Capítulo 22 #2
—Es mi hermana. —Le falló la voz. Se le partió por la mitad de la palabra, y Mateo tuvo que clavarse las uñas en la pierna para no moverse, para no hacer la única cosa que el cuerpo entero le estaba pidiendo, que era cruzar el metro de papeles que los separaba y sostenerla—.
Es mi hermana la que está muerta en el fondo de tu pacto. Tengo derecho a saber.
—Lo sé.
Lo dijo, y le costó como si lo escupiera.
“Lo sé” era lo más cerca de la verdad que le había salido de la boca en diez años.
Y era verdad de la grande. Lo sabía. Sabía lo que había en el fondo, lo sabía con sus nombres y con el orden exacto en que pasaron las cosas aquella noche.
Lo había cargado solo durante una década.
Y justo por llevarlo tan al detalle sabía una cosa que Aroa no podía ni sospechar sentada en aquel suelo: que el día que el fondo se abriera, le iba a hacer a ella un daño del que no se vuelve.
—El pacto tiene un precio —dijo, y le costó cambiar de asunto, porque cambiar de asunto era alejarse del nombre que ella le seguía pidiendo con los ojos—.
Todos los pactos lo tienen. Este no se paga de golpe.
Se paga a plazos, en silencio, un poco cada día, durante una vida entera.
Y no se reparte entre los que lo firmaron.
Cada uno paga el suyo a solas, en su casa, de noche.
Yo llevo diez años pagando el mío. Lo pago cuando no consigo dormir.
Lo pago cuando mi madre saca el servicio bueno y yo me siento a esa mesa sabiendo lo que sé.
Lo iba a pagar solo hasta el final, callado, sin contártelo nunca a ti.
Y lo habría conseguido, si tú no hubieras vuelto a bajarte de un autobús a remover el fondo.
Se levantó. Le crujió una rodilla, el cuerpo recordándole que ya no tenía veinte años, que de la noche del pacto a esta noche habían pasado diez inviernos enteros.
Había entregado lo que había subido a entregar.
Le quedaba lo otro, lo difícil, porque Mateo Salcedo sabía dar órdenes y sabía aguantar, pero pedir no había aprendido nunca.
A Aroa no le había pedido nada en la vida.
Ni a los veinte, cuando la quería. Ni ahora, que la quería peor.
—Te he contado esto por una razón. No para que sigas tirando del hilo a ver qué más sacas. Para que lo sueltes. Quiero que pares.
—Mateo…
—Déjame terminar. —Era la primera vez en toda la noche que levantaba la voz, y la bajó enseguida, porque levantarla no iba con él—.
Hay gente en este término a la que mi padre no tiene ni que darle una orden.
Le basta con ponerle una cara. Y esa gente ya tiene una fecha metida en la cabeza.
La Fiesta. Si para la Fiesta tú sigues escarbando en esto, no hay casa de piedra ni monte que te guarde, y no habrá nada que yo pueda hacer para que sigas viva.
Te lo digo claro porque mereces oírlo claro.
Lo que estás haciendo te mata. Y no lo digo como una manera de hablar.
Aroa lo escuchó entero, sin interrumpirlo, con la barbilla un poco alta, midiéndolo como lo medía todo. Y cuando él terminó, contestó lo que Mateo ya sabía que iba a contestar, porque la conocía, porque era de las dos o tres cosas que de verdad sabía en este mundo.
—No puedo parar. Es mi hermana. Tú tienes una familia entera a la que proteger. Yo tengo a una muerta. Es lo único que me queda. No me pidas que la suelte, porque soltarla es quedarme sin nada.
Y entonces Mateo hizo la cosa para la que no se había preparado al subir el monte.
Cruzó el metro de papeles que llevaba toda la noche sin cruzar.
Se agachó delante de ella, quedó a su altura, le puso una mano en la cara —la primera vez que la tocaba desde que había empezado a hablar— y le dijo, muy bajo, la frase que llevaba diez años guardada y que salió ahora sin pedirle permiso a nadie, porque hay frases que no salen pensadas, salen solas o no salen nunca.
—Para. Por las dos. Hazlo por las dos.
Aroa no apartó la cara de su mano. Pero la frase no le entró bien. Mateo se lo vio: el pequeño tropiezo, el gesto de quien recibe una palabra de más y no encuentra el sitio donde ponerla.
—¿Las dos? —dijo—. ¿Qué dos, Mateo? ¿Las dos quiénes?
Y ahí estaba. La pregunta exacta, hecha en voz alta, a un palmo de su boca. Bastaba con contestarla. Una frase. Diez años se deshacían en una frase, y Aroa sabría por fin por las dos quiénes, y por qué, y todo lo demás vendría detrás, como viene el agua en cuanto se quita la piedra.
Mateo cerró los ojos un segundo. Volvió a abrirlos. No contestó.
Le quitó la mano de la cara despacio, como se suelta una cosa que se va a echar de menos, y se puso de pie. Hizo lo único que sabía hacer con lo que no se podía decir: lo dejó allí, en el aire de la casa, sin recogerlo, y esperó a que el silencio se lo tragara.
Pero el silencio no se tragó nada. Mateo la conocía.
La vio guardarse la pregunta. No la tiró.
Aroa no tiraba nunca las preguntas que no entendía: las metía en lo oscuro y las dejaba madurar, y un día, semanas después, volvía a por ellas cuando ya estaban en su punto.
Iba a volver a por aquella. Iba a darle vueltas a “las dos” en la cama, despierta a su lado en la oscuridad, hasta que una noche cualquiera, a fuerza de cavar, la pieza le entrara en su hueco con un chasquido.
Y el día que le entrara, lo que Mateo llevaba diez años sosteniendo a pulso, solo, en silencio, se le iba a venir encima de golpe. Y no solo a él.
Había subido a aquella casa a quitarle a Aroa la pala de las manos.
Bajó habiéndosela devuelto más afilada, y con un sitio nuevo señalado donde clavarla.