Capítulo 16
Diez años apuntando a una familia, y para entrar en su casa solo hizo falta que me invitaran a cenar.
La casa de los Salcedo estaba arriba del todo, donde el pueblo se acaba y empieza el monte, en el sitio desde el que se ve todo lo que es tuyo.
No tenía nada que demostrar. Era grande, vieja, de piedra que llevaba dos siglos aguantando, una casa construida para durar más que la gente que la habitaba.
En el recibidor colgaban las fotos. Generaciones de Salcedos en fila, todos con la misma barbilla, mirándome entrar.
Me abrió Celia. Me abrazó como si lleváramos años, me quitó el abrigo y me dijo que su madre llevaba toda la tarde en la cocina, y que eso, en aquella casa, era una declaración de intenciones. Se rió de su propia broma. No sabía cuánta razón tenía.
La mesa estaba puesta para enseñar. Amparo servía ella misma, plato a plato, porque servir era su manera de recordarte que la mesa entera, y tú con ella, estabais ahí porque ella lo permitía.
Aurelio presidía sin hacer nada, que es como presiden los hombres que ya no necesitan hacer nada.
Mateo se sentó a mi lado, y estaba raro.
Lo noté en la primera frase. Mateo en su casa era un hombre más callado y más tieso, con la espalda recta y los ojos puestos en su madre.
Amparo me preguntó por mi familia antes de que tocara el primer plato.
—¿De dónde sois los tuyos, Vera?
Le di la respuesta de siempre. Del norte, los padres mayores. Y poca familia, esto último lo dije porque sabía que le iba a gustar oírlo.
—Poca familia. —Lo repitió como se prueba una tela entre los dedos—. A veces es un descanso. Aunque has venido a vivir a un pueblo donde todos somos familia de todos. Para descansar de la familia, has elegido un sitio raro.
No esperó respuesta. Las preguntas de Amparo no querían respuesta, querían verme buscarla.
Mateo metió baza y le cambió el tema con una suavidad de hijo que lo ha hecho mil veces, y por un momento la mesa habló de la cosecha.
Aproveché para respirar. Y fue ahí, con el tenedor en la mano y la familia entera de Mateo alrededor, cuando se me cruzó por dentro una cosa que no me podía permitir: las ganas de que aquello fuera de verdad.
De estar sentada a esa mesa solo porque era de Mateo, sin pozo, sin hermana, sin diez años de cuchillo afilado.
Duró lo que dura un parpadeo. Lo maté y seguí comiendo.
Amparo volvió con el segundo plato.
—Soto —dijo, como si el apellido se le hubiera quedado entre los dientes—. Le he estado dando vueltas. ¿Soto de dónde?
—De donde le he dicho.
—Ya. —Me miró un segundo de más—. Es que tienes una cara que yo juraría haber visto. Y no en el norte.
Sonreí y dije algo de las caras corrientes, que la mía lo era. Frase corta. Las que digo cuando miento me salen siempre cortas, y esa noche, en aquella mesa, las estaba teniendo que cortar mucho.
Aurelio habló poco en toda la cena. Los hombres como Aurelio hablan poco porque saben que, en cuanto abran la boca, la mesa entera se va a callar a escucharlos. Esperó al café.
—Me han dicho que te interesa el pueblo —dijo—. Sus cosas. Su historia.
—Me gusta saber dónde vivo.
—Eso está bien. —Removió un café al que no había echado azúcar—.
Valdecolmena es pequeño, Vera. Los pueblos pequeños tienen historias bonitas, las de los carteles y las de la miel.
Y tienen otras. Las viejas, las tristes.
Esas no se cuentan. No porque se escondan, sino porque a nadie le hacen ya ningún bien.
Remover lo que lleva años quieto en el fondo solo sirve para enturbiar el agua.
Y el agua de este pueblo da de comer a mucha gente.
—La Fiesta es dentro de nada —siguió—. Se acaba la temporada. Los que vienen unos meses se vuelven a su casa y el pueblo se cierra para el invierno. Ley de vida. —Sonrió con una sonrisa de hombre amable—. Tú también te irás, después de la Fiesta. Lo digo sin pena. Lo digo como se dice una fecha.
Y mientras lo decía, con la taza en la mano y dos siglos de casa alrededor, le vi lo de la otra vez.
Lo que ya le había visto en la cooperativa sin saber dónde ponerlo.
Debajo de toda aquella calma había un hombre con miedo.
Un hombre no monta una cena entera, con las preguntas de su mujer y una advertencia servida en guantes, por una temporera que husmea en un archivo.
Eso se monta por algo que te quita el sueño.
Yo estaba removiendo el fondo. Y el fondo, a Aurelio Salcedo, le daba pánico.
Mateo me acompañó a la puerta. En el recibidor, debajo de todos aquellos Salcedos colgados, me cogió la mano y me la apretó demasiado fuerte para que fuera un cariño. Quería decirme algo. Lo vi pelearse con ello, perder, y conformarse con lo de al lado.
—Ten cuidado al bajar. La carretera no tiene luz.
Supe, por cómo lo dijo, que no me estaba hablando de la carretera.
Bajé sola. Le había dicho que prefería andar, y era verdad: necesitaba el aire y necesitaba quitarme aquella casa de encima.
El coche apareció con media cuesta ya bajada.
Lo oí antes de verlo, un motor a mi espalda yendo despacio, demasiado despacio para una carretera vacía.
No me adelantó. Se quedó atrás, a unos metros, con las largas puestas, estirándome la sombra por el asfalto hasta dejármela enorme y temblona delante de los pies.
Anduve. El coche anduvo. Me agaché a atarme un cordón que no estaba suelto, y el coche se paró a esperarme.
Cuando ya tenía cerca las primeras casas, aceleró, me pasó al lado sin que nadie volviera la cara, y se metió por una bocacalle.
No le vi la cara a nadie. Tampoco la necesitaba. Lo que aquel coche bajaba a decirme no se dice con una cara. Se dice con un motor lento a la espalda en una carretera sin luz. Sabemos por dónde andas. Y andas sola.
Llegué a casa con el corazón todavía rápido y me reñí por tenerlo así. Diez años haciendo esto. Un coche en una cuesta no me podía descomponer.
Abrí, di la luz, y la casa estaba como la había dejado. Eso fue lo primero que pensé, con un alivio tonto. Está todo igual. Tardé un minuto entero en ver que no.
La caja estaba encima de la cama.
Yo no la había dejado encima de la cama.
Después de aquella mañana la había cerrado y la había devuelto a su sitio, al fondo del armario, detrás de la ropa de invierno, donde llevaba diez años.
Y ahora estaba en el centro de la colcha, cuadrada, colocada, puesta ahí con cuidado de que yo la viera nada más entrar.
Di la vuelta a la casa. No habían tocado un solo papel de los míos.
Ni los recortes, ni una sola página de lo que llevo medio año juntando sobre los Salcedo.
Todo seguía en su carpeta, en su cajón, sin mover.
Lo único que alguien había sacado de su sitio y dejado a la vista era la caja.
La única cosa de esta casa que no tiene nada que ver con mi investigación. La única que es de antes, de Aroa.
Me senté en la cama, a su lado, sin abrirla. La había abierto yo hacía unos días, por primera vez en diez años. La segunda vez que se abrió esa caja, yo no estaba delante.
Vine a Valdecolmena convencida de que aquí nadie sabía quién era yo. Y resulta que alguien, en este pueblo, lo sabe mejor que yo misma.