Miel y Veneno Capítulo 22
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Capítulo 22

Valdecolmena se vestía para la Fiesta.

Mateo lo veía cada mañana al bajar: una guirnalda más cruzando la calle, el tablado de la plaza un palmo más alto que el día anterior.

El pueblo entero se ponía guapo, como se pone guapa la gente para las fotos, tapando con flores y bombillas lo que no quiere que salga.

La Fiesta de la Miel llenaba Valdecolmena una semana al año de música y de puestos de tarros con la cara sonriente de la marca Salcedo.

Y caía, como cae siempre, en los mismos días del final del mes.

Los mismos. Mateo llevaba diez años viendo colgar las bombillas encima de unas fechas que para él no eran de fiesta, y no se lo decía a nadie, y se le había gastado de no decírselo.

Aquel día le tocó cooperativa. Inventario para la Fiesta, pedidos, la nave entera oliendo a cera caliente y a cartón.

Hizo de heredero ocho horas: firmó los papeles que le pusieron delante y asintió a su padre delante de los hombres, para que los hombres vieran a un Salcedo asintiendo a otro Salcedo.

Es un trabajo. Pocos lo saben, pero hacer de hijo es un trabajo, tiene jornada y cansa más que cargar cajas.

A media tarde, su padre se acercó con dos cafés y le tendió uno, que en Aurelio era casi una caricia. Hablaron de la nave, de los pedidos, de un camión que venía con retraso. Y dos veces, en mitad de cosas sin importancia, Aurelio dejó caer la palabra.

—Antes de la Fiesta habrá que cerrar esto —dijo la primera, por el inventario.

Y un rato después, guardándose el teléfono en el bolsillo:

—Todo tiene que estar resuelto para la Fiesta. Todo.

No lo miró al decirlo. Aurelio no miraba nunca cuando apretaba; mirar habría sido reconocer que apretaba.

Pero Mateo le entendió el recado igual que se lo habría entendido un perro, no por las palabras, por el tono que iba debajo.

Faltaban once días. Once días para que su padre esperase el asunto de la chica cerrado, de una manera o de otra, y para que ese “de otra manera”, si Mateo no se movía antes, lo decidieran manos que no eran las suyas.

Al salir lo alcanzó Celia en el aparcamiento, con una carpeta de carteles de la Fiesta apretada contra el pecho, contándole no sé qué del concurso de mieles, ilusionada como solo se ilusiona quien no sabe nada.

Celia no sabía nada. Era lo bueno que le quedaba a aquella familia, lo único, y consistía justo en eso, en no saber.

—Oye —dijo, ya de espaldas, volviéndose a medias—. ¿Y Vera? Hace lo menos dos semanas que no la veo por el pueblo. ¿Os habéis…?

—Se ha ido —dijo Mateo—. A su tierra. No le iba el clima.

Lo dijo deprisa, con la frase corta y redonda de las mentiras que uno ya trae preparadas de casa, y se subió al coche antes de que a su hermana se le ocurriera la pregunta siguiente.

Mentirle a Celia no le costó nada. Y que no le costara nada fue lo que le dejó mal cuerpo para todo el camino de subida.

Uno se acostumbra. Esa es la peor parte de mentir diez años: que uno se acostumbra, y la mentira deja de pesar, y un día cualquiera te oyes despachar con seis palabras a la hermana que quieres y arrancar el coche tan tranquilo.

Subió al monte con el sol ya de lado.

La casa del tío estaba a tres kilómetros de la última curva, por un camino que el coche se tomaba a paso de hombre.

Mateo se lo sabía de memoria, cada bache, cada piedra suelta, porque llevaba doce días subiéndolo y bajándolo dos veces cada jornada.

Doce días de una rutina partida en dos mitades que no se tocaban.

Abajo, el heredero. Arriba, esto otro: un hombre que escondía el coche donde no se viera desde el camino, empujaba una puerta de piedra y se encontraba con una mujer a la que tenía encerrada y a la que quería, las dos cosas a la vez, sin saber ya dónde acababa una y empezaba la otra.

Llevaba aquellos doce días dándole vueltas a un solo problema, y el problema no se dejaba resolver.

Aroa no paraba. La había metido en la casa más escondida del término, sin coche, sin más mundo que cuatro paredes y él, y Aroa, dentro de esas cuatro paredes, seguía cavando con lo único que le quedaba, que era la cabeza.

Cavaba en voz alta. Le hacía preguntas. Le hacía preguntas a las que él no contestaba, y el no contestar ya no la frenaba: solo la mandaba a cavar en otra dirección.

Y la Fiesta caía en once días.

Mateo había hecho la cuenta muchas veces subiendo aquel camino, y siempre le salía igual.

Si Aroa seguía así, llegaría al fondo. Quizá no en once días, pero llegaría.

Si llegaba al fondo antes de que él tuviera lista una salida para los dos, la perdía.

Y si la frenaba a la fuerza, tapándole la boca, también la perdía, de otra manera, más despacio.

Le quedaba una sola carta por jugar, y era una carta sucia: darle un poco de verdad.

La justa para asustarla. La justa para que la prudencia hiciera lo que el encierro no estaba haciendo.

La encontró donde la dejaba siempre, en el suelo, junto a la chimenea apagada, con los papeles alrededor en un orden que solo ella entendía.

Había sacado de la maleta las fotocopias del archivo y una libreta llena de fechas, y lo tenía todo dispuesto como un mapa.

En el centro del mapa, abierta, la caja vieja.

Aroa reconstruía a su hermana muerta con las dos manos, juntando un papel con otro papel, y lo hacía con una concentración que a Mateo le encogía algo dentro del pecho, porque era la concentración de quien arma su propia desgracia y todavía no lo sabe.

Levantó la vista. Tenía ojeras de no dormir y los ojos despiertos a pesar de las ojeras, esa contradicción suya de siempre.

—¿Has bajado al pueblo? —preguntó—. ¿Qué se dice?

—Que te has ido. Que no te iba el clima.

—Bien. —Volvió un segundo a sus papeles—. Que se lo crean.

Mateo no se quitó la chaqueta. Se quedó de pie un momento, mirándola trabajar, con los doce días y los once que faltaban pesándole por igual en los hombros, y supo que no iba a haber un momento mejor que aquel, porque para esto no existen los momentos buenos.

—Deja eso un rato —dijo—. Siéntate como quien va a escuchar. Te voy a contar una cosa.

Aroa apartó la libreta. No del todo; la dejó al alcance de la mano, como se deja un arma. Pero levantó los ojos de las fechas y los puso en él, y eso, en Aroa, ya era escuchar.

Mateo se sentó enfrente, en el suelo, encima de un par de fotocopias, sin pedir permiso para pisarlas.

Quería tenerla cerca y quería, de paso, taparle los papeles con su propio cuerpo.

Quería, sobre todo, que cuando dijera lo que había subido a decir, ella le estuviera mirando la cara y no una fecha apuntada en una libreta.

—Lo que te voy a contar no se lo he contado a nadie —empezó—. Llevo diez años sin contarlo. Voy a ir despacio. Voy a decir solo lo que pueda decir, y donde me pare, me paro. Y no insistas donde me pare.

—Eso lo decidiré yo.

—No.—La miró—. Esta vez no.

Esperó a que el silencio se hiciera del todo. Fuera, el monte estaba tan callado como solo se calla un monte de noche. Dentro no quedaba más ruido que la respiración de los dos.

—Hace diez años, en este pueblo, una noche, pasó algo —dijo—.

No lo que pone en el atestado que tú te has fotocopiado.

No lo que dice la cruz que hay en el cementerio con el nombre de tu hermana grabado.

Otra cosa. Una cosa que no fue un accidente, y que tampoco fue lo que tú estás dibujando ahí, en el suelo, con tus recortes.

Y esa misma noche, antes de que amaneciera, se hizo un pacto.

La palabra cayó al suelo de la casa y se quedó allí, entre los dos, como una piedra que ha traído de fuera alguien que no debía.

Mateo no la pronunciaba en voz alta desde hacía diez años.

Descubrió, al oírla salir de su propia boca, que pesaba más dicha que guardada.

Casi todo pesa más dicho. A lo mejor por eso se pasa la gente la vida entera callando.

—Yo formé parte de aquel pacto —siguió—.

Tenía veinte años. Era casi un crío. Pero ya era un Salcedo, y a un Salcedo, a los veinte, ya le toca firmar cosas de mayores.

—Hablaba con las manos abiertas sobre las rodillas, mirándoselas, eligiendo cada palabra como quien elige las piedras para cruzar un río crecido, que una mala y te vas al agua—.

Desde aquella noche no he dicho una sola frase verdadera sobre lo que pasó.

A nadie. Ni a mi madre. Diez años. Tú me has visto callar de cerca estos meses y te lo has tomado como una cosa entre tú y yo.

No tiene nada que ver contigo. Yo llevo callándole al mundo entero desde mucho antes de conocerte.

—Un pacto —dijo Aroa. Lo dijo despacio, paladeando la palabra, buscándole el filo por todos los lados—. Los pactos son entre dos. Por lo menos entre dos. ¿Con quién, Mateo?

Mateo no contestó.

—¿Con quién firma un crío de veinte años un pacto la misma noche que se muere una niña de dieciséis?

El nombre le subió a Mateo hasta los dientes, y en los dientes lo paró.

Allí lo paraba siempre. Ella tenía la respuesta a un palmo, tan cerca que casi se quemaba con ella, y él no se la iba a poner en la lengua, porque el nombre era solo la primera puerta de un pasillo, y al final del pasillo estaba lo que de verdad no se podía abrir.

—Con quien tuviera autoridad para hacerlo —dijo al fin.

—Eso no es una respuesta.

—Es la forma de la respuesta, sin la respuesta dentro. Ya te lo he dicho. Te enseño la caja por fuera.

Aroa se incorporó un poco, sin llegar a levantarse, como se incorpora un animal que ha oído un ruido lejos.

—¿Y a quién protege? Un silencio de diez años no se aguanta por gusto. Se aguanta porque calla algo que, dicho en voz alta, hunde a alguien. ¿A quién hunde, Mateo? ¿A quién llevas diez años tapando con el cuerpo?

—Eso es lo de dentro de la caja.