Capítulo 12
Llevaba semanas en Valdecolmena y había subido tres veces al monte sin llegar nunca hasta el pozo. Me decía que era método, que primero el camino y después el sitio. Era mentira. El sitio me daba miedo, y el miedo, cuando es viejo, aprende a disfrazarse de método.
La factura me quitó la excusa. Si el coche de Mateo había subido hasta arriba la noche de mi hermana, yo tenía que ver el arriba. Ver dónde terminaba el camino que recorrió aquel coche. Así que un día, a media tarde, le dije a Celia que me dolía la cabeza, salí del centro y subí.
Pasé por delante del molino sin mirarlo.
Remedios no salió, o no la vi, y se lo agradecí a las dos posibilidades por igual.
Más arriba el camino se estrechó, se llenó de piedra suelta, dejó de ser un camino.
Ahí lo entendí con los pies, lo que la factura decía con números: por aquí no sube un coche sin pagarlo.
Los colmenares viejos eran un cementerio desde antes de tener un muerto.
Filas de soportes de piedra donde un día hubo colmenas, ahora vacíos, comidos de zarza y de musgo.
El monte se lo estaba tragando todo despacio, con esa paciencia que tiene el monte.
No cantaba ni un pájaro. Un sitio donde se hizo miel durante cien años y donde ya no quedaba ni el olor.
El pozo estaba al fondo, casi escondido.
Si no llego a saber que existía, habría pasado a su lado sin verlo, igual que pasó a su lado el atestado.
Un pozo seco, de los de sacar agua cuando aquello tenía vida.
Un brocal de piedra redondo, a la altura de la cadera.
Y dentro, oscuridad y un fondo que se adivinaba abajo.
No tan abajo. Esa fue la primera cosa que me golpeó. No tan abajo.
Me asomé. Conté con los ojos lo que el atestado contaba con un dibujo.
Olalla se cayó por aquí. Cinco metros, puede que seis.
Suficiente para romperte. No suficiente para matarte en el sitio, no a los dieciséis, no con un cuerpo nuevo.
El forense lo había dicho a su manera de forense, sin querer decirlo: mi hermana no se murió cuando cayó.
Se murió más tarde. Estuvo ahí abajo un rato. Viva.
Y un rato es tiempo. Tiempo de subir a pedir ayuda. Tiempo de bajar una cuerda. Tiempo de salvarla. Mi hermana no se murió de una caída. Se murió de que alguien, teniéndola ahí abajo viva, decidiera que era más cómodo dejarla.
Me quedé mirando el fondo del pozo con esa frase nueva metida dentro, la frase que lo cambiaba todo de color. Se la pudo salvar.
Y en algún sitio de aquella frase estaba un coche.
Un coche que subió este camino esa noche, que se reventó los bajos en estas mismas piedras, y que al día siguiente bajó al taller para que lo arreglaran.
Alguien estuvo aquí. Alguien se asomó a este brocal, o no quiso asomarse, y se fue monte abajo dejándola.
Y el sábado yo iba a sentarme a cenar en la mesa del dueño de aquel coche.
Apoyé las dos manos en el brocal para asomarme un poco más, para verle bien el fondo, y la piedra estaba fría.
Y me vino.
Olía a lavanda y era la hora en que el día se cae. Un teléfono sonaba en algún sitio, y sonaba, y no paraba de sonar. Y yo tenía las manos puestas sobre una piedra, y la piedra estaba fría.
El sueño se me salió del sueño. La piedra fría que llevaba diez años tocando dormida la estaba tocando despierta, con las dos manos, en el brocal de aquel pozo.
El frío que me subía por los brazos a oscuras, de madrugada, hasta despertarme, era este frío.
El de esta piedra vieja y redonda al borde de este pozo exacto.
El sueño y el sitio se me juntaron en las palmas de las manos y dejé de saber cuál era cuál.
Quise explicármelo. Una se explica las cosas para poder seguir de pie. Me dije que era normal, que mi hermana se había muerto sobre una piedra fría, y que por eso yo soñaba con una piedra fría, que el duelo es así de literal y así de bruto. Casi me valió. El sueño me lo dejé explicado así.
Lo otro no me lo pude explicar.
Aparté las manos del brocal y di un paso atrás, y me quedó algo en el cuerpo que el sueño no me explicaba y el duelo tampoco.
Algo más simple. Más feo. Los pies, plantados en aquella tierra, sabían dónde estaban.
No de saberlo por el atestado ni por el plano que dibujé cien veces.
Lo sabían de otra manera. De la manera en que tu cuerpo se sabe a oscuras el pasillo de tu casa.
Como si ya hubiera estado de pie justo ahí.
En ese sitio exacto. Mirando ese fondo exacto.
Es imposible, me dije. Nunca había subido. Lo había evitado durante semanas.
Lo había evitado, en realidad, durante diez años.
Bajé el monte deprisa, antes de que se hiciera de noche, sin querer pensar por qué una persona evita durante diez años un sitio en el que no ha estado nunca.