Capítulo 10
Mateo se fue de mi cama con la primera luz.
Antes de irse hizo una cosa que yo no le había pedido y que no le habría pedido nunca: me tapó.
Me subió la sábana hasta el hombro, despacio, con el cuidado con que se tapa a alguien a quien se quiere dejar dormir.
Hacía años que nadie me tapaba. Me hice la dormida, para que no se le notara que se lo dejaba hacer y para no tener que decidir qué cara poner cuando cerrara la puerta.
Esa misma mañana fui a buscar pruebas contra su familia. Así soy yo. Sin adornos, porque adornarlo sería otra mentira más, y a estas alturas ya tengo bastantes.
La excusa de las fotos viejas para la fiesta me había abierto una puerta que valía oro: el archivo de la cooperativa.
Un cuarto sin ventanas al fondo de la nave, con estanterías hasta el techo y cajas que olían a polvo y a papel guardado demasiado tiempo.
Celia me dijo que cogiera para la vitrina lo que quisiera, que allí no entraba nadie desde hacía años, y se fue.
La familia me había dejado sola con su memoria.
No saben hacer otra cosa que confiar en quien les ordena los tarros.
Estuve toda la mañana. Saqué fotos de cuando los colmenares estaban vivos, hombres con sombrero y caras de otro siglo, para que la excusa siguiera teniendo cuerpo.
Y debajo de las fotos, como debajo de todo en esa familia, estaban los papeles.
Cuadernos de cuentas. Facturas atadas con gomas que se partían al tocarlas, ordenadas por años.
Bajé la caja del año que era el mío. El año.
La factura estaba a media caja, entre otras cien iguales, sin nada que la distinguiera salvo lo único que para mí lo distinguía todo: la fecha. La leí y se me paró algo dentro. El día siguiente. El día siguiente justo a la noche en que mi hermana subió al monte y no volvió a bajar.
Era de un taller, el del pueblo. Una reparación. Y en la línea de abajo, con la letra rápida de quien lleva las cuentas de una familia sin contar con que nadie las mire nunca, alguien había anotado de qué coche se trataba.
El de Mateo.
Daños en los bajos. La suspensión y el cárter, reventados.
Yo había subido tres veces al camino de los colmenares viejos, con un reloj y con los ojos abiertos, y sé lo que es ese camino.
Se come los coches. Piedra suelta y roca a flor de tierra, baches que no ves hasta que te los comes.
No hay otro sitio cerca que te deje un coche así. No hay otro.
Y entonces se me colocó sola la otra mitad, la que llevaba diez años conmigo sin servir para nada.
En el atestado, perdida entre las páginas, hay una línea que he leído cien veces.
Una vecina dijo aquella noche que había visto un coche subir hacia el monte, tarde.
No se le dio importancia. No se pudo identificar el coche.
Punto. Diez años siendo un coche sin nombre.
Ya tenía el nombre. Lo tenía en las manos, en un papel de taller, escrito con la letra descuidada de alguien de la familia.
El coche de Mateo subió al monte la noche en que mataron a mi hermana. Y al día siguiente, con las primeras horas, alguien lo bajó al taller hecho un destrozo, para que dejara de contarlo.
Me senté en el suelo del archivo, con la espalda contra una estantería, y me quedé un rato sin pensar nada, que es lo que hace la cabeza cuando le pones delante algo demasiado grande para pensarlo de una vez.
Mateo había estado allí.
La noche anterior yo había tenido a ese hombre dentro de mi cama.
Le había dejado taparme. Le había oído decir algo bajito contra mi pelo y había decidido no preguntar qué, porque no quería soltar lo que tenía agarrado.
Y resulta que lo que él me susurraba al oído, fuera lo que fuera, lo susurraba un hombre que la noche en que se murió mi hermana tenía el coche en aquel monte.
No lloré. Llorar habría sido para otra, para una a la que esto le hubiera pillado desde fuera. A mí no me pilló desde fuera. Me pilló dentro, en el único sitio donde había dejado entrar a alguien en diez años, y eso no se llora. Eso se traga despacio, como se traga el cristal.
Volví a pasar la goma. Devolví la factura a la caja y la caja a su balda, porque una prueba en su sitio es una prueba que nadie sabe que has visto. Cogí las fotos de los hombres con sombrero, las de la excusa, y salí del archivo con la cara de la chica que ordena los tarros.
Tenía dos caminos y los vi los dos con claridad, de pie en la nave, con el polvo todavía en las manos.
Uno era soltar. Hacer la maleta, bajar la cuesta, dejar que el pueblo se cerrara otra vez, dejarle a Mateo Salcedo la cara que me había puesto y el secreto que se había guardado, y vivir. La gente sensata habría cogido ese.
El otro era quedarme. Seguir investigando al hombre con el que me acostaba. Volver a su cama sabiendo lo que sabía. Dejar que me tapara y me dijera cosas al oído. Y construir con las dos manos, despacio y bien, aquello que iba a terminar con él.
Anoche tenía agarrado a Mateo Salcedo con las dos manos.
Esa mañana decidí no soltarlo. Decidí usarlo.