Miel y Veneno Capítulo 8
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Capítulo 8

El pueblo empezó a vestirse para la fiesta un lunes. Amanecieron guirnaldas de lavanda cruzando las calles de balcón a balcón, y el olor, que ya estaba en todas partes, se puso por encima de lo demás. Valdecolmena entero olía a su propia mejor versión.

Esa misma tarde lo hicieron oficial en la plaza. Un escenario pequeño, el alcalde diciendo cuatro cosas, y detrás de él, sin necesidad de subirse a nada, Aurelio Salcedo. Hay hombres que no necesitan el escenario porque el escenario ya es suyo.

El alcalde leyó las fechas. La fiesta caía, como cada año, el último fin de semana del mes.

Y el último fin de semana del mes era el aniversario.

Diez años justos. Lo leyó con la voz de quien anuncia algo bueno, porque para el pueblo lo era, y la gente de alrededor aplaudió, y yo aplaudí con ella, porque las manos saben hacer su trabajo aunque una esté en otro sitio.

Cuando Aurelio bajó del no escenario, fue saludando, dando la mano, dejando que el pueblo se la diera. Llegó hasta nosotros porque Celia estaba a un lado mío y Mateo al otro, los dos hijos haciendo bloque, y un padre va donde están sus hijos.

—Padre, esta es Vera —dijo Celia—. La del centro, ya te conté.

Aurelio me tendió la mano. Y antes de dármela, en el medio segundo en que un hombre decide qué cara va a poner, se le quedó la cara sin poner.

Fue muy corto. Lo habría pasado por alto cualquiera que no se gane la vida mirando esos medios segundos.

Aurelio Salcedo me miró como se mira una corriente de aire dentro de una habitación cerrada. Buscando por dónde había entrado.

—Vera. —La mano, seca y un punto larga—. La chica que ha venido de tan lejos a echarnos una mano con la fiesta. Mi mujer me ha hablado de ti.

—No tan lejos —dije.

—Lejos es lo que uno quiera que sea. —Sonrió.

La sonrisa le funcionaba bien, de tanto usarla—.

¿Y qué tal te trata Valdecolmena? Es un sitio tranquilo.

A la gente de fuera a veces se le hace demasiado tranquilo.

Se aburre. Y el que se aburre escarba. —Me soltó la mano—. Tú no me pareces de las que se aburren.

Un hombre que controla un pueblo entero no le dedica medio minuto y una advertencia a la chica de temporada que ordena tarros.

No, a menos que esa chica le haya removido algo por dentro.

Aurelio Salcedo me había mirado con miedo.

Poco, bien tapado, pero miedo. Y un hombre solo le tiene miedo a quien puede quitarle algo.

Aquel hombre tenía algo que esconder, y yo me le había puesto justo delante.

Mientras su padre hablaba, Mateo no dijo una palabra.

Se quedó a mi lado, con esa quietud suya que no descansa, tan cerca que le notaba el brazo sin que me tocara, y entre el padre y el hijo había un frío viejo, de los que ya no se discuten porque ya se han dicho todo.

Lo anoté como anoto todo. Una familia con grietas es una familia por la que se puede entrar.

Me fui de la plaza antes de que encendieran las bombillas de feria. Subí hacia la casa con el pueblo a la espalda. El día se caía despacio por detrás del monte y olía a lavanda por todas partes, porque ese día el pueblo entero olía a lavanda.

Y entonces me vino.

Hay un sueño que tengo desde hace diez años y no cambia nunca.

Huele a lavanda y es esta hora, la hora en que el día se cae.

Un teléfono suena en algún sitio, y suena, y no para de sonar.

Y yo tengo las manos puestas sobre una piedra, y la piedra está fría, fría de una manera que después no se quita en horas.

No pasa nada más. No hace falta que pase nada más para despertarme con el corazón dando golpes.

Lo que no me había pasado nunca era que me viniera despierta. De pie, en mitad de una cuesta, con los ojos abiertos. Olía a lavanda de verdad, el día se caía de verdad, y por un momento las manos se me quedaron frías como si tuvieran debajo la piedra.

Me dije que era el pueblo. Que el pueblo me estaba metiendo el duelo por la nariz, con tanta lavanda y tanta fiesta, y que el duelo, cuando lo aprietas, hace estas cosas. Te saca los sueños viejos a pasear a plena luz.

Seguí cuesta arriba. Detrás de mí el pueblo encendía sus bombillas de colores para una fiesta que iba a celebrarse, con música y con miel, el mismo día en que mi hermana, hace diez años, subió un monte y no volvió a bajar.

Tenía hasta esa noche. Lo entendí ahí, en la cuesta, con las manos aún medio frías.

Hasta esa noche para sacarle a este pueblo lo que le había venido a sacar.

Después, la fiesta pasaría por encima de la fecha como pasa el agua por encima de una piedra, y la fecha volvería a quedarse lisa y muda otros diez años.

No pensaba dejar que se quedara muda.