Capítulo 17
No dormí.
Llevaba toda la noche con una idea dándome vueltas, la de que alguien en este pueblo sabía quién era yo mejor que yo misma, y con la caja en el centro de la cama como una prueba que no se iba a callar.
Mi cabeza, que es lo único que de verdad tengo, se puso a trabajar sola.
Repasé el pueblo entero. Amparo y su cara que juraba haber visto.
Aurelio y su agua del fondo. La gente del archivo, los del centro, los buzones abiertos.
Hice una lista de quién podía saber, y en esa lista, ni se me ocurrió, no puse a Mateo.
A Mateo lo había sacado de todas mis listas hacía semanas.
Esa fue mi manera de quererlo: dejar de vigilarlo.
De tanto repasar me venció el cansancio y empecé a caer. No al sueño. A esa antesala donde la cabeza se suelta y las cosas suben solas, sin permiso.
Y subió una.
Subió una voz baja, dicha contra mi pelo, en una habitación a oscuras. Una sola palabra, pronunciada con un cuidado que aquella noche no supe leer porque estaba dormida.
Aroa.
Me incorporé de golpe, con el corazón disparado, antes de entender por qué.
No fue un sueño. Lo supe con la misma certeza con la que sé sumar. Aquella palabra había ocurrido de verdad, en la cama de Mateo, la única noche que dormí sin guardia. Él la había dicho. Mateo me había llamado Aroa.
Y un hombre no te llama por un nombre que tú no le has dado nunca.
Me senté en el borde de la cama, descalza, con el frío del suelo subiéndome por las plantas, e hice lo que llevaba diez años sin permitirme: mirar hacia atrás sin defenderme.
Volví al primer día. Al centro de la miel, a la silla.
Mateo supo en qué silla me iba a sentar antes de que yo lo decidiera.
Lo guardé entonces como un detalle de hombre observador, de los que leen rápido a la gente.
No leía rápido. Se acordaba. Llevaba diez años sabiendo en qué silla me sentaría yo el día que volviera.
Volví a la despedida de aquel primer día.
“Has vuelto”, me dijo. Y se corrigió como quien arregla una frase hecha que se le ha escapado.
Yo lo guardé como un piropo, como intensidad de hombre lanzado.
Diez años después, descalza en el borde de la cama, lo oí por fin como lo que había sido.
Un hombre constatando un hecho. Yo había vuelto.
Él lo estaba diciendo en voz alta, delante de mí, y yo le sonreí.
Volví a la tarde del colmenar, a la conversación larga, a Mateo mirándome demasiado tiempo y diciéndome aquello que sonaba a que me conocía de siempre.
Me acuerdo de que pensé: qué manera de seducir tiene este hombre.
El hombre no seducía. El hombre estaba haciendo memoria delante de mí, y yo le aplaudía la técnica.
Y entonces se me cayó encima la cosa de verdad, la que llevaba toda la noche esperándome al final del pasillo.
Yo vine a Valdecolmena a infiltrarme en los Salcedo. A acercarme al heredero y usarlo de puerta. Lo anoté así, con esas palabras, el segundo día. Tengo acceso al heredero. Como si el acceso lo hubiera abierto yo.
No abrí nada. La puerta llevaba abierta desde antes de que yo bajara del autobús.
Mateo me vio llegar, supo quién era, y en lugar de cerrarme el pueblo me abrió su casa.
Me dejó creer que la araña era yo. Me dejó tejer mi tela con cuidado, hilo a hilo, durante meses, y todo ese tiempo yo estaba tejiendo dentro de la suya.
La manipuladora. Llevo la vida entera orgullosa de esa palabra. Y resulta que el único movimiento que de verdad creí mío, acercarme a Mateo Salcedo, fue suyo.
Lo peor no fue el orgullo. El orgullo se cura.
Lo peor fue la otra noche. La de su casa, la de las confidencias.
Me había sentido valiente. Me había oído decirle, midiendo cada palabra, que yo tenía un secreto, uno grande, que no se lo iba a contar pero que quería que supiera que estaba ahí.
Le había enseñado el bulto sin abrir el envoltorio, y me había parecido un acto de coraje, casi un regalo.
Él ya tenía el envoltorio abierto. Lo tenía abierto desde el primer día.
Mientras yo temblaba enseñándole la forma de mi secreto, Mateo se sabía el secreto entero, el de verdad, el que lleva un nombre de niña muerta dentro.
Mi momento más desnudo había sido un número para un solo espectador. Y el espectador se sabía el final.
Hubo un instante, uno solo en toda aquella noche, en que algo no me encajó.
Me acordé de cómo me había apretado la mano en su recibidor, de su “ten cuidado al bajar”, de la cara con que lo había dicho.
Aquello no era la cara de un hombre vigilando una pieza.
Pero estaba demasiado herida para quedarme dentro de esa grieta.
La tapé. Si llevaba meses actuando, también sabría actuar la preocupación. Cerré la grieta y seguí.
Me vestí en el sitio. No esperé a que amaneciera y no me dije ninguna de las cosas sensatas que llevo diez años diciéndome antes de cada paso. Por una vez no administré nada. Salí de casa con lo puesto y bajé al pueblo a oscuras a buscar al hombre que llevaba diez años viéndome venir.
En casa de Mateo había luz. Claro que había luz. Los dos llevábamos exactamente los mismos años sin dormir, solo que yo, hasta esa noche, no lo había sabido.
Abrió antes de que llamara. Me había visto cruzar la calle, o me había oído, o era, sin más, un hombre que llevaba media vida esperando que yo apareciera en su puerta a una hora mala.
Se quedó en el umbral. No me preguntó qué hacía allí a las cuatro de la mañana con la cara descompuesta.
Esa fue la primera confirmación: a un hombre normal, cuando su mujer se le planta así de noche, le sale preguntar qué ha pasado.
Mateo no preguntó nada. Mateo ya lo sabía.
Llevaba meses andándome con rodeos. Se me habían acabado.
—El primer día me dijiste que había vuelto —dije—. Y lo corregiste, como si se te hubiera escapado una tontería. No se te escapó nada. Tú no dejas escapar nada.
Mateo no se movió del umbral. Aguantó la frase entera mirándome, sin defenderse, que es lo único que de verdad no le perdoné después.
Y entonces hizo la única cosa capaz de hacerme más daño que una mentira. Me dijo la verdad. Soltó el aire despacio, como quien lleva años aguantándolo, y lo dijo en voz baja, con el mismo cuidado de aquella noche, pero esta vez con la luz encendida y yo bien despierta.
—Aroa.