Miel y Veneno Capítulo 20
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Capítulo 20

El lunes por la mañana fui al banco a sacar todo lo que tenía, que no era mucho, pero era lo justo para pagar un autobús y empezar a desaparecer.

La sucursal de Valdecolmena es una sala con dos mesas y un hombre, Gonzalo, que llevaba seis meses sellándome los recibos con una simpatía de pueblo.

Aquella mañana Gonzalo tardó en levantar la vista de la pantalla.

Tecleó. Volvió a teclear. Me dijo, sin mirarme del todo, que había una incidencia con mi cuenta.

Una retención. Una verificación rutinaria de las cuentas abiertas con menos de un año, cosa del banco central, dijo.

Se solucionaría. Estas cosas se solucionan. Una semana, diez días.

—Necesito el dinero hoy —dije.

—Ojalá pudiera, Vera.

Y lo de ojalá lo dijo de verdad, se le notó, y eso fue lo primero que me puso el cuerpo en guardia. Gonzalo no estaba cómodo. Un hombre no se incomoda por una verificación rutinaria. Un hombre se incomoda cuando le han pedido un favor sucio y lo está cumpliendo con la cara que se le ha quedado.

En la cooperativa fue parecido, con otra cara y la misma música.

Mi última nómina estaba en trámite. La temporada no se cerraba hasta la Fiesta y los pagos pendientes se liquidaban todos juntos al final, era el procedimiento de siempre.

Nadie me lo había contado en seis meses. Ahora era el procedimiento de siempre.

Salí contando lo que me quedaba en el bolsillo y en un sobre escondido en casa. Daba para comer una semana. No daba para irse.

Probé entonces lo de la carretera. En Valdecolmena hay un hombre, Quino, que por unos euros te lleva en su furgoneta hasta el primer pueblo con estación de tren.

Lo encontré en el bar. Me escuchó, asintió, y luego se acordó de que esa semana tenía la furgoneta en el taller.

La siguiente igual tampoco. Me lo dijo mirando su café.

Pregunté por ahí, con cuidado, como se pregunta cuando ya intuyes la respuesta. Nadie tenía un coche libre. Nadie podía esa semana. Todo el mundo lo sentía mucho. Valdecolmena, de un día para otro, era un pueblo sin ruedas, y lo era solo para mí.

Quedaba el autobús de línea. Para en la plaza tres veces por semana, y el miércoles me planté en la marquesina con la maleta a las ocho menos cuarto, que es la hora a la que para desde que el mundo es mundo.

A las ocho y veinte seguía yo sola allí.

Un crío que iba al colegio me dijo, servicial, que esa semana el autobús hacía otro recorrido por unas obras y salía de la parte de arriba.

Subí a la parte de arriba. Una mujer que barría su portal me dijo que no, mujer, que el autobús paraba abajo, en la plaza, como toda la vida.

Volví a bajar. El autobús, claro, ya había pasado, si es que pasó.

Volví a casa, dejé la maleta junto a la puerta y esa misma tarde hice la cuenta de andar. Catorce kilómetros hay hasta la estación. Catorce kilómetros se andan. Cogí la carretera y empecé a andarlos.

No me paró nadie. Esto es importante, porque es lo único de toda la semana que yo podría contarle a otra persona, y es lo único que no significa nada. No me paró nadie.

A la salida del pueblo, junto a la última casa, había dos hombres arreglando una valla que yo llevaba seis meses viendo torcida y a nadie tocando.

Me saludaron. Más adelante, en el ensanche donde la carretera hace la curva, estaba aparcado un coche que yo conocía, sin nadie dentro que se viera, con el morro apuntando al pueblo.

Seguí andando. Podía seguir andando, nadie me lo impedía.

Y a los dos kilómetros lo entendí con una claridad que me sentó como un golpe en el esternón.

Llegaría a la estación, quizá, con la noche encima y catorce kilómetros de testigos a la espalda, todos listos para contarle a quien preguntara que la forastera había echado a andar deprisa.

Aquello no me sacaba del pueblo. Me ponía en evidencia y me dejaba dentro.

Di la vuelta. La di yo. Nadie me obligó. Esa es la obra maestra.

Esa noche lo vi entero, y lo vi como lo ve quien conoce el oficio.

Yo me gano la vida cerrándole a la gente las puertas sin tocarlas. Le quito el suelo despacio a alguien, le dejo todas las salidas a la vista para que no grite, y espero a que se canse. Llevaba años orgullosa de saber hacerlo limpio.

Me lo estaban haciendo a mí. Y mejor.

No había un delito. No había una mano en mi brazo ni una amenaza que yo pudiera repetir en voz alta sin sonar a loca.

Había una incidencia en el banco. Una nómina en trámite.

Unas obras en la carretera justo esa semana, una furgoneta justo en el taller, una valla que justo ahora alguien arreglaba.

Cada pieza, por separado, era inocente y aburrida.

Todas a la vez eran una colmena, y yo estaba dentro de ella.

Una colmena no necesita morderte. Le basta con cerrarse a tu alrededor y zumbar.

La cazadora. Llevaba diez años llamándome así por dentro, como quien se agarra a un asa. Aquella noche, en una casa que no cerraba por dentro, en un pueblo que había empezado a girar despacio en torno a mí, dejé de poder llamarme así.

Pensé en Mateo. No quería, y lo pensé. Pensé que toda aquella obra de relojería llevaba el apellido de su familia, y que yo seguía sin poder colocarlo a él dentro o fuera del mecanismo.

Ese era el verdadero éxito de los Salcedo: me habían quitado el dinero, los coches y las carreteras, y de propina me habían dejado sin saber a quién quería.

Llamaron a la puerta cuando ya era noche cerrada.

Supe que era él antes de abrir. No por nada misterioso. Porque era el único que faltaba. El pueblo entero había desfilado por mi semana con su cara de pena y su no se puede; faltaba el Salcedo.

Abrí. Mateo estaba en el escalón, sin chaqueta a pesar del frío, con la cara de un hombre que ha discutido consigo mismo todo el camino y ha perdido.

—No puedes quedarte aquí —dijo.

—Ya me he ido dando cuenta de que no puedo hacer gran cosa. Tu familia es minuciosa. Felicítala de mi parte.

—Aroa. —Bajó la voz, aunque allí no había nadie más—. Escúchame, que lo digo una vez. Mi padre le ha puesto fecha a lo tuyo. Y me ha encargado a mí que lo resuelva.

No me lo tendría que haber dicho. Esa fue la grieta por la que entró todo lo demás. Un hombre que viene a cerrar una trampa no llama a tu puerta y te cuenta quién lo manda. Solo lo cuenta el que viene a otra cosa.

—Tienes que esconderte —siguió—. Esta noche. Y el único rincón de Valdecolmena donde mi padre no te va a buscar es el que está justo detrás de mí.

Lo miré e hice la última cuenta que me quedaba por hacer.

Esconderme detrás del hombre al que su propio padre acababa de mandar a buscarme. Meterme en el punto ciego del cazador. Era una locura tan grande que casi daban ganas de reírse.

Era, también, la única puerta que en toda la semana no me habían cerrado en la cara.

Cogí la maleta. Cogí la caja vieja, que a aquellas alturas era lo único de aquella casa que de verdad era mío. Y salí a la noche detrás de Mateo Salcedo, a esconderme dentro de mi propia cacería.