Capítulo 21
La casa estaba donde se esconden las casas que sirven para esconder cosas. Arriba, lejos, al final de un camino que no llevaba a ningún otro sitio.
Llegamos de noche. Mateo apagó el motor y nos quedamos un momento a oscuras, los dos, oyendo enfriarse el coche.
Era una casa de piedra, baja, con las ventanas pequeñas que ponían los que construían pensando en el frío y no en las vistas.
Una casa de monte, de las que se hacían para guardar dentro a la gente y al ganado cuando el invierno apretaba.
Mateo dijo que había sido de un tío suyo, que llevaba años cerrada, que nadie subía.
Lo dijo como quien recita las virtudes de un escondite, y eran virtudes de un escondite, y también, si una les daba la vuelta, virtudes de una celda. Lejos. Que no suba nadie.
Dentro olía a cerrado y a humo viejo. Mateo encendió una luz, prendió la chimenea, fue llenando la casa de pequeños gestos de hombre que prepara un sitio para que otra persona aguante en él.
Cuando terminó, cuando la casa ya no estaba del todo muerta, hizo la última cosa.
Cerró la puerta con llave. Y se guardó la llave en el bolsillo.
Lo vi hacerlo. Él vio que yo lo veía.
—Es para que nadie entre —dijo.
—Ya. —Me senté en el borde de una silla que no era mía—. También es para que nadie salga. Es la gracia de las llaves. Hacen las dos cosas con el mismo gesto.
Mateo no me dijo que me equivocaba. Esa es su única manera de ser sincero: no discutirme la parte fea de lo que es verdad.
Las reglas me las dio de pie, sin sentarse, como se dan las instrucciones que no se negocian.
No salir. No acercarme a las ventanas cuando hubiera luz dentro.
Si subía un coche por el camino, al cuarto de atrás y sin respirar hasta que se fuera.
Él bajaría al pueblo cada día, porque un Mateo que desaparece le preocupa a su padre, y un padre preocupado mira.
Tenía que seguir bajando a hacer de hijo.
—¿Cuánto tiempo?
—Hasta la Fiesta.
—¿Y después de la Fiesta?
No me contestó eso. Se quedó mirando el fuego como si la respuesta estuviera dentro y no le gustara.
Al día siguiente empezó la parte para la que yo no tenía entrenamiento.
Yo sé estar con un hombre llevando puesta una mujer que no soy.
Lo he hecho toda la vida. Sé seducir detrás de una cara prestada, sé sostener una conversación entera sin que se me caiga la máscara ni en las pausas.
Lo que no sé hacer, lo que no había hecho nunca, es estar con un hombre siendo yo.
Sin Vera Soto por delante, sin una operación que correr.
Sin nada entre su mirada y lo que hay debajo de mi nombre.
Aquella casa me quitó la última tapadera, y resultó que debajo no me guardaba ninguna mujer fuerte esperando su turno. Solo había una de veintiocho años que no sabía qué hacer con las manos cuando no las estaba usando para mentir.
Mateo tampoco tenía ya dónde meterse. Llevábamos meses queriéndonos a través de dos disfraces, y los disfraces se habían caído a la vez, y lo que quedaba era esto: una mujer y un hombre que no se habían visto nunca la cara de verdad, encerrados en la misma casa de piedra, condenados a mirársela.
Lo intenté el segundo día. Estábamos encerrados, sí, pero estábamos encerrados juntos, y la mujer de debajo del nombre, la que no sabe qué hacer con las manos, esa sí sabe una cosa: aprovechar una fuente cuando la tiene a un metro y sin salida.
—Cuéntame qué pasó con mi hermana.
No lo adorné. Llevábamos toda la vida adornando.
Mateo estaba partiendo leña menuda para la chimenea, de espaldas, y no dejó de partirla.
—No puedo.
—Estamos tú y yo solos en una casa en la punta de un monte. Aquí dentro no hay nadie a quien proteger de lo que me digas.
—Hay una persona —dijo—. Siempre hay una.
Y siguió partiendo leña, dándome la espalda, que en aquella casa tan pequeña era la única pared con la que él podía taparse.
Aquella noche le hice la pregunta de verdad, la que me daba vueltas desde que le vi guardarse la llave.
—Necesito que me digas una cosa y que me la digas recta. Esto que estás haciendo conmigo. ¿Es que me salvas, o es que me guardas para tu padre?
Mateo dejó lo que tenía entre las manos. Vino, se sentó enfrente, lo bastante cerca para que yo no pudiera fingir que no lo miraba.
—Las dos cosas se hacen igual —dijo—. Por fuera son la misma.
Un hombre que te encierra para que no te maten y un hombre que te encierra para entregarte hacen punto por punto los mismos gestos.
Cierran la misma puerta con la misma llave.
—Se quedó callado un momento—. La diferencia está dentro de mí, Aroa.
Y yo lo de dentro no te lo puedo enseñar.
Solo te puedo pedir que te quedes el tiempo suficiente para verlo tú.
No me dio una respuesta. Me dio la verdad, que es otra cosa, y casi siempre peor. La verdad era que ni él mismo me garantizaba cuál de aquellos dos hombres iba a ser el día que llegara la Fiesta.
Y aun sabiendo eso, aquella noche dormí con él.
No había más que una cama, y un frío de monte que entraba por debajo de la puerta, y dos personas que llevaban semanas sin tocarse.
No lo planeé. Yo ya no planeaba nada, esa era la novedad de mi vida.
Me metí en la cama por el frío, y él se metió por el frío, y en algún punto de la oscuridad dejamos los dos de fingir que aquello iba del frío.
Lo que pasó no se parece a las otras veces.
Las otras veces yo había llevado puesto algo, aunque fuera poco, aunque fuera solo el papel de la mujer que sabe lo que hace.
Aquella noche no llevaba nada, y no hablo de la ropa.
Me dejé tocar siendo Aroa. Sin nombre falso, sin un centímetro de mí guardado para usarlo después.
Y descubrí que eso, dejarse tocar sin nada puesto, asusta más que todo lo que me habían hecho los Salcedo con sus llaves y sus carreteras.
A una llave se le puede tener miedo y ya está.
A esto se le tiene miedo y se le va detrás a la vez.
Después, Mateo se durmió. Se durmió deprisa, como si alguien le hubiera quitado un peso de encima, y a lo mejor se lo había quitado yo, o a lo mejor se lo había quitado el haber dejado por fin de esconderse de mí.
Me quedé despierta mirando el techo de una casa que no era mía, en un monte que no era mío, sin una sola tapadera entre el mundo y yo.
Y me entró un miedo nuevo. No el de la puerta cerrada con llave. Otro.
Llevaba diez años siendo Vera para no tener que ser Aroa. Vera no se acuerda de según qué cosas. Vera tiene huecos limpios, bien barridos, donde Aroa guardaría una noche entera. La tapadera no me había servido solo para engañar a los demás. Me servía, sobre todo, para no encontrarme yo.
Y acababa de quedarme sin ella. Encerrada, sin nada que ponerme por delante, en el sitio más callado del mundo. Un sitio perfecto para que suba, despacio, lo que llevo una década sin dejar subir.
Me dormí tarde, pegada a la espalda del hombre que me guardaba o me salvaba, con la caja vieja a los pies de la cama, y con una certeza nueva y fría asentándose dentro de mí. El peligro de aquel encierro no iba a entrar por la puerta.
Iba a salir de mi propia cabeza.