Miel y Veneno Capítulo 15
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Capítulo 15

Hay una clase de cercanía que no sabía que existía hasta aquella semana, y ahora que la conozco entiendo por qué la gente hace tonterías por ella.

No es el calor. El calor lo había tenido antes, con otros, y se gasta.

Esto era otra cosa. Era poder estar callada al lado de un hombre sin que el silencio pidiera nada.

Era quedarme dormida a media frase y que la frase siguiera ahí, esperándome, cuando me despertaba.

Era dejar de vigilar las puertas de una habitación porque, por primera vez en diez años, no me hacía falta saber por dónde se salía.

Llevaba toda la vida administrando lo que daba.

Una sonrisa medida, un trozo de verdad envuelto en dos de mentira, la cantidad justa de mí para que el otro se quedara y no preguntara.

Con Mateo se me estropeó la administración.

Daba sin contar. Y lo peor, o lo mejor, no sé todavía cuál de las dos cosas, es que él hacía lo mismo.

Dos personas que llevaban la vida entera guardándose, gastándose la una en la otra como si se hubieran cansado a la vez.

Aquella noche nos quedamos en su casa. Habíamos hablado hasta tarde, de nada, de esas cosas que se dicen cuando ya no hace falta decir nada importante.

En algún momento me quedé traspuesta contra su hombro, en esa frontera en la que oyes el mundo pero ya no respondes de él.

Notaba su mano subiendo y bajando despacio por mi espalda.

Notaba su respiración cambiarme el pelo. Y lo oí.

Lo dijo en voz muy baja, contra mi cabeza, como se dice una cosa que no se quiere despertar.

—Aroa.

No me moví. No porque decidiera no moverme.

Es que el nombre entró por un sitio de mí que estaba dormido, y un sitio dormido no contesta.

Lo oí como se oyen las cosas dentro de un sueño, sin extrañeza, sin pregunta, como si fuera la cosa más normal del mundo que aquel hombre, en mitad de la noche, me llamara por un nombre que yo había enterrado hacía diez años junto con todo lo demás.

Por la mañana no me acordaba. Eso es lo que tienes que entender.

No es que lo oyera y lo callara. Es que aquel nombre y yo nos cruzamos en la oscuridad y ninguno de los dos encendió la luz.

Él lo dijo. Yo lo recibí dormida. Y la mañana se lo llevó, como se lleva un sueño, dejándome solo una sensación sin forma, un poso, las ganas tontas de quedarme un rato más en una cama que no era la mía.

Me fui al amanecer. Mateo dormía, o lo fingía bien, y yo salí de su casa con esa ligereza rara que dan las noches buenas, esa en la que el cuerpo va por delante de la cabeza y a la cabeza no le importa.

El pueblo a esa hora es honesto. Sin gente, sin escaparates encendidos, sin la marca Salcedo vendiéndote dulzura, Valdecolmena es solo lo que es: piedra, cuesta, el río abajo, la niebla saliendo del agua como sale el aliento de una boca.

Caminé hacia mi casa con la lavanda mojada pegándoseme a los tobillos y, por una vez, no iba pensando en nada.

No reconstruía. No vigilaba. Iba andando, sin más, como anda la gente que tiene una vida.

Llegué, abrí la puerta, y en lugar de irme a la cama fui directa al armario.

No lo decidí. Es importante que quede claro, porque yo decido las cosas, las decido todas, llevo diez años sin hacer un solo gesto que no haya decidido antes tres veces. Y aquella mañana el cuerpo me llevó al fondo del armario, apartó la ropa, y sacó la caja sin pedirme opinión.

Es una caja de cartón con las esquinas reventadas. La he mudado de casa en casa sin abrirla, como se muda una un dolor de muelas que no termina de doler del todo. Dentro está lo que queda de la chica que fui antes de ser esto. Antes de aprender a administrar. Antes de Vera.

La puse encima de la cama. Me senté al lado. Y, por primera vez en diez años, levanté la tapa.

No voy a contar todavía lo que había dentro.

Ni siquiera sé, en honor a la verdad, si aquella mañana lo miré de verdad o solo lo dejé mirarme a mí.

Estuve mucho rato así, con la caja abierta y la luz subiendo despacio por la pared, una mujer adulta sentada delante de su propia adolescencia como quien se sienta delante de una desconocida y no sabe por dónde empezar la conversación.

Lo único que pensé, y lo pensé sin entenderlo, fue una pregunta tonta. Por qué hoy.

Llevaba la caja conmigo desde que me fui.

Diez años sin tocarla. Y aquella mañana, viniendo de la cama de Mateo Salcedo, con el cuerpo todavía caliente de una noche buena y la cabeza limpia de tanto no pensar, algo me había llevado derecha a ella.

Como si la noche me hubiera dado una llave sin decirme de qué puerta era.

Como si alguien, en lo oscuro, hubiera dicho una palabra capaz de abrir cosas, y la palabra hubiera seguido trabajando por dentro mientras yo dormía.

No supe qué palabra. Esa mañana, no.

Me quedé hasta que entró el sol del todo, mirando la caja abierta, sin tocar nada, con la sensación absurda de que no era yo la que había decidido abrirla.

De que me la habían abierto.