Miel y Veneno Capítulo 18
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Capítulo 18

Lo aparté del umbral con la mano abierta en su pecho y entré yo en su casa, que ya es una manera de decir cómo estaban las cosas. La casa sin rastro. La casa donde unas semanas atrás me había dormido sin guardia. Encendí yo la luz.

—Desde cuándo —dije.

—Desde que bajaste del autobús.

Lo soltó sin pelear por el aire, sin buscar una versión más amable. Era lo que más me iba a costar perdonarle de toda aquella noche, y aún no lo sabía: que no mintiera. Un hombre que miente te deja algo contra lo que empujar. Mateo no me dejó nada.

—Me viste cruzar la plaza con una maleta y un nombre falso —dije—, y supiste quién era. Y en vez de cerrarme el pueblo, me sentaste en una silla y me hablaste de la miel.

—Sí.

—Y dejaste que me creyera lista. Que me creyera la que entraba.

La que tejía. —Me oí la voz subir y la bajé a la fuerza, porque gritar es para la gente que aún espera algo—.

Llevo meses anotando cada paso como si lo diera yo.

Y los daba contigo mirándome desde la otra orilla, esperando a ver cuándo me caía.

—No te miraba esperando que te cayeras.

Fue lo único que defendió en mucho rato. No se defendió a sí mismo. Defendió eso, una sola cosa, como quien saca un brazo para parar un golpe que va a otro sitio.

—Ah, no. —Di un paso—. ¿Y para qué me mirabas, Mateo?

Soy la hermana de Olalla Ledesma. Soy la chica que se fue la noche que tu familia la enterró en un pozo.

Vuelvo con otra cara, y tú, en vez de avisar a los tuyos, me metes en tu cama.

Eso tiene un nombre. Se llama tenerme controlada.

Se llama saber dónde está la amenaza para que la amenaza no te pille de espaldas.

—No.

—Entonces dime qué se llama.

No me lo dijo.

Lo vi pelearse. Esto sí lo vi, y es lo que me ha quitado el sueño después, más que la traición: lo vi pelearse de verdad.

Mateo abrió la boca, tomó aire, y por un segundo tuve delante a un hombre a punto de soltarlo todo, de vaciar diez años encima de la mesa de su cocina.

Se le había acercado al borde una cosa enorme. La vi asomarse.

Y la vi volver adentro.

Cerró la boca. Cerró la cara. Volvió a ser el cajón con llave que era el primer día, y a mí se me secó una esperanza que ni sabía que tenía abierta.

—Tienes algo que decir —dije—. Lo estoy viendo. Lo tienes ahí. Dilo.

—No puedo.

—No puedes, o no quieres.

—Para ti es lo mismo. Y tienes razón en que lo es.

Aquello me dolió por lo honrado que era. Le habría perdonado antes una mentira buena que aquella verdad pequeña y exacta.

Le tiré entonces lo peor que tenía, y se lo tiré a la cara, despacio, para que se le metiera bien.

—Mi hermana tenía dieciséis años. Se quedó en el fondo de un pozo una noche entera, o el rato que tardara en morirse, sola, mientras alguien de tu sangre decidía que no bajaba. Y tú llevas medio año durmiendo conmigo con eso dentro. Me has tocado con esas manos. Me has dicho cosas con esa boca.

Mateo encajó cada palabra sin apartar los ojos.

No se tapó. No me dijo que yo no sabía lo que decía, aunque por la forma en que se le puso la cara entendí que algo de lo que yo decía no era como yo lo decía.

Tampoco eso me lo aclaró. Se quedó allí, de pie en su cocina, dejándose pegar, y su silencio fue lo más cruel que me hizo, porque un hombre que calla así te obliga a llenarle tú el hueco, y yo lo llené con lo más negro que tenía a mano.

—Lo que callé —dijo al final, muy bajo—, lo callé por ti.

—No te atrevas. —Eso sí me salió alto—. No me pongas mi nombre delante de tu silencio para que parezca un regalo. Si fuera por mí, hablarías.

No contestó. Y ahí, en ese no contestar, fue donde se me rompió la cosa de verdad.

Porque yo había ido a su casa a las cuatro de la mañana a hacer una sola cosa sencilla.

Odiarlo. Odiarlo entero, odiarlo limpio, salir de allí con un odio nuevo y manejable que sustituyera a lo otro y me dejara irme del pueblo ligera.

Era un buen plan. Llevaba toda la vida convirtiendo el dolor en odio, sé hacerlo, es lo único que me sale fácil.

No pude.

Lo intenté delante de él, con todas mis fuerzas, y el odio no agarraba.

Resbalaba. Porque el hombre que tenía delante no se defendía, no mentía, no me manejaba, no hacía ninguna de las cosas que hacen los hombres a los que se odia bien.

Solo se dejaba romper y seguía diciéndome, a su manera tonta y cerrada, que lo que hubo entre nosotros había sido verdad.

Y una no puede odiar limpio a un hombre así.

Le queda el odio sucio, mezclado, ese que no sirve para irse porque pesa el doble y tira para atrás.

Lo miré por última vez en aquella cocina y entendí dos cosas a la vez.

Que lo seguía queriendo. Y que eso, ahora, era otra arma más que él tenía y yo no.

—Voy a terminar lo que vine a hacer —dije, y la voz me salió por fin limpia, fría, la de trabajar—. Sola. Sin tu familia delante y sin ti detrás. Voy a averiguar qué le pasó a mi hermana, hasta la última letra, y el día que lo sepa me iré de este pueblo y no vais a volver a verme la cara. Ninguno.

Mateo no me dijo que me quedara. No me pidió perdón. Hizo lo de siempre, lo único que sabe hacer, lo que más rabia me daba: me dijo una verdad pequeña, en voz baja, en lugar de la grande.

—No salgas a cavar sola, Aroa. Ahora no. El pueblo ya no te mira como a una forastera.

Lo dejé hablando. Bajé sus escaleras, crucé Valdecolmena a oscuras por segunda vez aquella noche, y esta vez no hubo coche detrás. No hizo falta. Ya estaba todo dicho.

En casa saqué la maleta de encima del armario y empecé a meter dentro mi vida de mentira. La ropa de Vera Soto. Los zapatos de Vera Soto. Doblé cada cosa con las manos firmes, porque las manos firmes son las que me quedan cuando lo demás tiembla.

La maleta se llenó enseguida. Una vida falsa ocupa poco.

Lo que no entró fue lo otro. La caja vieja seguía sobre la cama, abierta por dos manos que no eran las mías, mirándome desde el otro lado del cuarto. Y un hombre, arriba, en una casa sin rastro, con algo enorme atascado en la garganta que había preferido tragarse antes que dármelo.

Cerré la maleta. La dejé junto a la puerta, lista.

Y me senté en el suelo, al lado de la caja, a esperar que se hiciera de día, sabiendo ya que de Valdecolmena no iba a poder irme ligera. De este pueblo, ahora lo sé, no se va nadie ligero.