Miel y Veneno Capítulo 14
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Capítulo 14

Mateo me llevó a su casa por primera vez un martes, y entré como entro en todas partes: contándolo todo.

Era una casa que no contaba nada, y eso ya contaba bastante.

Pocos muebles, todos en su sitio. Nada en las paredes que dijera qué le gustaba a aquel hombre, ni una foto que dijera a quién había querido.

Una casa de paso, de alguien que vive ahí sin vivir, que solo cumple.

Pensé, con el ojo todavía encendido, que un hombre que no deja rastro en su propia casa es un hombre acostumbrado a no dejar rastro.

Lo pensé, lo guardé, y entonces, sin pedirme permiso, el ojo se apagó.

No fue una noche de las otras. Hubo de eso también, hubo manos y hubo silencio del bueno. Pero lo que de verdad pasó esa noche pasó después, con la luz apagada y los dos despiertos, hablando en voz baja como se habla cuando no quieres que la noche se entere.

Hablamos de tonterías primero. De si la miel de romero era mejor que la de azahar, de un perro que tuvo de pequeño, de lo que se ve y lo que no se ve desde su ventana.

Cosas pequeñas, que es por donde la gente se va metiendo en lo grande sin darse cuenta.

Y en algún punto de aquella oscuridad, sin que yo lo empujara, Mateo dejó de hablar de cosas pequeñas.

—Hay cosas mías que no sabes —dijo. No como una amenaza. Como quien deja una maleta en el suelo, despacio, para que no se oiga el golpe.

—Todo el mundo tiene cosas que el otro no sabe.

—Las mías no. Las mías son de otra clase. —Se quedó callado el rato justo para que yo entendiera que iba a seguir, y que le costaba—. Si algún día las supieras, no sé si seguirías aquí. Y no sé qué prefiero. Que te quedes sin saberlas, o que las sepas y decidas tú con todo delante.

Yo tenía la respuesta correcta en la boca, la de la mujer enamorada que dice no me importa lo que seas ni lo que tengas, quédate. Era mi frase. Me la sabía. No la dije.

Lo que dije, y todavía no sé de dónde me salió, fue verdad.

—Yo también tengo cosas. Una en concreto. Una grande. —Hablé despacio, midiendo cada palabra como se mide el suelo a oscuras—. No te la voy a contar. No puedo. Pero quiero que sepas que está ahí. Que cuando me miras y crees que me ves entera, te falta un trozo. El trozo más importante.

Mateo no me preguntó cuál. Esa fue la cosa más íntima que me hizo en toda la noche, más que las manos: no preguntar. Un hombre que no te pregunta por tu secreto es un hombre que conoce el peso de tener uno.

Y así, los dos, en la cama de su casa sin rastro, nos pasamos lo que quedaba de noche diciéndonos la única verdad que podíamos decirnos.

Tengo algo enorme y no te lo voy a enseñar.

Cada uno enseñándole al otro la forma del bulto sin abrir el envoltorio.

Lo que ninguno de los dos sabía, lo que yo no podía ni imaginar todavía, era que el bulto era el mismo.

Que estábamos hablando, en voz baja para que la noche no se enterara, del mismo muerto.

Esa noche bajé la guardia y, por primera vez, no volví a subirla.

Llevo toda la vida subiéndola. La subo al despertarme, antes incluso de abrir los ojos.

Aquella noche, en la casa de aquel hombre, con su voz contándome a medias una cosa que no me contaba, dejé que se quedara abajo.

Me dormí con ella abajo. No sé hacer eso. Lo hice.

Y a la mañana siguiente, con la luz gris entrando por una ventana sin cortinas, me quedé mirándolo dormir y me pillé pensando una cosa que yo no tenía ningún derecho a pensar.

Que ojalá la factura estuviera equivocada.

La pensé entera, sin frenarla, antes de darme cuenta de qué clase de pensamiento era. Ojalá el coche fuera de otro. Ojalá aquella letra descuidada hubiera escrito mal un nombre. Ojalá Mateo Salcedo no hubiera subido nunca a aquel monte, y yo pudiera quererlo sin tener que hundirlo a la vez.

La factura me había dado miedo. Pero la factura era un papel, y a un papel se le hace algo.

Se usa. Se enseña. Se convierte en un arma.

Lo que me había salido por dentro mirándolo dormir no se podía usar para nada.

Era yo, queriendo que las pruebas mintieran.

Era mi cabeza, el único sitio del que me había fiado siempre, cruzándose al otro lado sin pedirme permiso.

A una prueba se la maneja. A un deseo, no. Un deseo te maneja a ti.

El sábado iba a sentarme a la mesa de su familia. Lo había aceptado como se acepta una puerta abierta, para entrar a registrar. Y esa mañana, en su cama, me di cuenta de que una parte de mí ya no quería entrar a registrar. Quería, sin más, que la madre de Mateo me cayera bien.

Y eso, tumbada al lado de un hombre al que había venido a hundir, fue lo que de verdad me dio miedo. Mateo me escondía un secreto. Pero yo, aquella mañana, descubrí que había empezado a esconderme uno a mí misma.

Y al mío no sabía cómo ganarle.