Miel y Veneno Capítulo 11
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Capítulo 11

Llevaba tres días queriendo a Mateo Salcedo y reuniendo pruebas contra él, las dos cosas a la vez, y por las noches me daba cuenta de algo que me asustaba más que cualquiera de las dos por separado. No se peleaban dentro de mí. Crecían juntas, agarradas, comiendo la una de la otra.

Tres días sonriendo en el centro y ordenando tarros. Tres días dándole los buenos días a gente que a lo mejor vio subir a mi hermana a aquel monte y se calló. Y por debajo de todo, sin parar, la cabeza montando y desmontando una sola frase. El coche de Mateo estuvo allí.

La factura me había cambiado a Mateo de sitio.

Hasta el archivo, él había sido un hombre intenso y raro, y lo raro me gustaba.

Después del archivo volví a pasar por encima de todo lo que le había visto hacer, y lo raro dejó de ser raro.

Se colocó en otro sitio, uno mucho peor.

La forma en que me miró el primer día, como si me reconociera.

Aquello de llevar la semana acordándose de mí y no conociéndome.

Las preguntas que no me hizo nunca, las que hace cualquier desconocido.

La manera en que apareció en el molino, con el coche, justo a tiempo de que Remedios cerrara la boca.

Lo que me dijo al oído la noche que no quise oírlo.

Todo eso, que yo había ido guardando como se guardan las cosas bonitas de alguien, encajaba ahora en otra forma. La de un hombre que sabe algo de la noche en que se murió mi hermana, y que lleva diez años sabiéndolo, y que me había metido en su cama.

Tenía que seguir queriéndolo. Esa era la parte del trabajo. Lo difícil iba a ser acordarme de que era trabajo.

A Amparo me la crucé el jueves, en el patio de la cooperativa, y no fue por casualidad, porque a Amparo Salcedo no se la cruza una por casualidad. Me estaba esperando con un tiesto en las manos que no necesitaba mover de sitio.

—Te veo mucho con mi hijo —dijo.

—Trabajo en su empresa.

—Ya. —Dejó el tiesto donde estaba—. Trabajas en su empresa.

Y le ordenas los tarros, y le ordenas el archivo, y ahora, por lo que se cuenta, le ordenas también las noches.

—Me sonrió sin poner nada en la sonrisa—.

Mateo es un chico que se entrega entero o no se entrega.

Lo que se entrega entero se rompe entero.

Espero que la chica que tenga eso en la mano lo sepa.

—Lo tendré en cuenta —dije. Cuatro palabras. Las mentiras caben en cuatro palabras, y la verdad, cuando duele, también.

Se fue con su tiesto. Yo me quedé entendiendo dos cosas.

Una, que la familia ya había puesto nombre a lo que yo era para Mateo, y que lo vigilaba.

Dos, que mi tapadera tenía que ser ahora más firme que nunca, porque ya no la miraba solo un pueblo aburrido.

La miraba una madre. Esa noche, en casa, repasé a Vera Soto entera, costura por costura, como se repasa un paracaídas antes de tirarse.

La dejé apretada. No me podía permitir un hilo suelto, no con la cuenta atrás de la fiesta encima y la cabeza puesta en lo único que importaba, que era llegar hasta el fondo de esa familia antes de que el pueblo me echara o me tragara.

Mateo vino a casa esa misma noche, sin avisar, como vienen los hombres que ya se sienten con permiso.

Lo dejé entrar. Lo dejé sentarse, hablar, llenarme la cocina pequeña con esa quietud suya que ocupa más que el ruido de cualquier otro.

Y mientras lo miraba hacer, yo hacía dos cosas con la misma mirada.

Lo estudiaba. Le buscaba en la cara, en las manos, en el modo de callarse, la sombra del hombre que tuvo el coche en el monte.

Y lo deseaba. Las dos a la vez, sin que una le quitara fuerza a la otra.

Lo deseaba más, puede que por eso, porque ya no era un hombre sin más, era un hombre con un fondo oscuro, y a mí el fondo oscuro me había gustado siempre, antes incluso de saber para qué iba a servirme.

—Estás lejos —dijo él en algún momento. No como un reproche. Como quien comprueba la temperatura de algo.

—Estoy aquí.

—No del todo. —Me cogió la cara con una mano, con cuidado, como se coge algo que se puede caer—. Da igual. Te espero. Ya sabes que se me da bien.

Y entonces lo dijo.

—Mis padres quieren conocerte como Dios manda. Ven a cenar a casa. A la casa de verdad, la de arriba. El sábado.

La casa de arriba. La de Aurelio. La de Amparo. La casa desde la que se gobierna un pueblo entero y, debajo del pueblo, todo lo demás.

Un hombre que dirige una cooperativa no lleva a una chica de temporada a la mesa de su padre.

A no ser que esa chica haya dejado de ser, para él, una chica de temporada.

Lo que Mateo me estaba ofreciendo, sin saber lo que me estaba ofreciendo de verdad, era la puerta.

La puerta grande. El centro mismo de la colmena, con sus dos reinas viejas sentadas a la mesa.

—El sábado —dije.

Lo dije con la cara correcta, la de la mujer a la que le tiembla un poco la voz porque la van a presentar a la familia.

Por dentro estaba fría y estaba contenta, y no me gustó estarlo, y lo estuve igual.

Iba a entrar en la casa de los Salcedo del brazo de su heredero, con ellos abriéndome la puerta y dándome las gracias por venir.

Acepté creyendo que la trampa la ponía yo.