuánta gente ha subido estos doce escalones a preguntarme por aquella noche en diez años?
Ninguna. La gente cruza mi puente, me dice buenos días, Remedios, y sigue.
Nadie sube. ¿Y sabes por qué nadie sube?
—Dígamelo usted.
—Porque alguien se ha ocupado, con mucha mano izquierda, de que no haga falta subir.
—Volvió a abrir la navaja, ya sin rama que pelar, solo por tener las manos ocupadas—.
El hijo de los Salcedo. El callado. Diez años barriéndome la puerta.
Sin una mala palabra, eso se lo reconozco.
Pero donde yo voy a hablar, él ha hablado antes; y a quien me iba a escuchar, lo ha sentado primero a su mesa.
Una no se entera de que la han enterrado hasta que lleva años bajo tierra y nota que el aire le sabe a tierra.
Me senté en el poyo, a su lado, sin que me invitara. El río hacía su ruido. Aquella vieja era la prueba viva de algo que yo había tardado medio año en entender: que en Valdecolmena a la gente no se la hace callar tapándole la boca. Se la hace callar quitándole los oídos de alrededor.
—Aquella noche —dije—. La noche que murió mi hermana. ¿Qué vio?
Remedios no me contestó eso. Aquella mujer, lo fui aprendiendo frase a frase, no contestaba nunca lo que se le preguntaba. Contestaba lo de al lado, y te dejaba a ti el trabajo de hacer el camino.
—Tu hermana era una cría que se reía fuerte —dijo—.
¿Te acuerdas de cómo se reía Olalla? Se la oía desde el puente.
Yo, aquí sentada, sabía si las hijas de los Ledesma andaban sueltas por el pueblo nada más que por oír, o no oír, aquella risa.
—Giró la cabeza y me miró de frente por primera vez—.
La noche que dicen que se cayó al pozo, no oí la risa. Oí otra cosa.
—¿Qué oyó?
Me salió la voz más baja de lo que yo quería.
—Pasos. De noche cerrada, tarde, a la hora en que por ese puente no cruza ni el agua con prisa. —Hablaba mirando el río, no a mí—. Pasos que bajaban del monte y cruzaban deprisa. Me asomé, porque una se asoma. Y vi a una de las pequeñas de los Ledesma cruzar mi puente corriendo. Sola. A oscuras.
Me quedé muy quieta en el poyo de piedra.
—¿Cuál de las dos?
Y Remedios hizo entonces una cosa que no me he podido quitar de encima desde aquella mañana. Tardó en contestar. Una vieja que lo ha visto todo, que tiene una respuesta colgada para cada pregunta del mundo, se quedó un rato largo mirando correr el agua, buscando de verdad. Y al final dijo:
—No lo sé.
—¿Cómo que no lo sabe? Las conocía a las dos. Acaba de decirme que reconocía a Olalla solo con oírla reír.
—Por la risa la reconocía. —Se volvió del todo hacia mí.
Tenía los ojos viejos, pero no torpes—. La que cruzó mi puente aquella noche no se reía, niña.
No traía una cara que yo supiera leer. Iba con el pelo pegado a la cara y las manos negras, andando con los ojos al frente y sin ver nada, como andan los que vuelven de un sitio del que no se vuelve igual que se fue.
Ochenta años llevo viendo cruzar gente por ese puente.
Esa fue la única que cruzó sin parecerse a nadie.
Las manos negras. Me oí preguntar, y la pregunta me salió de un sitio mío que yo no gobierno.
—¿Negras de qué?
—De tierra. De tierra y de agarrarse a algo. —Remedios se encogió de hombros, un gesto pequeño y horrible—. Yo qué sé de qué. Yo solo le vi las manos.
Y por un segundo, parada entre los juncos de aquel río, sentí las mías.
Las palmas. Un frío que no era el de la mañana, un frío concreto, antiguo, de piedra, subiéndome desde las manos como si las acabara de despegar de algo.
Duró menos que un parpadeo. Se fue. Pero había estado, y yo no lo había llamado.
Remedios me estaba mirando las manos. Me estaba viendo mirármelas.
—Tú has venido hasta aquí —dijo— a que una vieja te cuente lo que vio una noche desde un puente, hace diez años.
Y te lo he contado, y no te sirve, porque lo que yo vi fue una sombra con el pelo en la cara.
Una sombra puede ser tu hermana. Puede ser cualquiera.
—Guardó la navaja en el delantal, despacio, como quien cierra un asunto—.
Pero hay una persona en el mundo entero que no necesita que yo le diga quién cruzó ese puente. Una sola. La que lo cruzó.
—Yo no crucé ningún puente —dije—. Yo aquella noche me fui de Valdecolmena. Hice la maleta y me fui. Yo no estuve en ningún monte aquella noche. Me fui.
—¿Te acuerdas de irte?
La pregunta me cayó encima como cae una viga mal sujeta.
—¿Cómo dice?
—Que si te acuerdas. De hacer la maleta y cerrar tu puerta.
De la cara del que te sacó del pueblo, si te sacó alguien.
—Remedios hablaba despacio ahora, y sin una brizna de crueldad, que era lo peor de todo—.
Llevas toda la conversación contestándome “me fui, me fui”, como quien reza un padrenuestro.
Yo te he preguntado por una noche entera y tú me respondes con dos palabras.
Una palabra no es un recuerdo, niña. Es una tapa.
Y debajo de las tapas, en este pueblo, hay siempre un pozo.
No me acordaba de irme.
Lo descubrí allí, de pie, delante de aquella vieja, buscándolo a la desesperada.
Tenía la palabra “me fui”, lisa, gastada de diez años de manosearla.
Y debajo de la palabra, donde tenían que estar las horas de aquella noche, no había horas.
Había un hueco. Un hueco limpio, barrido, con la forma exacta de lo que faltaba.
Y entonces, parada en aquel río, me encajó por fin la pieza que llevaba medio año teniendo en la mano sin saber que la tenía.
Mateo no me apartaba de Remedios para que yo no oyera lo que Remedios vio.
Remedios no vio gran cosa: una sombra, unas manos sucias.
Mateo me apartaba de Remedios porque Remedios, sin proponérselo, con cuatro palabras dichas desde un puente, me iba a hacer exactamente lo que me acababa de hacer.
Me iba a mandar a buscar hacia dentro. Me iba a señalar el hueco.
Mateo Salcedo, que dos noches antes me había enseñado el pacto envuelto para regalo y me había suplicado por las dos, llevaba seis meses haciendo una sola cosa con verdadero cuidado. Una sola, por encima de quererme y de tenerme encerrada. Mantenerme lejos de mi propia memoria.
Le di las gracias a Remedios. No sé si con la boca o solo con la cabeza.
Volví a subir el barranco, hora y media, cuneta tras cuneta, hasta la casa de piedra, y volví a colocar las tres tablas de la ventana por fuera con su fe de mentira, para que Mateo, al subir, se encontrara una pared donde yo tenía una puerta.
Y aquella noche, tumbada a su lado, oyéndolo dormir tranquilo, hice lo que llevaba diez años sin hacer y todas aquellas semanas temiendo.
Cerré los ojos. Y metí la mano en el hueco.