Miel y Veneno Capítulo 13
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Capítulo 13

Mateo cogió el coche de noche y condujo sin decidir adónde, que es como conduce un hombre que sabe muy bien adónde y prefiere no decírselo.

Bajó la cuesta del pueblo con las ventanillas subidas y la radio apagada.

Pasó por delante de la nave, larga y negra, con el nombre de la familia dormido en la fachada.

Pasó por delante del desvío de su propia casa sin frenar.

El coche se sabía el resto del camino igual que se lo sabía él, y los dos hicieron como que era el coche el que mandaba.

Acabó donde acababa siempre cuando dejaba que el coche eligiera.

Al pie del monte, en el punto exacto en que la carretera se rendía y empezaba el camino malo, el de los colmenares viejos.

No subió. Nunca subía. Paró con los faros apuntando a la cuesta, apagó el motor, y el silencio del monte se metió en el coche de golpe, como se mete el agua en una barca con vía.

Se quedó mirando lo oscuro de arriba, donde estaba el sitio.

Esa tarde le habían contado una cosa sin darle importancia, de esas que se sueltan entre dos asuntos de trabajo, con la voz con que se comenta el tiempo.

Uno de los hombres de la nave, limpiándose las manos en un trapo.

La chica nueva había subido al monte. Sola.

Por el camino malo. Hacia los colmenares.

A Mateo esa frase le había quitado la tarde entera. Había firmado albaranes sin leerlos, le había contestado a su padre cosas que después no recordaba haber pensado, y ahora la frase le estaba quitando también la noche, sentado en un coche frío con los faros gastándose contra una cuesta.

Conocía aquel monte mejor que la mujer que había subido a registrarlo.

Lo había pateado de crío, de chaval, en los años en que un monte es solo un monte y no el sitio donde se le tuerce a uno la vida.

Conocía el pozo. Llevaba diez años con el fondo de aquel pozo detrás de los ojos, sin necesidad de volver a verlo, porque hay sitios que se te quedan dentro y dejan de necesitar que vuelvas; te los llevas puestos.

Sabía que el pozo no era hondo. Cinco metros, puede que seis.

Sabía que una caída ahí dentro rompía un cuerpo joven pero no lo apagaba de golpe.

Sabía que una persona podía quedarse abajo, en lo oscuro, rota y despierta, durante un rato largo.

Y sabía lo poco que hacía falta para sacarla de allí.

Mucho menos de lo que la gente se cree. Una cuerda.

Un par de brazos. La decisión de usarlos.

Aquella noche, hace diez años, la decisión fue otra.

No porque no se pudiera. Esa era la parte que a Mateo le había costado más años digerir, y que todavía, algunas noches como esta, se le quedaba sin tragar del todo.

No fue que faltara tiempo. No fue que faltara una cuerda; en un colmenar siempre hay cuerda.

No fue que el sitio estuviera lejos de todo, aunque lo estuviera.

Se podía. Alguien estuvo de pie en aquel brocal, con la noche entera por delante y todo el tiempo del mundo en las manos, y en lugar de bajar hizo una cuenta.

Puso una vida en un plato de la balanza.

Puso un apellido en el otro. Y miró, sin prisa, hacia qué lado se inclinaba la cosa.

El apellido pesó más. Así de sencillo, y así de sucio, y así de imposible de arreglar después.

No hubo un arma en aquella noche. Esa es la mentira que más cómoda le venía al pueblo, la del accidente, la de la mala suerte y la oscuridad, y por eso el pueblo la firmó sin leerla.

La verdad no necesitó un arma. Necesitó solo a un hombre quieto al borde de un pozo, escuchando, decidiendo no moverse.

Lo más fácil del mundo es no moverse. Lo hace cualquiera.

Esa fue la lección que Mateo aprendió a los veinte años y que llevaba diez sin poder devolverle a nadie.

Él no había hecho aquella cuenta. Quería tenerlo claro, ahí dentro del coche, aunque no hubiera nadie delante a quien decírselo.

Él no estuvo en el brocal cuando la balanza se quedó quieta.

Pero llevaba diez años viviendo dentro del resultado, y había aprendido pronto que eso venía a ser casi lo mismo que haberla hecho.

Porque una cosa así, cuando ocurre, no se queda donde ocurre.

Alguien tiene que recogerla del suelo. Alguien tiene que cargar con lo que queda de aquella noche, guardarlo, callarlo, sostenerlo en pie un año y otro y otro, para que las personas que tienen que seguir respirando puedan seguir respirando.

Esa parte la había hecho él. La estaba haciendo todavía, esa misma noche, sentado en aquel coche.

Diez años cargándola sin que nadie se lo agradeciera, sin que nadie pudiera agradecérselo, porque agradecérselo habría sido nombrarla, y nombrarla era justo lo que no se podía hacer.

Le había costado lo suyo. El sueño, para empezar; el sueño se le había estropeado aquel verano y no se le había vuelto a arreglar.

La capacidad de estar entero dentro de una habitación en la que también estuviera su padre.

La idea, que de joven había tenido como la tiene cualquiera, de que su vida fuese a parecerse con los años a una vida: una casa con cosas en las paredes, un trabajo elegido, gente a la que contarle cosas verdaderas.

Todo aquello lo había metido en el mismo sitio donde había metido lo demás, y había cerrado con llave, y se había quedado de guardia delante de la puerta cerrada.

Era su trabajo y era su condena, las dos palabras a la vez, y hasta esa tarde, hasta el trapo de aquel hombre y aquella frase dicha sin importancia, Mateo había creído de verdad que podría con ello hasta el final.

Que se haría viejo haciendo de muro, y que el muro aguantaría, y que con eso bastaba para llamarlo una vida.

Ahora ella subía el monte. Hacia el sitio.

Mateo se quedó en el coche, con los faros encendidos contra una cuesta que no pensaba subir, y se dio cuenta de una cosa que lo dejó más quieto todavía: no sabía qué quería que pasara.

Y eso no le ocurría desde hacía diez años.

Diez años sabiendo siempre, en cada bifurcación, cuál era el camino que protegía.

Lo sabía con el cuerpo, antes que con la cabeza, como se sabe hacia qué lado va a caer un vaso.

Esa noche, por primera vez, el cuerpo no le decía nada.

O le decía dos cosas a la vez, y con la misma fuerza, y eso era peor que el silencio.

Una parte de él, la que llevaba una década de guardia, quería pararla.

Apartarla del monte y del archivo y de la vieja del molino.

Taparle los ojos con las dos manos, con cuidado, hasta que se cansara de mirar, hasta que el pueblo se la quitara de encima como se quita de encima a todos los de fuera, y poder entonces volver a cerrar la puerta y seguir montando guardia en paz.

Esa parte sabía muy bien cómo se hacía. La había ensayado durante años.

La otra parte, una que Mateo había dado por muerta y enterrada con todo lo demás de aquel verano, quería justo lo contrario.

Quería que ella siguiera subiendo. Que llegara hasta el fondo de aquel pozo y sacara de allí, con sus manos tercas, lo que llevaba diez años en el fondo de aquel pozo.

Que alguien, por una vez, después de tanto tiempo, le quitara a él el peso de las manos.

Aunque fuera para tirárselo encima. Sobre todo si era para tirárselo encima.

Esa parte no sabía cómo se hacía nada. Solo sabía estar cansada.

Mateo no sabía cuál de las dos iba a ganar. Las dejó pelear ahí dentro, sin arrancar el coche, mirando la cuesta como se mira una puerta por la que va a salir alguien.

Y esa duda, más que el monte negro de delante, más que la mujer terca que en aquel momento lo estaba subiendo a oscuras con un reloj en la mano, fue lo que lo tuvo dentro del coche, con los faros encendidos y el motor frío, hasta que por el este el cielo empezó a ponerse gris y dejó de tener sentido seguir esperando una respuesta que aquella noche no iba a venir.