Miel y Veneno Capítulo 9
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Capítulo 9

Tengo una regla para acercarme a alguien que solo me importa como una puerta. Una. No perder nunca de vista cuál de los dos lleva el volante.

Me la sabía. La había usado en otras ciudades, con otros nombres, contra otra gente, y me había funcionado siempre, porque es una regla buena y barata: cuesta solo no olvidarla.

Esa noche se me cayó de las manos como se cae un vaso.

Sin tiempo para nada. Antes incluso de oír que se rompía contra el suelo.

Mateo me acompañó a casa después de la plaza.

No se lo había pedido. Bajamos la cuesta sin hablar apenas, con el pueblo apagándose detrás y la lavanda metida en todo, y en la puerta él no hizo el gesto del que se despide.

Se quedó. Se apoyó en el quicio del porche con esa manera suya de ocupar un sitio sin moverse, y se quedó más rato del que se queda quien va a marcharse.

Yo sabía lo que estaba pasando. Es más: me dije que lo había decidido yo.

Acercarse del todo al heredero era el trabajo, el trabajo se hace, y un cuerpo en una cama cuenta cosas que una boca vigilada no cuenta.

Me lo formulé así, con esas palabras de oficina, mientras metía la llave en la cerradura.

Abrí la puerta. Lo dejé entrar. Y dentro de la cabeza me oí decir, con mi voz más tranquila, la de operadora, que tenía esto controlado, que el volante lo llevaba yo.

No fue como lo tenía pensado.

Lo tenía pensado como se piensan estas cosas desde fuera, con orden, yo marcando el paso, midiendo lo que daba y lo que no.

La realidad no se pareció en nada al plano.

Mateo no me dejó medir. Me besó nada más cerrar la puerta, sin el trámite de las primeras veces, sin esa torpeza de inventario que tienen los desconocidos buscándose la cara.

Me besó como quien lleva mucho tiempo sin beber y por fin le acercan el agua.

Había prisa, sí. Pero era una prisa con años debajo.

La prisa del que no termina de creerse que tiene delante lo que tiene delante, y se da brío por miedo a que se lo quiten antes de tiempo.

Me llevó él. Esa es la verdad, y me costó reconocerla incluso mientras estaba pasando.

Yo, que había entrado en mi propia casa con un plan en la mano, me encontré con la espalda contra mi propia pared y sin plan ninguno, dejándome hacer y queriendo que me hicieran, que son dos cosas distintas y aquella noche me pasaron las dos juntas y a la vez.

Le notaba las manos seguras. Se movían por mí sin preguntar, sin la duda del que recorre un sitio por primera vez.

Se movían como se mueve uno por una casa en la que ya ha vivido.

Lo registré, porque yo lo registro todo, hasta debajo de un hombre; lo registré y no supe dónde ponerlo, y al final lo solté, porque pesaba menos soltarlo que sostenerlo.

Nos movimos hacia el cuarto sin acordarlo.

Le quité la camisa y él me quitó lo que llevaba con un cuidado que no encajaba con la prisa, las dos cosas a la vez otra vez, prisa y cuidado, como si una parte de él tuviera miedo y la otra hambre.

La cama era estrecha y mía, la única cama mía de verdad en años de camas prestadas, y la hice nuestra sin pensar en lo que eso me iba a costar después.

Por un segundo, uno solo, la parte de mí que no se apaga nunca abrió un ojo.

Miró por encima del hombro de Mateo, hacia la oscuridad de debajo de la cama, hacia lo que guardo ahí, los diez años de papel, el plano del monte, el atestado con su línea subrayada en rojo.

Y se acordó, en ese segundo, de quién era el hombre que tenía encima, de qué apellido llevaba, de para qué exacto había bajado yo de aquel autobús con una maleta.

Un segundo. Después esa parte cerró el ojo, se calló, se apartó.

Y me dio igual. Eso fue lo que de verdad me asustó, ya entonces, en mitad de todo: no que él me llevara.

Que a mí me diera igual perder el volante.

No tuve miedo de Mateo aquella noche. Tuve miedo de mí.

Y entonces, con la guardia por los suelos, en el peor momento o quizá en el único en que ya no era capaz de pararlo, me vino. Otra vez. Pero esta vez no fue un sueño viejo cruzándome la cabeza de lejos, como en la cuesta. Esta vez lo tuve encima, dentro, con todo su peso.

Olía a lavanda y era la hora en que el día se cae.

Un teléfono sonaba en algún sitio, y sonaba, y no paraba de sonar.

Y tenía las manos puestas sobre una piedra, y la piedra estaba fría, tan fría que el frío me subió por los brazos y me sacó del cuarto, y me sacó de Mateo, y me sacó de mi propia cama y de mi propio nombre, y me dejó a oscuras en otro sitio, de pie, con las palmas heladas y aquel teléfono sonando, sonando, sin que nadie, nunca, en diez años, lo cogiera.

Salí de allí tan de golpe como había entrado.

Volví al cuarto, a la cama, a Mateo, a sus manos, que seguían siendo manos de ahora, de carne, de esta noche, calientes.

Me agarré a eso. Me agarré a él con las dos manos, una en cada hombro, las uñas dentro, para no quedarme en el otro sitio, para que el calor de un cuerpo presente le ganara la partida al frío de una piedra que no estaba.

Funcionó. Volvió el calor. Volví yo. Pero volví con la piedra dentro, las dos temperaturas a la vez bajo la misma piel, y él no se enteró de nada, y no le dije ni una palabra.

Se puede compartir una cama con un hombre y estar, al mismo tiempo, sola en lo alto de un monte. Aquella noche aprendí que se puede.

Después nos quedamos quietos los dos, en mi cama estrecha, en la oscuridad de una casa que de pronto era menos mía que por la mañana.

Él tenía la cara metida en mi pelo y respiraba hondo y despacio, con la respiración de un hombre que lleva mucho aguantando algo y que, por un rato, ha encontrado dónde dejarlo en el suelo.

Yo le oía el corazón ir bajando de revoluciones contra mi hombro.

Tendría que haber estado pensando en el trabajo.

En lo bien que iba el trabajo. No estaba pensando en el trabajo.

Y entonces dijo algo.

Lo dijo bajo, contra mi pelo, en ese tono en que se dicen las cosas que se dicen más para uno mismo que para quien las va a oír.

No lo entendí. Pillé la forma, pillé el peso —y pesaba, pesaba como pesa lo que se lleva mucho tiempo sin decir—, pillé una palabra suelta en mitad que lo mismo era una cosa que era otra parecida.

Nada más. Le habría bastado con que yo se lo pidiera.

Una sílaba mía en la oscuridad, un “¿qué?”, y me lo habría repetido, más claro, más cerca.

No se la di.

Me quedé callada, con los ojos abiertos en lo negro del techo, sintiéndole la respiración en el pelo.

Una mujer que ha venido a un sitio a desenterrar la verdad, que ha hecho de querer la verdad su oficio y su venganza, debería quererlas todas.

Hasta las pequeñas. Hasta las que un hombre dice sin querer contra el pelo de una a las tantas de la noche.

Y yo las quería todas. Esa es la pura verdad. Las quería todas.

Esa no.

Esa noche aprendí de mí una cosa más, y tampoco me gustó, y van dos en la misma cama.

Aprendí que hay verdades que prefiero no oír si oírlas me obliga a soltar lo que ya tengo agarrado.

Que no soy, no del todo, la mujer limpia y fría que va detrás de los hechos pase lo que pase.

Que también sé hacerme la sorda, cuando me conviene, igual que este pueblo lleva diez años haciéndose el sordo, y que la diferencia entre el pueblo y yo aquella noche se había puesto fina, muy fina.

Y aprendí lo último, lo peor, lo que me tuvo despierta hasta que la ventana se puso gris.

Que tenía agarrado a Mateo Salcedo con las dos manos.

No con una, dejando la otra libre para el trabajo, para tomar nota, para sostener el plano.

Con las dos. Y que, mientras lo tuviera así, no me iba a quedar ninguna mano libre para lo que de verdad había bajado a hacer a este pueblo.