Miel y Veneno Capítulo 19
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Capítulo 19

A Mateo lo llamaron a la casa de arriba un domingo por la tarde, y supo de qué iba antes de empujar la puerta, porque a su padre solo se le ocurría reunir a la familia para dos cosas, repartir dinero o repartir un problema, y aquel mes no tocaba dinero.

Su madre había sacado el servicio bueno. Tres tazas en la mesa baja del salón, la cafetera de plata, todo dispuesto con el esmero con que Amparo preparaba siempre las conversaciones feas. Ponía guapa la mesa antes de algo malo igual que se pone una alfombra debajo de algo que va a manchar.

Celia no estaba. Eso fue lo primero que le dijo a Mateo la habitación. Las cosas que se hablaban delante de Celia eran una clase de cosas. Las que se hablaban sin ella, otra.

Se sentó. No había dormido. No dormía nunca, pero aquella noche menos, porque la había pasado de pie en su cocina viendo a una mujer recoger del suelo lo que él le había roto. Llevaba esa noche entera encima cuando su madre empezó a hablar.

—Le he puesto nombre a la cara —dijo Amparo.

No hizo falta preguntar a qué cara. Llevaba semanas con aquello, dándole vueltas como a un hueso. Mateo la había visto en la cena mirar a Vera de un modo que a él le había encogido el estómago.

—Tardé porque la cara ha crecido —siguió, sirviendo el café, una cosa cada vez—. Diez años le cambian a una niña casi todo. Los ojos no. Los ojos son los de la hija mayor de los Ledesma. La que se fue.

Dejó la cafetera en la bandeja, sin ruido.

—Se hace llamar Soto. Trabaja la temporada, sonríe a todo el mundo y hace preguntas que una temporera no hace.

En el archivo. En los colmenares viejos.

—Le acercó a Mateo su taza y se la sostuvo un segundo de más antes de soltarla—.

Tu Vera, hijo, es Aroa Ledesma. Y no ha venido a Valdecolmena a envasar miel.

Aquí estaba la parte difícil. Mateo llevaba meses sabiendo cada una de las palabras que su madre acababa de pronunciar.

Las sabía desde la plaza, desde el primer día.

Y ahora le tocaba recibirlas con la cara de un hombre al que le enseñan algo.

Bajó la vista a la taza. Dejó que se le descompusiera un poco el gesto, lo justo, porque a un hombre cuya novia resulta ser otra persona se le descompone la cara, y si la suya no se descomponía, su madre lo iba a ver.

Llevaba diez años actuando. Una escena más.

Su padre no había abierto la boca. Aurelio hablaba siempre el último, desde su sillón, con las manos quietas en los reposabrazos. Lo hizo cuando Amparo terminó, y dijo poco.

—¿Cuánto sabe?

—Lo suficiente para preguntar —dijo Amparo—. No para probar.

—Todavía.

Y en aquel “todavía” Mateo le oyó a su padre lo que llevaba meses oyéndole sin querer.

Por debajo de la voz tranquila, muy abajo, sostenido desde hacía diez años, había un miedo viejo, y se le coló entero en esa única palabra.

Su padre, dueño de Valdecolmena y de casi todo lo que se veía desde aquella ventana, le tenía pánico a una mujer de veintiocho años que hacía preguntas.

Mateo sabía por qué. Era de las pocas personas vivas que lo sabía.

Y no podía decirlo en aquel salón ni en ningún otro del mundo.

Dejó la taza. Tenía que hablar, y tenía que hacerlo como hablaría el heredero, no como hablaría el hombre que la noche anterior la había visto llorar sin soltar una lágrima.

—Se va a ir sola —dijo—. Lo ha dicho. Termina lo suyo y se marcha. Una temporera que recoge y se va no es un problema para nadie. Una temporera a la que le pasa algo, sí. Eso se mira. Eso trae gente de fuera a mirar. Lo más limpio es no tocarla. Dejar que se canse y se vaya.

Aurelio no contestó deprisa. Y Amparo, que no había apartado los ojos de su hijo desde que él empezó a hablar, ladeó un poco la cabeza, como hace ella cuando una cuenta no le cuadra.

—Defiendes mucho a una mujer que te ha mentido medio año.

—Defiendo a la familia. La mujer me da igual.

Le salió la frase entera, firme, sin quebrarse por ningún sitio. Fue la peor cosa que dijo Mateo en toda su vida, y la dijo bien.

Aurelio dejó pasar el silencio que le gustaba dejar pasar. Después se levantó, que era su manera de cerrar una conversación y de avisar de que lo que viniera ya no se discutía.

—Tienes razón en una cosa —le dijo a Mateo—.

En que de fuera no tiene que venir nadie a mirar.

Por eso esto se queda en casa. —Le puso a Mateo una mano en el hombro, y la mano pesaba lo que pesan las cosas que no se pueden quitar de encima—.

Tú la tienes cerca y tú le caes bien. La dejaste entrar tú hasta aquí, así que vas a ser tú quien resuelva el asunto de la chica.

Con discreción. Como se arreglan las cosas de casa.

No dijo cómo. No dijo hasta dónde. Aurelio nunca decía esa parte. La dejaba hueca a propósito, para que la llenara el que recibía el encargo y para no haberla dicho nunca él.

Mateo se quedó con la mano de su padre en el hombro y el encargo dentro, y entendió a la vez las dos caras que tenía aquello.

Una. Llevaba diez años protegiendo a Aroa desde la sombra, sin que nadie supiera siquiera que la protegía, y esa sombra se acababa de apagar en aquel salón. Ya no quedaba sombra. Su familia tenía el nombre y tenía la cara.

Y dos. Su padre, sin saberlo, sin llegar a imaginárselo, acababa de poner a la única persona del mundo que quería salvar a Aroa al cargo de resolverla.

Le habían dado un cuchillo y no le habían dicho qué cortar con él. Mateo bajó la cuesta de la casa de arriba sabiéndolo de sobra. Y sabiendo, por primera vez en diez años, que el filo lo manejaba él.